El Nuevo Herald: solitario y mentiroso como el bloqueo norteamericano

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A solo minutos de comprobarse el rechazo mundial al criminal bloqueo norteamericano contra Cuba, en el mismísimo instante en que 188 naciones plasmaron su condena a la política extraterritorial de Estados Unidos, el único medio en el mundo que cometió la estupidez de defender semejante postura, no pudo ser otro que El Nuevo Herald.

Triste papel que debe representar este medio, vocero de las posturas más anticubanas; solo así se justifican los millones de dólares que recibe la mafia de Miami para intentar sostener el espejismo de una oposición política hacia el interior de la Isla.

Los mercenarios cubanos, estos últimos personeros de la peor ralea, solo necesitan sonar una lata para convertir en noticias cual bazofia que solo persigue demonizar a Cuba, a pesar de que en la vilipendiada Isla caribeña nunca han asesinado a periodistas, ni desaparecen estudiantes. Aun así, según el periodicucho de Miami, Cuba es el peor de los mundos posibles, y el gobierno norteamericano debe conservar intactas las sanciones extraterritoriales.

Lo más preocupante pienso yo, es que medios de prensa influyentes en la política norteamericana, como The New York Times, han modificado su discurso sobre Cuba, incluso exhortando a Obama a eliminar el bloqueo. Sin embargo, el panfleto que editan al sur de la Florida persiste en su cacareo anticubano, y con la misma perorata.

En Centro América mueren decenas de periodistas cada año; en México desaparecieron 43 estudiantes normalistas y el pueblo acusa al gobierno, y a nadie se le ocurriría bloquear económicamente a estos países para intentar transformar esa triste realidad. Solo El Nuevo Herald se atreve a sostener semejante idea: ahogar a un pueblo por defender su soberanía.

El lenguaje del Editorial y su contenido no pueden ser más soso e insustancial, apelando a las mentiras de siempre cada vez menos creíble. Solitario y mentiroso, como el bloqueo norteamericano, debemos calificar el triste desempeño del líbelo de Miami.

 

 

 

 

 

 

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Camilo, la ausencia más presente

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Sé que la historia no admite supuestos, pero desde siempre me impuse la idea de que en el último minuto de su vida, Camilo Cienfuegos lanzó una sonrisa. No pudiera ser de otra manera.

Camilo es- sobre él siempre se hablará en presente- de esos hombres que hicieron de la muerte habitual compañera, y esta, aniquiladora, descubre que su poder no siempre resultará definitivo, incluso una sonrisa puede neutralizarla.

Pero la memoria, arma privilegiada de los pueblos, también consigue hostigar a la muerte. En Cuba, el más risueño de los guerrilleros, el más valiente, regresa cada día desde la carcajada sonora de un niño, o desde el chiste ocurrente que resuena en una mesa de dominó.

El mar y sus misterios nunca pudieron tragarse las hazañas del legendario Comandante. Cuando sobreviene octubre le nacen flores a las aguas, como tributo al soldado que partió un día sin despedirse, envuelto en una tormenta. Partida que no fue tal, porque héroes como Camilo nunca estarán ausentes, se funden con el pueblo y renacen cada día, cada hora, para siempre.

 

 

 

 

 

Víctor Mesa: un tipo chévere

Víctor Mesa

Un amigo  aficionado al béisbol, y además excelente periodista, me muestra unas fotos captadas en el Estadio Cándido Gonzáles, de Camagüey, y me dejan perplejo.  En las instantáneas descubro a un Víctor Mesa sosegado, sonriente, campechano, afectuoso…y no puedo pensar otra cosa que o bien las fotos están manipuladas, o la prensa ha conseguido indisponerme contra el manager matancero.

Dirán que era hora ya, que finalmente pude abrir los ojos por las excentricidades del número 32, sus exabruptos y rabietas. Pero al final solo consigo ver sus méritos, y los logros alcanzados por mi equipo, en el pasado sotanero.

No puedo callarlo: a veces creo que quienes solo ven las manchas de Víctor, y las pregonan a los cuatro vientos, son los mismos que omitieron las hazañas de Michel Abreu, Amaury Casañas y Yadil Mujica, deportistas yumurinos de probada calidad antaño, pero a pesar de ello apenas integraron el equipo grande, porque no existían para los comentaristas deportivos.

Las cosas cambiaron con la llegada de la Explosión Naranja. Víctor Mesa empeñó su palabra y cumplió lo prometido: se repletó el Victoria de Girón después de años sumido en silencio; llegaron las cámaras de la televisión para que las hazañas de nuestros peloteros nunca más quedaran en el anonimato; y saltamos a los primeros lugares de la pelota cubana.

Solo esa razón resultaría suficiente para granjearse el respeto de los aficionados cubanos y de la prensa. Sin embargo, siempre llegan a mí más noticias de sus desatinos que de sus proezas; y muy poco de su calidad humana.

Es tan grande el odio visceral hacia su figura, que en los últimos tiempos he leído hasta entrevistas apócrifas que solo conseguirían provocar carcajadas, sino fuera por el triste hecho que más de uno las leen como algo cierto.

Nunca, que yo recuerde, he leído algo relacionado con la calidad humana de Víctor Mesa, y sí mucho sobre sus defectos. Solo hace unos días, en una entrevista a Eduardo Paret, este último refería como el número 32 le salvó del ostracismo que sufría, por haber saludado en un tope en el exterior a un compañero de equipo que había abandonado el país.

Mucho se dice de la ofuscación del Director de los Cocodrilos cuando un pelotero hace algo mal en el terreno, y poco sobre cuánto ha hecho para hacerles más llevadera la existencia a esos deportistas. Creo que pocos managers se preocupan tanto por las condiciones de vida de sus jugadores.

Cuando pienso en el Número 32 siempre me viene a la mente un Victoria de Girón rozagante, colorido, una ciudad de fiesta, mujeres apoyando a su equipo.

A mí me sorprendió en plena calle la remontada histórica de Matanzas contra Sancti Spíritus. Era muy niño cuando las glorias de Henequeneros, pero lo visto esa noche de sábado resulta inolvidable, eso había que vivirlo: calderos retumbando en manos de mujeres, tambores repiqueteando, congas espontáneas recorriendo el centro de la ciudad, ¡mi pueblo feliz!, gracias a Víctor Mesa. Desde ese entonces y para siempre, ese tipo se convirtió en el más chévere de todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Reencuentro

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“Oye asere, el 27 de diciembre sobre el mediodía estoy aterrizando en Varadero”, me lanza mi hermano Lajes  a quemarropa.  Ante el asombro que produce la tan esperada noticia, le pregunto cómo se ha imaginado el reencuentro. Sin pensarlo dos veces, y con esa cubanía y calidez que no ha podido mellar el invierno canadiense, me espeta en pleno rostro, o plena pantalla de la pc: “qué mariconería es esa chico, tu’tá medio pajarón”.

Confieso que no pude contener la risa, pero apenas sé si en diciembre pueda contener las lágrimas. Según mi hermano Lajes, al principio nos ahogaremos en una mar de llanto, para después navegar en una marejada de ron.

Y aunque para él sea una debilidad de mi parte (que ser débil no es sinónimo de gay, aclaro) desde ahora deshojo margaritas esperando el reencuentro.

Casi tres años llevo sin ver a Albertico, y aunque siempre estamos al tanto el uno de las cosas del otro gracias a las redes sociales, lo extraño como nunca imaginé que se extrañaría a un amigo en la distancia.

Hemos hecho muchos planes, pero ya la vida es diferentes. Antes, cuando éramos niños, no planificábamos tanto las cosas y siempre salían. “Nos vamos mañana a explorar cuevas”, y ya, con la misma sencillez que se pronunciaba la idea partíamos en piquete hacia el monte.

La adultez nos entumeció un poco las ganas de disfrutar. En el pasado con un tirapiedras o un tirachapas, o simplemente lanzándonos desde los desfiladeros de la costa del barrio, rozábamos la felicidad ¡y qué barata era!

Sacando cuenta, creo que Lajes escogió la mejor fecha para visitar su ciudad, su gente, porque a finales de diciembre Cuba está de fiesta, y todos los hogares, incluso los más humildes, huelen a chicharrón y masita de cerdo.

Hablando de cerdo, recuerdo que hace varios meses cuando le pregunté qué prefería comer en Canadá, quedé asombrado con su respuesta: “!Carne de cerdo y potaje de frijoles!”. Yo esperaba…no sé…caviar… ternera estofada. Esas cosas con las que uno sueña en el contén del barrio mientras se come un pan con croqueta.

De antemano estoy repasando todos los lineamientos y la nueva política económica de la isla, porque sé que mi amigo, inquisidor como es, aterrizará con una retahíla de preguntas sobre Cuba.

Desde ya imagino su mirada cuando recorra su barrio y note que muchas cosas siguen igual, porque en esta comarca a veces da la impresión de que el tiempo se detiene y nunca avanza.

A lo mejor hasta se le escapa cierta mirada condescendiente, porque decidí permanecer, y edificar un sueño para muchos irrealizable, pero en el cual creo todavía, y tozudo como fiel guevariano, creeré siempre.

Lo demás importa poco. Albertico, desde ya ejercito mis brazos para el estrechón que retumbará en todo el aeropuerto. Y sí compadre, nunca dije que no era sensiblón, ¡a que Jan y Campo lloran más que yo!