¿Quién me cambió el apellido?

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Sé que me llamo Arnaldo porque así me saludan mis allegados. Con ese nombre firmo mis trabajos periodísticos. Aunque también pudiera llamarme Arnaldito, porque desde que tengo uso de razón así me llama mi mamá, y por ese diminutivo me llamará siempre, aunque sea un viejito achacoso.

Si viviera en otra época, me nombraría Arnaldo de Matanzas, porque la región de donde uno provenía cobraba prominencia en los patronímicos, como también el nombre del padre, cuando el patriarcado cobró fuerza y nos adentramos en el machismo ancestral.

Creo, sin ser ingrato, que cuando nacemos nos deberían prestar un nombre, para después decidir por nosotros mismos el nombre que nos acompañará por siempre. Porque si bien los padres nos brindan la vida, a veces se les va la mano con los que escogen, unos por capricho, otros porque es la moda que corre.

Recuerdo la dichosa Generación Y. En mi aula varios de los nombres de mis compañeritas empezaban con esa letra del abecedario: Yenisleidis, Yanet, Yordanka, y un etcétera tan largo como injusticias hay en el mundo. Pienso en Palestina.

Pero volvamos a los nombres, eso que nos distingue o nos condena. Lo peor de los apelativos con que nos reciben nuestros padres, no recaerá en la palabra misma.

Puede suceder que una niña de cinco años decida cambiarse el nombre porque le gusta más el de una protagonista de un filme, o el de una amiguita de la escuela; o que te pongas en el lugar de tu amigo Jan, quien durante años debió corregir a todas las maestras que pronunciaban mal su nombre francés. “Es Yan, se escribe con J pero se pronuncia con Y”.

Pero a larga uno tropezará con males mayores. ¡Los trámites! En eso deberían pensar los padres, porque quizás con la alegría del alumbramiento, no repararán cuánto deberán sufrir los hijos en el futuro por el antojo de un nombre enrevesado.

Por un error en una letra deberá sufrir un calvario, un vía crucis, para ser más exacto. Imagínese caro lector, que después de afrontar cualquier trámite, por simple que sea, debas empezar todo de nuevo porque alguien escribió mal su nombre o apellidos.

Si de antemano cualquier diligencia resulta engorrosa, sumémosle la triste realidad de que para algunos funcionarios, quien se halle envuelto en un trámite deja de ser humano, para convertirse en un papel. La adusta mirada del empoderado siempre se dirigirá a la hoja, acompañada de la frase: “su nombre está escrito mal, vuelva otro día”.

Vaya, que a veces creo que si Hércules se ve envuelto en un trámite en Cuba, nunca ingresa al Olimpo, más bien al hospital. Pero lo peor que le pudiera suceder a Hércules, es que a la hora de cambiar su carnet de identidad, alguien olvide colocarle la tilde en la primera sílaba. Como me pasó a mí, cuando olvidaron colocar la tilde en Hernández, algo que me ha creado una especie de crisis de identidad, y hasta nerviosa, porque en todos mis documentos oficiales aparece con tilde, pero desde hace un tiempo para acá, en cualquier trámite que realizo mi apellido debe aparecer sin tilde…como en el carnet, que está mal escrito.

Y lo peor sucede cuando paso cerca de la oficina de identidad y escucho hablar a las numerosas personas de la cola sobre los avatares de la automatización que lejos de aliviar, entorpece el proceso, que si ahora se hacen muchos más trámites que antes, como el pasaporte, que sin son pocas las compañeras que trabajan, que para colmo olvidan elementales reglas de acentuación.

Yo por lo pronto le seguiré colocando una tilde a mi último apellido al menos en el periódico, porque humano al fin puedo tropezar con la misma piedra, no así con el mismo maltrato. Esperaré que cambien las cosas al menos en el Carnet de Identidad.

 

 

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Entre el hombre del piano y mi ignorancia

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Siempre me he creído una persona medianamente instruida, condición de la cual nunca presumo, porque descubrí hace mucho tiempo que el conocimiento acumulado por el hombre durante miles de años, resultará inabarcable a un simple mortal.

Conmigo viaja la angustia eterna de saber que nunca lograré leerme todos los libros, ni apreciar toda la buena música que quisiera; porque mientras más se lee o se escucha, mucho más falta por conocer, es algo así como la línea imaginaria del horizonte, que siempre se aleja, mientras avanzas.

No por eso uno se sienta, o deja de estudiar, aún conociendo que durante tu existencia apenas dominarás un ápice del saber atesorado, y a la larga, siempre serás un entusiasta diletante.

Sin embargo, creo que algo está fallando en derredor. Una nueva teoría conocida como el Efecto Flynn asegura que la humanidad alcanzó el punto más alto de su coeficiente intelectual, y en un futuro este comenzará a descender por diversas razones, tanto biológicas como sociales.

La investigación concluye que dentro de algunos años los humanos seremos menos inteligentes. Una tesis discutible, pero si miro hacia dentro, con solo recorrer mi ciudad, creo que el estudio dio en el clavo.

Pongamos por ejemplo la cultura musical de los cubanos. Dentro de los tantos epítetos que se le aplican a Cuba, siempre se le bautizó como la Isla de la Música. Y yo me preguntó: ¿será exacto este término, al menos en Matanzas?

¿Alguien me puede decir por qué debí esperar más de 30 años para conocer a un Piano men? Se llama Guillermo Torres González y durante varias horas le escuché interpretar boleros cubanos acompañado de su instrumento. En fraterna y musical interacción con el público le disfruté anonadado, y hasta un poco molesto.

¡Qué sublime experiencia significó para mí compartir con un músico de alto calibre! A quien le puedes pedir una canción, e incluso, si te atreves, interpretarla junto a él.

Como mismo el albañil nunca puede desprenderse de su bello oficio, y se detendrá unos minutos ante cualquier arquitrabe con excelente acabado; y el médico nunca logrará alejarse de su vocación por salvar vidas; el periodista, raudo y veloz, intentará razonar sobre las causas de determinado fenómeno.

¿Por qué si en Cuba surgió el estilo del piano men de las manos y peculiar voz del virtuoso Ignacio Villa, Bola de Nieve, debí esperar tres décadas para aproximarme a un artista que interpreta excelente boleros junto a su piano de cola?

No me esconderé para afirmar que en materia musical, como en muchas otras áreas de la vida, los cubanos estamos involucionando. Esta vez no me adentraré en la bizantina batalla de nombrar a un culpable. Culpables somos todos: el que decide y el que calla.

Pasivos observamos como el mal gusto florece por doquier, y se adueña de los micrófonos en las grandes plazas a golpe de regguetón, asentándose en la mente de las nuevas generaciones.

Más allá de felices ideas como la labor de los instructores de arte o las casas de culturas, con sus deficiencias claro, sería oportuno conocer cuántos de nuestros jóvenes disfrutan a Vivaldi, Mozart, a Bach, o al menos, el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Sin embargo, he visto como niños que apenas saben andar, ya tararean el último tema de El Yonki ante el alborozo de toda la familia.

Como siempre se dice cuando se menciona la palabra Regguetón, no se trata de prohibirlo, claro está. Me pregunto entonces, siempre con más preguntas que respuestas: ¿Debemos permitir que nuestros hijos crezcan sin conocer a Ignacio Cervantes, Caturla, Roldán, a Vivaldi? ¿Seremos una ciudad donde en un futuro inmediato pocos se atrevan a hablar de la Traviata de Verdi, porque simplemente no está de moda?

No perdamos de vista que tanto el gusto como la conducta son modificables, perfectibles; y las autoridades, tanto culturales como del Gobierno, no solo deben encargarse de desembolsar miles de pesos para que un grupito de este género, o cualquier otro, abarrote una plaza. Si no me equivoque, también deben velar por el ascenso cultural de los cubanos, y de los matanceros en particular.

Desgraciadamente existirán quienes aleguen en falso populismo que al pueblo debe dársele lo que el pueblo quiere. ¿¡Regguetón entonces!?

Por suerte existen otros que en sano ejercicio del pensamiento reflexionarán sobre el tema. Porque resulta inconcebible que un matancero deba esperar tantos años, e ir a un hotel, para conocer la magia del Piano men. A nadie se le ha ocurrido crear un espacio así en la ciudad, asequible al bolsillo de los humildes con buen gusto, que son muchos por ahí. ¿Cuántas cosas más desconozco, en esta, la Isla de la Música?

Tito, el recogedor de latas

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Hace unas noches le conocí mientras recriminaba a unos perros que hociqueaban en la basura. Acto seguido se adentró al vertedero y comenzó a hurgar en las latas y bolsas de desechos, mientras les explicaba a los canes, como si estos le pudieran entender, que después él cargaría con la culpa del reguero. En un inicio pensé que se trataba de uno de los tantos locos inofensivos de mi ciudad.

“De ser loco, se trataría de uno bastante caballeroso”, pensé, porque cuando una mujer se acercaba al basurero con varias cajas de cartón, muy solícito las tomó de manos de la señora y las depositó él mismo.

Continuó la marcha. Quizás al saberse observado, comenzó a hablar en voz baja pero perceptible, como para que yo le escuchara. Supe que era un recolector de materias primas, práctica muy extendida en mi ciudad, que le brinda un respiro económico a cientos de personas, en su mayoría de la tercera edad.

Me dijo que se llamaba Tito, y que se ganaba la vida de esa manera desde hacía mucho tiempo. “Un negocio redondo, donde apenas invierto dinero”. En algunos meses gana hasta mil 500 pesos, un poquito más, poquito menos.

Ataviado con una vieja camiseta, short, y tenis viejos, y ligero como un liebre pese a sus 62 años, asegura haber recorrido el trayecto de La Habana a Matanzas varias veces en su vida.

Como compañera de viaje siempre lleva una mochila, la amiga inseparable del guerrillero según palabras del Che y de Tito, con “un pomo de agua, las pastillas, y un traguito de ron pa’ inyectarme energías”.

Tito no entiende por qué algunos le miran como un zarrapastroso o mendigo, si con su trabajo honrado beneficia el entorno y hasta contribuye a embellecer la ciudad, retirando los envases que muchos lanzan en lugares públicos.

“En muchos países del mundo la recolección de materia prima es un negocio lucrativo, pero aquí en Cuba muchos nos miran por encima del hombro”, comenta el veterano.

“Incluso las entidades estatales a quienes le vendemos lo recolectado apenas nos toman en cuenta, pueden pasar semanas sin sacar dinero del banco, y el esfuerzo de uno resulta en vano.”

Pero Tito no pierde la alegría ni el entusiasmo. Se despide de mí con un gesto de su mano, mientras me lanza la frase: “de mí es fácil hablar, lo difícil es ser como yo”.

Pocos metros más allá registra una bolsa de basura con el pie. Luego se escurre en la oscuridad y a la distancia solo me llega un murmullo. Quizás conversa con algún perro.

Milanés: el poeta imperecedero

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“Esta ciudad fue creada para ti, solo para ti. Será recordada porque tú naciste en ella y tu nombre irá siempre unido al de tu ciudad”.
Fragmento de una obra de Abelardo Estorino

Matanzas siempre fue una ciudad pródiga en poetas. Tal parece que nacieran del efluvio de las aguas que bañan a la urbe. En tributo, los bardos le cubren con versos que brotan con la frescura del Pompón.

De esos hijos de alma delicada y palabras como alas, hubo uno muy especial que se imbricó con la esencia misma de la ciudad. Y es que cuando se piensa en José Jacinto Milanés, nos viene a la mente las propias características de la gentil Yucayo: tímida, taciturna, entristecida.

Porque cuando nombramos a la Ciudad de los Puentes, sin pensarlo, también nombramos a Pepe, el más sublime de los poetas nacidos en esta comarca. Seguir leyendo Milanés: el poeta imperecedero

Fidel como espada y resguardo

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De niño siempre aprecié a Fidel. Para ser preciso, y abriéndome el corazón, siempre le quise, casi le idolatré, sentimiento que nadie me impuso. Nació con la naturalidad propia de las cosas buenas, y la pureza y sinceridad tan propia en los infantes.

Por supuesto que crecí, y conmigo la admiración por aquel hombre inmenso. Recuerdo ahora que cuando algo iba mal, escuchaba aquella frase de: ¡Esto tiene que saberlo Fidel!
Si alguna persona resultaba blanco de cierta injusticia, o víctima de la mezquina burocracia, alguien le conminaba: ¡Escríbele a Fidel pa’ que veas cómo se soluciona!

Su nombre estaba en todas partes, lo mismo en la espera de una parada de ómnibus, en la bodega del barrio, que en una oficina de trámites tortuosos. Cuando los cubanos pronunciaban esas cinco letras, parecía que blandieran una espada contra los inoperantes e ineficaces que obstaculizaban el tránsito hacia el Socialismo.
Hoy, cuando hay quienes intentan reinventar la historia, y asumir ciertas poses revisionistas, o mientras otros se parapetan tras la gastada frase de “falta de recursos”, es porque no lograron entender las enseñanzas del Comandante.

Las grandes obras de Fidel, que son muchas, se construyeron porque él siempre creyó en la reserva más importante de su país: el espíritu de sacrificio de sus hombres y mujeres.

Por eso al recorrer la provincia, percibo como su nombre retumba todavía: ¡Esto lo construyó Fidel! Porque aunque fueron otros, también imprescindibles, quienes fundieron el hormigón en las escuelas de Jagüey Grande y ordeñaron las vacas de la Empresa Genética, siempre sintieron el influjo impetuoso y transformador del Líder cubano.

Pero de Fidel siempre habrá que escribir en presente, más allá de sus innumerables hazañas, de burlar más de 600 intentos de asesinatos; de la capacidad de soñar y edificar sus sueños.

Fidel, su nombre y sus ideas, deben ser el escudo y fusil que insufla energía a cada revolucionario; y que nos resguarde de los viles, los ineptos y los hipócritas, que les mencionarán siempre, mas, nunca actuarán como él. Por suerte el pelotón de los fidelistas está integrado por millones. Y eso lo saben sus enemigos, algo que no le perdonan.

Pacheco, entre el deporte y mi barrio

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Cuando todavía no me recuperaba de la noticia de la partida de Antonio Pacheco, el “flamante” Capitán de capitanes de la pelota cubana, cae sobre mi rostro como un bloque de hielo, la llegada a Miami de Gabriel Pierre, recio toletero de aquel emblemático equipo del oriente de la isla, bautizado por todos los cubanos como la Aplanadora de Cuba.

En un inicio, como siempre me sucede, preferí callar y sumergirme en la introspección. Mientras desandaba mi ciudad añeja y derruida, que tanto amo, pensé en aquella derrota del equipo béisbol en la Olimpiada de Sydney 2000. Pueden decir lo que sea, y algunos quizás lo olviden, pero en los días posteriores a aquel choque de pelota Cuba entera enmudeció, aquello era un luto general. Los invencibles eran destronados, nada màs y nada menos que ante su eterno rival Estados Unidos Seguir leyendo Pacheco, entre el deporte y mi barrio

¿Antonio Pacheco capitán?

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“Pacheco se piró, asere”, me dicen en el barrio, y yo apenas atino a decir algo. Ante el desconcierto solo se me escapa la insustancial frase de “déjame averiguar en Internet y después te cuento”. Porque en mi barrio Internet no se conoce y aún se pronuncia en mayúscula, pero de béisbol y del último que se fue, de eso sí si sabe.

Pacheco partió, como mismo partió Albertico Lajes, Alejandro Santana, Javier Delgado, El Dimir, Edel de Armas, El Frank, Teddy, una retahíla de gente que por momentos uno pensaría que a Cuba se le abrió una vena por donde se desangran sus hijos. Seguir leyendo ¿Antonio Pacheco capitán?