Proximidad del Turismo beneficia a campesinos cardenenses

Aunque aún queda trecho por andar, el municipio de Cárdenas avanza en la venta de productos agrícolas al Turismo, con tres Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS) que ostentan la cifra de 239 quintales de viandas, frutas y hortalizas comercializadas.

Los mayores niveles de ventas recaen en la CCS José Machado. Dentro de las producciones destacan frutas como la piña, entre las más demandas por el turismo, y el limón criollo, indispensable para preparar el afamado mojito cubano.

Si bien la incorporación de estas cooperativas representa un avance, directivos de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) en el territorio reconocen que las cantidades contratadas nos satisfacen la demanda, porque un hotel es una industria que labora las 24 horas del día.

La agricultura cardenense puede beneficiarse de la cercanía del polo turístico, pero para ello resulta vital la seriedad en las relaciones contractuales.

Hasta el cierre de mayo en el país firmaron contratos con las instalaciones hoteleras unas 181 bases productivas, de estas últimas 171 son cooperativas de Crédito y Servicios.

En la provincia 18 unidades productoras son las encargadas de surtir 48 instalaciones hoteleras.

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Viviendo entre ciclones: de Cristobal Colón a Fidel Castro

Mi primer recuerdo de un fenómeno atmosférico data de principios de los 80. Viene a la mente el vecino Rumualdo podando una gran mata de aguacate; o Pupi colocando papel precinta en los cristales de su casa; luego las rachas de viento silbando con fuerza.

Desconocía de niño la existencia del Sistema de Defensa Civil. Lo supe después, gracias a las clases de Educación Cívica y al escape de amoniaco muy cerca del barrio, seguido de las masivas movilizaciones en ómnibus para evacuar a la población.

Con el transcurso del tiempo aprendí a “vivir” con los ciclones. Y subrayo la palabra porque en Cuba se vive y sobrevive a los huracanes.

Hasta una periodista extranjera, acérrima enemiga de la Revolución Cubana, elogió la organización ante cada evento atmosférico, e inevitablemente pienso en Katrina, y la flema de Fema, Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de los Estados Unidos.

Por la ineptitud de esa organismo, un huracán categoría 3 se convirtió en el más mortífero de aquella nación, causante de daños materiales por más de 75 mil millones dólares y el fallecimiento de mil 836 personas.

Mientras al sur, una pequeña isla pobre y vilipendiada, muestra quizás los índices más bajos de muertes por estos desastres, y posee la población más informada sobre el tema.

Gracias al doctor Rubiera en cualquier parque un compañero puede hablar de hectopascal, y hasta alguien “adivinará” la trayectoria según la intensidad de sus diferentes variables meteorológicas.

MEDIO SIGLO CON LOS OJOS EN EL HURACÁN

Aunque Cuba era firmante del Protocolo I Adicional a los Convenios de Ginebra de 1949, que supuestamente velaba por el derecho humanitario en casos de desastres naturales, nunca aseguró su cumplimiento, y solamente la Cruz Roja y el Cuerpo de Bomberos actuaban en determinadas labores de salvamento, durante inundaciones y otras secuelas de los ciclones tropicales.

A partir de 1959 la realidad cambió, y sobre el naciente proceso de transformaciones se desató un vendaval tan mortífero como los fenómenos de la naturaleza: las acciones terroristas organizadas y financiadas por la CIA.

Para enfrentar estas amenazas se crearon las Milicias Nacionales Revolucionarias, que mayoritariamente pasaron a formar parte de las unidades de combate de reserva del Ejército Rebelde.

El 31 de julio de 1962, en una reunión de los presidentes de los órganos de gobierno de las seis provincias de entonces, presidida por el Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Raúl Castro, se le asignó a la Defensa Popular la misión de proteger a la población y la economía de las agresiones del enemigo.

Es así que se considera la Organización Militar de Industrias y la Defensa Civil Popular, el embrión del sistema de Defensa Civil.

LA TRISTE Y CERTERA LECCIÓN DE FLORA

El 3 de octubre llegaba a tierras cubanas el huracán Flora, catalogada como la segunda mayor catástrofe registrada en la isla. Trazó un lazo destructor sobre las actuales provincias de Las Tunas, Granma, Holguín y Camagüey; tal parecía que había decidido ponernos a prueba.

Las torrenciales lluvias asociadas a él causaron inundaciones nunca antes vistas. El territorio de la actual provincia de Granma, uno de los más afectados, reportó en 93 horas mil 840 milímetros de agua, causantes de enormes riadas, de la muerte de mil 126 personas y la destrucción de 11 mil 103 viviendas.

Hacia allá partió Fidel, siempre en la primera línea de combate. El Comandante en Jefe expresaría días después: “El problema nuestro es una tarea profiláctica contra los huracanes…no esperar a que los huracanes lleguen, inunden, arrasen y después ayudar a la gente. El problema es qué hacer allí donde ocurrió un fenómeno y puede repetirse.”

En 1966 se promulgaría la ley 1194, creando el Sistema de Defensa Civil con sustento en la base jurídica.

EPÍLOGO EN TIEMPOS DE CALMA

Cuentan que tras la llegada de Cristóbal Colón a estas tierras, azotó una poderosa tormenta que él plasmaría en su diario, pasando a la historia como el primer europeo en enfrentarse a un ciclón, y en redactar un reporte meteorológico.

De Cristóbal Colón acá muchas han sido los huracanes pero a partir de 1959, mayores las vidas y bienes materiales protegidos. Aunque según los especialistas, debido al cambio climático, se incrementarán la cantidad e intensidad.

Yo en lo particular extraño la presencia de Fidel en televisión, siguiendo la trayectoria de los huracanes y preguntándolo todo. Cuentan que después de la tormenta siempre llega al calma, pero en Cuba tras los embates de un huracán llegaba el Comandante.

Cuántos Turquinos suben en la vida la gente trabajadora

Ciertamente el Turquino marcó mi vida. Durante mucho tiempo será tema recurrente en mis conversaciones con los socios del barrio, aunque me acusen de monotemático; recuerdo que cuando me hallaba en la base de la loma, le pregunté a alguien cuán difícil era el ascenso y me respondieron con otra pregunta: ¿Has fundido una placa?

Desde ese instante la cima me pareció una meta alcanzable, porque en mi vida he trabajado la construcción, algunas veces para darle “una manito” a algún amigo, otras porque si bien es un trabajo fuerte, también es muy bien remunerado. Seguir leyendo Cuántos Turquinos suben en la vida la gente trabajadora

Amor, en aquel Cuartel murieron por nosotros…

Amor, no sé si tendría el valor suficiente para asaltar un Cuartel, cuando ni sé cómo vivir sin ti. Creo que los jóvenes de antes eran más valientes y temerarios. Hoy pensamos más las consecuencias de las cosas, y qué tono instalar en el celular, cuál corte de cabello lucir, qué pullover resaltará mejor los músculos, en esas batallas cotidianas se nos va la vida.

Bien sabes amor que en tiempos festivos hoy nadie se inmola. Los autos se alquilan para impresionar a las chicas. Quizás tanta comodidad nos adormeció.

Yo mismo amor, debo escribir una crónica sobre aquellos valerosos hombres que una mañana de la Santa Ana no permitieron la muerte del Apóstol en su Centenario, pero solo sé pensar en ti.

Sabes amor que en aquel arranque de rebeldía muchos perdieron la vida, y que también había dos mujeres. Amiga, qué harías si un día oscuro de guerra me torturan y me arrancan los ojos con que te miro. Y si me mataran amor, de espaldas como asesinan los cobardes… no sé bien si gritaría tu nombre o el de la Patria.

Hoy que debo escribir la crónica sobre aquel asalto, eres tú la primera imagen que aflora, y me pregunto si aquellos jóvenes no amaron también. Qué pensamientos les embargaría en su última noche allá en la Granjita, ¿pensarían en sus padres?, ¿o en alguna muchacha hermosa como tú? En el tirano dices-, puede ser, pero si llegara mi último minuto yo pensaría en ti.

No sé amor… soy valiente para amarte en la distancia. Tengo el valor para vivir en esta isla y creer en el futuro. El valor de ser optimista y revolucionario, y de echar rodilla en tierra en aquella trinchera que me aguarda, donde silbarán las balas y escribiré tu nombre.

Niña, tú le temes a las ranas, y yo a soñar con aviones que nublen tu día. No sabremos si mañana habrá que asaltar cuarteles y matar, yo solo quiero tener hijos contigo.

Pero si llegado el momento debo partir al combate, sé que tendré miedo, miedo a morir de un disparo certero, miedo a que me arranquen mis ojos, miedo a no verte más.

La gente humilde de la Sierra Maestra

Foto tomada en Majagua, allí se realiza el primer descanso, y te brindan un excelente café, la de la esquina es mi colega holguinera Aracelys, y a la niñita del medio quise llevármela pa’ Matanzas
Si me preguntaran qué cualidad admiro más en las personas, sin pensarlo dos veces diría que la humildad y la sencillez. Por eso siempre me gusta estar cerca de la gente de pueblo, esos que viven al margen de todos los lujos pero que no vacilarán dos veces en brindarte lo poco que tienen.

Pudiera pensarse que voy por la vida a lo loco, siempre buscando una nueva aventura, pero me gusta detenerme de vez en vez y estudiar a las personas.

Fue una de las causas que me motivaron a enrolarme en un viaje a la zona más oriental de Cuba. Era un viejo anhelo recorrer la Sierra Maestra, conocer su gente, cómo vivían y pensaban.

En el Uvero conocí al jardinero del Sitial histórico. Necesitamos apenas protocolo, enseguida me puso al tanto de todo, de lo malo que está el transporte en la zona, la poca recreación para los jóvenes, quienes a la primera oportunidad se van a la ciudad de Santiago. Me aseguró que el ron del Círculo Social estaba bueno, y el pan también.

Apenas reparó en  mi acento occidental, algo que me agradó. Ellos no son como nosotros los matanceros y habaneros, que enseguida otrificamos a los cubanos de allá por su acento y les llamamos palestinos. Nadie me dijo occidental, menos israelí.

El campismo La Mula es una mancha en el lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.  

La víspera a nuestro ascenso, cuando nos dirigíamos a las pocetas, llegamos a casa de una señora que vive en lugar tan apartado, que nunca imaginé que pudieran vivir personas allí. Se llamaba Zenaida. Nos ofreció agua de manantial y nos permitió tomar algunos gajos de mamoncillos de su mata, que aunque tiernos aún ya estaban dulces, un reflejo de las bondades de la tierra oriental.

Recuerdo la cara del muchachito que vivía en aquella casa de madera. Para ir a la escuela debe recorrer unos cuantos kilómetros y cruzar varias veces el río.

El día escogido para subir al Turquino llegamos a Majagua, el punto donde se realiza el primer descanso. Nos recibió el café de un matrimonio joven. La mujer era muy hermosa, al igual que su pequeña hija de apenas dos años.

El aromático néctar elaborado en colador estimulaba hasta un citadino desfalleciente como yo. Café puro de las lomas, sin chícharo ni ninguna otra materia extraña. Los montañeses lo tuestan con cáscara y todo, después las mujeres la eliminan con la brisa que siempre brota en las lomas.

Mi compadre el jardinero del Uvero, le pregunté el nombre pero no lo anoté, sin embargo todo lo que me dijo, y hasta su voz y forma de hablar la recuerdo bien

Las muchachas que iban con nosotros empezaron a obsequiarle a la pequeña que vivía en aquel humilde bohío caramelos y otras chucherías. Vale destacar que la casita contaba con panel solar.

Yo busqué en mis bolsillos y nada tenía para regalar, sin pensarlo dos veces me desprendí de mi enguatada nueva. Ahora anda por la Sierra, colmada del sudor de un hombre bueno de montaña.

Alguien me acusó de “hacerme el yuma”, y se que no lo hizo por mal, pero nunca olvidaré el rostro agradecido de aquel hombre, joven quizás, pero con los rigores de aquella vida reflejada en el rostro. Son momentos que llenan.

Sé que cuando mi vieja repare en la ausencia de aquella prenda, indagará, pero cuando le cuente que en las montañas hace frío y viven personas humildes que te brindan todo lo que tienen, no lo echará a ver, porque soy así por ella.

Cuando llegamos al Pico Cuba, atravesando el sendero que lleva al Pico Real del Turquino conocimos a dos veteranos encargados de chapear el camino. Pasan un mes en una pequeña estación meteorológica enclavada en el lugar y perciben un salario de 300 pesos aproximadamente. Creo honestamente que el salario es muy bajo para la gran tarea que realizan, pero para ellos subir y bajar lomas debe ser como para mí desandar la ciudad.

Cuando culminamos el ascenso me di cuenta que también había que descender. A la cima llegué en la avanzada, pero a la otra sima fui de los últimos. Digan lo que digan a mí me cansó más la loma cuesta abajo, además, hablamos de ¡12 horas en total!

Los dos compañeros a mi izquierda (yo soy el del sombrero de Yarey) chapean el sendero al Turquino, algún día habrá que hacerle un documental a esos hombres

Ya en el pueblecito Las Cuevas, mientras esperamos a los retrasados decidí ir por cigarros. Pregunté a un hombre en bicicleta y me informó que vendían bordeando el policlínico de dos plantas.

Mientras atravesaba el camino de piedras del poblado observé que las casitas eran de madera y tejas de fibrocen. Me llamó la atención la uniformidad de los hogares, con tablas colocadas simétricamente.Me resultaron similar a esos repartos obreros creados por la Revolución. Confieso que me satisfizo la homogeneidad, al parecer todos eran humildes. No había gerentes ni “vivebien”.

Con los cigarros en los bolsillos decidí volverme. Intenté encender uno pero no encontraba la fosforera, escena que presenciaron un grupo de personas que enseguida me llamaron.

Así conocí a Santos Guerra Cordero. Quien me llevó hasta su casa, porque el sabía lo que es querer prender un cigarro y no contar con fósforo. Le dije que hacía pocos minutos había llegado del Turquino, lo hice con cierta marcialidad, como si yo fuera el veterano de algún célebre combate.

Santos, con 1472 ascensos al Turquino sea quizás el hombre que más veces lo subió, a mí izquierda su hermana Reina, que cuela un excelente café

Santos sonrió. Yo ignoraba que estaba frente a un guía del Turquino. Lo fue durante dos décadas. ¡1472 ascensos! En ocasiones subió hasta dos veces en un día.

Le pidió a su hermana Reina que colora café. Le solicité un papelito para anotar su nombre porque los olvido con facilidad. Pregunté sobre el Paso del Cadete y me aseguró que se han caídos unos cuántos por allí. Antes se llamaba el Paso del mono.

Según me dijo, el secreto del ascenso consiste en “mantener un paso normal, sin agitación”.

El aroma del café interrumpió la conversación. Comprobé que en occidente tomamos “aguachenche”, como dicen en mi barrio. Los orientales si saben lo que es degustar aquel néctar de los dioses que puede resucitar hasta un muerto.

Yo iría por segunda vez al Turquino, dicen que por Granma es más fácil, pero quisiera volver a encontrarme con aquel hombre de las lomas que lleva mi enguatada, oír la voz de su niñita, que no pude escuchar.

Subiría para llevarle una botella de ron Yucayo a los dos veteranos que chapean el sendero, porque el frío arrecia en la madrugada; regresaría para conversar con Santos un día entero. Ojala la vida sea buena con ellos, porque son gente buena.

Y si vas al Cobre…deja, no traigas nada

No soy buen creyente, de hecho no creo mucho, pero cuando chama, según se acercaban las pruebas finales mi mamá me pedía que le rezara a la Virgen de la Caridad del Cobre mientras colocaba en mis bolsillos un gajito de Vencedor, planta que crece en casi todas los jardines cubanos, y según los mayores posee propiedades mágicas.

Mi vieja también hablaba de una “asistencia”, la cual no era otra cosa que un vaso con agua perdido en algún rincón de la casa. Yo le decía medio en jarana: “concho vieja y eso que eres militante del Partido”.

Al final las calificaciones dependían de si estudiaba o no, pero ya de grande, cuando paso por alguna mata de Vencedor, sin que nadie me vea arranco una ramita… y camino más seguro.

También recuerdo que si de niño enfermaba enseguida mi mamá corría conmigo en brazos para la casa de la vieja Lucrecia, y esta me leía la oración de San Luís Beltrán. Yo nunca he entendido de esas cosas, pero aquella viejita buena comenzaba a bostezar y me reponía enseguida.

Después ambas mujeres se lanzaban una mirada extraña asegurando que era mal de ojo. Hay misterios que no tienen explicación, pero de que hay algo lo hay, porque aún hoy me sigo curando el empacho, que supuestamente son problemas digestivos, sobándome la pantorrilla y hasta con toallas y rezos.

Porque el cubano siempre ha creído, quizás no le queda más remedio, Cuba puede resultar un país exento de toda lógica.

Durante años fuimos una nación atea. No había más guía espiritual que Martí, y él era anticlerical. Creía en Cristo no en la iglesia, menos en la católica. Pero al parecer ese Martí no nos conviene porque la sotana es el uniforme de moda.

A mí me sigue encrespando todo este rejuego con el Vaticano. Mucho más cuando llegué al Cobre, aquel rincón de veneración para muchos cubanos.
Respeto a la Virgen, pero a la verdad prefiero venerarla en casa. En mala hora al Vaticano le dio por arropar a la Santa con tanto oro y piedras preciosas.

Están amurallando el Santuario, con cámaras por doquier y grandes muros que aíslan a la Virgen de sus fieles, para no hablar del grosero asedio que sufren quienes llegan al lugar, por parte de los vendedores de imágenes y flores, y todo ante la mirada impasible de algún policía.

Allí hablé con un muchacho negro, sin zapatos, que vive de regalar piedrecitas de cobre. Me quiso hacer un trueque por un cigarro, y sentí pena cobrarle porque me he visto sin cigarros más de una vez, y no he vacilado en pedir uno a cambio de las gracias.

Me aseguró que si lo ven en el santuario le multan, pero él no roba y no hay muchas opciones de trabajo. Y me saltó una pregunta, ¿por qué diablos la iglesia Católica y los dirigentes del gobierno de aquel lugar no destinan recursos en algún proyecto de desarrollo local, en vez de fortificar el Santuario?

El Cobre se me convirtió en la mirada suplicante de una extranjera asediada por ramos de girasoles y estampas religiosas. Imagen indignante que quiero olvidar. Aunque no soy muy devoto, le rezaré a la Virgen que aguarda en la mesita de noche de mi madre, para que batan mejores tiempos allá en EL Cobre.

Realmente subí al Turquino por una mujer

Por un momento Carmen, María y Yurislenia me hicieron creer que 11 km cuesta arriba es una fiesta

Subir montañas hermana hombres, a mí me hicieron admirar mucho más a las mujeres, esos seres que insuflan alegría, tenacidad y vida a cada obra.

Cuando un grupo periodistas de toda Cuba decidió encontrarse en el Pico Turquino, comprobé desde el inicio del viaje la grandeza de las féminas: en la travesía en tren hasta Santiago, supuestamente yo cuidaría de Betsita mi colega, y fue ella quien me cuidó a mí, cuando en Camagüey Morfeo me apretujó en sus brazos.

Me preguntaba para qué subir 1974 metros sobre el nivel del mar, y la respuesta me la brindó Yurislenia, joven periodista de la tierra de El Mayor: subimos porque es como un reto a la fatiga, para probarse a uno mismo, y porque allí brotó el germen que dio vida a estos 50 años.

Antes del ascenso, los 17 jóvenes enrolados en el recorrido tuvimos tiempo para conocernos, primero en la Universidad de Oriente, luego durante las casi 6 horas por carretera desde la Ciudad de Santiago de Cuba hasta el Campismo La mula, donde pernoctaríamos hasta el día señalado.

Aquel viaje para mí fue como descubrir otra Cuba, con playas de piedras y un mar que ruge, y a un lado las montañas, que por momentos se ocultaban tras las nubes como tímidas damas tras su velo. A cierta distancia de la costa vislumbramos los restos de uno de los buques de la armada del Almirante Cervera.

Karina, Aracelys y Dianet sonríen a la cámara envueltas en una nube

En El Uvero, donde el Ejército Rebelde alcanzara la mayoría de edad, palpamos la historia con las manos. Tomé un descansito en un banco cerca de un compañero que resultó ser excelente  conversador y jardinero del lugar. Me mostró la elevación desde donde Fidel inutilizara el equipo de comunicaciones de los soldados batistianos.

Un día antes a la subida trepamos río Turquino arriba para bañarnos en las famosas pocetas, uno de los parajes más hermosos de Cuba, con lagunas profundas de agua fría y transparente, custodiadas por  piedras  gigantescas.

En la madrugada de un sábado nos incorporamos. Era el día señalado. Un piquete de muchachones de una empresa salinera de Santa Lucía, Camagüey, se sumaron entusiastas.

Amparados por la frescura de la madrugada y bajo el cielo más estrellado que he visto en mi vida, llegamos a la base de la loma. Quienes la escalaron con anterioridad nos advirtieron que los primeros 200 metros son los más difíciles. A mí se me multiplicaron quizás, porque todo el trayecto fue agónico.

Las muchachas llegaron fogosas a la cima, María decidió darse un cañangazo

Enseguida apelé a mi experiencia en la Loma del Pan, y de nada sirvió. A orillas del camino casi acaricié un pequeño cartel que anunciaba los primeros tres km. Había dejado atrás diez Panes de Matanzas, y me quedaban aún ocho kilómetros por recorrer, y todo cuesta arriba.

Cuando me hallaba cerca de aquel abismo que le llaman el Paso del Cadete, decidí detenerme, y sentado en una piedra vacilé  si no era mejor regresar. Para mí resultaba casi imposible franquear un estrecho desfiladero de un km y medio de profundidad, por mi irremediable miedo a las alturas.

Mientras dudaba si seguir o detenerme, escuché a cierta distancia voces y hasta risas de mujeres. Estaban allí, burlándose de la fatiga y las seis horas de ascenso, quizás alguna pensó desistir ¡pero llegaron!

En el instante en que mis piernas se estremecían de cansancio, desembocamos en un bosque de cipreses y helechos gigantes.

Me pareció casi un canto escuchar la voz de Aracelys, colega holguinera, advirtiéndome el final ansiado de la travesía. Me aproximé al Apóstol, aquel que décadas atrás colocara Celia Sánchez en el punto más alto de Cuba, donde debió estar siempre; y me apoyé en él, tratando de imaginarme a mi madre, mucho más joven y con la alegría de siempre, arribando al Turquino.

El abrazo de Aracelys y Karina no necesita descripción
Carmen se toma un diez, y se siente capaz de subir tres Turquinos más
Karina, quien ideó el encuentro pasa con un pan al hombro, custodiada por Elizabet
Un admirador se rinde a los pies de Yurislenia