Gente con alma (Parte I)

El campamento

“…siento en la benevolencia de las almas
la raíz de este cariño mío a la pena del hombre
y a la justicia de remediarla…”
José Martí

Alexander sueña con echar una siesta en un buen colchón donde reposar la fatiga diaria de vivir; también sueña con tener una casa propia, pero lo cambiaría todo sin pestañar por volver a disfrutar de la compañía de su hermano, quien cumple sentencia por agredir a un hombre. Por lo pronto, Alexander se va contentando con los portales que la noche le brinda.

Sin su hermano se siente incompleto. Por suerte cuenta con un nuevo compañero de andanzas y desventuras: Alberto, más conocido por “Comevidrio”.

En la playa Allende Alexander y su compinche montaron el campamento. Escogieron el lugar porque se trata de una zona residencial con varias paladares donde siempre se agenciarán algún alimento. Además, en el invierno pocos se acercan al lugar.

A pocos metros de la orilla, en lo que queda de un parque infantil, dos bloques hacen de fogón rudimentario, encima reposa una lata donde bulle un caldo incoloro y sin olor. Tres panes, un pedazo de mortadella, y la mitad de una pizza completan el almuerzo.

Mientras aguarda por Alberto, Alexander cuenta de las cuatro casas que perdió, y de cómo su tío le expulsó de su último hogar. No menciona las razones. Desde entonces vive en la calle.

Sus ojos enrojecidos y cierto aliento a ron muestran que aún no se libera de la resaca. Con gran naturalidad refiere que padece de cirrosis hepática, y para confirmarlo saca de su billetera una remisión médica con una fecha de ingreso vencida. Pero el alcohol sigue acompañando sus días, ya no como antes, “ahora solo un poco en la mañana y otro en la tarde. A veces bebo para olvidar, otras para recordar”, dice.

Almuerzo a orillas de una playa

Finalmente llega Alberto “Comevidrio”. Emigró a Estados Unidos cuando el Mariel y lo extraditaron varios años después.

“Problemas con la droga”, dice, aunque jura que él nada tuvo que ver. Los 18 kilos de cocaína que ocuparon en su auto no le pertenecían, nunca supo cómo llegaron al maletero. Desconfía de su hermano, quien logró escapar de la redada policial. Nunca más le vio.

Incluso, en la audiencia, la jueza norteamericana reconoció que en el operativo el perro de la policía no se le aproximó a olfatearlo, prueba suficiente de que nunca tuvo contacto con la droga, “pero así son las cosas, a veces injustas porque sí”.

Tiene bien ganado el sobrenombre de “Comevidrio”. Aunque le van quedando pocos dientes permanecen los fundamentales para triturar. Así hace algún dinero, incluso en un centro recreativo le obsequiaron una jarra de cristal que llevó consigo varios años hasta que alguien se la robó.

“Robarle a quien nada tiene debiera ser un delito de lesa humanidad”, dice.

De un saco Alberto extrae objetos que ha conseguido quién sabe dónde. Pozuelos plásticos, cucharas, cucharones, platos. “Tenemos que esconderlo bien, siempre nos roban las pertenencias”.

Uno lanza una ojeada en derredor para observar el patrimonio de ambos que apenas cabe en un saco. Es un domingo apacible, casi hermoso. En las paladares cercanas los comensales seguramente degustarán platos caros y suculentos. Así como Alexander extraña un colchón seguramente eche de menos una buena comida con sazón. Continúa inmerso en su faena de cocinero. Retira de la candela el dudoso caldo y con un pedazo de lata lacera la mortadela en porciones iguales.

Alexander dándole los toques finales al caldo

“¿Crees que estemos haciendo algo ilegal?”, pregunta mientras me observa tomando fotos. Se pasa la mano por la gran cicatriz que se deja ver en su abdomen, huella indiscutible de alguna antigua operación.

¿ILEGALES?

Alexander y Alberto se encuentran en un espacio público. Pudiera alegarse que la rústica cocina daña el parque infantil, pero el estado de los equipos era lastimoso mucho antes de su llegada. También pudiera decirse que sus harapos tendidos afean el entorno, que la pobreza y precariedad lastiman la vista, quizás por ello muchos prefieren torcer la mirada, y pocos se detienen en una imagen dominical tan lacerante.

¿Vagabundos? ¿Sin techo? ¿Deambulantes? ¿Olvidados? Son muchos los calificativos que se les aplica a esas personas que viven al margen de todo por diferentes causas, una de ellas, el abandono familiar.

Aunque el Código de Familia cubano establece la obligatoriedad de los familiares de un individuo a brindarle alimento, entendiendo por este todo lo que es indispensable para satisfacer las necesidades de sustento, habitación y vestido, el número de personas subsistiendo en las calles resulta un fenómeno notable.

Aunque no lo dijo, su padecimiento de siderosis hepática hace suponer que el alcoholismo pudo ser una de las causas que llevaron a Alexander a abandonar su hogar, dormir en los portales y alimentarse de lo que encuentre.

Alberto en primer plano

ALIMENTO PARA LOS NECESITADOS

Alexander a veces asiste a la Iglesia Hermanas Carmelitas Descalzas, allí elaboran comida tres veces a la semana para “personas en situaciones difíciles” como él, según sus palabras. En otras ocasiones, cuando logra reunir algún dinero, se llega hasta la Cafetería-Mercado Dos de Mayo. Allí radica un comedor perteneciente al Sistema de Atención a la Familia (SAF).

En el 2007 se dio a conocer una resolución dictada por el Ministerio de Comercio Interior, donde se establecía los lineamientos para los SAF, teniendo en cuenta la necesidad de complementar la alimentación a un determinado segmento poblacional.

El saco de Alberto

En el 2014 la resolución se convirtió en ley y en uno de sus capítulos estableció que los SAF están concebidos para complementar la alimentación a adultos mayores, personas con discapacidad, embarazadas con alto riesgo y casos sociales críticos, con insuficiencia de ingresos y carentes de familiares obligados en condiciones de prestar ayuda. Mas, al parecer, Alberto y Alexander no entran en esas categorías, logran adquirir alimentos allí solo si falta algunos de los autorizados.

SAF LA YUMURINA

Durante varios años la unidad La Yumurina, en la calle Milanés, acogió a uno de los comedores del Sistema de Atención a la Familia (SAF) que hay en la ciudad. Desde hace varios meses el inmueble se encuentra en reparación, por lo cual trasladaron los servicios de manera provisional para la Cafetería-Mercado Dos de Mayo.

Carlos Cruz, administrador de este último establecimiento, atiende diariamente a 38 comensales de la tercera edad. Allí le ofertan desayuno, almuerzo y comida los siete días de la semana por el valor de dos pesos.

El Ministerio de Trabajo se encarga de determinar quiénes reciben el servicio de alimentos, aunque la última palabra la tiene el Consejo de Administración.

“Aquí no asisten casos críticos o personas sin hogar. Más bien se trata de viejitos sin familia pero con un techo donde pernoctar”.

“Tenemos mucho cuidado con la elaboración de los alimentos, el plato fuerte y su gramaje resultan inviolables. Este sistema se monitorea constantemente. El menú es semanal y el abastecimiento planificado, todo se asume con mucha responsabilidad. Existe un registro de asistencia que debemos llenar diariamente. La ciudad cuenta con 10 comedores de este tipo.

Sin embargo, algunos ancianos llevan años esperando la aprobación que les permita recibir las bondades del SAF. (Continuará…)

Pertenencias que Alberto guardaba en su saco
Alexander debe operarse de siderosis hepática
Alberto a veces se gana algún dinerito triturando vidrios con los dientes
Parte del almuerzo de los amigos
A cierta distancia de allí, en la plaza del Viaducto, se encontraba otro deambulante
Secando la ropa
Menú semanal que consumen los ancianos que asisten al SAF
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El acento de Piruli


Piruli, así, sin tilde, con la fuerza de pronunciación en la segunda sílaba; así es como todos conocen a Lázaro Rodríguez Izquierdo.

Lo normal sería que le llamaran Pirulí, como los caramelos que vendían en su casa cuando era niño, y por lo cual le endilgaron el apodo desde que cursaba el quinto grado. Lo cierto es que nunca le incomodó, y que por ese mote le conocen en casi todos los confines de la provincia a donde llegue la prensa matancera.

Se podrá decir que Lázaro es una figura mediática porque a cada rato su nombre, (el otro), y su rostro, (otro también), aparecen en los periódicos o en la televisión por sus resultados en la labor de higienización que realiza en Servicios Comunales.

Pero la fama nunca se le ha subido a la cabeza, aunque para su familia ya no sea noticia que un periodista llegue preguntando por él para una entrevista. Tal insistencia con su persona también podría pasar como un facilismo, tanto de los reporteros como de los directivos de Servicios Comunales, porque seguramente en su empresa existan más trabajadores destacados, aunque parece ser que pocos con la constancia de Piruli.

Hace casi 30 años que la historia de este laborioso hombre comenzó a rodar por los contornos de la ciudad, esos a los que le saca brillo, porque suyo es uno de los oficios más nobles e importantes, y más subvalorados también. Nada le mortifica más que constatar que a los pocos segundos de barrer una calle alguien lace una jabita de nailon para la acera. ¡Ah sí! Se nos había olvidado escribirlo, ya Piruli no desanda la urbe en un carro de basura. Los años pasan factura y su salud no es la misma.

Ya los matanceros no disfrutarán de su alegría contagiosa desde la carreta en un tractor. Hace dos meses se encarga del barrido de la calle Río hasta Dos de Mayo, y las arterias perpendiculares que comunican con Calle Medio. Son muchas cuadras, pensarán algunos, pero no para quien el trabajo siempre ha sido indispensable como el agua o el aire, le insufla vida.

Si no, cómo entender que Lázaro siempre aventaja al sol, y cuando los primeros caminantes del alba recorren la ciudad ya este ha pedaleado unas cuantas horas y kilómetros en su bicitaxi. A media mañana “desensilla” el vehículo y se incorpora a otra de sus pasiones: la cría de cerdos.

Cuando el sol se encuentra en el centro del cielo Piruli se encasqueta su overol rojo y parte risueño y decidido hacia el centro de la ciudad para pulir las calles y librarla de las suciedades que otros dejan.

El laborioso personaje extraña los tiempos pasados cuando la basura se sacaba en lata, incluso recuerda que algunas vecinas esperaban al carro de la basura que pasaba siempre a su hora, y hasta corrían tras la cubeta para evitar magulladuras en el envase. Pero el tiempo hace lo suyo. Aparecieron las jabitas de nailon y se adueñaron de todas las aceras y contenes, y de los balcones también, porque muchos vecinos prefieren lanzarlas desde las alturas.

A ello sumémosle los escombros. Porque la cintura de Piruli comenzó a sufrir con los sacos y sacos de materiales de la construcción que muchos desconsiderados apilan en cualquier lugar para que “alguien” los recoja. Fue así como las dos hernias de la columna de Lázaro le dejaron varios meses en el piso, sin apenas moverse. Gracias a la fisioterapia logró incorporarse. De eso hace ya tres años, pero desde entonces nuestro entrevistado decidió cuidarse la salud, pues como bien él dice, con sus 51 años se encuentra en la media rueda, y ahora la vida va cuesta abajo.

Sin embargo, vale destacar que mantiene su energía. Todo lo asume con la misma perseverancia que practicaba el triatlón cuando era muchacho. Siempre se halla en constante movimiento y actividad. No hay un segundo para el descanso.

Por eso le han agasajado tanto y conserva numerosos reconocimientos. No hace mucho le llamaron de la Uneac donde fue merecedor de otro. Y él lo comenta así, con esa sencillez poco común.

Si se le pregunta su mayor premio, lo que más le ha estimulado en la vida, dirá a los cuatro vientos que su familia: su esposa, sus tres hijos y su nieto Anthony. Este último sí le tiene embobecido de tanto cariño.

Piruli no sabe qué le deparará el futuro, si por fin le asignarán el teléfono que tanto ha esperado, si algún día ostentará la condición de Héroe del Trabajo, eso sí, afirma y acentúa que continuará teniendo en su familia el mayor premio, y en el trabajo diario su razón de existir.

La fuerza de Eugenia


Existen personas que son un libro abierto, apenas se necesita indagar sobre su vida. Cada gesto denota los rasgos de su personalidad, con tan solo observarle desde la distancia ya uno se hace una idea de quién es y a qué se dedica.

Algo así sucede con Eugenia Virgen Viltre González. Basta una mirada para entender que se trata de una mujer de trabajo: sus brazos esculpidos por las labores agrícolas, su agilidad en los movimientos hablan de una salud envidiable y que siempre estará dispuesta a emprender cualquier tarea con efusión.

“Debo hablar con ella”, pienso. Minutos después el saludo de rigor, la presentación habitual: “Hola, soy periodista, me permite unas palabras”. “Por supuesto, faltara más”, responde ella sin amilanarse por la grabadora ni el tablet donde intento capturar su imagen.

En una mano conserva orgullosa un diploma entregado en el encuentro de mujeres rurales efectuado hace solo minutos en el Instituto de Investigaciones de la Caña de Azúcar, Epica Antonio Mesa Hernández, organizado por la Federación de Mujeres Cubanas.

El encuentro transcurre en un sábado mañanero con un sol refulgente sin rastros de nubes. “Un día perfecto para lavar”, pensarán algunas de las mujeres allí presentes, aunque minutos antes se hablara de igualdad de género y compartir las faenas del hogar, creo que esa conducta no se ha entronizado en la mente de todos los hombres. Si bien la mujer cubana, y en particular la rural, goza de igualdad jurídica y legal, en la mente se producen los cambios más importantes. (Vale destacar que la idea del lavado se le haya ocurrido a este redactor).

Virgen, como todos conocen a Eugenia, se acomoda en el banco de un ranchón donde transcurrirá nuestro diálogo. Le comparto unos apuntes que hice en mi agenda donde trato de explicar las diferencias entre la mujer rural y la de ciudad, desde mi punto de vista.

Le expongo que quizás sean más saludables porque respiran siempre un aire puro; llevan una vida menos agitada pero más sacrificada como se puede observar en el rostro de mi entrevistada, curtido por el sol donde reposan varias arrugas.

Lejos de lo que alguien pueda pensar la mujer que vive en el campo no es rústica, conserva sus ademanes femeninos y presume de su belleza y finura. Habrá que ver cómo relucen sus calderos aunque cocinen con leña o carbón, así como la blancura de sus sábanas.

Virgen sonríe y asiente con la cabeza. La conversación toma otros derroteros. Viajamos en el tiempo hasta Bartolomé Masó, en Granma. Allá nació hace 67 años. Su relación con el campo comenzó en los cafetales orientales.

Hace tres décadas se radicó en Matanzas, en un pueblito de Jovellanos que se llama Terán. Para bien de su vida logró integrar la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) La Rueda.

Allí hace lo que le orienten, desde chapear, machete en mano, hasta guataquear. También siembra y recoge papa. No le teme a las rudas faenas del campo. Más bien las disfruta. Todos saben que ella trabaja contenta, tal es su pasión que al culminar su jornada laboral se enfrenta a otra en su finca, donde cultiva yuca, boniato, plátano. Le brillan los ojos cuando habla de sus vaquitas, puercos y gallinas.

Le pregunto si se ha imaginado viviendo en la ciudad: “donde yo no pueda tener mi siembra ni mis animales no sé qué me haría. Lo mío es el campo y el trabajo fuerte, si me enfermo y debo quedarme en casa me siento incompleta, es un día perdido”.

Con una sonrisa placentera asegura que no le duelen ni los callos, se para y hace una cuclilla para demostrarlo. Luego saca un cigarro y asegura que tres cosas no le pueden faltar en la vida: “mi café mañanero, mis cigarros y las ganas de trabajar”.

“Si me falta el buchito de café mi energía decae un poco”. Mas es tanta su vitalidad que sus hijas a veces no le pueden seguir el ritmo.

También habla de ciertas carencias como la falta de agua en su batey, lo que le complejiza un poco la existencia, pero lo dice como de pasada, como quien ha aprendido a vivir con ello, porque lo importante, según Virgen, es trabajar, la vida después sabrá retribuir tanto sacrificio.

Esta vez la veterana mujer rural repasa entre sus manos el diploma recibido, y se le escapa una mirada de satisfacción, “ahora solo quiero bailar un poco”, confiesa, “no siempre una logra distraerse”, y nos despedimos como viejos amigos, como si yo la conociera de siempre, mucho antes de esta entrevista.

Che, siempre necesario


En estos tiempos en que no falta la doble moral, gente que ha¬bla mucho y poco ha¬ce, no resulta ocioso regresar sobre la vida del Che Guevara. Hoy, como nun¬ca antes, se precisa la llegada del Hombre Nuevo.

Pero más allá de la pertinencia de la utopía que enrumbe nuestro camino en la persecución de convertirnos en mejores seres humanos, de impenitentes anhelos de justicia, no debemos cejar en la construcción de ese ser, aunque nos parezca de los tiempos fu¬turos, como bien calificara Fi¬del al propio Che.

Quien me lee seguramente se habrá amilanado una que otra vez ante los días que corren por tanta blandura de conciencia, y es allí donde más adusta se nos hace la mirada del Che y ese porte mesiánico de predicador de revoluciones. Por suerte, aunque lo hayan querido canonizar, nunca alguien fue tan humano y tan real como ese argentino-cu¬bano.

Su milagro más grande fue existir y echar su suerte junto a nosotros. Gozamos los oriundos de esta Isla del raro privilegio de contar en nuestras filas de sempiternos de la utopía con un hombre de la talla colosal e incalificable del Guerrillero He¬roi¬co.

Un ser de alma límpida y trans¬parente, incorruptible co¬mo los revo¬lucionarios auténticos. Ne¬ce¬sitamos al Che, a su fi¬gura, co¬mo los peces al agua y las aves al aire, pero no para ser co¬mo él, em¬presa casi imposible, más bien para realizar cada día un ejercicio de introspección y de¬ter¬minar las buenas acciones de las malas, y reconocer cuándo nos falla ese motor interno que impulsa al verdadero combatiente capaz de realizar las grandes ha¬zañas, y las pequeñas, casi im¬perceptibles que conforman nues¬tro día a día. Se trata de la au¬to¬crítica sincera con nosotros mismos.

Guevara nos dejó las coordenadas precisas para desembocar en esa condición que enaltece el alma de hombres y mujeres plenos: ser revolucionarios.

Más que mencionar sus hazañas, admirar su heroísmo, sentirlo cerca, urge como nunca antes actuar según sus pre¬cep¬tos. Ac¬tuar fue de sus mayores virtudes.

Las palabras siempre iban a la zaga si se trataba del argentino, eran la sombra tras el reflejo de la luz de sus acciones.

Él nunca dijo: “hay que hacer”, llegaba primero y hacía, y ese ejem¬plo, en ocasiones, da la im¬presión que nos falta.

Algunos pueden alegar que la ne¬¬cesidad del Hombre Nuevo es co¬sa del pasado, pero los valores que propugnó el Che no tienen fe¬cha de caducidad: desinterés, ejemplaridad, entereza, sinceridad, honradez… y la lista se hace in¬¬terminable.

En el Che hallamos todas las vir¬tudes que se requieren hoy: hacer suyo el sufrimiento ajeno y decir lo que se piensa sin esperar aplausos del auditorio. Vale destacar que en los tempranos años 60, el teórico que también fue, lo¬gró vislumbrar el final de la Unión Soviética. ¡A más de uno alarmaron sus palabras! Así lo pensaba, y tal afirmación no na¬ció de un arranque de pasión, sino fruto del estudio constante.

A través suyo se podía ver, su accionar hablaba por él. A ratos me pregunto qué hubiera escrito Martí si hubiesen coincidido en la lucha. Siempre tan lúcido el Maes¬tro si se trataba de describir el al¬ma de los hombres.

Atemporal y necesario. Así lo des¬cribiría yo. A veces temo que se convierta solo en la foto distante de rostro agraciado, que para al¬gu¬nos solo sea aquel ejemplo inalcanzable que no siempre conviene imitar.

Mas, porque molesta su ejemplo es que sigue naciendo, incluso, en los lugares más insospechados. Un cadete de una Academia Militar nor¬¬teamericana muestra con orgullo un pulóver con el rostro del Gue¬¬rrillero en el momento de su graduación. La noticia saltó a los planos internacionales, y aunque muchos ceños seguramente se fruncieron en aquel país, a noso¬tros nos muestra que el Che sigue vivo, siempre vigente, siempre necesario.