Agricultura de sacrificio


Desde que se creó el Organopónico de Playa Larga, en Ciénaga de Zapata, el santiaguero José Torres Padilla tomó las riendas del lugar, labor a la que le ha dedicado cuerpo y alma.

Los 99 canteros del también conocido Proyecto Andalucía se mantienen en explotación la mayor parte del año. El devenido cenaguero vela celosamente por las rotaciones de los cultivos. Donde hace poco cosecho tomate, sembrará hortalizas de hoja ancha como la acelga o la lechuga para que la tierra pueda recuperarse y obtenga suficiente oxígeno.

El productor advierte sobre la complejidad del entorno para producir vegetales dada la permanencia de plagas. “Cuando se vira el aire del sur, llega mucha plaga La cercanía del bosque también afecta porque siempre atrae a los insectos.

De ahí la importancia de las plantas que sirven como controles biológicos, como el orégano y la comúnmente conocida como flor de muerto repelen a los dañinos insectos.

En los canteros se aprecia el verdor de las espinacas, la remolacha, la hierba buena, el ají pimiento, la habichuela, y plantas medicinales como la chicoria, hasta completar 12 cultivos.

Enfrentarse a esta nueva tarea no fue muy difícil porque cuando vivía en su natal Santiago dirigía una UBPC pecuaria durante 27 años. También estudió agronomía. En la Ciénaga lleva diez años, y ya se siente en parte cenaguero, aunque sin perder su esencia de santiaguero de pura cepa.

Los precios módicos caracterizan al organopónico de Playa Larga, que se suma a las bondades de consumir productos agroecológicos, sin la intervención de sustancias químicas.

Uno de los problemas que enfrenta el organopónico es la escasa mano de obra.

Ahora se hallan inmersos en la siembra de lechuga, para lo cual aprovechan la caída de la tarde. “Cuando siembras las posturas de lechuga debes hacerlo en la tarde, para que las plantas se recuperen con las bajas de temperaturas de la noche.

Entre las bondades Torres Padilla menciona el moderno y potente sistema de riego, que se alimenta de un pozo de agua dulce.

Entre las tantas prácticas sostenibles aparece el aserrín que riegan en las callejuelas que impide el crecimiento de mala hierba, con el tiempo el residuo se descomponen hasta transformarse en materia orgánica que luego distribuyen en los canteros para enriquecer el sustrato.

Para José la agricultura urbana es una especie de ciencia exacta donde todo está escrito. Cuenta con decenas de publicaciones que versan sobre las características de los cultivos, el marco de siembra y la época idónea para cada hortaliza.

Aun así, en la Ciénaga de Zapata se dificulta un poco esta práctica, porque además de las plagas, golpea el salitre cuando el viento sopla del sur, mas la estirpe de santiaguero y el compromiso con los cenaguero le impiden a José replegarse, día a día se le vera junto a su hombres tratando de hacer parir a la tierra, abonada con productos orgánicos, sudor y sacrificio.

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Retos de un cuentapropista en la Ciénaga de Zapata

La primera paladar de Playa Girón comenzó como una pequeña cafetería que vendía comida a domicilio. Cuando inició el despegue hicieron un ranchón, poco después un bar restaurante. En los comienzos se llamó Lucero, el tiempo pasó, y cuando se mira hacia atrás han transcurrido siete años y hoy se conoce como Restaurante Cocodrilo.

Pero todo no ha sido color de rosa. Juan Carlos Silvera Elías reconoce que para llevar un negocio de este tipo debes tener condiciones, porque los clientes son muy exigentes, y la obtención de la materia prima se dificulta, lo cual puede atentar contra la calidad del servicio.

En un municipio con las características de Ciénaga de Zapata se hace más difícil, según Juan Carlos. “Como no vivimos en un municipio agrícola, acceder a las verduras se dificultan mucho, debes buscarlas en otros lugares. A veces te la traen y no presentan la mejor calidad.

Aun así trabajamos con mucha seriedad, preparamos al personal con cursos de capacitación organizados en la escuela de Formatur de Playa Girón.

Con capacidad para 50 personas en el restaurante los comensales encontrarán lo mejor de la comida tradicional cubana y productos del mar. La aceptación es tal el nivel de repitencia de los comensales aumenta cada año.

Destaca Juan Carlos que la calidad responde al sentido de pertenencia, “cada producto tiene un costo y un sacrificio, pero sales a buscar lo que necesites para brindar un buen servicio, a diferencia del sector estatal que muchas veces tiene que conformarse con lo poco que tiene.

Con un mercado mayorista el joven propietario asegura que tendrían más ganancias porque los precios serían accesibles y venderían más. A veces escasean productos elementales como el detergente. “Hace varios días no hay vinagre en la Ciénaga. He tenido que ir a buscar mercancías hasta la Capital del país.

A veces se dificulta hallar productos frescos y de buena calidad, mas esa es la premisa del restaurante El Cocodrilo.

Con el constante crecimiento del turismo internacional en la región sur de Matanzas, cada temporada aumenta el número de comensales. Pero para ellos no existe diferencia entre los clientes. Le brindan el mismo servicio a nacionales y extranjeros, la diferencia radica más bien en la época del año. “Existen dos temporadas, la de turismo foráneo y la de verano, en la etapa estival el número de cubanos también muestra un incremento.

Además, en los últimos años los cubanos han ganado en cultura en los servicios gastronómicos y por ende son más exigente.

Crecer y mantener los estándares de calidad es el mayor deseo de este joven que decidió un día vender alimentos en la cocina de su casa, hoy ya cuenta con su propio restaurante y el empeño de trazarse nueva metas.

La Pasión del Biajaca


Aunque nació en Alacranes, Anastasio Rodríguez Toledo se conoce la parte occidental de la Ciénaga de Zapata como la palma de su mano. Su padre dirigía la empresa forestal del sureño territorio, y de niño Anastasio recorría cada recoveco de la Ciénaga.

En un brazo lleva una gran cicatriz que se hizo a muy temprana edad al caer de un caballo en Maniadero. Así que no resulta ocioso asegurar aunque nació en Alacranes, la Ciénaga marcó su vida para siempre.

Hoy se desempeña como patrón de barco en la Empresa Pesquera Pablo Prado Rodríguez, a varios kilómetros de La Lanza, en una zona conocida como San Agustín.

Tiene bajo su mando a tres hombres. Aunque se apartó de esa faena durante algún tiempo, decidió regresar porque realmente le fascina la pesca.

Con su barco Damují, como el nombre de un río cienfueguero, recorre estrechos canales hasta salir al mar, aunque en ocasiones se encalla y debe lanzarse al agua para empujarle, sobre todo cuando hay secante y las precipitaciones escasean.

Permanecen 10 días lejos de casa, y descansan cinco. Realizan la pesca de orilla, a pocas millas de la costa, donde capturan cangrejos, tiburones, cuberetas y biajaibas.

El barco de Biajaca, como también conocen a Anastasio, es mucho más pequeño que las grandes embarcaciones de fibrocemento de la Empresa Pesquera de La Ciénaga de Zapata. De ahí que al salir de pesca remolquen tres botes, uno con la nevera donde almacenan la captura, y en los dos restantes trasportan los avíos de pesca.

Llevan vida de marinos. En el camarote hay dos literas, y los otros dos tripulantes pernoctan en la cubierta donde tienden colchonetas. Con los años el mareo desapareció. Pero el mar a veces se muestra furioso y no siempre pueden conciliar el sueño. Sin ser demasiados devotos, con ellos siempre viaja una Virgen de la Caridad que se observa en el camarote.

La pesca no es tarea fácil, siempre están propensos a cualquier susto producido por las inclemencias del tiempo o la captura de un gran pez. “El miedo siempre está presente pero debes reponerte a él”, asegura El Biajaca. “En cada salida vas en busca de lo incierto”.

“El mar es duro, mucho más que el trabajo en el campo”, sentencia. “Nada se compara a una marejada. Además, el campesino duerme en su casa, y nosotros cuando nos hallamos en alta mar dormimos en la cubierta, pensando en la llegada repentina de una tempestad. En esos diez días siempre duermes con preocupación.

Sin embargo, cuando está en tierra firme, también permanece atento al cambio de los vientos y a las fases de la luna, propiciadores de una mejor pesca.

Desde niño recorre esos contornos, por eso asegura que conoce al mar como a una mujer, le sabe todos sus secretos: los mejores pesqueros, donde puede fondear y pasar la noche a buen resguardo, si bien su familia es lo más importante de su vida, si la faltara el mar y la pesca sería un hombre incompleto.

El niño y el mar

Javier Alejandro Bermúdez Reyes tiene 11 años y vive en Jagüey Grande. Por eso nos sorprendió encontrarlo un día entre semana en la ensenada de Caletón, a más de 30 kilómetros de ciudad.

Absorto, permanecía encorvado con el agua a las rodillas. Pasaba las manos por el fondo de la arena fangosa y luego sacaba “algo” y lo introducía en una cubeta recortada por la mitad.

Al poco rato descubrimos que recolectaba lino para colocarlo en el anzuelo y poder capturar a las lisas.

Se veía muy seguro en su faena, pero cuando entró en confianza confesó que a veces siente un poco de temor que le ataque una morena mientras permanece en el agua. Hace algunos días divisó una, mas son mayores sus ganas de pescar.

Mientras su familia festeja en una casa cercana, el prefiere permanecer allí, pescando, o al menos intentándolo, porque aunque hace un año que pesca en Caletón nunca ha podido sacar una lisa del agua.

Hace muy poco casi captura una, la pita la dañó los dedos, pero finalmente el huidizo pez le ganó la batalla. Mas, la victoria es de los que perseveran.

El secreto de emplear el lino como carnada lo aprendió de sus amiguitos cenagueros. Y para perfeccionar su arte integra un club de pesca que imparte el guía Felipe. Hasta viajó a la salina y todo. Pero no ha podido pescar una lisa.

Lanza la pita y el corcho flota en agua. Javier permanece atento, y observa como se hunde, un pez jalonea el cordel, pero el anzuelo regresa sin las algas. Mas no importa, el niño lo vuelve a intentar una vez más.

Total, si por él fuera, permutaría para la Ciénaga sin pensarlo dos veces. Lo suyo es la pesca. Al punto de que mientras su familia asa un lechón, él prefiere permanecer a orillas del mar. Y entonces nos remite a aquella novela de Hemingway que narra las peripecias de un hombre y un gran pez. Pero no, de aquella historia solo tomemos el título, más temprano que tarde Javier Alejandro capturará su lisa y será un victorioso.

Ilona, la NASA… el secreto de la Cueva de las Peces

La Cueva de los Peces es visitada cada día por cientos de turistas cubanos y extranjeros, lo que ha propiciado que su fama se acreciente en Cuba y allende los mares. Con su fama también han crecido ciertos mitos: muchos aseguran que en algún punto se comunica con el mar, otros que se trata de la cueva más profunda del archipiélago cubano, algunas hablan de criaturas misteriosas que habitan sus profundidades, y hasta de la visita de científicos de la NASA…

Para ahondar en el tema decimos acudir a Ronel Almeida, instructor de buceo y un conocedor de los mares y cuevas del sur matancero.

Antes comenzar el diálogo, el experimentado buzo acotó que existe una diferencia entre el buceo en cavernas y en cuevas.

“Cuando nos adentramos a una cueva perdemos todo contacto con el exterior, en cambio, al bucear en una caverna puedes disfrutar ver la salida a todo momento. Esto último es lo que busca la mayoría de los buceadores, apreciar los contraluces que se producen en la profundidad con los rayos del sol.

“También resulta atractivo la mezcla de aguas de diferentes temperaturas que propicia un fenómeno conocido como termoclina; o la interacción del entre agua dulce y salada. Ambos fenómenos tienen lugar en la Cueva de los Peces.

“Nuestro sistema consiste en fallas paralelas a la costa, una concatenación de cenotes que comunica prácticamente a Playa Larga con Cienfuegos. Algunos cenotes no se comunican, otros sí.

“Antes del desarrollo turístico, la Cueva de los Peces se conocía como Ilona, luego le llamaron El Cenote, fue con el desarrollo del turismo en los 90 que adquirió el nombre actual.

Refiere Ronel que se hizo tendencia entro los espeleólogos y buzos especializados bautizar a estas formaciones con nombres femeninos, de ahí surgen Daymar, Susana, Adelaida, etc.

Sobre el cenote conocido como Cueva de los Peces, o Ilona, existe un pasaje subterráneo de 300 metros que se conecta con el ojo de agua Daymar, allí se pueden encontrar camarones rojos de antenas blancas, peces ciegos como la lucifuga, que viven en total oscuridad y al ser alumbrados es posible ver su trasparencia.

También abundan otras especies raras como la remipedia, crustáceo con forma de gusano. El instructor de buceo recuerda que en los 90, científicos de la NASA visitaron el lugar en busca del espécimen, ya que les era útil para investigaciones sobre la sobrevivencia en otros planetas.

La cueva alcanza 70 metros en su parte más profunda, pero muchos seguirán disfrutando a flor de agua, ya que no todos se adentrarán en sus entrañas; según rigen las normas internacionales solos buzos especializados podrán descubrir sus secretos ocultos.

Forjando el mañana

“Hombres recogerá quien siembre escuelas”, sentenció el Maestro, y la figura de Martí acude a la mente cuando se llega una mañana a la escuela primaria Abelardo Rodríguez Medero de un poblado apartado como La Lanza, al sur del municipio de Unión de Reyes.

Cada día sus aulas reciben a 80 estudiantes que cursan desde el preescolar hasta el sexto grado. El aprendizaje de los estudiantes recae en la labor de 17 docentes.

Además de las seis aulas cuentan con un laboratorio de computación, y en los exteriores con varios canteros donde los pupilos cultivan hortalizas y van descubriendo la riqueza que provee la tierra. Aunque algunos quizás lo dominen ya de sus padres, porque en La Lanza abundan los agricultores.

MAESTRO DE VAREIAS GENERACIONES

Cándido Ortega García lleva 46 años en el magisterio. Hace algunos años se jubiló, pero decidió regresar. Parte de los docentes de la escuela fueron sus alumnos, así como muchos de los padres de sus estudiantes de hoy.

Según sus palabras, el magisterio es una vocación y con los años y la experiencia se alimenta. “cada día de clases se cultiva ese amor, y con los años descubres que no te puedes alejar de una aula”.

A ello se suma el compromiso moral con la educación, compromiso que posee el verdadero educador.

Ha trabajado en todos los niveles de enseñanza, antes de jubilarse trabajaba en la dirección municipal de educación. Al retornar a las aulas decidió regresar a la primaria.

A diferencia de algunas personas de la tercera edad que prefieren la tranquilidad y el descanso, Cándido asegura que la calma es dañina, “aunque uno tenga años encima, mientras se está en movimiento se vence a los achaques de la edad. Si te sientas en un sillón por causa de los años, el tiempo te vence”.

Las premisas de su vida, según cuenta, son las responsabilidad y el respeto, valores que le inculca a los niños.

En su retorno desechó de su vocabulario la palabra almanaque. Por esa razón se levanta cada mañana a las cuatro de la mañana, en Alacranes, para arribar a la distante escuelita. “Mientras me sienta con fuerzas permaneceré en un aula”.

COBERTURA TOTAL

Como jefa de ciclo del centro, Minerva Ponce Quintero es la encargada de velar por el fortalecimiento del trabajo metodológico de la escuela con la impartición de talleres metodológicos, clases instructivas.

También vela por la superación de los maestros para propiciar la formación integral de los estudiantes.

Como fortaleza menciona el estrecho vínculo entre los jóvenes maestros que se han incorporado, con los de más experiencia, lo cual favorece la armonía y la constante superación, esta realidad permite el centro muestre orgulloso buenos índices académicos y la cobertura docente cubierta.

Pero más allá de números y cifras, lo que estremece en la Escuela Abelardo Rodríguez Medero es la entrega cotidiana y anónima de sus maestros y maestras, recompensada por el cariño de sus pequeños, crean así la combinación perfecta que construye hoy la Cuba del mañana.

Luciano Ponce Landa: Décimas contra el dolor

Hay quienes culpan a los demás ante cada golpe que la vida propina, otros arremeten contra los santos. Luciano Ponce Landa prefiere hacerle décimas a los infortunios de la propia existencia.

Era muy joven cuando le convocaron a integrar el servicio militar por allá por el lejano 1967. Correspondía el quinto llamado para cumplir el servicio militar. Apenas tenía 17 años.

Las madres presienten las cosas, dicen los viejos. Y al parecer la suya sintió una corazonada. Nadie lo sabrá nunca. Sí se recuerda en el pueblo de La Lanza, apartado paraje de Unión de Reyes, aquella vez que Fidel llegó, y la madre de Luciano se le acercó al líder cubano para pedirle que intercediera por su hijo, y lo trajera de vuelta a casa.

Difícil posición la del Comandante. ¿Cómo hablarle a una madre que llora por su hijo? ¿Con qué palabras decirle que la Revolución necesitaba de hombres y mujeres dispuestos a sacrificarse lejos de la familia?

Luciano, como miles de jóvenes, permaneció en el servicio militar. Mas, el infortunio le alcanzó un día al escapársele un disparo a un compañero.

Un plomo impactó en un raíl de línea y al rebotar le impactó en un ojo. “Estuve hospitalizado un mes y nueve días sin ver. Pensé que quedaría ciego, pero recuperé la visión de un ojo.

Estando en el hospital, entre la nostalgia y la incertidumbre, compuso una décima que a 47 años de aquel suceso no ha podido olvidar.

Cuándo llegará el día
que mi ojo se encuentre sano
para que vuelva Luciano
a sentir la misma alegría
Y estar en la casa mía
y ayudar a mis viejos
y no encontrar tan lejos
como yo me encuentro ahora
porque cuando pasa una hora
no lloro pero me quejo.

Yo he querido a mis hermanos
y a todas mis hermanitas
pero María y Sarita
se acuerdan de Luciano
Pensarán que yo estoy sano
no me han venido a ver
ni siquiera para saber
si he tenido mejoría
y aunque no vengan ni un día
no las dejaré de querer.

Pero el humor también estuvo presente en esos duros momentos. De su estancia en el hospital rememora a una bella enfermera que le dejaba cada noche un ardiente recuerdo.

La rubia que tanto habla
si la quieres conocer
pronto lo vas a saber
porque se llama La Diabla.
Es esa que siempre entabla
una gran conversación
y te pone una inyección
que te deja todo ardiendo
mientras ella se va riendo
y cantando una canción.

Al ser dado de alta médica lo licenciaron del ejército y le propusieron la jubilación. “No la acepté, con un solo ojo quemé leña, hice carbón y hasta manejé. Mi vida, a pesar de todo, transcurrió con normalidad.

Entre el dominó y las décimas pasan sus días. Aunque ya no va a las canturías como antes. Desde que falleció su esposa, hace 9 años, no se sube a una tarima a confraternizar con otros poetas. Con la partida de ella dejó de cantar, pareciera que algo se le enmudeció adentro.

No lo dijo, pero seguramente en las tardes calmosas de La Lanza, recoge el café de su patio y evoca a su señora ausente con décimas que no cantará, porque si algo aprendió Luciano, fue improvisarle décimas a la vida como conjuro contra el dolor.