Los tantos nacimientos de Juani Santos


Juani Santos nació en un cuerpo que no era el suyo, triste realidad que le agobió desde niño. Su persistencia y confianza en sí mismo, y la ayuda y comprensión de muchas personas le permitieron disfrutar su plenitud como ser humano, convirtiéndose en el primer hombre trans a quien se le practicó la cirugía de reasignación de sexo en la Isla.

En el principio Juani Santos no se llamaba Juani Santos. Nació con otro nombre, uno que le cuesta hoy pronunciar. Cuando alguien insiste en indagar en su pasado, él muestra algún antiguo documento donde se puede leer el patronímico con el que le inscribieron al nacer.

Se pudiera decir que él ha nacido varias veces, uno de sus tantos nacimientos ocurrió en el año 1997, cuando recibió su nuevo carné de identidad en la Oficina del Registro del Estado Civil. Sintió la plenitud como ser humano, plenitud que le fue negada una que otra vez, desde que llegó al mundo en un cuerpo que no era el suyo.

Juani Santos nació en el año 1949, un 20 de septiembre, con otro nombre, claro está, y otra fisonomía. Recuerda su infancia como uno de los momentos más felices de su existencia. Marca ese periodo idílico hasta los siete u ocho años de edad. Jugar en la calle hasta tarde le fascinaba. Pero las cosas empezaron a complicarse cuando comenzó a asistir a la escuela.

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En la cuarta ocasión que Juana Pérez dio a luz se sintió dichosa, una saludable hembrita lloraba entre sus brazos. El nombre lo había pensado mucho antes del nacimiento. Le llamaría Juana Rosa.

Recuerda Juana Pérez que su hija siempre fue despierta y alegre, le gustaba montar bicicleta y “mataperrear” en el barrio. Mas algo le incomodaba a la madre: su niña no toleraba llevar una saya o vestido encima. Para salir de casa exigía pantalones y camisas, y aquellos zapatos vaqueros que le quedaban un tanto graciosos.

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Juani Santos vive en una casa que cuesta llamarle así. En la sala pequeña tiene un televisor, y dos butacas, en el otro extremo de la habitación, pegada a la pared de metal, se encuentra la cama. En una de las paredes descansan decenas de fotos de diferentes formatos. En el centro, una hermosa imagen donde aparece él junto a Mariela Castro, a quien le une una fuerte amistad. En todas las imágenes Juani aparece con bigote y rodeado de mujeres.

En la otra habitación de su casa está la cocina, de reciente construcción y sin terminar. En el centro se ubica una mesa. Apenas queda espacio para los dos escaparates. Un poco más allá se deja ver un diminuto baño.

Juani es de los pocos favorecidos que cuenta con un baño en el viejo local que fungía como fundición de la Fábrica de Cubo. Allí se erigen otras viviendas donde la palabra privacidad se desconoce, las paredes de cartón o metal, no llegan al techo, mas fue gracias a la gestión de Juani que esas familias cuentan con la propiedad de sus hogares.

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Nada detestaba más en la vida Fernando Santos que ver a su hermana con ropa de hombre. ¿Qué dirían sus compañeros de la unidad militar donde se desempeñaba como oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias? Entonces un fuerte latigazo de rabia se adueñaba de él. Solo atinaba a tomar las prendas de su hermana y hacerla trizas entre sus manos.
No sospechaba Fernando que luego la niña tomaba sus propios pantalones y salía a la calle con ellos remangados.

Foto cortesía del entrevistado

Solo muchos años después Fernando entendió el sufrimiento de su hermana. Solo muchos años después comprendió que ella nunca quiso nacer así, en otro cuerpo. En ese momento ni tan siquiera sospechaba que existía la palabra Transexualidad. Su hermana tampoco la conocía.

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Nada disfrutaba más Juani Santos que la playa. Reposar en una balsa sobre el agua le relajaban sobre manera, pero a su vez era una tortura. Su cuerpo le producía malestar. Todos ignoraban que empleaba la balsa como escudo, así se protegía de las miradas, y ocultaba también su fisonomía.

En todas las fotos de playa que conserva permanece bocabajo. Sentía un estremecimiento si alguien se detenía en lo poco abultado de su sexo, o en sus diminutos senos. Él hubiera preferido nacer con pene y pectorales, mas la vida le jugó una mala pasada.

Foto cortesía del entrevistado

Aun así su resolución pudo más. Vivía, sentía y se desplazaba como hombre. Se vestía como tal desde niño. Según fue creciendo, tanto el corte del pelado, la escasez de maquillaje, y sus ademanes varoniles le hacían pasar como hombre a donde quiera que llegaba.

Sus amigos no le censuraban cuando salían con él-ella. Incluso lograba seducir a las mujeres, y se enamoró más de una vez. El problema surgía cuando le pedían el carné para cualquier trámite de rutina y se detenían en su verdadero nombre. Por eso la mayoría de las veces prefería decir que se le había extraviado.

Foto cortesía del entrevistado

De lo contrario el malestar resultaban inmenso cuando las personas comprobaban que quien vestía y asemejaba ser un hombre no lo era realmente. Una vez hasta se vio involucrado en un proceso legal porque lo acusaron de una falta grave por “ser así, diferente”. Por suerte la jueza no vio ningún delito y salió absuelto.

Corrían los años 70, su desesperación le motivó a escribir una carta al Ministro de Salud de entonces. Hoy Juani apenas recuerda qué palabras escribió en aquella misiva, lo cierto es que su caso llamó la atención de los especialistas y le mandaron a buscar.

Foto cortesía del entrevistado

Por suerte ya comenzaban los primeros estudios sobre la Transexualidad en la adelantada Dinamarca, noticia que llegó a Juani mediante una publicación periódica.

En los propios años 70 Juani decidió comenzar a trabajar. Se presentó en la Fábrica de Cubos de Matanzas. Titubeó bastante para mostrar su carné de identidad, pero no le quedaba más remedio.

Al principio lo trataron con frialdad, lo que le hizo sospechar que no le darían el empleo. Para asombro suyo fue el propio director quien le brindó un puesto, al cual se entregó en cuerpo y alma.

A pesar de tratarse de una fábrica con gran número de obreros, nunca tuvo ninguna desavenencia con los hombres, en cambio en las trabajadoras de la industria sí intuía cierto resquemor, sobre todo cuando al principio tenía que compartir la habitación sanitaria. Decidió comenzar a ingresar en el de hombres y los problemas desaparecieron.

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Foto que descansa en una de las paredes de la casa de Juani

Durante la década del 80 Juani visitó con bastante frecuencia una institución de salud de la capital cubana. Gracias a aquella carta escrita por él al Ministro de Salud, un equipo multidisciplinario comenzó a estudiar su caso.

En un principio los especialistas creyeron que se trataba de alguna anomalía psiquiátrica, hasta que comprendieron que tanto en su desempeño profesional como en sus relaciones personales era un ser normal. Lo que no era normal, era el cuerpo que habitaba.

Cuerpo que Juani comenzó a sentir suyo cuando se realizó una mastectomía. Luego, estrecharía vínculos con el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX). En el año 1997 disfrutó la felicidad. Recibía en sus manos de obrero, las mismas manos con que fabricaba colchones, hacía algún trabajo de albañilería o arreglaban su vieja moto soviética, el carné con su nuevo nombre: Juani Santos Pérez. Rozaba la plenitud, ya más nunca tendría que mentir o sonrojarse a la hora de entregar su identificación.

Otra de las tantas fotos que aparecen en una de las paredes de su casa, y que muestran su admiración y cariño por Mariela Castro

Sin embargo, pasarían muchos años más para que la felicidad fuera completa. En el 2010 saltaría a la palestra pública. Su nuevo nombre sería titular en medio mundo al convertirse en el primer hombre trans a quien se le practicó la cirugía de reasignación de sexo en la Isla. Dos años más tarde se enfrentaría a una segunda intervención, también exitosa.

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Dentro de pocos días Juani Santos habrá cumplido 70 años de vida. Hace apenas diez que goza de su condición de hombre, con la que nació y le fue negada, y por la que luchó gran parte de su vida.

Hoy Juani disfruta la jubilación, aunque decidió reincorporarse al trabajo. Asegura que ha amado con fuerzas a más de una mujer, así como ama a la vida.

El día de su cumpleaños estrenará una nueva camisa de mangas largas, y se colocará su sobrero, ese con el que ha protagonizado varios documentales y posado para innumerables medios extranjeros y nacionales.

A su casa llegan vecinos lo mismo a curarse un empacho que a pedirle cualquier favor, a lo que el asiente solícito. A veces también le agobia la nostalgia, sobre todo cuando extraña a su hermano fallecido, aquel que le destrozaba los pantalones cuando niño, pero que le aceptó y vivió con él sus últimos años.

Juani a veces siente la soledad. Pero dura poco, hasta que aparece su gato negro de cualquier lugar para posarse en su cama como dueño y señor. Y también está la Fábrica de Cubos, donde ha laborado por décadas y tanto le consideran.

Además, Juani es un ser admirable y transparente, que sabe cultivar la amistad, como lo muestran las tantas fotos que posee junto a tantos amigos que le acompañan aun en la distancia.

Las puertas de su humilde morada siempre está abierta para quien decida visitarle, así sea un desconocido. Y él no siente reparo en contar su historia, sobre todo si consigue evitar que alguien sufra de incomprensiones y prejuicios, que por desgracia nunca dejarán de existir.

¿Resistencia al cambio?


En Cuba debieran desterrase de una vez y por todas frases habituales como resistencia al cambio, que en ocasiones intentan justificar el desapego a los adelantos científicos de los encargados de hacer producir la tierra.
Como tabla de salvación, o simple justificación, algunos acuden a esas expresiones manidas que bien debieran provocar un rechazo rotundo.

Desde que el hombre comenzó a desandar las grandes sabanas en busca de alimentos fue apropiándose de prácticas que mejoraban su desempeño en la caza.

Si hoy existe el Escorial, o cuanta maravilla arquitectónica adorna el planeta, se debe sin dudas a los primeros valientes que descendieron de un árbol para recorrer las sabanas, que incluso, mejoraron su postura al erguirse sobre sus pies, y el pulgar se les separó de los restantes dedos de la mano para sostener instrumentos. Luego domesticaron animales y cultivaron las primeras semillas, comprendiendo que al sembrarlas obtendría comida a mediano plazo, y hasta podrían almacenarla.

Con el tiempo seleccionaron las mejores simientes, y conocieron las características de los suelos, entonces introdujeron nuevas tecnologías y se valieron de animales para la preparación de tierras, hablamos de miles de años atrás.

El surgimiento de la agricultura representó un estadio superior en la historia de la Humanidad, así como la creación del arado, la rueda, y las edificaciones para almacenar y beneficiar los granos.
Desde hace mucho tiempo atrás el hombre comprendió que la aplicación de los avances tecnológicos representaba más producción, más alimento.

Tras miles de años de prácticas agrícolas, el hombre cuenta con un cúmulo de saberes atesorados. Algunos han sido más eficientes que otros.

Es cierto que muchos se fueron tras los cantos de sirena de la Revolución Verde de los años 60 del pasado siglo, que representó un aumento indiscutible de la producción pero a un costo demasiado elevado por el empleo desmedido de químicos, y Cuba no fue la excepción.

En la Isla también se practicó la agricultura industrial, caracterizada por el uso y abuso de insecticidas, fertilizantes químicos, y grandes maquinarias.

Aunque pudiera parecer contradictorio, la caída de la Campo Socialista representó una especie de salvación para la agricultura cubana, ya que la escasez de recursos nos obligó a mirar hacia prácticas más amigables con el medio ambiente, como la agroecología.

Sin embargo, lejos de lo que algunos piensan esas técnicas que tanto favorecen la salud humana, los suelos y las aguas, no se han masificado, como tampoco el empleo de semillas certificadas, el control biológico de plagas, el empleo de forraje para alimento animal, y otros tantos procedimientos avalados por resultados concretos, pero que no siempre se aplican por la socorrida frase de “resistencia al cambio”.

Quienes se resisten al cambio, se resisten al desarrollo, a las mejoras, a la eficiencia, a la protección del medio ambiente, y lo más importante, a producir más alimentos y de mejor calidad. Si nuestros antepasados se hubieran resistido al cambio no hubieran asumido el fuego, el bronce, y quizás estaríamos aún encima de un árbol, en posición encorvada, temiendo caminar las sabanas.

El ejemplo: el secreto de José Ariel


Desde hace 15 años José Ariel García labora en la finca El Palmar, la cual pertenece a la Unidad Agropecuaria de la Empresa de Construcción y Montaje de Matanzas. Su seriedad ante el trabajo le granjeó la consideración y respeto de todos los trabajadores del lugar

Cada jornada, José Ariel García dedica más de la mitad de las 24 horas que tiene el día a la finca donde labora desde hace 15 años. Llega con los primeros claros de la mañana, y su recorrido comienza por las naves de gallinas ponedoras; luego echa una mirada a la nave de los carneros. Durante el trayecto se detiene unos instantes en un espacio de tierra cultivado de boniato. Un poco más allá se encuentran las cochiqueras, allí permanecerá un tiempo prolongado.

Disfruta observar a las puercas reproductoras amamantando a sus crías. Casualmente esta mañana su inspección matutina coincide con un alumbramiento imprevisto, a veces las madres en gestación se adelantan a la fecha señalada.
Rápidamente penetra en el corral y cuenta a los cerditos recién nacidos. Mientras los examina toma un pedazo de tela esterilizado para quitarles los restos de sangre y placenta. “Once en total, buen parto”, dice.

A los 45 días se destetarán para enviarlos a otra finca encargada de la ceba de estos animales.
José Dariel conoce cada detalle de la cría de cerdos. Cuando llegó a la finca El Palmar comenzó a trabajar como custodio y al poco tiempo lo ubicaron en las cochiqueras donde pasó casi ocho años.

Su seriedad ante el trabajo le granjeó la consideración y respeto de todos los trabajadores del lugar. Por eso a nadie extrañó que un buen día lo designaron administrador.

Bien pudiera pasar sus días sentado en una de las oficinas de El Palmar, y dirigir los procesos y tareas desde la distancia. Mas para José Ariel eso resulta casi imposible, le gusta trabajar a pie de surco y con los animales aunque el sol azote. Prefiere hacer, más que decir, por tal motivo no lo piensa dos veces para tomar una manguera y limpiar los corrales o asistir el parto de una puerca.

Además, ha comprobado que cuando él va la vanguardia en cada tarea, sus trabajadores le siguen con convencimiento y comprometimiento total.

CIENCIA Y DIVERSIFICACIÓN

La finca El Palmar tiene como objeto social autoabastecer a la Empresa de Construcción y Montaje de Matanzas. Unida a su similar El Mogote, ubicada en Limonar, son las encargadas de producir alimentos para los más de 2000 constructores con que cuenta la empresa.

De ahí que José Ariel se ha dado a la tarea de diversificar las producciones de su finca. Junto al módulo pecuario integrado por ganado cunícola, bovino, caprino y un número considerable de gallinas ponedoras, han incrementado las áreas de cultivos varios.

Pero para producir se necesita más que voluntad. Gracias al apoyo incondicional de la dirección de la Unidad Agropecuaria, buscaron el apoyo de un centro científico de vasta trayectoria en la producción de viandas y hortalizas. No bastaba con producir, sino hacerlo bien.

Fue entonces que llegó el asesoramiento de los científicos del Instituto Nacional de Investigaciones de Viandas Tropicales (INIVIT), y con estos, términos y procedimientos desconocidos hasta ese entonces.
En la finca El Palmar comenzó a escucharse palabras hasta ese momento quizás desconocidas por los 25 trabajadores de la unidad: mejoramiento genético, clones, adaptabilidad, semillas certificadas…

Era tanta la información que la resistencia al cambio comenzó a hacerse evidente; la pericia de los científicos del INIVIT consiste en no imponer métodos, más bien demostrar con resultados.

La visita de José Ariel a los predios de la institución científica para constatar in situ la calidad de las producciones y cultivos, bastó para introducir las mejoras tecnológicas en su finca.

Comenzaron con la introducción de diversas variedades de boniato, destacando su resistencia a las plagas y adaptabilidad a los prolongados periodos de sequía. Al boniato le siguió la yuca, la malanga, el pepino, la calabaza, siempre acompañados de un paquete tecnológico orientando qué hacer durante las diversas fases de los cultivos.

Los resultados fueron de tal impacto que decidieron extender la zona cultivable. Comenzaron a sembrar un potrero de varias caballerías donde en menos de tres meses se observa un campo diversificado con yuca, malanga, maíz, girasol y ajonjolí.

El asesoramiento fue más allá. José Ariel hoy utiliza los residuos de cosechas para alimento animal.

La finca El Palmar está llamada a convertirse en un referente de la producción de alimentos en la provincia, y aunque cause asombro pertenece a una empresa de la construcción, no del sistema de la agricultura. Pero el apego a la ciencia, y la voluntad determinante hace parir la tierra, mucho más cuando va signado por el ejemplo y sacrifico de hombre como José Ariel.

El mazazo del Presidente


Seguramente los “odiadores” de siempre no se han recuperado tras las medidas económicas anunciadas por el Presidente cubano, que como mazazo en la sien les dejó turulatos. Y es que en estos días las redes sociales y cuanto medio de prensa se dedica a destilar veneno contra Cuba, permanecen en una quietud taciturna producto del aturdimiento.
Por supuesto, pronto asumirán la habitual postura ladina, y comenzarán a buscarle fallas a cuanto se ha aprobado en estos días.

Lo que más les inquieta resulta sin dudas la respuesta satisfactoria del pueblo, que en su inmensa mayoría aprueba la gestión del mandatario y de su amplio equipo de trabajo.

Los “odiadores” de siempre, esos que se cebaron en las redes sociales con mofas sobre las necesidades y desespero que trae la escasez, deben andar rebanándose los sesos, ya que esperaban tiempos de carencias, desabastecimiento, grandes colas en busca del pollo perdido y el aceite huidizo…

Se trata de los mismos que nada dicen, o intentan justificar al impresentable de Trump y su arremetida constante contra el pueblo cubano. Esperaban recortes sociales, ajustes económicos, terapias de choque…

Pero en Cuba sucedió todo lo contrario, no cundió el pánico, y lejos de lo que muchos pensaban hoy el optimismo crece, como la presencia de ciertos productos de primera necesidad, y ya quisiera el magnate que ocupa la Casa Blanca contar con los índices de popularidad del mandatario cubano. No se necesita a grandes encuestadoras, basta recorrer cualquier barrio o detenerse en una parada de ómnibus.

La gestión de Diaz-Canel se ha granjeado la confianza de los cubanos. Su sistema de trabajo convence, aunque algunos esperen resultados inmediatos en una economía que no se recupera del todo. Es que males acumulados tras años de Periodo Especial no dejarán de existir de la noche al día.

El Presidente ha hecho del contacto directo con el pueblo su estilo de trabajo. Él sabe que a veces en sus visitas intentan representar cosas que no existen, que en el afán de algunos de mostrar una buena imagen de los territorios visitados, aparecen establecimientos surtidos, para quedar desabastecido con la prontitud que se aprovisionaron.

Por lo pronto resta mucho para enrumbar definitivamente la economía nacional, mas las coordenadas están trazadas, y algo determinante: la confianza del pueblo sigue inamovible, ese que hace suya cada medida, y que jugará un papel decisivo en el desarrollo definitivo del país.

Alfonsito Llorens: una vida dedicada la música


Recostado en una cómoda butaca de la sede de la Uneac matancera Alfonsito Llorens espera; sin embargo, no parece nervioso. Aunque cada cierto tiempo lanza una mirada a la puerta como si aguardara un llamado. Dentro de poco alguien se asomara para invitarlo al escenario. Hoy compartirá con su público de siempre un momento especial: su cumpleaños 60.

Afuera de la oficina, en la terraza de la Uneac, donde cada sábado se organiza el espacio El Bolerazo, le esperan cientos de personas para escucharle cantar. Han copado todas las mesas y varios permanecen de pie.
En una parte de la terraza los músicos afinan sus instrumentos y ultiman otros detalles para el concierto de esta noche.

El espectáculo comenzará en breve. Alfonsito permanece impasible en su butaca. Mira a una pared de la oficina y se detiene unos segundos en un cuadro que refleja un paisaje campestre. En el borde inferior se puede leer el apellido Llorens. La obra la pintó su padre, plástico renombrado de la provincia, y que mucho tuvo que ver en su formación como artista y ser humano.

Alfonsito pudo dedicarse a la pintura, fue de las primeras cosas que vio de niño: su padre creando frente a un lienzo. Siempre pintaba acompañado de un viejo tocadiscos que emitía música clásica. Quizás ese fue el despertar de la vocación definitiva del cantante.

Mucho tuvo que ver además la responsabilidad asumida por su padre como administrador del gran Teatro Sauto.
Se recuerda recorriendo los interiores del recinto cultural, el teatro era como su segunda casa. En una edad en la que otros niños se dedican a sus habituales juegos de infancia, Alfonsito se extasiaba con los ensayos del Conjunto Lírico de Matanzas. Sin cumplir los sietes años ya dominaba las letras de zarzuelas como Cecilia Valdés o María la O. Incluso, participó en varias interpretando personajes de niños.

De gran influencia para él resultó también su vínculo estrecho con la cantante lírica Gladys Fraga, quien contrajera matrimonio con el padre del futuro cantante.

La suerte estaba echada, la música guiaría sus pasos. Matriculó en la Escuela Vocacional de Arte en la especialidad de guitarra, luego estudiaría violín y finalmente piano. Mas el canto era lo que le apasionaba, y fue en el Pre Universitario donde encauzó esa pasión.

En esa etapa estudiantil creó su primer grupo musical con un repertorio de canciones de la Nueva Trova.
Ya con la idea fija de que lo suyo era el canto, a principios de los 80 participa en el Concurso Adolfo Guzmán. Era su primer roce con la televisión. Dos años más tarde se presentaría en el programa televisivo Todo el mundo canta. Sería ese el trampolín que lo daría a conocer definitivamente como cantante.

Gracias a aquel programa compartió con grandes del panorama musical como Amaury Pérez y Vicente Rojas.

Desde ese entonces le apasionan los festivales, para él siempre ha sido una especie de olimpiada. En esos certámenes se agolpan todas las emociones que invaden al intérprete al subirse al escenario: incertidumbre, nerviosismo, unido a la sensación que los pocos minutos que dura una canción pueden resultar determinantes en la vida de un artista.

La noche parece no avanzar. Alfonsito se mantiene en la butaca mientras su mente continúa recorriendo disímiles pasajes de su vida. Evoca sus cinco participaciones en los festivales OTI, lista que engrosan además certámenes internacionales donde alcanzó premios en países como Italia, Estados Unidos, España, Reino Unido, entre muchos otros.
El cantante aguarda sin mirar el reloj. Hoy interpretará varias canciones que engrosan su repertorio de siempre, aunque ninguna será de su autoría. Si bien ha escrito una treintena de temas que han obtenido lauros en festivales foráneos, no le gusta interpretar su propia obra.

Cuando los relojes marquen la medianoche Alfonsito Llorens habrá cumplido 60 años, ocasión que festejará como más le gusta: cantando junto a su público.

¡Ya es la hora! Se incorpora de la confortable butaca, arregla su camisa y advierte que en estas de seis décadas de existencia, y cinco de vida artística, ha sido feliz. Posee una sólida carrera musical, y lo más importante, el público le quiere y respeta. Se encuentra listo, abre la puerta y sale al escenario… desde ya retumban los aplausos….

La Atlántida matancera, o el batey sumergido


Yoel Verdecia recuerda cada detalle del batey que se hallaba en el Valle Elena como si aquel paraje distante nunca hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Todavía le parece estar mirando la guardarraya de mangos que comunicaba con el caserío. Un poco más allá estaba el ingenio, una escuelita y la bodega.

El batey tendría unas 200 casas a los sumo, las había de mampostería y madera. Las familias que vivían allí cultivaban mucho gracias a la abundancia de manantiales y la fertilidad de la tierra negra que abundaba en la zona.

Tamara Morales, esposa de Yoel, agrega que el batey era próspero. Nada más llegar uno se topaba con guanajos, cerdos, carneros y vacas.


Aunque ambos viven en Ceiba Mocha, poblado rural ubicado a 14 kilómetros de Matanzas, viajaban con frecuencia hasta el Valle Elena. Iban en busca de mangos o para bañarse en los tantos manantiales y ríos que proliferaban en la zona, o descendían desde las elevaciones cercanas.

El valle Elena creció entre dos montañas, El palenque y la Loma del Pan. Hoy existen pocas referencias sobre el lugar. Y eso que apenas han pasado 30 años de su desaparición.


La vida cambió drásticamente para sus habitantes cuando el Estado decidió crear una gran presa en la región y los campesinos de allí se vieron obligados a mudarse. Bien lo recuerda Humberto Mayor Villalonga; un veterano de 73 años y que vio cómo su existencia se trastocó de la noche al día.


HUMBERTO

Humberto Mayor es un guajiro robusto que ve sus días pasar en el poblado de Ceiba Mocha. Nació en el Valle Elena, justo en la falda de la Loma del Pan.

Recuerda que allí se criaba de todo, “semilla que lanzarás nacía, y teníamos muchos animales, yo mismo llegué a tener más de 60 puercos”.

El viejo central allí enclavado dejó de moler mucho antes de la llegada del agua. Mas Humberto recuerda la escuelita rural, y asegura que en días claros, algunos dicen ver su silueta en el fondo de la presa.

El batey se dividía en fincas, “estaba la finca El Pan, a orillas de la loma; la finca Elena, la de Pablo. Cada una con su bodega”.

Desde mediados de los 80, comenta Humberto, surgió el rumor de la construcción de una presa. “Llegaron ingenieros y especialistas y comenzaron a medir el terreno, hicieron cálculos. En un principio, todos estábamos contentos ya que vivíamos aislados y nos ubicarían en el pueblo, en casas confortables, eran tiempos de abundancia, había de todo y nada faltaba.”

“Pero la presa se inaugura en el 90, al poco tiempo se cae el campo socialista, y justo cuando estrenamos las casas también estrenamos las carencias. ¡A esa hora todos querían regresar pa’ la finca pero el agua se había adueñado de todo!”.

A los habitantes del batey los ubicaron en nuevos edificios construidos en Ceiba Mocha y Armona. Humberto agradece la prontitud con que su esposa consiguió una permuta para una casa con patio, por lo que nunca vivió en edificio multifamiliar.

Recuerda además, que el Estado les compró los animales, incluso tasaron las matas que había en las fincas y lo pagaron todo.

“¿Pero imagínese vivir en un edificio? Mi hermana vive en un cuarto piso, ya somos muy viejos y con mil achaques, no puedo subir a visitarla, y ella apenas puede bajar las escaleras”.

Al principio le costó adaptarse al pueblo, asegura. Una vez le dieron la posibilidad de instalarse en una vieja edificación a orillas de la prensa, y allí estuvo sembrado y criando animales durante varios años, “siempre huyéndole al pueblo”.

Humberto a veces se dice a sí mismo que el destino le hizo trampa, ya que la alegría inicial duró poco con la agudeza de la situación económica que sobrevino poco tiempo después; también reconoce que la presa está bien hecha, incluso él ayudó en su construcción, comprende que era necesaria, pero aunque se nombre Caunavaco, para los que vivieron allí siempre será Batey del Valle Elena.

El guajiro Humberto Mayor, oriundo de ese valle hoy inundado, nunca deja de soñar con su finca, lo hace casi todas las noches, ve a sus animales, los árboles, “pero los años me han caído encima y ya prefiero estar más tiempo sentado en el portal, no sé sí hoy pudiera avanzar par de metros tras un animal. Eso sí, no dejo de pensar en todas esas casas bajo el agua, allí hay mucha vida e historias sumergidas”. (Arnaldo Mirabal y Lisandra Verdecia)

Hombres de temple a prueba de tornados


El tornado que azotó a La Habana la tarde-noche del domingo 27 de enero, impactó a muchos cubanos, incluso a hombres como Osvaldo Reyes, un experimentado en lides contra eventos meteorológicos.

La noticia lo sorprendió en la mañana del lunes en su natal Jovellanos. Sin apenas mediar palabras su esposa se fue para el cuarto y preparó el maletín, “de un momento a otro te llamarán”, dijo.

Y justamente el teléfono sonó, pero no eran sus superiores, sino los cinco hombres bajo su mando anunciándole que ya estaban listos para partir. Las esposas de los integrantes de su equipo aprendieron hace mucho que tras un fenómeno meteorológico ellos se ausentarán durante días, a veces semanas, tiempo en que solo el teléfono acortará la distancia.


OSVALDO

Osvaldo Reyes dirige una brigada de línea perteneciente a la Empresa de telecomunicaciones de Cuba S.A, Etecsa. Su equipo está conformado por cuatro linieros y un chofer que a su vez opera la grúa instalada en el camión.

La reputación de sus hombres les ha granjeado el respeto desde Pinar del Río hasta Guantánamo. A donde quieran que llegan se ganan el afecto y admiración por la calidad y fuerte ritmo de trabajo. Desde hace varios ciclones le apodan Los Leones de Jovellanos.

Con 33 años laborando en Etecsa, resultan incontables para Osvaldo los lugares donde ha prestado su ayuda en la recuperación.

La Brigada de Línea de Osvaldo se encuentra en un barrio de 10 octubre. Es jueves 14 de febrero. Desde el 29 de enero en que llegaron a La Habana se levantan cada día a las 5: 30 de la mañana. Luego parten hacia la zona dañada que le asignen.

Este jueves se levantaron un poco más temprano para poder llamar a casa y felicitar a sus esposas. No es la primera vez que se ausentan en una fecha señalada, “por suerte nuestras esposas comprenden la importancia de nuestra labor, nos extrañan, pero están orgullosas”, comenta con cierta picardía el joven Yerandi Miranda, liniero integrante de la brigada.
Osvaldo es un hombre palco de palabra. Cuesta hacerle hablar y cuando lo hace prefiere las frases cortas. Eso sí, su rostro campechano despierta simpatía, como la de esos hombres de campo que rebosan bondad y timidez.


Frente a la Central Telefónica del municipio 10 de Octubre, sostiene un mapa para precisar la ubicación del lugar donde restaurarán hoy. “¡Nos vamos!”, dice, y sus hombres se suben al camión-grúa con premura, casi con marcialidad, como si de esa orden emitida por su jefe dependiera todo lo demás.

En el trayecto a bordo del camión marca Renault, Osvaldo intenta una conversación. Son ideas que lleva adentro desde que llegó a La Habana y sus ojos constataron tanta destrucción: “Se cuenta en la TV, se ven las imágenes, pero había que estar aquí desde el principio para tener una percepción certera de lo sucedido. Lo que te diga ahora no tiene peso.

“La cosa estaba fea, fue impactante, mis hombres han participado en muchos eventos de este tipo, pero un tornado es otra cosa, ¡y bien seria!”, ha logrado decir Osvaldo y quizás sean las únicas palabras que logre obtener.

GREGORIO

El equipo se transporta en un moderno camión-grúa marca Renault. El chofer y operador se nombra Gregorio Reyes, hermano mayor del jefe de brigada, y mucho más desenvuelto al entablar una conversación.

Para suerte de Gregorio, la grúa cuenta con un mando por control remoto, lo que le posibilita operarla desde cierta distancia, “así no permanezco debajo de las cargas”.

Con desenfado asegura que “está detrás de los huracanes” desde principios de los 80 años. “Mi primer ciclón como operario de líneas fue en el año 1982. Viajamos hasta San Juan y Martínez, en Pinar del Río. Aquello arrasó, pero esto es diferente, ¡ahora hay tornados!, ojalá no pase de ahí”.


Gregorio se apoya en la cabina del moderno Renault, y el reflejo de su casco amarillo se deja ver en la puerta del camión. Los seis trabajadores participan en el fregado del vehículo, todos velan además porque esté en estado óptimo. “Es la niña de nuestros ojos, una nave, en Cuba no hay carreteras para él”.
Sin embargo, una vez Gregorio sí sintió miedo sobre el camión. “Nos encontrábamos en San Antonio, allá en Guantánamo, restaurando las líneas telefónicas. Días antes habíamos laborado en el viaducto La Farola, donde cumplimos la tarea a pesar del peligro.

“Por eso me alarmé cuando nos mandaron a Yateras y una señora nos dijo: ‘ Ay mijito, cuídense, que las lomas allá son tan malas como las de La farola, pero más peligrosas, y si llueve es peor’. Había una loma que se llama la Gobernadora e intimidaba a todos los choferes. Justo en esos días se había precitado una rastra por el barranco tras una mala operación del chofer sobre el pavimento mojado.”

Gregorio, que no recuerda haberle rezado a Dios antes de ese día, siempre que se enfrentaba a la Gobernadora se encomendaba al cielo, “ay diosito, que el pavimento esté seco”, y para suerte suya nunca llovió siempre que tenía que trasponer la peligrosa elevación.

Ahora que lo piensa, ojalá los rezos pudieran evitar los daños que causa un huracán; otra idea le da vueltas en la cabeza desde que labora por la recuperación en La Habana: nunca pensó que después de tantos eventos lograría ver algo positivo en los ciclones.

“¡El aviso!, desde que se forma un huracán en algún punto del océano vas siguiendo su trayectoria, y muchas veces sabes de antemano dónde impactará y a qué lugar irás luego a apoyar en la recuperación. El tornado, en cambio, surge de la nada y lo destroza todo, es mucho peor que el huracán por lo que tiene de inesperado y demoledor. Te lo digo yo, que he visto y vivido muchos de estos fenómenos, ojalá, y esta vez le rezo a la naturaleza, no tengamos que presenciar los estragos de un tornado nunca más”.

No he estado enumerando las manchas en el sol, Pues sé que en una sola mancha cabe el mundo. He procurado ser un gran mortificado, Para, si mortifico, no vayan a acusarme…

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