El Yerbero del Yumurí


Aurelio Andrés Díaz Fabré se reconoce como Ossainista. Así nombran a los hijos de la deidad yoruba Ossain, dueño absoluto del monte.

A punto de cumplir los 77 años Aurelio Andrés recorre los cuatro puntos cardinales de la ciudad de Matanzas en busca de plantas para remedios medicinales o rituales religiosos.

Como hijo de Ossain tiene el don de reconocer todas las hierbas y palos del monte. La virtud la recibió de niño por esos misterios que a veces solo la religión puede explicar.

Muchas veces se le ve a orillas del río Yumurí con un machetín en la mano. Camina con cuidado por el irregular terreno, ya que sus viejos huesos acusan la fatiga de los años. Pero pese al tiempo, no ha perdido la destreza al cercenar los tallos con una sola mano.

Ni él logra enumerar todas las especies y remedios que conoce. Mientras sostiene un mazo de alacrancillo, asegura que es “muy bueno para la erupción en la piel de los muchachos. Aquella de allí- y señala a orillas del río- es garro blanco, excelente para los padecimientos del estómago”.

Aurelio habla como las personas de antaño; de él se pueden escuchar frases en desuso como “baños de asiento” o “concepción” para referirse a la gestación de las mujeres, para el alumbramiento, según dice, también existen remedios.

“Ossain me obsequió la virtud de reconocer las matas curativas del monte, y Orula, el adivino, me encomendó.

El veterano yerbero es muy conocido en la ciudad. Hasta su casa llegan personas de muchos lugares para mejorar la salud o para rituales de iniciación.

Reconoce que en la naturaleza existen plantas para lo bueno y lo malo. Como el guao, y deja escapar un “mmmmmm” de respeto. “El guao es un diablito que sirve para brujería y hacer daños”. Mas lo que Aurelio prefiere es curar a las personas, entonces comienza a cantarle a Oshún, la deidad del río, y mientras se aleja su canto se hace imperceptible.

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Los colores de Mariela

Cuando uno se va aproximando a la casa de Mariela Alemán, en el poblado de Guásimas, desde la distancia percibe la escultura de una gran tijera que descansa en su tejado, símbolo de su quehacer, y similar quizás a aquella que le tomara a la abuela en su niñez para confeccionar su primera pieza textil para una de sus muñecas.

Convertida en una diseñadora de gran prestigio y notoriedad, con disímiles premios y reconocimientos, su nombre es un referente en las principales pasarelas del país. Hoy su arte trasciende las fronteras con revolucionarias propuestas que se exhiben en ciudades de renombre como New York.

En el mundo artístico le llaman Mariela Colores, y al ingresar a su taller redescubre la niña que fue. Enseña sus piezas como si se trataran de sus juguetes más preciados, los desparrama sobre la mesa de trabajo y explica las técnicas empleadas y cómo consigue las diversas tonalidades cual si fuera un juego que disfruta a plenitud. Lo hace con júbilo, sin regodeos, ni ínfulas de grandeza, sino con una pasión patente por cuanto hace.

Hasta se llega a pensar que el trabajo del diseñador es cosa fácil, sin noches de desvelos, ni la angustia nerviosa que precede a cada exhibición.

Reconoce que cuanto es, lo debe a la influencia de su abuela, quien era costurera. Ella le veía siempre en la máquina de coser y por imitación quizás, o por vocación temprana, comenzó a elaborar las ropitas de sus muñecas. Siendo una pequeña de tercer grado, cosió un “shorcito” que fue el orgullo de su abuela, quien henchida de gozo mostró el talento de la nieta a todas las vecinas.

Mirando a su nana se adentró en ese universo de crear vestidos con sus manos. Sus inicios transcurrieron en Bolondrón. Y fue allí donde trabajó durante 14 años, en la Casa de Cultura de su pueblo natal. Luego impartiría clases de pintura, e incursionaría en el bordado y el punto crochet, siempre trabajando con niños.

También cita como influencia determinante a su profesor Raúl Borondino, de quien recibiría clases de pintura en la escuela de arte. Así se apropió de la técnica del estarcido en óleo y acrílico.

Pero a Mariela, tanto como la pintura, le interesaba diseñar vestidos, así que eligió las telas como soporte para sus inquietudes artísticas.

Comenzó probando. Quería trasladar la técnica a los tejidos y lo intentó una y otra vez, pero el resultado final no le satisfacía. Rememora que un buen día, inmersa en su empeño, la llamaron para algo… y cuando regresó a su mesa de labores el sol había “trabajado” las telas, produciendo un efecto maravilloso en los colores. Asegura que fue de manera casual.

Por eso manifiesta con marcada modestia que muchos de sus logros son accidentales, “¡es el sol quien me ayuda!”, y aduce que también por azar el astro rey le regaló otro efecto imaginado cuando al caer sobre un tejido varias hojas de plantas, produjeron una amalgama de tonos y figuras, similar a la técnica del estarcido.

A partir de allí comenzó a experimentar, a jugar con la luz natural y los matices. Lo mismo aprovecha los granos de arroz, que plantas que cultiva en su casa, como la higuereta, y comienza a crear con una energía inusitada, casi con frenesí.

Cuando se le pregunta qué surge primero, si comienza de una idea prefijada, duda en responder, porque lo de ella es crear y disfrutar creando.

“Un día trabajo las telas en el entintado, otro, se me ocurre diseñar un vestido. En ocasiones sí sé lo que quiero conseguir y parto de un diseño preconcebido, otras veces no, y me dejo llevar por la inspiración.

Inspiración que no responde a un momento específico, ni a una musa antojadiza, si bien prefiere las mañanas soleadas, trabaja cada día de la semana.

ARTE Y MODA

Mariela siente un cariño especial por el evento Arte y Moda, entre las principales plazas del buen vestir en Cuba. Participó por primera vez en el 2012

“Arte y moda es un certamen muy bello, los diseñadores deben crear a partir de la obra de un pintor. En una ocasión me correspondió producir mis piezas a partir de la pintura Bicicleta, de Luis Enrique Camejo.

Pieza perteneciente a la colección Bicicleta

“Recuerdo que estuve una semana sin dormir. Debía confeccionar una prenda a partir de un ciclo, con todos los accesorios, timón, sillín, e incorporarlos al vestido. Pero el resultado fue favorable.

FRIDA

En la vida de Mariela, Frida Kahlo es una constante. En cada espacio de su casa uno se topa con cuadros con el rostro de cejas pronunciadas y mirada desafiante de la pintora mexicana, acompañados de esas frases ingeniosas que le caracterizaron hasta convertirla en un símbolo de rebeldía y pasión.

Esa admiración de Mariela se vio retribuida y alimentada cuando tuvo la dicha de crear varias piezas de vestir a partir de la pintura Cartas de amor a Diego, de la artista de la plástica Lesbia Vent Dumois.

La propuesta de Vent Dumois le chocó un poco porque era muy conceptual, mas Mariela no se amilanó y echó a volar su imaginación, y junto con esta, también el sueño, porque estuvo sin dormir varios días hasta que al fin logró aprisionar una idea, y cuando comenzó a elaborar sus bocetos sintió tal golpe de energía y entusiasmo, que creó una colección de 25 piezas.

Con la colección Frida la diseñadora obtuvo numerosos reconocimientos

Tal fue la reacción de la crítica que su propuesta resultó elegida entre los 10 mejores trajes de la década de existencia de Arte y Moda.

Luego le invitaron a otro certamen prestigioso en New York, la Semana de la Moda en Harlem. Una experiencia única para ella.

Recientemente resultó seleccionada para participar en el homenaje que efectuará el Fondo Cubano de Bienes Culturales para celebrar sus 40 años de creado, organización a la cual pertenece.

Se deduce que el lugar que más disfruta de su hogar es el taller, y ella lo corrobora, agregando que su trabajo no termina al colgar el vestido en la percha. Para ella el momento cumbre es la pasarela, cuando las modelos defienden su trabajo.

“Yo disfruto todo el proceso, pero ver la obra terminada en la pasarela me regocija. El sentimiento debe ser semejante al del pintor que ve su obra en la galería, o al músico en un concierto, lo importante es la respuesta del público. Para un diseñador esos 10 o 15 minutos que dura la exhibición resulta la culminación de la obra y lo es todo para mí.

La mirada de Frida le observa desde cualquier rincón del taller

Al que madruga, ¿quién lo ayuda?

En este caso quién lo asiste, o le sirve, serán las interrogantes con una respuesta segura: casi nadie, para no pecar de absoluto.

Por eso siempre que amanezco temprano, mientras recorro una ciudad dormida, incluso más allá de las ocho de la mañana, y me topo los establecimientos cerrados voy repasando en mi mente la escena final de Mejor…imposible, aquella película protagonizada por Jack Nicholson y Helen Hunt, cuando en las altas horas de la madrugada deciden visitar un establecimiento que abría sus puertas, ¡a las cuatro de la mañana!

Recuerdo que el personaje tenía cierta enfermedad neurótica y me da por pensar que si esa escena se llega a efectuar en la ciudad de Matanzas el final de la película sería otro bien distinto…y trágico, y eso que se trataba de una comedia romántica.

Pero en la urbe de los ríos y los puentes, y cierta somnolencia también, los establecimientos gastronómicos que expenden alimentos ligeros comienzan la jornada laboral mucho más allá de las ocho de la mañana. Y en el saco de los adormilados podemos introducir tanto a particulares como estatales. Aunque los primeros, por emprendedores quizás, a veces sí abren sus puertas más temprano. Incluso uno puede toparse con ciertas mesitas madrugadoras con un termo de café a la vera del camino.

Pero regresemos al tema que nos convoca, y nos deja con cierto mal sabor en la boca. Para muchos madrugadores, esos que laboran en fábricas, talleres, servicios comunales o en el turismo, no hay nada mejor que un buen café mañanero. Pero ¿dónde tomar un café que nos desentumezca los labios y el sueño en los primeros albores del día? Es cierto, no todos somos cafeteros, ¿dónde tomar entonces un vaso de leche tempranero y calentico al menos?

Asombra que muchas cafeterías estatales, de esas que debieran laborar las 24 horas del día, permanecen cerradas aun cuando el reloj marca las nueve de la mañana “cuadrando la caja” o “en el cambio de turno”.

Y ahí entra otro mal extendido: el cuadre de caja o arqueo. Es cierto que en un establecimiento que labora durante 24 horas deben cuadrarse las ventas, hacer entrega de los productos comerciados y el dinero recibido. Pero parar una venta tanto tiempo en un local que tiene como objeto vender, es otra cosa bien distinta y molesta.

Y aquí quisiera hacer una mención especial al Oro Negro ubicado en el Viaducto de la Ciudad de Matanzas que comunica la capital del país con Varadero. De los establecimientos que más veces he presenciado que detiene la venta por cuadre de caja o la llegada de una pipa de combustible. Sería bueno estudiar cuánto dinero deja de ingresar ese lugar cada vez que detiene su venta, que ocurre con bastante frecuencia. ¿No habrá un mejor horario para recibir el combustible o “cuadrar” que los horarios picos?

Entiendo que por razones de seguridad se detenga el expendio de gasolina o diésel a los autos, ¿pero también de productos de primera necesidad?

Solo se entiende tal desplante, ese que produce las puertas cerradas de un establecimiento, si su prioridad no fuera la satisfacción de los clientes.

¡Ah! Pero cuán diferente sería todo si cada administrador velara por el buen funcionamiento de cada lugar. Y por la agilidad de esos procedimientos quizá obligatorios, pero que pudieran hacerse con más presteza y sin detener la venta.

Varios de mis colegas no me dejarán mentir si rememoro aquella vez cuando observaron que me sentí contrariado antes de comenzar un recorrido para un reportaje. Era fin de mes y de cuota, y en casa me hallaba sin café. Pasaban los ocho y en el centro de la ciudad no pude hallar un sitio donde comprar cigarros y beber un sorbo de la energizante bebida.

Por suerte existen notas halagüeñas, como la que publicamos ese día en el semanario Girón: la reapertura de la cafetería La Pelota. La alegría no solo fue debido a su aún inacabada pero bella imagen o a las variedades de ofertas, debemos agregar y destacar que abriría sus puertas desde las seis de la mañana. Es decir, los madrugadores ya cuentan con un lugar donde recibir un servicio de desayuno, o un simple café o taza de leche antes que el sol asome. Ojalá la buena nueva se esparza por toda la urbe.

En Cuba, para siempre

Más de cien viajes a Cuba han realizado los canadienses John y Anna Olsen, y en más de 60 ocasiones eligieron el Hotel Tropical de Varadero. Su relación con la Isla comenzó en el lejano 1986, desde entonces regresan una y otra vez.

A través de una sonrisa clara y sincera se puede descubrir el alma de las personas. Y John y Anna son de sonrisa fácil y transparente. Con ellos se puede entablar una conversación sin importar la diferencia de idioma.

Logran hablar con la mirada más que con las palabras, y entre oraciones que muchas veces resultan inteligibles al poco conocedor del inglés, llega al rescate la risa afable para demostrar que el día transcurre entre amigos, y que la comunicación en varias ocasiones no necesita de palabras. Después de un rato tal parece que se está entre viejos conocidos.

La piel blanca sin la tonalidad que brinda el sol caribeño, y los ojos muy azules nos hace pensar por un momento que estamos en presencia de dos extranjeros, pero a veces las palabras también resultan injustas, más si conocemos que la raíz etimológica de extranjero viene del francés antiguo estrangier que entre sus significados se encuentra extraño.

Si algo nunca será este matrimonio de trato afectuoso y alegría constante es precisamente extraño. Sobre todo cuando se encuentran en el lugar donde regresan una y otra vez porque se saben queridos.

Su vínculo con la Mayor de la Antillas comenzó como muchas grandes historias: por azar. En busca de un destino para vacacionar le sugirieron Hawái. Luego alguien mencionó la palabra Cuba. “¿¡Cuba !?”, se preguntaron. Poco, o casi nada conocían del país. Transcurría el año 1986. Han pasado más de tres décadas, y desde ese primer contacto no se han podido despegar del calor de la Isla. ¡Ciento una visitas desde entonces! Y cientos de amigos y emociones en cada viaje.

Recuerdan que a mediados de los 90, justo cuando el Periodo Especial estaba en su apogeo, conocieron la Ciénaga de Zapata gracias a un guía turístico. En ese entonces visitaron una escuelita en Palpite. Les sorprendió que los niños escribían con lápices pequeños, lo que en Cuba llamamos un “mochito”. Durante casi una década, en cada regreso, hacían una visita obligada al sureño municipio para entregar a la escuela material escolar para los alumnos.

También visitaron otras ciudades como Santiago de Cuba donde pasaron una navidad y escucharon que Fidel se encontraba en la misma urbe, confiesa John. Aunque no lo vieron, se sintieron dichosos. Poco tiempo después, tras del paso del huracán Andrew, viajaron con donativos para varias escuelas santiagueras.

El matrimonio vive en British Columbia. En su trayecto a la Isla deben tomar dos aviones y cada vuelo demora poco más de tres horas. A pesar de la intervención quirúrgica en una de las rodillas de John, la cual le dificulta caminar, en diciembre pasado arribaron al centenar de visitas y viajan hasta cinco veces al año.

“Elegimos a Cuba por el calor”, responde John. Durante más de 30 años ya han establecido un lazo casi sanguíneo con muchos cubanos.

En 60 ocasiones se han hospedado en el Hotel Tropical. Escogen la instalación por la playa y porque es pequeña, pero sobre todas las cosas por sus trabajadores. La experiencia de los grandes hoteles les abruma un poco. En cambio, en el Tropical se sienten más a gusto, es como si pertenecieran al colectivo de hotel.

Gustan sentarse al borde de la piscina y deleitarse con algún coctel nacional, mientras saludan a cuanto trabajador pase por su lado con un sonoro estrechón de manos “a lo cubano”. Se sienten tan cercanos en ese lugar que en cada regreso traen equipos como termómetros para medir la temperatura varias áreas de la instalación.

Anna no duda en responder si al regresar a Canadá siente nostalgia por Cuba. Pronuncia un ¡Yes!, con gran musicalidad que quiere decir mucho más que una simple palabra afirmativa. Como para que se le entienda mejor reitera la frase con un ¡Sí!, envuelto en una sonrisa casi tropical.

Una vez en British Columbia, cada pared o estante de su casa le regresa a la nación caribeña, porque conserva muchos souvenires y presentes de sus amigos cubanos: juegos de tazas de Artex, jarras, ceniceros, maracas.

Dice él jocosamente que los cubanos tienen una cualidad un poco extraña, “cuando le regalas algo, ellos quieren retribuirte con otro presente”, por tal motivo siempre arriban con regalos y se regresan también colmados de obsequios.

John y Anna no responden al estereotipo de los turistas que al escuchar un son cubano mueven los hombros e intentan tirar un pasillo, sin embargo, disfrutan el ron Cuba Libre como pocos. Mientras transcurre la conversación él saboreaba una cajetilla de cigarros Cohiba.

“De aquí amo a la gente. Son muy cálidas y bien llevadas, quizás tengan carencias, pero les sobran otras muchas cosas… no ves jóvenes drogadictos en las calles”, comenta John. Nada les agrada más que observar cada mañana a los niños con uniformes camino a la escuela.

Durante muchos años John piloteó un avión y lleva un tatuaje de la fuerza área en uno de sus brazos. Anna era estilista y costurera. Con alegría y orgullo él asegura que no tiene que salir de casa para pelarse o lucir bien, ella se encarga.

Al preguntársele sobre los años de casados, como si lo recordara cada día de su vida John menciona que fue un 21 de junio hace ya 35 años. Fue un momento importante en sus vidas, solo comparado con la primera vez que llegaron a Cuba y quedaron prendados para siempre.

Desde finales de los 80 acá han visto cómo la Isla se transforma cada vez, sobre todo con los nuevos negocios, pero la esencia de los cubanos se mantiene. Para ellos, no han perdido su calidez, alegría y nobleza.

Cuando se le pregunta si algo no le agrada de la Isla, se quedan pensativos, y luego de prolongados segundos de silencio responden con otra sonrisa: “¡El avión que nos regresa a Canadá!, siempre les cuesta retornar a su patria natal.

Una vez allá, cuando se sientan a extrañar Cuba, les viene a la mente aquellas primeras frases desalentadoras que le escucharon a algunos, hablaban de una Isla comunista y por tanto, malévola.

Por ellos mismos descubrieron, y lo reafirman cada vez, que se trataba de la tierra de la libertad, de la familiaridad y de la unión. Entonces salen de compras en busca de nuevos obsequios para el viaje de retorno a Varadero.

“Aquí siempre que estamos sentados en algún lugar las personas pasan y nos saludan, nos sonríen incluso sin conocernos, algo que no siempre sucede en mi país”, dice John.

Finalmente, cuando se les inquiere si hubieran preferido nacer aquí, dicen que no, para afirmar al instante, como si hablaran de la vida eterna o de los sentimientos perdurables, que decidieron descansar definitivamente en la Isla.

Cuando les llegue el final desean que sus cenizas se depositen en una porción de rocas de Boca de Camarioca, a pocos kilómetros de Varadero. Un lugar que descubrieron hace algún tiempo donde las olas golpean suavemente para juguetear con los rayos del sol. Así permanecerán en Cuba, para siempre. (Por Arnaldo Mirabal y Dayana Lavastida)

Gente con alma (Parte I)

El campamento

“…siento en la benevolencia de las almas
la raíz de este cariño mío a la pena del hombre
y a la justicia de remediarla…”
José Martí

Alexander sueña con echar una siesta en un buen colchón donde reposar la fatiga diaria de vivir; también sueña con tener una casa propia, pero lo cambiaría todo sin pestañar por volver a disfrutar de la compañía de su hermano, quien cumple sentencia por agredir a un hombre. Por lo pronto, Alexander se va contentando con los portales que la noche le brinda.

Sin su hermano se siente incompleto. Por suerte cuenta con un nuevo compañero de andanzas y desventuras: Alberto, más conocido por “Comevidrio”.

En la playa Allende Alexander y su compinche montaron el campamento. Escogieron el lugar porque se trata de una zona residencial con varias paladares donde siempre se agenciarán algún alimento. Además, en el invierno pocos se acercan al lugar.

A pocos metros de la orilla, en lo que queda de un parque infantil, dos bloques hacen de fogón rudimentario, encima reposa una lata donde bulle un caldo incoloro y sin olor. Tres panes, un pedazo de mortadella, y la mitad de una pizza completan el almuerzo.

Mientras aguarda por Alberto, Alexander cuenta de las cuatro casas que perdió, y de cómo su tío le expulsó de su último hogar. No menciona las razones. Desde entonces vive en la calle.

Sus ojos enrojecidos y cierto aliento a ron muestran que aún no se libera de la resaca. Con gran naturalidad refiere que padece de cirrosis hepática, y para confirmarlo saca de su billetera una remisión médica con una fecha de ingreso vencida. Pero el alcohol sigue acompañando sus días, ya no como antes, “ahora solo un poco en la mañana y otro en la tarde. A veces bebo para olvidar, otras para recordar”, dice.

Almuerzo a orillas de una playa

Finalmente llega Alberto “Comevidrio”. Emigró a Estados Unidos cuando el Mariel y lo extraditaron varios años después.

“Problemas con la droga”, dice, aunque jura que él nada tuvo que ver. Los 18 kilos de cocaína que ocuparon en su auto no le pertenecían, nunca supo cómo llegaron al maletero. Desconfía de su hermano, quien logró escapar de la redada policial. Nunca más le vio.

Incluso, en la audiencia, la jueza norteamericana reconoció que en el operativo el perro de la policía no se le aproximó a olfatearlo, prueba suficiente de que nunca tuvo contacto con la droga, “pero así son las cosas, a veces injustas porque sí”.

Tiene bien ganado el sobrenombre de “Comevidrio”. Aunque le van quedando pocos dientes permanecen los fundamentales para triturar. Así hace algún dinero, incluso en un centro recreativo le obsequiaron una jarra de cristal que llevó consigo varios años hasta que alguien se la robó.

“Robarle a quien nada tiene debiera ser un delito de lesa humanidad”, dice.

De un saco Alberto extrae objetos que ha conseguido quién sabe dónde. Pozuelos plásticos, cucharas, cucharones, platos. “Tenemos que esconderlo bien, siempre nos roban las pertenencias”.

Uno lanza una ojeada en derredor para observar el patrimonio de ambos que apenas cabe en un saco. Es un domingo apacible, casi hermoso. En las paladares cercanas los comensales seguramente degustarán platos caros y suculentos. Así como Alexander extraña un colchón seguramente eche de menos una buena comida con sazón. Continúa inmerso en su faena de cocinero. Retira de la candela el dudoso caldo y con un pedazo de lata lacera la mortadela en porciones iguales.

Alexander dándole los toques finales al caldo

“¿Crees que estemos haciendo algo ilegal?”, pregunta mientras me observa tomando fotos. Se pasa la mano por la gran cicatriz que se deja ver en su abdomen, huella indiscutible de alguna antigua operación.

¿ILEGALES?

Alexander y Alberto se encuentran en un espacio público. Pudiera alegarse que la rústica cocina daña el parque infantil, pero el estado de los equipos era lastimoso mucho antes de su llegada. También pudiera decirse que sus harapos tendidos afean el entorno, que la pobreza y precariedad lastiman la vista, quizás por ello muchos prefieren torcer la mirada, y pocos se detienen en una imagen dominical tan lacerante.

¿Vagabundos? ¿Sin techo? ¿Deambulantes? ¿Olvidados? Son muchos los calificativos que se les aplica a esas personas que viven al margen de todo por diferentes causas, una de ellas, el abandono familiar.

Aunque el Código de Familia cubano establece la obligatoriedad de los familiares de un individuo a brindarle alimento, entendiendo por este todo lo que es indispensable para satisfacer las necesidades de sustento, habitación y vestido, el número de personas subsistiendo en las calles resulta un fenómeno notable.

Aunque no lo dijo, su padecimiento de siderosis hepática hace suponer que el alcoholismo pudo ser una de las causas que llevaron a Alexander a abandonar su hogar, dormir en los portales y alimentarse de lo que encuentre.

Alberto en primer plano

ALIMENTO PARA LOS NECESITADOS

Alexander a veces asiste a la Iglesia Hermanas Carmelitas Descalzas, allí elaboran comida tres veces a la semana para “personas en situaciones difíciles” como él, según sus palabras. En otras ocasiones, cuando logra reunir algún dinero, se llega hasta la Cafetería-Mercado Dos de Mayo. Allí radica un comedor perteneciente al Sistema de Atención a la Familia (SAF).

En el 2007 se dio a conocer una resolución dictada por el Ministerio de Comercio Interior, donde se establecía los lineamientos para los SAF, teniendo en cuenta la necesidad de complementar la alimentación a un determinado segmento poblacional.

El saco de Alberto

En el 2014 la resolución se convirtió en ley y en uno de sus capítulos estableció que los SAF están concebidos para complementar la alimentación a adultos mayores, personas con discapacidad, embarazadas con alto riesgo y casos sociales críticos, con insuficiencia de ingresos y carentes de familiares obligados en condiciones de prestar ayuda. Mas, al parecer, Alberto y Alexander no entran en esas categorías, logran adquirir alimentos allí solo si falta algunos de los autorizados.

SAF LA YUMURINA

Durante varios años la unidad La Yumurina, en la calle Milanés, acogió a uno de los comedores del Sistema de Atención a la Familia (SAF) que hay en la ciudad. Desde hace varios meses el inmueble se encuentra en reparación, por lo cual trasladaron los servicios de manera provisional para la Cafetería-Mercado Dos de Mayo.

Carlos Cruz, administrador de este último establecimiento, atiende diariamente a 38 comensales de la tercera edad. Allí le ofertan desayuno, almuerzo y comida los siete días de la semana por el valor de dos pesos.

El Ministerio de Trabajo se encarga de determinar quiénes reciben el servicio de alimentos, aunque la última palabra la tiene el Consejo de Administración.

“Aquí no asisten casos críticos o personas sin hogar. Más bien se trata de viejitos sin familia pero con un techo donde pernoctar”.

“Tenemos mucho cuidado con la elaboración de los alimentos, el plato fuerte y su gramaje resultan inviolables. Este sistema se monitorea constantemente. El menú es semanal y el abastecimiento planificado, todo se asume con mucha responsabilidad. Existe un registro de asistencia que debemos llenar diariamente. La ciudad cuenta con 10 comedores de este tipo.

Sin embargo, algunos ancianos llevan años esperando la aprobación que les permita recibir las bondades del SAF. (Continuará…)

Pertenencias que Alberto guardaba en su saco
Alexander debe operarse de siderosis hepática
Alberto a veces se gana algún dinerito triturando vidrios con los dientes
Parte del almuerzo de los amigos
A cierta distancia de allí, en la plaza del Viaducto, se encontraba otro deambulante
Secando la ropa
Menú semanal que consumen los ancianos que asisten al SAF

El acento de Piruli


Piruli, así, sin tilde, con la fuerza de pronunciación en la segunda sílaba; así es como todos conocen a Lázaro Rodríguez Izquierdo.

Lo normal sería que le llamaran Pirulí, como los caramelos que vendían en su casa cuando era niño, y por lo cual le endilgaron el apodo desde que cursaba el quinto grado. Lo cierto es que nunca le incomodó, y que por ese mote le conocen en casi todos los confines de la provincia a donde llegue la prensa matancera.

Se podrá decir que Lázaro es una figura mediática porque a cada rato su nombre, (el otro), y su rostro, (otro también), aparecen en los periódicos o en la televisión por sus resultados en la labor de higienización que realiza en Servicios Comunales.

Pero la fama nunca se le ha subido a la cabeza, aunque para su familia ya no sea noticia que un periodista llegue preguntando por él para una entrevista. Tal insistencia con su persona también podría pasar como un facilismo, tanto de los reporteros como de los directivos de Servicios Comunales, porque seguramente en su empresa existan más trabajadores destacados, aunque parece ser que pocos con la constancia de Piruli.

Hace casi 30 años que la historia de este laborioso hombre comenzó a rodar por los contornos de la ciudad, esos a los que le saca brillo, porque suyo es uno de los oficios más nobles e importantes, y más subvalorados también. Nada le mortifica más que constatar que a los pocos segundos de barrer una calle alguien lace una jabita de nailon para la acera. ¡Ah sí! Se nos había olvidado escribirlo, ya Piruli no desanda la urbe en un carro de basura. Los años pasan factura y su salud no es la misma.

Ya los matanceros no disfrutarán de su alegría contagiosa desde la carreta en un tractor. Hace dos meses se encarga del barrido de la calle Río hasta Dos de Mayo, y las arterias perpendiculares que comunican con Calle Medio. Son muchas cuadras, pensarán algunos, pero no para quien el trabajo siempre ha sido indispensable como el agua o el aire, le insufla vida.

Si no, cómo entender que Lázaro siempre aventaja al sol, y cuando los primeros caminantes del alba recorren la ciudad ya este ha pedaleado unas cuantas horas y kilómetros en su bicitaxi. A media mañana “desensilla” el vehículo y se incorpora a otra de sus pasiones: la cría de cerdos.

Cuando el sol se encuentra en el centro del cielo Piruli se encasqueta su overol rojo y parte risueño y decidido hacia el centro de la ciudad para pulir las calles y librarla de las suciedades que otros dejan.

El laborioso personaje extraña los tiempos pasados cuando la basura se sacaba en lata, incluso recuerda que algunas vecinas esperaban al carro de la basura que pasaba siempre a su hora, y hasta corrían tras la cubeta para evitar magulladuras en el envase. Pero el tiempo hace lo suyo. Aparecieron las jabitas de nailon y se adueñaron de todas las aceras y contenes, y de los balcones también, porque muchos vecinos prefieren lanzarlas desde las alturas.

A ello sumémosle los escombros. Porque la cintura de Piruli comenzó a sufrir con los sacos y sacos de materiales de la construcción que muchos desconsiderados apilan en cualquier lugar para que “alguien” los recoja. Fue así como las dos hernias de la columna de Lázaro le dejaron varios meses en el piso, sin apenas moverse. Gracias a la fisioterapia logró incorporarse. De eso hace ya tres años, pero desde entonces nuestro entrevistado decidió cuidarse la salud, pues como bien él dice, con sus 51 años se encuentra en la media rueda, y ahora la vida va cuesta abajo.

Sin embargo, vale destacar que mantiene su energía. Todo lo asume con la misma perseverancia que practicaba el triatlón cuando era muchacho. Siempre se halla en constante movimiento y actividad. No hay un segundo para el descanso.

Por eso le han agasajado tanto y conserva numerosos reconocimientos. No hace mucho le llamaron de la Uneac donde fue merecedor de otro. Y él lo comenta así, con esa sencillez poco común.

Si se le pregunta su mayor premio, lo que más le ha estimulado en la vida, dirá a los cuatro vientos que su familia: su esposa, sus tres hijos y su nieto Anthony. Este último sí le tiene embobecido de tanto cariño.

Piruli no sabe qué le deparará el futuro, si por fin le asignarán el teléfono que tanto ha esperado, si algún día ostentará la condición de Héroe del Trabajo, eso sí, afirma y acentúa que continuará teniendo en su familia el mayor premio, y en el trabajo diario su razón de existir.

La fuerza de Eugenia


Existen personas que son un libro abierto, apenas se necesita indagar sobre su vida. Cada gesto denota los rasgos de su personalidad, con tan solo observarle desde la distancia ya uno se hace una idea de quién es y a qué se dedica.

Algo así sucede con Eugenia Virgen Viltre González. Basta una mirada para entender que se trata de una mujer de trabajo: sus brazos esculpidos por las labores agrícolas, su agilidad en los movimientos hablan de una salud envidiable y que siempre estará dispuesta a emprender cualquier tarea con efusión.

“Debo hablar con ella”, pienso. Minutos después el saludo de rigor, la presentación habitual: “Hola, soy periodista, me permite unas palabras”. “Por supuesto, faltara más”, responde ella sin amilanarse por la grabadora ni el tablet donde intento capturar su imagen.

En una mano conserva orgullosa un diploma entregado en el encuentro de mujeres rurales efectuado hace solo minutos en el Instituto de Investigaciones de la Caña de Azúcar, Epica Antonio Mesa Hernández, organizado por la Federación de Mujeres Cubanas.

El encuentro transcurre en un sábado mañanero con un sol refulgente sin rastros de nubes. “Un día perfecto para lavar”, pensarán algunas de las mujeres allí presentes, aunque minutos antes se hablara de igualdad de género y compartir las faenas del hogar, creo que esa conducta no se ha entronizado en la mente de todos los hombres. Si bien la mujer cubana, y en particular la rural, goza de igualdad jurídica y legal, en la mente se producen los cambios más importantes. (Vale destacar que la idea del lavado se le haya ocurrido a este redactor).

Virgen, como todos conocen a Eugenia, se acomoda en el banco de un ranchón donde transcurrirá nuestro diálogo. Le comparto unos apuntes que hice en mi agenda donde trato de explicar las diferencias entre la mujer rural y la de ciudad, desde mi punto de vista.

Le expongo que quizás sean más saludables porque respiran siempre un aire puro; llevan una vida menos agitada pero más sacrificada como se puede observar en el rostro de mi entrevistada, curtido por el sol donde reposan varias arrugas.

Lejos de lo que alguien pueda pensar la mujer que vive en el campo no es rústica, conserva sus ademanes femeninos y presume de su belleza y finura. Habrá que ver cómo relucen sus calderos aunque cocinen con leña o carbón, así como la blancura de sus sábanas.

Virgen sonríe y asiente con la cabeza. La conversación toma otros derroteros. Viajamos en el tiempo hasta Bartolomé Masó, en Granma. Allá nació hace 67 años. Su relación con el campo comenzó en los cafetales orientales.

Hace tres décadas se radicó en Matanzas, en un pueblito de Jovellanos que se llama Terán. Para bien de su vida logró integrar la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) La Rueda.

Allí hace lo que le orienten, desde chapear, machete en mano, hasta guataquear. También siembra y recoge papa. No le teme a las rudas faenas del campo. Más bien las disfruta. Todos saben que ella trabaja contenta, tal es su pasión que al culminar su jornada laboral se enfrenta a otra en su finca, donde cultiva yuca, boniato, plátano. Le brillan los ojos cuando habla de sus vaquitas, puercos y gallinas.

Le pregunto si se ha imaginado viviendo en la ciudad: “donde yo no pueda tener mi siembra ni mis animales no sé qué me haría. Lo mío es el campo y el trabajo fuerte, si me enfermo y debo quedarme en casa me siento incompleta, es un día perdido”.

Con una sonrisa placentera asegura que no le duelen ni los callos, se para y hace una cuclilla para demostrarlo. Luego saca un cigarro y asegura que tres cosas no le pueden faltar en la vida: “mi café mañanero, mis cigarros y las ganas de trabajar”.

“Si me falta el buchito de café mi energía decae un poco”. Mas es tanta su vitalidad que sus hijas a veces no le pueden seguir el ritmo.

También habla de ciertas carencias como la falta de agua en su batey, lo que le complejiza un poco la existencia, pero lo dice como de pasada, como quien ha aprendido a vivir con ello, porque lo importante, según Virgen, es trabajar, la vida después sabrá retribuir tanto sacrificio.

Esta vez la veterana mujer rural repasa entre sus manos el diploma recibido, y se le escapa una mirada de satisfacción, “ahora solo quiero bailar un poco”, confiesa, “no siempre una logra distraerse”, y nos despedimos como viejos amigos, como si yo la conociera de siempre, mucho antes de esta entrevista.

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No he estado enumerando las manchas en el sol, Pues sé que en una sola mancha cabe el mundo. He procurado ser un gran mortificado, Para, si mortifico, no vayan a acusarme…

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