Dañan símbolo escultórico de la ciudad de Matanzas.

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Gran conmoción despierta entre los habitantes de esta urbe el daño ocasionado al  conjunto escultórico erigido hace más de un siglo, en el céntrico Parque de La Libertad.

Este conjunto es el más importante de la provincia,  y en él destaca una estatua del Apóstol en la parte superior,  acompañado de una figura femenina, que sostiene cadenas rotas en sus manos, simbolizando la Libertad. Ambas esculturas resultaron afectadas.

El lamentable hecho, según revelaron algunas fuentes, acaeció cuando Servicios Comunales, institución encargada del cuidado del citado parque, contrató a cuentapropistas para que llevaran a cabo la limpieza y conservación del conjunto escultórico.

Al parecer, los contratados desconocían cómo realizar  labores de restauración en piezas de bronce. Y para males mayores, tras evidenciar el daño inferido a ambas esculturas, embadurnaron a la estatua femenina con otra tintura, semejante a la grasa de auto, que no guarda relación alguna con la refulgencia del bronce.

Quienes transitan el parque no logran entender como de la noche al día, la escultura de Martí se oxidó, ni el porqué de la tonalidad viscosa de la pieza femenina.

Según se conoció, en horas de la mañana de este jueves una comisión se personó en el lugar para constatar la severidad de los daños, e investigar lo sucedido, momento que contó con la presencia de los medios.

Con más de un siglo, el conjunto escultórico nació gracias al desvelo del Dr. Ramón Luis Miranda, médico y amigo personal de Martí.

Narra la historia que el Dr. Miranda, y su yerno Gonzalo de Quesada, considerado el hijo espiritual del Apóstol y albacea de sus documentos literarios, se pusieron de acuerdo con el escultor italiano Salvatore Buemi para que se ocupara de la obra. La obra escultórica se develaría el 24 de febrero de 1909.

Muchos historiadores coinciden en afirmar que dicha estatua es la de mayor parecido con José Martí.

Pero lo que logró la admiración, el amor y el respeto, lo dañó la ignorancia. Ahora saltan muchas preguntas, sobre todo cuando  aún muchos matanceros no logramos asimilar del todo que nuestro centro histórico obtenga la condición de Monumento Nacional.  A tamaña chapucería si vale su monumento.

 

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¡Darío Alejandro cará!

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En estos días hay cierto revuelo en la rede de redes. Y cuando intuyo chapaleteo prefiero refugiarme en mi cueva y nacer en cosas mías. Es que cada vez más, prefiero menos los ciberchancleteos que por momentos desbordan la blogosfera, y hasta mi propio correo. Creo que nada resuelven, más bien nos desmovilizan, porque se forma un salpafuera, un dimequetediré, y en honor a la verdad no logro verle el lado positivo.

Ahora fue una foto la causante de semejante lío. Una foto que expresa más que mil palabras juntas, y como mismo el bloguero tuvo el valor de compartirla, no debió decir nada más, o debió decirlo todo, ya que la imagen sola comunicaba, aunque algunos quieran virar la cara ante un fenómeno real y triste. Pero desgraciadamente el joven Darío decidió acompañar el trabajo con un infeliz texto,  vacío y superficial.

Debo reconocer que la primera vez que leí el texto no me gustó, o no entendí, y aún no entiendo qué pretendía o proponía el autor. Al final sucedió lo esperado: el cacareo, el ciberchanchullo, unos pidiendo sangre, otros clemencia, y algunos regodeándose en la mierda.

A estas alturas no se bien qué perseguía Darío; ¿hacer una denuncia?, entonces válida la osadía; ¿llamar la atención sobre cuán jodidos estamos y cuánto puede empeorar la situación si no llamamos las cosas por su nombre y reconocemos el problema? Entonces válida la foto.

Confieso y reitero-no para marcar distancia porque Darío es mi socio- que a mí en lo particular me desagradó el post; en cambio la foto es merecedora de un gran premio periodístico. Pero Darío pecó, quizás víctima del apuro o inmediatez, aunque no comparto que el tiempo, o la ausencia de este, gane la batalla. Ese no puede ser el pretexto para publicar un producto comunicativo de escasa calidad. Porque conozco a Darío le reprocho la liviandad con la cual enfocó el problema, y aquí coincido con Harold, el de La Joven Cuba.

Ni la premura, ni el estrés que provoca un trabajo de diploma puede favorecer semejante error; y lo catalogo de error porque dudo que un Guajiro Ilustrado sostenga la tesis  de que alguien en Cuba impuso el Período Especial de mala fe.

Ahora, como siempre digo, cuando alguien señala a la luna, los tontos se quedan mirando el dedo.

Leo las alharacas de algunos alarmados por la foto “maldita” y quizás hasta apócrifa, asegurando que el muchachón pretendía hacer tambalear los mismos cimientos de la educación en Cuba. Vaya, no fastidien y dejen la mojigatería.

La fotico es una nimiedad ante las cosas que vemos y escuchamos a diario, no solo en la educación, en muchos otros sectores de vital importancia para la sociedad.

Yo también conservo fotos, pero a diferencia de Darío he decidido no publicarlas, o señal de que me estoy poniendo viejo, o soy un poco más sensato. Porque siempre me hago las mismas preguntas: ¿Qué ganaré con ello? ¿Ganará mi barrio, que es mi país? ?Aportará algo?

Yo también he querido dar el palo periodístico, como aquella vez que retraté a un indigente en la ciudad de Camagüey –porque en Cuba también existen indigentes aunque no nos guste-defecando en un tinajón a muy pocos metros de la casa museo de Ignacio Agramante. Con el tiempo decidí eliminar la foto, y no por temor a represalias, o a meterme en problemas, bueno quizás un poquito de eso, pero sobre todo porque entendí que no aportaría nada, que no sería útil, ni me haría mejor persona, ni un periodista más competente.

No quiero decir con esto que soy un chama en talla, ni estoy pidiendo que confíen en mí, que soy obediente, o que me entreguen un Panda, a dónde deseo llegar es que la crítica debe ser responsable, que cada palabra escrita debe asumirse con responsabilidad. Puedes publicar lo que entiendas, pero después debes contar con argumentos suficientes y la valentía para defender cada oración.

Si el post Metáfora del modo subjuntivo (disculpen mi ignorancia y sinceridad pero ni el título logro entender) perseguía trascender, sin reparar en nada más, lo consiguió. Pero desgraciadamente solo por la foto, y por todo el ruido que causó después; con el tiempo la brisa moverá las olas y todo quedará tachado y olvidado.

Pero que diferente sería todo si junto a esa imagen, que puede ser la de cualquier aula de hoy, se hubiera escrito un texto que reflejará todas las luces y sombras de la educación cubana; y cómo podríamos hacer para dignificarla, destacando el papel del maestro, no solo de aquellos que hicieron de nosotros lo que somos, porque si puedo escribir estas líneas, o entender una metáfora, aunque no recuerde el modo subjuntivo , si hoy existen cientos de blog, y hasta una blogosfera cubana, es gracias a la educación cubana, a los profesores que tuvimos en el pasado, desde Consuelos, mi maestra de primer grado, que me enseñó a leer; hasta Mercedes, Mónica o Lombana, quienes me enseñaron en pensar.

Aún no se ha contado la verdadera historia de los maestros emergentes, y tampoco creo que lo haya conseguido Darío con una foto. Ahora esgrimimos que si la necesidad nos obligó a formarlos, o que si eran muy jóvenes. Con menos edad derribaron aviones en Girón y combatieron en Angola. En menos tiempos creamos un ejército de niños que enseñaron a leer a iletrados que firmaban con los dedos. No fue la edad, simplemente no los formamos bien, o los desformamos, y la culpa es nuestra, no de Darío.

¿El desenlace de esta historia? Aunque hoy hablemos tanto de cambio de mentalidad, no nos creo lo suficientemente preparados para actuar o pensar de otra forma, mucho menos guiados por la sensatez e inteligencia.

Yo en lo particular quisiera conocer la opinión sobre este tema del prestigioso profesor y decano de la Facultad de Comunicación de la Habana, Raúl Garcés. Me fascinó su ponencia en el finalizado 9 Congreso de la UPEC, incluso subrayé sus palabras.

En aquel evento aseguró que ser profesional de la prensa “es un camino que toma toda la vida, cuyo motor de arranque podría estar en las universidades y luego se va puliendo con el estilo, con la fuerza de la opinión, con la osadía personal, la experimentación, la voluntad de riesgo, y también, por supuesto, con un contexto que permita equivocarse y sacar lecciones, porque el error, entre nosotros, no puede ser motivo de vergüenza”.

Bueno, ya sabemos que una cosa es el decir, y otra bien diferente el hacer. Y dudo, Darío, que de esta no te lleves algún rasguño. Por lo pronto ya me imagino una Resolución del MINED prohibiendo a los alumnos la tenencia de celulares en las escuelas; o que un profesor cierre las puertas de un aula con medios audiovisuales. Así somos de especiales.

 

 

 

 

 

 

El Mejunje

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Hace unos días, de regreso a mi ciudad de un viaje al centro de la isla, pasé por Santa Clara. Allí permanecí unos minutos, y solo tuve tiempo para atravesar el parque Vidal, raudo y veloz, y tomarme un café en El Mejunje.

“¡Cuánto ha cambiado este lugar!”, pensé, y tomé mi mochila para seguir camino hacia la autopista, y llegar cuanto antes a Matanzas. No quise pensar mucho, porque en mi travesía por el centro de la ciudad, leí en un cartel que esa misma tarde Roly Berrio daría un concierto. Por una centésima de segundos dudé si no sería mejor quedarme, pero finalmente partí.

No es que no quiera permanecer en santa Clara, es que quiero volver, sin apuros, para reencontrarme con una ciudad donde viví 5 años que hicieron de mí este hombre que soy. Y es precisamente El mejunje de esos lugares mágicos adonde quiero regresar, aunque Sabina se empeñe en decirme “que al lugar donde has sido feliz, no debieras volver”.

Cuando hablo del Mejunje a mis compinches yumurinos, noto cierta extrañeza en la mirada, porque según ellos, allí solo hay cabida para lo gay. Y si bien es cierto que el show de travestismo que celebran cada sábado trasciende las fronteras villaclareñas, El Mejunje es mucho más que eso.

A mi juicio, es uno de los principales centros culturales del país, donde promueven todas las manifestaciones artísticas. Cómo olvidar a Abel Prieto, pidiendo en un Congreso Cultural que se multiplicarán por el país centros como el Mejunje y los Silverios, su sempiterno director y creador. Al parecer a Matanzas no llegaron esas palabras. Aún así, yo soy un matancero que durante mucho tiempo fui un asiduo del Mejunje. Así que me reafirmo como todo un mejunjero.

No recuerdo exactamente el primer día que asistí, como tampoco algún jueves que dejara de ir. Era una cita obligada, una especie de culto. Los jueves era el Día de la trova, y aunque en ocasiones se repetían los mismos cantantes, y las mismas canciones, cada noche de esas era diferente.

Roly Berrio y Diego Gutiérrez eran mis trovadores preferidos. Cuando el primero aparecía, prometía una noche de gala, con temas como La Cucaracha o Caridad, interpretadas con su singular juego de voz; el segundo, Diego, cerraba con la Luna de Valencia, pero antes despertaba mis nostalgias por mi añorada ciudad costera con temas como Ostras o Sabor Salado, que hoy también provocan algo similar, pero por las noches santaclareñas.

Como bien escuchaba decir, la trova sin trago se traba, y antes de llegar al Mejunje, nos abastecíamos de vino en una casa en altos, donde nos bajaban la bebida en una jabita atada a una soga. No recuerdo el sabor del vino, pero sí las borracheras.

Sobran las historias de las jumas que cogíamos, y como me toca escribir a mí, nada se compara con aquel beso que Amaury Valdivia estampó en la oreja de Diego Gutiérrez en una se esas noches de vino, música y parranda.

Pero lo mejor del Mejunje era cuando terminaba. Debíamos abordar la última ruta 3, a las tres de la mañana, que nos llevaría hasta la Universidad. Era una especie de misión imposible, y más de una vez monté por la ventana.

Debo confesar que fui todos los días de la semana, incluyendo los sábados, para constatar que los gay no discriminan a los heterosexuales. Eso sí, nunca he podido olvidar aquel sonado beso, que a mis espaldas se regalaron tres hombres del mismo sexo, y a la misma vez.

Cuando escucho algún tema de aquella época crece la añoranza por esos tiempos, y quisiera volver, aunque sé de antemano que evocaré rostros que no encontraré, mas no importa, queda el Mejunje como testigo perenne de aquella mi vida bohemia, que tanto extraño, con la gente que tanto extraño, y a veces necesito.

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje a Topes de Collantes (o mi respuesta a la Tuni)

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El comienzo

Justo cuando abría los ojos, el sol se levantaba abriéndose paso en la espesura del monte. Quedaban atrás casi siete horas de viaje en tren, entre el sueño y la vigilia. Al incorporarme pude distinguir el pequeño pueblito de Punta de Diamante, a pocos kilómetros de Cabaiguán.  Restaba muy poco para Sancti Spíritus, punto de encuentro de otra nueva aventura de los blogueros.

Desde la salida de Matanzas, casi a la medianoche, reviví todas las sensaciones que producen los viajes por ferrocarril: el olor del metal calcinado, por el martilleo constante de las ruedas de los vagones contra las vías, que llegan a producir cierta secuencia percutida; las personas intentando dormir, en posiciones incómodas, para acortar la distancia; y lo más característicos de los trenes cubanos, el fuerte olor que desprenden los baños.

En mi viaje nocturno me encontré además con las estrellas. Solo en las noches en tren, en medio del monte, brillan más, sobre todo cuando se ausenta la luna. Es como si las estrellas se sintieran con más libertad y sin competencia para resplandecer.

Serían poco más de las ocho de la mañana cuando arribaba definitivamente a Sancti Spíritus. Me esperaba una ciudad conocida, y el abrazo de mis amigos los blogueros. Debo confesar que nunca antes, como en ese instante, necesité de una aventura, un viaje. Por eso deposité tantas expectativas en mi mochila de bloguero de barrio.

Aquí debo hacer un aparte para consignar que este viaje, a diferencia de otros anteriores, fue menos tortuoso, aunque desgraciadamente viajé solo. No conté con la compañía de Betsy ni la conversación inteligente de István. Pude dormir, y en honor a la verdad no me quedó más remedio, porque todo el trayecto transcurrió a oscuras.

Ningún vagón tenía electricidad. Y cuando creí que me aproximada a Sancti Spíritus, el tren se desvió hacia Zaza, para cambiar la locomotora china por otro más pequeña, porque según me dijeron, el puente que debíamos tomar se encontraba en mal estado. Así que serían más de los ocho de la mañana cuando aún permanecía encima de un vagón, y distante de mi primer destino, y del cálido abrazo de mis amigos.

La llegada

Una vez en Sancti Spíritus, nos alojamos en el Motel Deportivo de esa ciudad. Compartimos espacio con los jugadores del equipo de pelota de aquel territorio, conocido como Los Gallos. Pude conocer de la propia voz de los espirituanos con quienes conversé, que no sufren tanto la partida de los Gourriel, todo lo contrario, siente una especie de alivio y confían que sin los tres hermanos devenidos industrialistas, el equipo funcionará mejor.

En la ciudad del Yayabo estuvimos un día, y nos alcanzó algo de tiempo para conocer el centro histórico de la Villa, muy bien conservado. De la ciudad me agradó la limpieza de sus calles, y noté la cantidad de negocios particulares dedicados a la joyería.

En la madrugada del viernes, muy oscuro todavía, partimos rumbo a Topes de Collantes, haciendo una breve escala en Trinidad. En la subida, nos detuvimos unos segundos en el Memorial a Alberto Delgado, protagonista real de una historia llevada a la pantalla grande bajo el nombre de El hombre de Maisinicú. Película que narra las peripecias de un agente de la Seguridad de Estado, infiltrado en las bandas que sembraron el terror  en el Escambray. Estuvimos en el mismo lugar donde lo ahorcaron.  Traté de recordar la canción que Silvio Rodríguez compuso para el filme, pero fue infructuoso.

Continuamos el ascenso en camión y debo reconocer que emergió, una y otra vez, mi irracional miedo a las alturas. Miedo que se incrementó cada vez que el chofer cambiaba de velocidad para enfrentar una empinada curva. Después conocí que a fuerza de oficio, esos camioneros conocen de memoria cada palmo, cada curva, cerrada de la carretera.

Llegamos a Topes, y nos dirigimos a una vieja casona que había pertenecido a un magnate cafetalero, y que sería nuestro campamento por dos noches, porque solo en las noches arribábamos al lugar.

La gran edificación pertenece hoy a la Facultad de Montaña, y forma parte de un hermoso complejo constructivo emprendido por la Revolución en los años 80. Tan bien concebido, tan hermoso, que da tristeza creer que cerrará sus puertas por falta de matrícula, no porque las montañas desaparezcan, más bien porque que cada vez hay menos montañeses con deseos de permanecer en esas alturas.

El silencio y los árboles abarcan aquel lugar, y temo que el abandono destruya una edificación que bien pudiera brindar otros servicios. “¡Una escuela de cine!”, pensó mi amigo Carlos Milián, y en un hotel en moneda nacional, con precios asequibles al cubano medio, pensé yo, para postergar su inevitable destrucción.

Una vez establecidos, recorrimos el lugar. Partimos del reloj de sol, en compañía de un guía erudito que cargaba mil historias en su mochila. Por él conocimos de las bondades del café, del Cristal Mountain y sus altos precios en el mercado internacional, casi seguro que desnudo de chícharos.

También supimos que la guayaba es mejor que la moringa, y si esa vez no me empaché de guayaba cimarrona, creo que fue por la altitud, porque en todas las orillas de las carreteras crecen estos frutos, y los lugareños apenas las toman, en cambio yo no hice otra cosa que atragantarme sin miramientos.

Logré ver una orquídea negra, bueno, sin florecer, y los helechos gigantes, estos últimos medían casi el doble de un hombre.

Disfruté del aire puro de las lomas que ensanchan los pulmones. Y observé como tras la lluvia, las nubes descienden y cubren las montañas, y como si se sintieran cansadas, perezosas, no suben más, y puedes tocarlas.

Decidimos aprovechar el tiempo, y un “selecto” grupo de blogueros, curtidos por otros encuentros similares, bajamos a Vegas Grandes, para admirar y darnos un chapuzón en un gran salto de agua.

Mientras descendíamos, sin guía, algunos pobladores nos voceaban en la distancia, guiándonos. Pude divisar que los lugareños prefieren construir sus casas de maderas en bajíos.

En Vegas Grandes, los últimos 500 metros son los más difíciles, con una empinada pendiente con lajas de piedras que resbalan más que un jabón. Pero la fatiga, y el temor a alguna inevitable caída vale la pena. Una vez en el lugar, disfrutas de la cascada, que se bifurca y asemeja las piernas y el torso de una mujer. Puedes nadar hasta la caída de agua y treparte en una gran piedra sobre la que golpea el torrente, y sentir las gruesas gotas como caen en tu nuca y espalda.

Dicen que cuesta abajo todos los santos ayudan, pero el regreso, sea loma arriba o loma abajo, siempre es más fácil, porque ya conoces el camino.

La partida

De Topes además recuerdo los inmensos pinos y los eucaliptos, el Museo de Arte Contemporáneo y las mariposas. Si necesitara un epíteto para economizar palabras, y definir mejor a aquella zona central de Cuba, le llamaría El Rincón de las mariposas.

Ahora que escribo a la distancia, pueden quedarse muchos detalles, y hasta reproches, porque fui de los primeros en separarme del grupo, y no quise despedirme. No sabía qué decir, y las despedidas siempre me ponen triste pero no importa, porque mi mochila espera ansiosas por otro encuentro con mis amigos los blogueros, que tienen nombres, y ya les conozco demasiado, y hasta los necesito, y ellos ni se imaginan cuánto.

Hipercrítico

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Hace unos días, en una especie de reunión, pedí la palabra y dejé escapar casi una conferencia. A veces me sucede. Decido no emitir palabra alguna por aquello de no desentonar, pero se van agolpando las ideas y me atragantan, y cuando menos lo espero levanto la mano, pido la palabra… y luego me tildan de hipercrítico.

Lo curioso del hecho es que en los últimos tiempos he escuchado  el empleo de la palabrita en contadas ocasiones. Y no precisamente ante críticas exageradas; ante un simple señalamiento o mención de la realidad, aflora el término a manera de escudo o para invalidar los argumentos del otro.

A estas alturas del juego, cuando queremos actualizar tantas cosas, no solo la economía, me resulta preocupante que emerja una nueva forma de fustigar y condenar los comentarios y las desavenencias.

Hasta hace muy poco, recordábamos las palabras de Raúl, conminándonos a debatir, polemizar, a desconfiar de la falsa unanimidad, y entonces me maravilla con cuánta facilidad cometemos los mismo errores una y otra vez.

A veces me da la impresión que los cubanos estamos condenados al inmovilismo. Somos sagaces para describir los problemas que frenan nuestro desarrollo, pero no se que ley natural nos persigue y agobia, y rápidamente sufrimos una especie de flujo y reflujo.

Yo, que soy de los que se entusiasman demasiado, después sufro el porrazo que propina la realidad. “Sin prisa, pero sin pausa”, escucho decir una y otra vez, y me da por pensar que algunos tienen complejo de tortuga, y prefieren lo primero, a manera de  impasse.

Cuba se sacude y avanza, es cierto. Lo noto a cada paso que doy por la ciudad. También reconozco que algunos cambios llevarán más tiempos. Pero debemos estar atentos para que no se enraícen males que tanto daño hicieron, como invalidar la opinión ajena. Muchos errores se hubieran evitado entonces.

Tampoco desconozco que la crítica encierra un alto grado de responsabilidad. Pero prefiero en mi guerrilla aquella persona que siempre objete algo, y después de el pecho a las balas, que esos que pululan por doquier, diciendo sí a todo con una sonrisa a flor de labios. O los otros que prefieren callar para no buscarse problemas, desoyendo al propio Raúl. Aunque sería conveniente también, que mi Presidente me dijera a quién acudir en caso de buscarme complicaciones por manifestar una opinión contraria.

Sabemos cuanto daño nos hacen los simuladores, esos que nunca se enfrentan y asienten a todo, aún así los preferimos, a aquellos que siempre colocan una coletilla, o ven el otro lado de las cosas.

Siempre escucho que la confrontación de ideas es progreso y desarrollo, alimentémosla, y desterremos de una vez y por todas palabras que solo buscan deslegitimar el debate. No pueden existir hipercríticos, cuando todavía persisten tantos problemas.

 

 

 

 

 

Colocan una placa en mi ciudad

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Por estos días la ciudad de Matanzas festeja el aniversario 320 de fundación. Tres siglos, y un poquito más, que han marcado la fisonomía tricentenaria de esta urbe yumurina, y de sus habitantes.

Como todo en la vida, mi ciudad gozó de buenos tiempos, y de malos también. Aunque al parecer, lo segundo se prologaron más de la cuenta.

Hoy queda muy poco de aquellos años de esplendor cuando un grupo de pobladores, con algo de vanidad, la proclamaron Atenas de Cuba. De aquel período dorado quizás solo permanezcan los puentes sobre los ríos, que serenamente desembocan en la hermosa bahía.

Soy matancero de nacimiento, y aunque parezca una frase manida, si volviera a nacer, lo haría en la misma cuadra donde nací,  con los mismos vecinos, y a mis espaldas un farallón cubierto de monte costero y plagado de cavernas donde jugaba a esconderme; y al frente siempre las rocas con sus afilados dientes de perros, y la playita Allende, donde aprendí a nadar, e inicié mis primeros tanteos amorosos y besé por primera vez. Desde entonces el mar es mi confidente.

Los matanceros somos privilegiados por la naturaleza. Contamos con una bahía rodeada de cerros hacia donde se extiende la ciudad en forma de anfiteatro. En las noches no hay imagen comparable.

Pocos pobladores en el mundo gozan del privilegio de refrescar sus ansías en una docena de playas, sin la necesidad de recorrer largas distancias. Con solo cruzar la calle pueden darse un chapuzón.

Pero de ahí a pretender que a mi ciudad le confieran una condición que no se merece va un largo trecho. Discúlpenme los entendidos en la materia y quienes decidieron tal otorgamiento, pero yo solo soy el reflejo de sus habitantes.

Sé de antemano que habrá quienes me tilden de hipercrítico, palabrita muy de moda en estos tiempos, y también de apático, por no sumarme a los festejos; pero ninguna placa conmemorativa logrará encandilar mis sentidos y obviar la realidad.

En mí siempre ha primado mi condición de matancero. Quienes me conocen saben de mi único orgullo: haber nacido aquí.

Para mí Matanzas no solo fluye en sus ríos, también en esas calles, a veces pestilentes, que nadie menciona, como San Francisco en el barrio Pueblo Nuevo, con su decena de sociedades secretas Abakuá.

Yo le conozco todos sus rincones, y disfruto los menos encumbrados donde late la verdadera ciudad. Cómo olvidar que en compañía de una bella mujer redescubrí el humilde barrio La Marina, y a la sombra del Parque Watking entendimos el lenguaje de las hojas de los árboles. Los altos pinos emiten un sonido diferente y único, como un arrullo que te adormece y que te convida a refugiarte en la piel femenina.

En las riberas del río Canímar, donde asesinaron a Guiteras, quisiera descansar eternamente. Es mi escondite de adulto, donde ordeno las ideas para enrumbar el camino.

Allí siempre renuevo mis esperanzas, de permanecer incólume e incorruptible, de que arriben a mi barrio mejores tiempos, esperanzas de que las golondrinas abandonen la biblioteca Gener y del Monte; esperanzas de poder disfrutar nuevamente del Teatro Sauto o la Sala White. Esperanzas de desandar esta urbe, no tan necesitada de placas, como de personas que hagan más por ella cada día.