Gente con alma (Parte I)

El campamento

“…siento en la benevolencia de las almas
la raíz de este cariño mío a la pena del hombre
y a la justicia de remediarla…”
José Martí

Alexander sueña con echar una siesta en un buen colchón donde reposar la fatiga diaria de vivir; también sueña con tener una casa propia, pero lo cambiaría todo sin pestañar por volver a disfrutar de la compañía de su hermano, quien cumple sentencia por agredir a un hombre. Por lo pronto, Alexander se va contentando con los portales que la noche le brinda.

Sin su hermano se siente incompleto. Por suerte cuenta con un nuevo compañero de andanzas y desventuras: Alberto, más conocido por “Comevidrio”.

En la playa Allende Alexander y su compinche montaron el campamento. Escogieron el lugar porque se trata de una zona residencial con varias paladares donde siempre se agenciarán algún alimento. Además, en el invierno pocos se acercan al lugar.

A pocos metros de la orilla, en lo que queda de un parque infantil, dos bloques hacen de fogón rudimentario, encima reposa una lata donde bulle un caldo incoloro y sin olor. Tres panes, un pedazo de mortadella, y la mitad de una pizza completan el almuerzo.

Mientras aguarda por Alberto, Alexander cuenta de las cuatro casas que perdió, y de cómo su tío le expulsó de su último hogar. No menciona las razones. Desde entonces vive en la calle.

Sus ojos enrojecidos y cierto aliento a ron muestran que aún no se libera de la resaca. Con gran naturalidad refiere que padece de cirrosis hepática, y para confirmarlo saca de su billetera una remisión médica con una fecha de ingreso vencida. Pero el alcohol sigue acompañando sus días, ya no como antes, “ahora solo un poco en la mañana y otro en la tarde. A veces bebo para olvidar, otras para recordar”, dice.

Almuerzo a orillas de una playa

Finalmente llega Alberto “Comevidrio”. Emigró a Estados Unidos cuando el Mariel y lo extraditaron varios años después.

“Problemas con la droga”, dice, aunque jura que él nada tuvo que ver. Los 18 kilos de cocaína que ocuparon en su auto no le pertenecían, nunca supo cómo llegaron al maletero. Desconfía de su hermano, quien logró escapar de la redada policial. Nunca más le vio.

Incluso, en la audiencia, la jueza norteamericana reconoció que en el operativo el perro de la policía no se le aproximó a olfatearlo, prueba suficiente de que nunca tuvo contacto con la droga, “pero así son las cosas, a veces injustas porque sí”.

Tiene bien ganado el sobrenombre de “Comevidrio”. Aunque le van quedando pocos dientes permanecen los fundamentales para triturar. Así hace algún dinero, incluso en un centro recreativo le obsequiaron una jarra de cristal que llevó consigo varios años hasta que alguien se la robó.

“Robarle a quien nada tiene debiera ser un delito de lesa humanidad”, dice.

De un saco Alberto extrae objetos que ha conseguido quién sabe dónde. Pozuelos plásticos, cucharas, cucharones, platos. “Tenemos que esconderlo bien, siempre nos roban las pertenencias”.

Uno lanza una ojeada en derredor para observar el patrimonio de ambos que apenas cabe en un saco. Es un domingo apacible, casi hermoso. En las paladares cercanas los comensales seguramente degustarán platos caros y suculentos. Así como Alexander extraña un colchón seguramente eche de menos una buena comida con sazón. Continúa inmerso en su faena de cocinero. Retira de la candela el dudoso caldo y con un pedazo de lata lacera la mortadela en porciones iguales.

Alexander dándole los toques finales al caldo

“¿Crees que estemos haciendo algo ilegal?”, pregunta mientras me observa tomando fotos. Se pasa la mano por la gran cicatriz que se deja ver en su abdomen, huella indiscutible de alguna antigua operación.

¿ILEGALES?

Alexander y Alberto se encuentran en un espacio público. Pudiera alegarse que la rústica cocina daña el parque infantil, pero el estado de los equipos era lastimoso mucho antes de su llegada. También pudiera decirse que sus harapos tendidos afean el entorno, que la pobreza y precariedad lastiman la vista, quizás por ello muchos prefieren torcer la mirada, y pocos se detienen en una imagen dominical tan lacerante.

¿Vagabundos? ¿Sin techo? ¿Deambulantes? ¿Olvidados? Son muchos los calificativos que se les aplica a esas personas que viven al margen de todo por diferentes causas, una de ellas, el abandono familiar.

Aunque el Código de Familia cubano establece la obligatoriedad de los familiares de un individuo a brindarle alimento, entendiendo por este todo lo que es indispensable para satisfacer las necesidades de sustento, habitación y vestido, el número de personas subsistiendo en las calles resulta un fenómeno notable.

Aunque no lo dijo, su padecimiento de siderosis hepática hace suponer que el alcoholismo pudo ser una de las causas que llevaron a Alexander a abandonar su hogar, dormir en los portales y alimentarse de lo que encuentre.

Alberto en primer plano

ALIMENTO PARA LOS NECESITADOS

Alexander a veces asiste a la Iglesia Hermanas Carmelitas Descalzas, allí elaboran comida tres veces a la semana para “personas en situaciones difíciles” como él, según sus palabras. En otras ocasiones, cuando logra reunir algún dinero, se llega hasta la Cafetería-Mercado Dos de Mayo. Allí radica un comedor perteneciente al Sistema de Atención a la Familia (SAF).

En el 2007 se dio a conocer una resolución dictada por el Ministerio de Comercio Interior, donde se establecía los lineamientos para los SAF, teniendo en cuenta la necesidad de complementar la alimentación a un determinado segmento poblacional.

El saco de Alberto

En el 2014 la resolución se convirtió en ley y en uno de sus capítulos estableció que los SAF están concebidos para complementar la alimentación a adultos mayores, personas con discapacidad, embarazadas con alto riesgo y casos sociales críticos, con insuficiencia de ingresos y carentes de familiares obligados en condiciones de prestar ayuda. Mas, al parecer, Alberto y Alexander no entran en esas categorías, logran adquirir alimentos allí solo si falta algunos de los autorizados.

SAF LA YUMURINA

Durante varios años la unidad La Yumurina, en la calle Milanés, acogió a uno de los comedores del Sistema de Atención a la Familia (SAF) que hay en la ciudad. Desde hace varios meses el inmueble se encuentra en reparación, por lo cual trasladaron los servicios de manera provisional para la Cafetería-Mercado Dos de Mayo.

Carlos Cruz, administrador de este último establecimiento, atiende diariamente a 38 comensales de la tercera edad. Allí le ofertan desayuno, almuerzo y comida los siete días de la semana por el valor de dos pesos.

El Ministerio de Trabajo se encarga de determinar quiénes reciben el servicio de alimentos, aunque la última palabra la tiene el Consejo de Administración.

“Aquí no asisten casos críticos o personas sin hogar. Más bien se trata de viejitos sin familia pero con un techo donde pernoctar”.

“Tenemos mucho cuidado con la elaboración de los alimentos, el plato fuerte y su gramaje resultan inviolables. Este sistema se monitorea constantemente. El menú es semanal y el abastecimiento planificado, todo se asume con mucha responsabilidad. Existe un registro de asistencia que debemos llenar diariamente. La ciudad cuenta con 10 comedores de este tipo.

Sin embargo, algunos ancianos llevan años esperando la aprobación que les permita recibir las bondades del SAF. (Continuará…)

Pertenencias que Alberto guardaba en su saco
Alexander debe operarse de siderosis hepática
Alberto a veces se gana algún dinerito triturando vidrios con los dientes
Parte del almuerzo de los amigos
A cierta distancia de allí, en la plaza del Viaducto, se encontraba otro deambulante
Secando la ropa
Menú semanal que consumen los ancianos que asisten al SAF
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El acento de Piruli


Piruli, así, sin tilde, con la fuerza de pronunciación en la segunda sílaba; así es como todos conocen a Lázaro Rodríguez Izquierdo.

Lo normal sería que le llamaran Pirulí, como los caramelos que vendían en su casa cuando era niño, y por lo cual le endilgaron el apodo desde que cursaba el quinto grado. Lo cierto es que nunca le incomodó, y que por ese mote le conocen en casi todos los confines de la provincia a donde llegue la prensa matancera.

Se podrá decir que Lázaro es una figura mediática porque a cada rato su nombre, (el otro), y su rostro, (otro también), aparecen en los periódicos o en la televisión por sus resultados en la labor de higienización que realiza en Servicios Comunales.

Pero la fama nunca se le ha subido a la cabeza, aunque para su familia ya no sea noticia que un periodista llegue preguntando por él para una entrevista. Tal insistencia con su persona también podría pasar como un facilismo, tanto de los reporteros como de los directivos de Servicios Comunales, porque seguramente en su empresa existan más trabajadores destacados, aunque parece ser que pocos con la constancia de Piruli.

Hace casi 30 años que la historia de este laborioso hombre comenzó a rodar por los contornos de la ciudad, esos a los que le saca brillo, porque suyo es uno de los oficios más nobles e importantes, y más subvalorados también. Nada le mortifica más que constatar que a los pocos segundos de barrer una calle alguien lace una jabita de nailon para la acera. ¡Ah sí! Se nos había olvidado escribirlo, ya Piruli no desanda la urbe en un carro de basura. Los años pasan factura y su salud no es la misma.

Ya los matanceros no disfrutarán de su alegría contagiosa desde la carreta en un tractor. Hace dos meses se encarga del barrido de la calle Río hasta Dos de Mayo, y las arterias perpendiculares que comunican con Calle Medio. Son muchas cuadras, pensarán algunos, pero no para quien el trabajo siempre ha sido indispensable como el agua o el aire, le insufla vida.

Si no, cómo entender que Lázaro siempre aventaja al sol, y cuando los primeros caminantes del alba recorren la ciudad ya este ha pedaleado unas cuantas horas y kilómetros en su bicitaxi. A media mañana “desensilla” el vehículo y se incorpora a otra de sus pasiones: la cría de cerdos.

Cuando el sol se encuentra en el centro del cielo Piruli se encasqueta su overol rojo y parte risueño y decidido hacia el centro de la ciudad para pulir las calles y librarla de las suciedades que otros dejan.

El laborioso personaje extraña los tiempos pasados cuando la basura se sacaba en lata, incluso recuerda que algunas vecinas esperaban al carro de la basura que pasaba siempre a su hora, y hasta corrían tras la cubeta para evitar magulladuras en el envase. Pero el tiempo hace lo suyo. Aparecieron las jabitas de nailon y se adueñaron de todas las aceras y contenes, y de los balcones también, porque muchos vecinos prefieren lanzarlas desde las alturas.

A ello sumémosle los escombros. Porque la cintura de Piruli comenzó a sufrir con los sacos y sacos de materiales de la construcción que muchos desconsiderados apilan en cualquier lugar para que “alguien” los recoja. Fue así como las dos hernias de la columna de Lázaro le dejaron varios meses en el piso, sin apenas moverse. Gracias a la fisioterapia logró incorporarse. De eso hace ya tres años, pero desde entonces nuestro entrevistado decidió cuidarse la salud, pues como bien él dice, con sus 51 años se encuentra en la media rueda, y ahora la vida va cuesta abajo.

Sin embargo, vale destacar que mantiene su energía. Todo lo asume con la misma perseverancia que practicaba el triatlón cuando era muchacho. Siempre se halla en constante movimiento y actividad. No hay un segundo para el descanso.

Por eso le han agasajado tanto y conserva numerosos reconocimientos. No hace mucho le llamaron de la Uneac donde fue merecedor de otro. Y él lo comenta así, con esa sencillez poco común.

Si se le pregunta su mayor premio, lo que más le ha estimulado en la vida, dirá a los cuatro vientos que su familia: su esposa, sus tres hijos y su nieto Anthony. Este último sí le tiene embobecido de tanto cariño.

Piruli no sabe qué le deparará el futuro, si por fin le asignarán el teléfono que tanto ha esperado, si algún día ostentará la condición de Héroe del Trabajo, eso sí, afirma y acentúa que continuará teniendo en su familia el mayor premio, y en el trabajo diario su razón de existir.

La fuerza de Eugenia


Existen personas que son un libro abierto, apenas se necesita indagar sobre su vida. Cada gesto denota los rasgos de su personalidad, con tan solo observarle desde la distancia ya uno se hace una idea de quién es y a qué se dedica.

Algo así sucede con Eugenia Virgen Viltre González. Basta una mirada para entender que se trata de una mujer de trabajo: sus brazos esculpidos por las labores agrícolas, su agilidad en los movimientos hablan de una salud envidiable y que siempre estará dispuesta a emprender cualquier tarea con efusión.

“Debo hablar con ella”, pienso. Minutos después el saludo de rigor, la presentación habitual: “Hola, soy periodista, me permite unas palabras”. “Por supuesto, faltara más”, responde ella sin amilanarse por la grabadora ni el tablet donde intento capturar su imagen.

En una mano conserva orgullosa un diploma entregado en el encuentro de mujeres rurales efectuado hace solo minutos en el Instituto de Investigaciones de la Caña de Azúcar, Epica Antonio Mesa Hernández, organizado por la Federación de Mujeres Cubanas.

El encuentro transcurre en un sábado mañanero con un sol refulgente sin rastros de nubes. “Un día perfecto para lavar”, pensarán algunas de las mujeres allí presentes, aunque minutos antes se hablara de igualdad de género y compartir las faenas del hogar, creo que esa conducta no se ha entronizado en la mente de todos los hombres. Si bien la mujer cubana, y en particular la rural, goza de igualdad jurídica y legal, en la mente se producen los cambios más importantes. (Vale destacar que la idea del lavado se le haya ocurrido a este redactor).

Virgen, como todos conocen a Eugenia, se acomoda en el banco de un ranchón donde transcurrirá nuestro diálogo. Le comparto unos apuntes que hice en mi agenda donde trato de explicar las diferencias entre la mujer rural y la de ciudad, desde mi punto de vista.

Le expongo que quizás sean más saludables porque respiran siempre un aire puro; llevan una vida menos agitada pero más sacrificada como se puede observar en el rostro de mi entrevistada, curtido por el sol donde reposan varias arrugas.

Lejos de lo que alguien pueda pensar la mujer que vive en el campo no es rústica, conserva sus ademanes femeninos y presume de su belleza y finura. Habrá que ver cómo relucen sus calderos aunque cocinen con leña o carbón, así como la blancura de sus sábanas.

Virgen sonríe y asiente con la cabeza. La conversación toma otros derroteros. Viajamos en el tiempo hasta Bartolomé Masó, en Granma. Allá nació hace 67 años. Su relación con el campo comenzó en los cafetales orientales.

Hace tres décadas se radicó en Matanzas, en un pueblito de Jovellanos que se llama Terán. Para bien de su vida logró integrar la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) La Rueda.

Allí hace lo que le orienten, desde chapear, machete en mano, hasta guataquear. También siembra y recoge papa. No le teme a las rudas faenas del campo. Más bien las disfruta. Todos saben que ella trabaja contenta, tal es su pasión que al culminar su jornada laboral se enfrenta a otra en su finca, donde cultiva yuca, boniato, plátano. Le brillan los ojos cuando habla de sus vaquitas, puercos y gallinas.

Le pregunto si se ha imaginado viviendo en la ciudad: “donde yo no pueda tener mi siembra ni mis animales no sé qué me haría. Lo mío es el campo y el trabajo fuerte, si me enfermo y debo quedarme en casa me siento incompleta, es un día perdido”.

Con una sonrisa placentera asegura que no le duelen ni los callos, se para y hace una cuclilla para demostrarlo. Luego saca un cigarro y asegura que tres cosas no le pueden faltar en la vida: “mi café mañanero, mis cigarros y las ganas de trabajar”.

“Si me falta el buchito de café mi energía decae un poco”. Mas es tanta su vitalidad que sus hijas a veces no le pueden seguir el ritmo.

También habla de ciertas carencias como la falta de agua en su batey, lo que le complejiza un poco la existencia, pero lo dice como de pasada, como quien ha aprendido a vivir con ello, porque lo importante, según Virgen, es trabajar, la vida después sabrá retribuir tanto sacrificio.

Esta vez la veterana mujer rural repasa entre sus manos el diploma recibido, y se le escapa una mirada de satisfacción, “ahora solo quiero bailar un poco”, confiesa, “no siempre una logra distraerse”, y nos despedimos como viejos amigos, como si yo la conociera de siempre, mucho antes de esta entrevista.

Che, siempre necesario


En estos tiempos en que no falta la doble moral, gente que ha¬bla mucho y poco ha¬ce, no resulta ocioso regresar sobre la vida del Che Guevara. Hoy, como nun¬ca antes, se precisa la llegada del Hombre Nuevo.

Pero más allá de la pertinencia de la utopía que enrumbe nuestro camino en la persecución de convertirnos en mejores seres humanos, de impenitentes anhelos de justicia, no debemos cejar en la construcción de ese ser, aunque nos parezca de los tiempos fu¬turos, como bien calificara Fi¬del al propio Che.

Quien me lee seguramente se habrá amilanado una que otra vez ante los días que corren por tanta blandura de conciencia, y es allí donde más adusta se nos hace la mirada del Che y ese porte mesiánico de predicador de revoluciones. Por suerte, aunque lo hayan querido canonizar, nunca alguien fue tan humano y tan real como ese argentino-cu¬bano.

Su milagro más grande fue existir y echar su suerte junto a nosotros. Gozamos los oriundos de esta Isla del raro privilegio de contar en nuestras filas de sempiternos de la utopía con un hombre de la talla colosal e incalificable del Guerrillero He¬roi¬co.

Un ser de alma límpida y trans¬parente, incorruptible co¬mo los revo¬lucionarios auténticos. Ne¬ce¬sitamos al Che, a su fi¬gura, co¬mo los peces al agua y las aves al aire, pero no para ser co¬mo él, em¬presa casi imposible, más bien para realizar cada día un ejercicio de introspección y de¬ter¬minar las buenas acciones de las malas, y reconocer cuándo nos falla ese motor interno que impulsa al verdadero combatiente capaz de realizar las grandes ha¬zañas, y las pequeñas, casi im¬perceptibles que conforman nues¬tro día a día. Se trata de la au¬to¬crítica sincera con nosotros mismos.

Guevara nos dejó las coordenadas precisas para desembocar en esa condición que enaltece el alma de hombres y mujeres plenos: ser revolucionarios.

Más que mencionar sus hazañas, admirar su heroísmo, sentirlo cerca, urge como nunca antes actuar según sus pre¬cep¬tos. Ac¬tuar fue de sus mayores virtudes.

Las palabras siempre iban a la zaga si se trataba del argentino, eran la sombra tras el reflejo de la luz de sus acciones.

Él nunca dijo: “hay que hacer”, llegaba primero y hacía, y ese ejem¬plo, en ocasiones, da la im¬presión que nos falta.

Algunos pueden alegar que la ne¬¬cesidad del Hombre Nuevo es co¬sa del pasado, pero los valores que propugnó el Che no tienen fe¬cha de caducidad: desinterés, ejemplaridad, entereza, sinceridad, honradez… y la lista se hace in¬¬terminable.

En el Che hallamos todas las vir¬tudes que se requieren hoy: hacer suyo el sufrimiento ajeno y decir lo que se piensa sin esperar aplausos del auditorio. Vale destacar que en los tempranos años 60, el teórico que también fue, lo¬gró vislumbrar el final de la Unión Soviética. ¡A más de uno alarmaron sus palabras! Así lo pensaba, y tal afirmación no na¬ció de un arranque de pasión, sino fruto del estudio constante.

A través suyo se podía ver, su accionar hablaba por él. A ratos me pregunto qué hubiera escrito Martí si hubiesen coincidido en la lucha. Siempre tan lúcido el Maes¬tro si se trataba de describir el al¬ma de los hombres.

Atemporal y necesario. Así lo des¬cribiría yo. A veces temo que se convierta solo en la foto distante de rostro agraciado, que para al¬gu¬nos solo sea aquel ejemplo inalcanzable que no siempre conviene imitar.

Mas, porque molesta su ejemplo es que sigue naciendo, incluso, en los lugares más insospechados. Un cadete de una Academia Militar nor¬¬teamericana muestra con orgullo un pulóver con el rostro del Gue¬¬rrillero en el momento de su graduación. La noticia saltó a los planos internacionales, y aunque muchos ceños seguramente se fruncieron en aquel país, a noso¬tros nos muestra que el Che sigue vivo, siempre vigente, siempre necesario.

La angustia de Chivás (o el último post)


No se asusten, no he pensado en suicidarme, yo solo me inmolaría entre las piernas de una dama. Pero en estos días he pensado mucho en los últimos momentos de Eduardo Chivás y en su disparo. Pienso que lo que le obligó a jalar el gatillo y acabar con su vida, la decisión de dispararse a sí mismo, fue la impotencia. Y la impotencia me invade en los últimos días, sobre todo desde el viernes 6 de septiembre.

Impotencia por descubrir que todo sirvió de nada, que ya no está de moda el heroísmo, mucho menos un último aldabonazo; que todos saben pero nadie habla, y lo peor, que al parecer ya a nadie le importa.

En este minuto no me han podido desmentir, pero muchos si me pueden acallar. “No tienes suficientes argumentos”, dicen, “las redes sociales no es lugar para denunciar nuestros problemas”, dicen, y yo, realmente, ya no tengo ganas de decir más.

Me he defendido cómo he podido, me han apoyado, pero la impotencia se convierte en angustia, y tanta angustia ya me jode bastante.

Y entonces pienso en México, donde mueren periodistas por ejercer su oficio, y me pregunto si en Cuba no sucederá algo peor, o quizás existen otras formas de morir, es que te mata de a poquito…

No dejo de pensar también en las veces que este país y su gente acaricia lo extraordinario, los más grandes desprendimientos, las más sublimes hazañas, y con dolor descubro cada día que también tememos y mucho a algo tan esencial como respirar: decir lo que se piensa, defender una opinión.

Yo ya no puedo vivir así, y precisamente es cuando más ganas tengo de vivir y respirar mi aire, ese que me llega de mi ancha bahía.

Quiero seguir defendiendo lo que pienso, sin tener que dar tantas explicaciones de lo que digo. Necesito ser transparente conmigo mismo y consecuente con mis palabras.

Nunca quise esta algarabía. Solo añoré la transparencia. La debida y necesaria transparencia. Iluso que soy, debo reconocer que me equivoqué, no por falta de argumentos, sino por esperar demasiado, por creer que denunciar un hecho de corrupción de dominio público, y silenciado por las autoridades de mi provincia, no lograría otra cosa que su examen y estudio, no mi empalamiento.

En este minuto nadie (me refiero a las autoridades del gobierno) se me ha acercado para hablarme del asunto. Y eso que al parecer todos están al tanto del barullo en las redes. Y me pregunto si se preocuparán con esa misma intensidad de la percepción que tiene los matanceros del nivel de corrupción en la provincia. Yo realicé un simple ejercicio, le pregunté a 28 matanceros qué pensaban del fenómeno. Todos afirmaron que sí existe, y que no se combate con firmeza.

Este es el último post que escribo en este blog Revolución. Este que fundé en octubre del 2010 con una crónica del Che Guevara. Solo me queda decir que me hago responsable de cada palabra escrita aquí, siempre me motivó contar a Cuba con sus luces y sombras, siembre busqué la luz, y hoy, a pesar de lo vivido y sufrido, aun encuentro esa luz.

Me despido de este blog sin dolor. En algún momento crearé otro porque nada ni nadie me quitará las ganas de contar. Quisiera decir más cosas, que estoy orgulloso de mi núcleo del Partido, aunque me separara de sus filas, no así de otras decisiones. Quisiera decir que al país no lo destruirán las calumnias de afuera, ni las duras verdades que replican otros medios…pero bueno, eso todos los saben o deberían saberlo.

Yo solo quiero decir, y hoy, con más seguridad que nunca afirmo, que la mayor irresponsabilidad siempre será callarse.

¿Marta Odalys es inocente? (¡el culpable soy yo!)


Es fácil cansarse, mandarlo todo al carajo y dedicarse a cosas de uno. Sería simple, solo tendría que asumir la postura de los tres monos sabios y evitar el saludo de mis vecinos del barrio, ellos que siempre se me acercan para exponerme aquel problema de vieja data y ninguna solución.

Es fácil cansarse, lo sé, y también es permitido el cansancio. Conozco a muchos viejos combatientes a los que les ganó la fatiga y prefirieron pasar sus últimos días ajenos a todo, otros en cambio, continúan luchando a pesar de toda la mierda que reina y apesta en muchos rincones de esta isla.

Lo peor es que abundan quienes les gusta embadurnarse mientras se tapan la nariz asegurando que nada huele mal, y en el caso de que tus fosas nasales capten la fetidez, tu rostro no puede dar muestra de repugnancia. Así pasa con la corrupción en Matanzas. Así sucedió con el caso “Marta Odalys”, la ex presidenta de la asamblea de gobierno municipal liberada de su cargo.

Todavía retumba en mis entrañas aquella frase de: “no tienes pruebas y Marta Odalys te puede demandar por difamación”. Es decir, a mí sí se me puede llevar a juicio por intentar indagar sobre la verdad, y como ya sufrí una vez, ningún argumento podrá protegerme por válido que sea: hace más de un año que estoy exigiendo en todas las reuniones en las que he participado, se den a conocer las circunstancias de la liberación de la funcionaria. Muchos honestos cercanos a mí saben que no miento.

Llevo más de un año exigiendo luces sobre el asunto, porque creo firmemente que los medios de prensa deben jugar un papel más activo en ese flagelo que hoy agobia y perturba a nuestra economía, y desmoviliza a tantos revolucionarios honestos.

Como bien escribiera Julio García Luis en su trascendental obra Revolución, socialismo, periodismo, ningún caso de corrupción ha salido a la luz mediante una investigación periodística por parte de la prensa. Los periodistas cubanos nos hemos convertido en una especie de médicos encargados de la autopsia para dictaminar las causas que llevaron al contagio del occiso, léase corrupto, mas nunca hemos podidos atajar el mal a tiempo.

Y como acabo de comprobar, en torno a los corruptos se está tejiendo en Matanzas una maraña tenebrosa que los hace intocables una vez descubiertos sus desmanes, como sucede con el caso Marta Odalys. Incluso, en este minuto, ella no es culpable de nada, sino el periodista que ose indagar sobre el asunto.

Hace pocos días supe por varios vecinos que la dirigente liberada asumía una nueva tarea como jefa de cuadro en la Empresa Municipal de Mantenimiento y Servicio a la Educación (EPASE). Así como sucedió con el cese de sus actividades como dirigente, su nueva responsabilidad se ha regado como pólvora y a pocos deja indiferente…aunque otros prefieren hacer mutis y desentenderse del asunto (los mismos que la colocaron en el nuevo cargo y silenciam sus errores, me pregunto) .

Por otra parte, me resulta patético que alguien me acuse de tener sentimientos malévolos hacia la señora. “Arnaldo, la tienes cogida con ella”, expresaron. Una frase tan infantil solo puede ser producto de la ignorancia política o el comprometimiento con Marta Odalys. Ignorancia política porque con la corrupción no debe haber medias tintas ni frases plañideras, si fue liberada por “cuestiones de métodos” deben publicarse, darse a conocer, el día que se decida realizar juicios públicos y ejemplarizantes los corruptos sabrán a qué atenerse: nada es más poderoso que el desprecio del pueblo. Y en Cuba, y en el mundo, se desprecian a los corruptos, a los malversadores.

¿Cómo entender o interpretar el silencio en torno a ese caso? Cuando escuché esas dos frases desmovilizadoras que me acusaban de difamación o malos sentimientos hacia Marta Odalys, decidí eliminar mi post. Y para colmo en Cartas desde Cuba lo habían publicado. Y no tengo que decir qué representa para un periodista que Rasberg te publique. Él, que según leo, es el culpable de muchos de nuestros males.

Pero mi intención al eliminar mi post nunca fue darle tierra y pisón. Todo lo contrario, regresé con la misma fuente para indagar sobre la posible inocencia de Marta Odalys. “Es una corrupta” me dijo. Y empezó a enumerar las irregulariades cometidas bajo su mandato en la asamblea municipal.

Y entonces me sentí cansado, cansado de la hipocresía, la falsedad, el ocultamiento de los problemas que navegan a vox populi y quienes deben combatirlo prefieren ocultarlo como ropa sucia. Así es más fácil dirigir, darle la espalda a la realidad, taparse los oídos, no escuchar los reclamos del pueblo, mientras se mira la tarjeta del combustible asignado.

A veces creo que a ciertos jefes, funcionarios y dirigentes solo les preocupa el funcionamiento de su auto. Quizás por eso cierta vez uno me puso cara de alarma cuando le dije que Jesús Menéndez viaja por ferrocarril. Jesús Menéndez es de mis paradigmas como Luchador Comunista. ¿Resulta fatigoso viajar en tren? Pues así viaja el pueblo, y aunque mi planteamientos puede resultar pueril para algunos, pienso que los dirigentes de mi país deben experimentar en carne propia todas las vicisitudes del Soberano: el pueblo.

Y para que se alarmen más, el Che Guevara compartía la idea de que los dirigentes deberían trabajar un mes en el campo para que su mente no se burocratizara, yo no pido tanto, me conformo con que viajen un mes en transporte público para que se empapen de la realidad pura y dura de los cubanos que viajan en guagua. Seguramente también se enterarán de muchos casos de corrupción y otros tantos problemas agobiantes de nuestra sociedad.

A estas alturas me importa un comino lo que piensen de mí; algunos creerán que todo se trata de necesidad de protagonismo, otros, de ansías de victimización, y habrá hasta quienes piensen que estoy luchando el viaje… Por suerte hay personas que me conocen bien y entienden de qué va todo. Ahora que saco cuenta, a lo largo de los años han cambiado poco mis argumentos y forma de pensar.

Me angustia sí, que muchas veces me exijan pruebas y contraste de fuentes sobre la corrupción cuando hay muchos deseosos de ocultarlas, y escasos, casi ningún, entusiasmado en desenmascarar el flagelo.

Sigo creyendo en una Cuba mejor, pero incluso si me doy cuenta que todo lo que he defendido es un espejismo, seguiré aferrado a mi espejismo, gustoso y militante.

Ahora que escribo escuchando el tema Testamento de Silvio, descubro que le debo muchos post en mi blog a mi Cuba de hoy, esa que quiero con el alma, pero nunca escribiré una letra sobre el desarraigo, ni la distancia, porque por muy paralizador que sea el cansancio, permaneceré, es una cuestión de principios conmigo mismo.

¿Y para terminar, exijo me expliquen también qué sucedió con el directivo de Comercio y Gastronomía de Matanzas que defalcó millones de pesos y logró escapar del país? Y nadie dijo nada….

Moltó, el amigo


Porque uno llega a creer que a quien se quiere nunca se irá definitivamente. Por eso siempre guardé la esperanza de reencontrarme con Antonio Moltó un día de esos y conversar de tantas cosas, pero ya no será. Desde la voz dulce y triste de una amiga supe la noticia de su deceso. Por unos momentos quedé en silencio como analizando la frase, y lo que representaba para muchos, y para mí su partida, porque Moltó era mi amigo.

Como la vida obra de manera misteriosa, de niño lo conocí desde el programa de radio Hablando Claro. Sin soñar tan siquiera con ser periodista, admiraba su fuerza y convicción al hablar de nuestros problemas; y fruto del azar concurrente luego goce de la dicha de su amistad y conversación.

Era sin dudas un gran orador, uno podía escucharle horas y horas hablando de lo humano y lo divino, de la cotidianidad, los problemas de los periodistas, porque nada del sector periodístico le era ajeno.

Fue de las personas más humanas que he conocido, de las más humildes, también poseía el don de escuchar, como aquella vez que con el asombro de un niño curioso quedó conmovido antes la fuerte faena de una campesina matancera de envuelta de la Angelina. Sin protocolos, ni poses circunspectas, el Presidente de la Unión de Periodista de Cuba quiso saberlo todo, y su actitud era la de un guajiro más. Desde ese día se ganó el corazón de aquellos lugareños, quienes cayeron en cuenta de quién se trataba cuando le vieron en la televisión tiempo después.

Las ganas de trabajar, los deseos de transformar y revolucionar el sector periodístico, unido a los continuos y extensos viajes quizás le pasaron factura a su salud maltrecha. Había que ponerse fuerte con él porque muchas veces hacía poco caso a los consejos médicos. Recuerdo aquella vez, cuando no nos conocíamos aún, que me pidió un cigarrito para fumar escondido en una asamblea. Yo, que le admiraba desde antes, sentí que compartir un cigarro con Antonio Moltó, ser su cómplice en algo, me resultaba una gloria inmensa.

Hoy estoy triste, y quisiera engañarme y decir que me reconfortarán los momentos compartidos, las confesiones hechas, su amistad y hombradía a prueba de todo, mas sé que seguiré triste porque con su partida se me deshizo la esperanza de volverle a ver, de escucharle una última vez. Desde este 15 de agosto los periodistas cubanos iremos un poco huérfanos, y los hombres y mujeres de bien desolados, porque partió para siempre un hombre bueno.

No he estado enumerando las manchas en el sol, Pues sé que en una sola mancha cabe el mundo. He procurado ser un gran mortificado, Para, si mortifico, no vayan a acusarme…

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