La Atlántida matancera, o el batey sumergido


Yoel Verdecia recuerda cada detalle del batey que se hallaba en el Valle Elena como si aquel paraje distante nunca hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Todavía le parece estar mirando la guardarraya de mangos que comunicaba con el caserío. Un poco más allá estaba el ingenio, una escuelita y la bodega.

El batey tendría unas 200 casas a los sumo, las había de mampostería y madera. Las familias que vivían allí cultivaban mucho gracias a la abundancia de manantiales y la fertilidad de la tierra negra que abundaba en la zona.

Tamara Morales, esposa de Yoel, agrega que el batey era próspero. Nada más llegar uno se topaba con guanajos, cerdos, carneros y vacas.


Aunque ambos viven en Ceiba Mocha, poblado rural ubicado a 14 kilómetros de Matanzas, viajaban con frecuencia hasta el Valle Elena. Iban en busca de mangos o para bañarse en los tantos manantiales y ríos que proliferaban en la zona, o descendían desde las elevaciones cercanas.

El valle Elena creció entre dos montañas, El palenque y la Loma del Pan. Hoy existen pocas referencias sobre el lugar. Y eso que apenas han pasado 30 años de su desaparición.


La vida cambió drásticamente para sus habitantes cuando el Estado decidió crear una gran presa en la región y los campesinos de allí se vieron obligados a mudarse. Bien lo recuerda Humberto Mayor Villalonga; un veterano de 73 años y que vio cómo su existencia se trastocó de la noche al día.


HUMBERTO

Humberto Mayor es un guajiro robusto que ve sus días pasar en el poblado de Ceiba Mocha. Nació en el Valle Elena, justo en la falda de la Loma del Pan.

Recuerda que allí se criaba de todo, “semilla que lanzarás nacía, y teníamos muchos animales, yo mismo llegué a tener más de 60 puercos”.

El viejo central allí enclavado dejó de moler mucho antes de la llegada del agua. Mas Humberto recuerda la escuelita rural, y asegura que en días claros, algunos dicen ver su silueta en el fondo de la presa.

El batey se dividía en fincas, “estaba la finca El Pan, a orillas de la loma; la finca Elena, la de Pablo. Cada una con su bodega”.

Desde mediados de los 80, comenta Humberto, surgió el rumor de la construcción de una presa. “Llegaron ingenieros y especialistas y comenzaron a medir el terreno, hicieron cálculos. En un principio, todos estábamos contentos ya que vivíamos aislados y nos ubicarían en el pueblo, en casas confortables, eran tiempos de abundancia, había de todo y nada faltaba.”

“Pero la presa se inaugura en el 90, al poco tiempo se cae el campo socialista, y justo cuando estrenamos las casas también estrenamos las carencias. ¡A esa hora todos querían regresar pa’ la finca pero el agua se había adueñado de todo!”.

A los habitantes del batey los ubicaron en nuevos edificios construidos en Ceiba Mocha y Armona. Humberto agradece la prontitud con que su esposa consiguió una permuta para una casa con patio, por lo que nunca vivió en edificio multifamiliar.

Recuerda además, que el Estado les compró los animales, incluso tasaron las matas que había en las fincas y lo pagaron todo.

“¿Pero imagínese vivir en un edificio? Mi hermana vive en un cuarto piso, ya somos muy viejos y con mil achaques, no puedo subir a visitarla, y ella apenas puede bajar las escaleras”.

Al principio le costó adaptarse al pueblo, asegura. Una vez le dieron la posibilidad de instalarse en una vieja edificación a orillas de la prensa, y allí estuvo sembrado y criando animales durante varios años, “siempre huyéndole al pueblo”.

Humberto a veces se dice a sí mismo que el destino le hizo trampa, ya que la alegría inicial duró poco con la agudeza de la situación económica que sobrevino poco tiempo después; también reconoce que la presa está bien hecha, incluso él ayudó en su construcción, comprende que era necesaria, pero aunque se nombre Caunavaco, para los que vivieron allí siempre será Batey del Valle Elena.

El guajiro Humberto Mayor, oriundo de ese valle hoy inundado, nunca deja de soñar con su finca, lo hace casi todas las noches, ve a sus animales, los árboles, “pero los años me han caído encima y ya prefiero estar más tiempo sentado en el portal, no sé sí hoy pudiera avanzar par de metros tras un animal. Eso sí, no dejo de pensar en todas esas casas bajo el agua, allí hay mucha vida e historias sumergidas”. (Arnaldo Mirabal y Lisandra Verdecia)

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Hombres de temple a prueba de tornados


El tornado que azotó a La Habana la tarde-noche del domingo 27 de enero, impactó a muchos cubanos, incluso a hombres como Osvaldo Reyes, un experimentado en lides contra eventos meteorológicos.

La noticia lo sorprendió en la mañana del lunes en su natal Jovellanos. Sin apenas mediar palabras su esposa se fue para el cuarto y preparó el maletín, “de un momento a otro te llamarán”, dijo.

Y justamente el teléfono sonó, pero no eran sus superiores, sino los cinco hombres bajo su mando anunciándole que ya estaban listos para partir. Las esposas de los integrantes de su equipo aprendieron hace mucho que tras un fenómeno meteorológico ellos se ausentarán durante días, a veces semanas, tiempo en que solo el teléfono acortará la distancia.


OSVALDO

Osvaldo Reyes dirige una brigada de línea perteneciente a la Empresa de telecomunicaciones de Cuba S.A, Etecsa. Su equipo está conformado por cuatro linieros y un chofer que a su vez opera la grúa instalada en el camión.

La reputación de sus hombres les ha granjeado el respeto desde Pinar del Río hasta Guantánamo. A donde quieran que llegan se ganan el afecto y admiración por la calidad y fuerte ritmo de trabajo. Desde hace varios ciclones le apodan Los Leones de Jovellanos.

Con 33 años laborando en Etecsa, resultan incontables para Osvaldo los lugares donde ha prestado su ayuda en la recuperación.

La Brigada de Línea de Osvaldo se encuentra en un barrio de 10 octubre. Es jueves 14 de febrero. Desde el 29 de enero en que llegaron a La Habana se levantan cada día a las 5: 30 de la mañana. Luego parten hacia la zona dañada que le asignen.

Este jueves se levantaron un poco más temprano para poder llamar a casa y felicitar a sus esposas. No es la primera vez que se ausentan en una fecha señalada, “por suerte nuestras esposas comprenden la importancia de nuestra labor, nos extrañan, pero están orgullosas”, comenta con cierta picardía el joven Yerandi Miranda, liniero integrante de la brigada.
Osvaldo es un hombre palco de palabra. Cuesta hacerle hablar y cuando lo hace prefiere las frases cortas. Eso sí, su rostro campechano despierta simpatía, como la de esos hombres de campo que rebosan bondad y timidez.


Frente a la Central Telefónica del municipio 10 de Octubre, sostiene un mapa para precisar la ubicación del lugar donde restaurarán hoy. “¡Nos vamos!”, dice, y sus hombres se suben al camión-grúa con premura, casi con marcialidad, como si de esa orden emitida por su jefe dependiera todo lo demás.

En el trayecto a bordo del camión marca Renault, Osvaldo intenta una conversación. Son ideas que lleva adentro desde que llegó a La Habana y sus ojos constataron tanta destrucción: “Se cuenta en la TV, se ven las imágenes, pero había que estar aquí desde el principio para tener una percepción certera de lo sucedido. Lo que te diga ahora no tiene peso.

“La cosa estaba fea, fue impactante, mis hombres han participado en muchos eventos de este tipo, pero un tornado es otra cosa, ¡y bien seria!”, ha logrado decir Osvaldo y quizás sean las únicas palabras que logre obtener.

GREGORIO

El equipo se transporta en un moderno camión-grúa marca Renault. El chofer y operador se nombra Gregorio Reyes, hermano mayor del jefe de brigada, y mucho más desenvuelto al entablar una conversación.

Para suerte de Gregorio, la grúa cuenta con un mando por control remoto, lo que le posibilita operarla desde cierta distancia, “así no permanezco debajo de las cargas”.

Con desenfado asegura que “está detrás de los huracanes” desde principios de los 80 años. “Mi primer ciclón como operario de líneas fue en el año 1982. Viajamos hasta San Juan y Martínez, en Pinar del Río. Aquello arrasó, pero esto es diferente, ¡ahora hay tornados!, ojalá no pase de ahí”.


Gregorio se apoya en la cabina del moderno Renault, y el reflejo de su casco amarillo se deja ver en la puerta del camión. Los seis trabajadores participan en el fregado del vehículo, todos velan además porque esté en estado óptimo. “Es la niña de nuestros ojos, una nave, en Cuba no hay carreteras para él”.
Sin embargo, una vez Gregorio sí sintió miedo sobre el camión. “Nos encontrábamos en San Antonio, allá en Guantánamo, restaurando las líneas telefónicas. Días antes habíamos laborado en el viaducto La Farola, donde cumplimos la tarea a pesar del peligro.

“Por eso me alarmé cuando nos mandaron a Yateras y una señora nos dijo: ‘ Ay mijito, cuídense, que las lomas allá son tan malas como las de La farola, pero más peligrosas, y si llueve es peor’. Había una loma que se llama la Gobernadora e intimidaba a todos los choferes. Justo en esos días se había precitado una rastra por el barranco tras una mala operación del chofer sobre el pavimento mojado.”

Gregorio, que no recuerda haberle rezado a Dios antes de ese día, siempre que se enfrentaba a la Gobernadora se encomendaba al cielo, “ay diosito, que el pavimento esté seco”, y para suerte suya nunca llovió siempre que tenía que trasponer la peligrosa elevación.

Ahora que lo piensa, ojalá los rezos pudieran evitar los daños que causa un huracán; otra idea le da vueltas en la cabeza desde que labora por la recuperación en La Habana: nunca pensó que después de tantos eventos lograría ver algo positivo en los ciclones.

“¡El aviso!, desde que se forma un huracán en algún punto del océano vas siguiendo su trayectoria, y muchas veces sabes de antemano dónde impactará y a qué lugar irás luego a apoyar en la recuperación. El tornado, en cambio, surge de la nada y lo destroza todo, es mucho peor que el huracán por lo que tiene de inesperado y demoledor. Te lo digo yo, que he visto y vivido muchos de estos fenómenos, ojalá, y esta vez le rezo a la naturaleza, no tengamos que presenciar los estragos de un tornado nunca más”.

Pancho, el pelícano agradecido del Río San Juan (+ Fotos)


Desde hace unos 20 días la Base de pesca Pedro H. Mendoza cuenta con un nuevo integrante. Su presencia ya se ha hecho habitual para los pescadores, sin embargo, causa asombro a los no tan asiduos al lugar: se trata de un pelícano al que bautizaron con el nombre de Pancho.

Cada día sobre las ocho de la mañana, aparece por la desembocadura río y amariza a orillas de un muelle próximo a la base. El primero en saludarlo es Evier Álvarez, un joven pescador con quien ha entablado una relación afectiva. Fue Evier quien le rescató en Cayo Piedras, un cayuelo ubicado al norte de la Península de Hicacos.

“El ave tenía un ala lastimada y no podía volar, temí por su vida”, recuerda el pescador.


Lo subió al boté y lo trajo a la base. Lo amarró a un poste cerca de la caseta donde guarda los avíos de pesca. Durante un mes lo cuidó celosamente. Le untaba penicilina en la herida y le alimentaba. Luego ese cuidado se extendió al resto d ellos hombres de mar.

Entre los pescadores y los pelícanos existe un vínculo especial, ya que estas aves sirven de guía para localizar a los cardúmenes de peces. Quizás por eso la simpatía por Pancho fue casi instantánea y general. Y Pancho lo sintió así.

Luego de ser liberado por Evier, no hay un día que no regrese con sus amigos los pescadores.
Sobre las ocho de la mañana llega hasta en muelle viejo esperando que le regalen alguna sardina, y otra, y otra más. Los marineros se preguntan dónde Pancho almacena tanto alimento.

Las primeras sardinas que le lanzan son solo el aperitivo. Sobre las nueve de la mañana se posa en una de las gomas a orillas del río que sirven de muelle de contención. Mientras se acicala las plumas espera por las primeras embarcaciones que regresan de alta mar. Sabe que su espera resultará recompensada.

Guillermo de la Portilla: “la medicina es un sacerdocio”


Los días del doctor Guillermo se han tornado más lentos y sosegados. Carecen hoy de ese ritmo impetuoso que caracterizan a las instituciones médicas. Sentado en un sillón, sus horas pasan entre las informaciones que le llegan de las revistas médicas que hojea, y los recuerdos que le visitan para revivir pasajes de su azarosa existencia.

Pese a la edad, y una inoportuna dolencia, la claridad de su mente permanece indemne. Recuerda cada detalle de sus casi siete décadas de vida. En su memoria se agolpan nombres, lugares, sensaciones, que le han convertido en el hombre que es.

Logra viajar a sus días de infancia, al callejón San Severino, donde correteó de niño junto a sus hermanos. Recuerda la pobreza que no reñía con la felicidad. Huérfano de padre siendo pequeño, su progenitora se las agenció para criar a seis niños. Mas no piensa en las carencias, se ve jugando a la quimbumbia o dándose un chapuzón en el cercano San Juan. En ese entonces quizás no pensaba en qué sería de grande.

Fue tiempo después, según fue creciendo, que le vino a la mente la idea de estudiar medicina o ingeniería eléctrica. El nuevo gobierno construía escuelas y la educación era gratuita, por lo que estudiar ya no representaba un lujo.

A principios de los 70 consigue matricular en el centro Victoria de Girón, uno de las primeras escuelas de medicina inauguradas por Fidel.

Guillermo se graduaría como Interno Vertical de Cirugía, especialidad que apenas ejerció. Al parecer, recuerda, le vieron aptitudes de liderazgo. En aquel tiempo le encomendaron asumir como Director de Salud en varios municipios de la provincia. A pesar de sus responsabilidades, sí logró acometer varias intervenciones de cirugía menor en los centros que estaban bajo su supervisión.

De esos momentos guarda un grato recuerdo. Demostró su capacidad de dirección en un sector tan complejo. Sin embargo, quería probarse como cubano de esos tiempos, y para conseguirlo, debía ascender a un escalón superior: ser Internacionalista. Es así que en 1988 parte rumbo a Mozambique.

MONZABIQUE

El doctor Guillermo nunca olvidará que partió rumbo África un 28 de noviembre, día de su cumpleaños. Una vez en aquel país fungió como asesor de la dirección de salud y jefe de la brigada médica cubana.

Del aquel país le impactaría la pobreza y precariedad, las muertes por padecimientos prevenibles y curables, y sobre todo, el conocimiento de una enfermedad que marcaría el rumbo de su vida como médico e investigador: el SIDA.

Antes de partir hacia Mozambique había leído sobre la “nueva pandemia mundial”, pero una vez allí, conocería de cerca los síntomas de la enfermedad en sus primeros pacientes con Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida.
SANATORIO

Dos años después retornaría a Cuba. Una vez en la isla y dispuesto a retomar sus funciones le hacen varias propuestas de trabajo. Es entonces que toma, quizás, una de las decisiones más trascendentales de su vida: dirigir el Sanatorio.

Transcurría los primeros años de la década del 90 y el SIDA suscitaba muchos prejuicios y tabúes, algo que no amilanó al doctor. En ese periodo sus viajes a La Habana se hicieron frecuentes para conocer más sobre el tratamiento a estos pacientes. Visitó con asiduidad el Sanatorio Los pinos y el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí.

Con ese cúmulo de información asumió la dirección del sanatorio en Matanzas el nueve de septiembre de 1991. Así de preciso es con las fechas Guillermo. Recuerda, además, que en julio de ese año Mandela había visitado la provincia.

Su nueva tarea la asumió como un sacerdocio, algo que según él, debe caracterizar a un galeno: entrega total y sin límites. Por más de una década estuvo al frente de la institución hasta convertirse en una autoridad en la provincia en lo concerniente al VIH.

Recuerda, a veces sin quererlo, la convivencia cercana con la muerte. Aún no existía el tratamiento antirretroviral. “Era duro ver cómo los pacientes se deterioraban físicamente al ser víctimas de enfermedades oportunistas”, rememora, sentado en la sala de su casa.

Uno de los casos que más le golpeó fue el de Eladio, un médico contagiado con la enfermedad. Durante algún tiempo el doctor le sirvió de mucha ayuda, era su brazo derecho. Desgraciadamente representó el primer desenlace triste. “Eladio fue nuestro primer fallecido en la institución”.

Hoy las posibilidades de sobrevivencia son mayores. Y aunque el sanatorio cerró sus puertas en el 2000 el doctor Guillermo continúa trabajando e investigando. A él acuden especialistas y estudiantes para beber de su sapiencia. Cuando puede, toma el bastón que siempre le acompaña y se llega hasta el Centro de Atención a personas con VIH. Por eso asegura que no se ha jubilado, ni nunca lo hará.

Hasta donde la enfermedad que le queja se lo permita, centrará sus fuerzas en hacerse especialista de Segundo Grado en Epidemiología y Máster en Enfermedades Infecciosas. Ese sería su mayor deseo, y muestra de sus ansías constantes por adquirir conocimientos.

Sabe que cada día es un premio. Disfruta las mañanas, pero más le entusiasman los mediodías cuando le llega el beso de su nieto. Su esposa siempre fue su horcón y desde la primera vez que se conocieron le acompaña.

La calma le regresa los recuerdos: los tantos países que visitó, los reconocimientos que conserva, la familia…retorna entonces al callejón San Severino, donde todo comenzó…y le embarga un sentimiento de satisfacción, esa satisfacción que siente el hombre que se sabe útil por la obra construida.

Juana María Mederos: la mujer que más niños ha traído al mundo


Juana María Mederos ha perdido la cuenta de los niños que ha traído al mundo, alcanzarían seguramente para poblar una provincia tan extensa como Matanzas. Desde que arribó al Hospital Materno Julio Alfonso Medina, de esta ciudad, en los lejanos años 70, muchos han sido los bebés que ha recibido en ese trascendental momento que representa la llegada de una nueva vida.

Antes de incorporarse al Hospital Materno se había desempeñado como enfermera general en un Instituto Preuniversitario del plan citrícola de Jagüey Grande. De aquellos años guarda gratos momentos. Era una especie de madre adoptiva de los centenares de jóvenes becados que se encontraban lejos de su familia.

Cuando alguno enfermaba, ella no escatimaba en cariño y buenos tratos. Cuando decidió radicarse en la cabecera provincial sintió mucho dejar atrás a sus alumnos, pero la vida le anunciaba nuevos retos.

Una vez en el Hospital Materno, Juana María comienza a estudiar obstetricia y ginecología. Lejos estaba de imaginar que con los años su nombre sería recurrente y conocido en todos los contornos de la provincia.

Basta nada más aproximarse a Versalles y preguntar por Juana La enfermera, y todos saben dónde vive. Cuando se celebra el Día de la Medicina, su teléfono no deja de sonar. Le llaman desde rincones tan apartados como la Ciénaga de Zapata.
Ella reside en la parte más alta de la ciudad, un barrio conocido como La Cumbre; desde la sala de su casa disfruta de una vista privilegiada donde se aprecia la bahía, pero sus ojos siempre se detienen en la institución a la cual le ha dedicada 4 décadas de su vida.

A veces, cuando los problemas cotidianos le abruman un poco, solo tiene que descender la pendiente desde su hogar al Hospital Materno, y todas las preocupaciones desaparecen.

Juana María siempre lleva una frase a flor de labio, como precepto de vida: “obrar bien con todos, sin esperar nada a cambio”.

Quizás esa filosofía tan suya guarde relación con la educación recibida de niña. Nació en un hogar humilde signado por las carencias, donde lo poco se compartía entre muchos. Creció junto a trece hermanos, pero sus padres trabajaron siempre, siendo la honradez y honestidad los valores que más se practicaban en su casa de Amarillas, perteneciente al municipio de Calimete.

Tanto caló en ella ese deseo por ayudar, que tal parece que ninguna otra profesión guardaba tanta relación con su personalidad como la de enfermera.

Para ella una profesional de la salud debe sentir como propio el dolor ajeno, estar al lado del paciente justo antes que este le precise, acompañarlo durante toda la convalecencia, siempre solícita, y así es precisamente con las gestantes que Juana María atiende, atención que llega a los demás integrantes de la familia.

Por eso a veces se sorprende cuando un auto le detiene en una parada y le llaman por el epíteto por el que todos le conocen: “¡Enfermera Juana!, ¿No me recuerda?”, y ella, realmente, no le recuerda. Debe ser uno de los tantos rostros que ha hecho feliz tras la llegada de un niño. Pero son tantos, que ella solo atina a saludar y regalar una sonrisa. ‘Debe ser el familiar de algún niño que asistí en Maternidad’, piensa para ella y sonríe. Seguramente no se detendrá a sacar la cuenta de cuántos niños ha traído al mundo, cuánta alegría ha regalado a las familias matanceras, porque hay cosas que se hacen porque sí, por el deseo de obrar bien…

Blood Heresy: más que herejía, acto de fe (+ Fotos)


Si traducimos literalmente el nombre de la banda de rock Blood Heresy, significaría algo así como ꞌHerejía de sangreꞌ, o ꞌSangre herejeꞌ, pero a veces las traducciones literales resultan infelices como ciertas comparaciones. Y si vamos a la esencia de esa agrupación rockanrolera entenderemos que más que herejía, es la fe lo que distingue a sus músicos, porque sin dudas Blood Heresy es un acto de fe.

Cultivar el rock en Cuba, y más desde una provincia, muestra cuánto hay de valentía y resistencia en los cinco integrantes de la agrupación. Contra viento y marea han sostenido las banderas del Metalcore (subgénero del rock) durante más de una década.

Michel Marrero, guitarrista y director de la banda, recuerda los primeros ensayos de aquellas incipientes formaciones sin destino cierto ni nombre fijo, como Sacrifice, Amentis, que no duraron demasiado.

Michel Marreo, director de la banda

Cuando se incorpora Dylan Delgado como vocalista, la idea toma fuerza. Surge entonces el nombre definitivo con el cual se conocen desde hace 10 años. Mas no fue cosa de coser y cantar. Los retos y obstáculos a veces parecen infranqueables para los cultores del rock, bien lo sabe Michel:

“Para hacer una banda el primer reto consiste en conseguir los instrumentos-argumenta- que son muy costosos. Otro reto consiste en lograr presentarte en los escenarios y festivales del país”.

Si se le pregunta al joven director sobre la posibilidad de filmar algún videoclip lanzará una sonrisa, y agregará casi con sorna: “si para conseguir un juego de cuerdas o un pedal para la guitarra pasamos trabajo, ¿imagínate enfrascarnos en un proyecto audiovisual?”.

Dylan Delgado, voz líder

Por suerte, la música continuó alimentado las ganas del piquete y nada pudieron las vicisitudes. Como nota halagüeña cuentan que desde hace un año se presentan en una peña habitual en la Casa de Cultura Bonifacio Byrne, de la barriada matancera de Pueblo Nuevo.

Dylan toma la palabra y coincide con Michel: “Mantener una banda de rock a veces puede ser frustrante, en más de una ocasión hemos pensado “hasta aquí”, pero sentimos lo que hacemos, y ya ves, cumplimos 10 años de fundado”.

Mención especial merecen los festivales de rock. Para ellos representan un espacio de cita obligada a pesar de los rigores del viaje, el traslado de los instrumentos, el gasto, hospedaje, sin embargo “es una experiencia que nos nutre, nos retroalimenta”.

Lázaro Mena, baterista

Ejemplo de entrega a la banda lo representa Lázaro Mena, el baterista. El joven vive en Jagüey Grande, a unos 100 kilómetros de la cabecera provincial. Además, trabaja como radiólogo en su municipio. Así que para él pertenecer a la banda resulta un poco más complejo, pero nunca falta a los ensayos y presentaciones, y la distancia ya no resulta distante de tanto transitarla.

Sin dudas Blood Heresy es una grupo sólido, maduro, activo y a tono con los tiempos que corren. Ahora decidieron aprovechar las bondades de internet para insertarse en las redes sociales y extender su música en las diferentes plataformas digitales.

Desde hace algún tiempo también se presentan en varios hoteles de Varadero donde interpretan versiones de clásicos del género rock sin perder la esencia del grupo, ya que según uno de los integrantes esta experiencia les ha permitido entender las raíces del género y darse a conocer frente a otro tipo de público.

Al parecer Blood Heresy continuará defendiendo el género y sorteando cuánto obstáculo se les interponga a los muchachones que la integra. Una década no parecer ser mucho tiempo para quienes tanto han entregado, porque para ellos hace música rock, más que un gusto, es un acto de fe.

¡Maestra Cira…!


Cualquiera pensaría que Cira Suárez Gener es una mujer regia, de carácter fuerte, muy poca dada a las lágrimas fáciles, pero ella es todo lo contrario. Su sensibilidad asoma nada más verle, es en su mirada donde primero se percibe la ternura.

Cira narra sus recuerdos como si los reviviera nuevamente. Habla de su infancia difícil, de lo que representó ser la mayor de 14 hermanos en una familia humilde; de su pueblito La Isabel en su natal Jovellanos, y de la crianza bajo la tutela de su abuela Petrona.

A ella le debe cuánto es en la vida, de ella tomó el ejemplo a seguir. Aún la recuerda con una mocha en la mano cortando caña. La honradez y responsabilidad de su abuela fue de las primeras virtudes que asomaron en la personalidad de Cira y que le han acompañado durante toda su vida.

Nació en el año 1956, tiempos en lo que ser pobre y de piel oscura significaba quizás un estigma en una sociedad racista y explotadora, aún así, Petrona hizo lo indecible para que su nieta fuera a la escuela, porque la educación libera y fortifica.

CIRA LA MAESTRA…

Cuando triunfó la Revolución Cira contaba con apenas 4 años. Según fue creciendo, seguramente comprendió que el país cambiaba y para bien. El horizonte iluminaba los cañaverales de la Isabel, y esta vez su fututo no le depararía la mocha de su abuela. Optar por una carrera universitaria no era una realidad solo realizable para los adinerados. Ella podría estudiar…lo pensó bien y se decidió por el magisterio.

Su motivación no respondía a una vocación punsante desde su niñez, al menos así lo manifiesta ella ciencuenta años después. Deseaba estudiar, pero una carrera que le permitiría graduarse en poco tiempo para ayudar a su numerosa familia.

Fue así que manejó la idea de ser maestra, primero por premura económica, luego por vocación, porque cuando manejaba la idea recordó que en su infancia casi suspende un año escolar a por la ausencia prolongada de un maestro.

Finalmente se gradúa de Maestra Primaria en la década de los 70 y la ubican en el municipio de Cárdenas. Tiempo después regresaría a su pueblo natal a enseñar a los niños de La Isabel. Su abuela ya había fallecido, pero seguramente más de uno poblador exclamaría al verla dirigirse a la escuelita rural: ¡Ahí va la maestra, la nieta de Petrona!

EL BOLO….

Durante dos décadas Cira estuvo impartiendo clases de enseñanza primaria en el municipio de Jovellanos. A principios de los 90 decide radicarse en la ciudad de Matanzas, pero muchos le recuerdan todavía como la maestra de su pueblo. Asegura que solo el amor a su nueva pareja pudo separarla de su terruño.

Mas su llegada a la cabecera provincial no fue color de rosa. Perdió la cuenta de cuántas escuelas conoció en ese tiempo. Siempre que le llamaban para cubrir la ausencia de algún maestro, debían reubicarla cuando este regresaba.

Cuesta creer que a pesar de su vasta experiencia en la enseñanza primaria, durante algún tiempo no contó con un puesto fijo como maestra, incluso en varias ocasiones fungió como auxiliar pedagógica.

Hasta que finalmente llega a la Escuela Primaria Seguidores de Camilo y Che, en la barriada del Naranjal, y la vida le hizo justicia. Allí echó raíces, y lo más importante, ayudó a cultivar a las nuevas generaciones. Y hasta decidió matricular una maestría en su especialidad. Mas lo que sin dudas le marcó para siempre fue el período que pasó impartiendo clases a estudiantes con necesidades especiales.

Cuando repasa esa época le viene a la mente la figura del Bolo, un alumno en quien siempre piensa. A su llegada a su nuevo centro estudiantil, le proponen impartir clases a un grupo de Enseñanza Especial. Si bien no era lo que ella había estudiado decidió dar el paso al frente, ya que tenía lo primordial: la voluntad y deseos de enseñar.

Fue así que conoció al Bolo, quien asistía junto a otros estudiantes a un aula para niños con severos problemas de aprendizaje.

El primer paso de Cira fue conocer a los padres de estos niños, y pedirles que evitaran las ausencias de los alumnos, ella haría el resto, y así fue.

Con 12 años de edad, y la mente de un niño de seis, El Bolo nunca había tomado en lápiz en sus manos. Ella y su empeño lograron el milagro: El Bolo, y el resto de sus compañeros no solo aprendieron a leer y a escribir, participaron además en Forum estudiantiles alcanzando importantes resultados académicos para niños con sus características.

Cira llora al rememorar la actitud del Bolo, corría cada vez que aprendía algo nuevo…Pero a veces las mejores intenciones chocan con la maldad en forma de muros y disposiciones que nada saben de la vida real, ni de la entrega de una maestra. Cierta vez le dijeron a Cira que no podía seguir impartiendo clases a niños con necesidades de una Educación Especial porque ella no había estudiado esa especialidad.

Ese nefasto día bien pudo terminar con la historia de Cira la Maestra. Pero no, su amor por el magisterio era mucho más fuerte que la visión obtusa de algunos. Además, los mayores sufrientes serían los alumnos.

El tiempo ha pasado, quizás los que tomaron aquella absurda decisión ya no están, pero Cira continúa frente a un aula con sus 63 años de vida. De reconocimientos habla poco, como si poco significara alcanzar la condición de Guía Vanguardia en la provincia, ostentar la condición de Educador del siglo XX, entre tantas otras.

Lo que a Cira sí le alimenta el alma es el saludo de sus alumnos, muchos convertidos en hombres y mujeres que le recuerdan con cariño, como el Bolo, que trabaja en una panadería del barrio y le grita desde lejos siempre que le ve: “¡Maestra Cira!”…

No he estado enumerando las manchas en el sol, Pues sé que en una sola mancha cabe el mundo. He procurado ser un gran mortificado, Para, si mortifico, no vayan a acusarme…

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