Yaguas de palma real para el tabaco cubano

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En el amplio proceso de fabricación del tabaco cubano muchos han escuchado hablar alguna vez del veguero, el torcedor o del lector de tabaquería, sin embargo, poco se ha dicho del recolector de yaguas, quien con su quehacer anónimo posibilita la protección de las hojas en su largo trasiego hasta convertirse en el afamado Puro Habano.

Aún no amanece pero ya la bestia golpea el suelo con los cascos, como si entendiera que pronto comenzará la faena. Si bien no razona, su instinto animal intuye que su dueño aparecerá de un momento a otro: ya en la casa encendieron la luz del baño, y desde la cocina emerge el aroma del café, lo que anuncia que pronto le colocarán los arreos.

Su dueño, el joven Osnielky Mayor Alfonso, se dedicó desde pequeño a la recolección de yaguas de palma real. Desde niño desandaba el Valle del Yumurí en compañía de su abuelo Pablo, quien le enseñó todos los secretos del oficio. Siguiendo la tradición familiar, su hermano menor Víctor Rodríguez Alfonso también se sumó a la recogida.

Las fibras recolectadas la destinan a la empresa Cubatabaco. Con ellas se empacan las hojas del afamado producto en su traslado desde las casas de tapado hasta las fábricas de torcedores.

Víctor Rodríguez Alfonso (24 años) y Osnielky Mayor Alfonso (32 años) viven en la zona más empinada de la ciudad de Matanzas, conocida como La Cumbre. Cada día, cuando aun la ciudad duerme, parten rumbo al Valle del Yumurí.

Osnielky ensilla la vieja yegua a un carromato destartalado que les sirve de medio de transporte. Vadeando una empinada loma recorren cerca de 10 kilómetros. En un claro de monte desensillan al animal y dejan la carreta a buen resguardo. El difícil descenso por un inclinado camino que se abre entre la espesura del bosque marca la primera etapa de la recolección.

“A machete nos abrirnos monte en la manigua porque el caballo apenas podía caminar entre tanta maleza; muchos de estos caminos los hice con mis manos”, comenta Osnielky.

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“Compramos una yegua veterana porque un caballo cuesta muy caro. Más de seis mil pesos –agrega Víctor-, esta la adquirimos en la mitad pero le teme a los carros. Siempre salimos bien temprano para que no se asuste y se desboque. Estaba acostumbrada al monte. Ahora pretendemos cogerle un pacto para en el futuro contar con el remplazo de un caballo joven.

En el pasado armaron un “riquimbili”, una especie de motor de tres ruedas, pero patinaba mucho al intentar subir la carga por la pendiente. Experimentaron también con el alquiler de un tractor “pero la cuenta no daba”.

“Aquí lo fundamental es el caballo, por eso cuidamos la yegua como la niña de nuestros ojos.

En ocasiones el clima no acompaña. Las altas temperaturas del invierno entorpecen la recolección. Cuando se avecina un norte las corrientes de viento que vienen del mar también dificulta la labor.

“El aire es mortal porque endurece las yaguas y las vuelve frágiles como un cristal, y cuando llueve se pudren, sin dudas la mejor época es el verano. Pero nosotros trabajamos todo el año”, asegura Osnielky.

“Pudiera parecer cosa fácil porque una yagua apenas pesa, sin embargo, una docena al hombro es otra cosa, a ello súmele debajo se esconden alacranes, majás, santanicas, y panales de avispas.

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Víctor y Osnielky llevan camisas de mangas largas para evitar las heridas de la maleza, pero al entrar en calor la dejan a un lado. En los brazos se aprecia el daño que les propina el guao, planta venenosa. Aunque ya aprendieron a convivir con esa realidad. Conservan en casa un frasco con cáscara de guácima, un remedio natural que sana las erupciones en la piel.

Ni los alacranes, las avispas o el guao les impide hacer su trabajo. “Diariamente promediamos más de 90 fibras entre los dos. El precio varía según la calidad. Nos pagan 10 pesos por la docena. Superamos los mil pesos, lo que significan alrededor de 700 yaguas mensuales.

Osnielky, no solo el mayor sino quien más experiencia posee como recolector, lleva un registro de la labor diaria en una libreta. Así conocen de antemano el salario que devengarán.

Sobre las diez de la mañana regresan del Valle y comienza la segunda etapa de la faena, quizás la más importante: la selección. Las húmedas las tienden al sol, mientras el abuelo Pablito, que por la avanzada edad ya no les acompaña al monte, cose con un arique las que presenten alguna rajadura. Luego las almacenan en un lugar protegido.

Un camión de la empresa Cubatabaco se encargará de acopiar lo recolectado.

“Salimos al monte los siete días de la semana. Es una tarea dura, mas tiene sus ventajas porque estipulas tu propio horario, y el salario no es malo. Los resultados del trabajo dependen de ti. Solo eres tú, el monte y las yaguas que seas capaz de recoger.

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Diálogo con niña junto a una ventana

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A veces uno intenta reescribir la vida con palabras, valiéndose de recursos expresivos que muchas veces edulcoran o no logran asir una emoción sincera. Es que en ocasiones las palabras no alcanzan para trasmitir un sentimiento. Algo similar nos sucedió a un grupo de colegas al llegar sin aviso a la casa de María Orquídea, una dulce niña de ocho años y un carácter especial, que habita en Guasasa, una de las comunidades más apartadas de la Ciénaga de Zapata. Para qué describir lo vivido, mejor que ella hable, aún en sus frases más cortas volaba la magia inocente de la infancia.

-Te gusta la escuela

-Sí

-Está cerquitica de aquí, sales por la ventana y ya estás en el aula.

-Yo me levanto a las 7 de la mañana.

-¿Y ese pupitre? ¿es de la escuela?

-No, mi papá me lo hizo

-¡Qué lindo! Se ve que tú papá te quiero mucho. ¿Y tú a él?

-(Suspira) No sé… me ayuda en todas las cosas y yo también lo ayudo a él. A veces friego, limpio, barro, los fines de semana tiendo la cama. Cositas así.

-Veo que llegas de la escuela y guindas el uniforme.

-Sí.

-¿Y qué te pasó en la rodilla?

-Me corté con un vidrio, un amiguito mío me empujó.

-¿Te gusta vivir en Guasasa? ¿No quisieras estar en otro lugar?

-No, yo me fui con mi mamá un tiempo, pero extrañaba mucho a mi papá.

-¿Te has ido a pescar con él?

-A pescar sí.

-¿Pero te montas en el bote? ¿No te dan miedo los tiburones?

– Los tiburones sí, pero pescar no me da miedo.

-¿Y sabes pescar?

-Sí, el sábado yo sola saqué un pez, era grande, finalmente mi papá tuvo que ayudarme.

-¿Pero tú tiras la pita?

-Tengo una barita.

-Donde vive tu mamá hay corriente, aquí no, solo par de horas al día…

-Desde las 10 de la mañana hasta el mediodía, y luego en la tarde hasta las 10 de la noche. Los fines de semana un poco más.

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-¿Aun así tú prefieres estar aquí?

-Sí.

-Pero cuando matricules cuarto grado tendrás que irte para Cayo Ramona becada. Vas a estar una semana lejos… ¿Te vas a poner triste?

-Sí, pero lo puedo llamar.

-Además a lo mejor cuando tú crezcas te enamores…

(La colega Artlety que me acompaña interviene: “no hables de novios, que dice que aquí no puede tenerlos porque todos son primos de ella”).

-¿Pero tú papá sabe que hablas de novios?

-Yo no hablé de novio, periodista, fue usted.

-Si sigues estudiando puedes hacerte doctora, periodista o veterinaria, vas a seguir viviendo aquí quizás, pero debes estudiar, porque tú que eres bonita, si sabes mucho te harás más bonita. ¿Cuál es el color que más te gusta?

-Rosado y negro.

-Y la música…

-Toda

-¿Cantante preferido?

-Mayco de Alma. Él cantó en Playa Larga y fui a verlo.

-¿Y hablaste con él?

-No

-¿Te dio pena?

-Solo vi cantar.

-Y cuando llegas de la escuela qué haces.

-Tengo una gallina. Tenía más pero me las comieron.

-¿Un maja?

-No

-¿Un hurón?

-Un hombre. Ahora me regalaron una pollona y tengo dos puerquitos.

-¿Cómo se llaman?

-No le he puesto nombre.

-?Tú sabes cocinar?

-No

Y te gusta caminar descalza por lo que veo

-Sí, es lo que más hago

(Salimos al patio y nos muestra sus cerditos)

-La más grande es la hembra y el chiquito es el macho.

-¿Y tú les echas comida?

-Sí

-¿Quién lavó esta tendera de ropa?

-Mi papá la lavó anoche porque hoy tenía que salir al monte temprano.

-¿Y aquí cómo es el agua?

-Salobre

-¿Y ya te adaptaste?, ¿no te hace nada?

-No me hace daño.

-¿Qué asignatura te gusta más?

-Las matemáticas

-María Orquídea tenemos que irnos…gracias por conversar con nosotros

-¿Volverán? El 10 de marzo es mi cumpleaños, pueden venir, mi papá siempre me hace una fiesta.

-Aquí estaremos, dalo por hecho.

Playa Girón en el corazón de una japonesa

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Un nombre propio poco habitual se escucha en ciertos espacios de Girón. Tan acostumbrados los cenagueros a nombrar a sus coterráneos como María, Rosa, Matilde o Pepe, desde hace algún tiempo incorporaron el de Satoko Kojima, una japonesa deslumbrada por la belleza del sur matancero.

Y fíjese si quedó prendada de esos parajes, que de los 70 países que recorre durante los seis meses del año que dedica a su afición de mochilera, Cuba y Girón, nunca quedan fuera. Basta escucharle hablar de las transparencias y el azul turquesa de Caleta Buena, o de la simpatía de la gente, para entender de su amor por ese pedazo de la Isla caribeña.

Lejos de lo que algunos piensan, Satoko, o Toko, como le llaman sus allegados, se logra comunicar en español aceptable, un gran logro para una japonesa. Antes de conocer Cuba, permaneció dos meses en Nicaragua, agregando el idioma de Cervantes a otros como el koreano, el francés y el inglés, que ya dominaba.

Aunque proviene de Tokío, una de las ciudades más modernas y agitadas del mundo, le encanta la tranquilidad de la isla y la simpatía del cubano, así como la arquitectura colonial. Todo le seduce de Cuba, hasta su sistema socialista el cual comenzó a estudiar.

Eso sí, su paladar sí ha titubeado un poco, nada se compara a su arroz japonés, pero lo que el sazón no pudo conquistar, lo lograron las frutas, sobre todo la guayaba y el mango.

En las seis ocasiones que ha visitado la nación antillano, Girón no ha faltado a su itinerario, gracias a la amabilidad de su gente.

Por tal motivo Satoko se dio a la tarea de convertirse en una especie de embajadora de Girón en Japón. Una especie de guía que le comentará a sus locales las bondades de una porción del planeta ignorada por ellos.

“Los japoneses temen viajar a América por la barrera del idioma, yo quiero ser como un puente entre mi país y esta joya caribeña, siempre les digo Cuba es hermosa, y Playa Girón también, pero sobre todo deben conocer Caleta Buena”.

Trabaja en los medios de comunicación de su país doblando dibujos animados del inglés a su lengua materna, y con cierta alegría de niña, conversa sobre la tranquilidad ciudadana que haya a dondequiera que va, incluso, más de una vez ha dejado la bicicleta olvidada y cuando regresa aún permanece en su lugar.

Y aunque reitera haber quedado prendada de la alegría de los cubanos y su manera de bailar, tiene algo muy claro: serle fiel a su esposo y evitar cualquier romance porque “los cubanos son muy simpáticos, pero algo bandidos, a veces tienen chicas ¡a pululuuuu”!

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Así es el nombre de Satoko en escritura japonesa
Así es el nombre de Satoko en escritura japonesa
"Yo amo a Cuba"
“Yo amo a Cuba”

Carlos Ernesto y su Gente de Cocodrilo

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Carlos Ernesto Escalona, Kako para sus allegados, es un fotógrafo de alto calibre con más de una cámara en ristre dispuesto a oprimir el obturador para detener imágenes de la vida; lo mismo en las estribaciones de la Sierra Maestra, Topes de Collantes o Viñales. Allí donde haya una historia que contar parte él, raudo y feliz, a redescubrir el mundo con su peculiar mirada.

Por espacio de tres meses viajó y compartió con los pobladores de Cocodrilo, el asentamiento más oriental y apartado de la Ciénaga de Zapata. Allí entabló amistad con los pobladores, conoció los rigores de vivir sin electricidad, donde la caza, la pesca y la captura de búfalos salvajes forma parte de la cotidianidad.

Al inicio formaba parte del equipo de realización de un documental sobre los pobladores de Cocodrilo, pero poco a poco fue cobrando fuerza su proyecto fotográfico, el cual ha presentado en la Bienal de La Habana, y recientemente en la Fábrica de Arte.

-¿Cómo te enrolas en el proyecto de filmar un documental en Cocodrilo?

-Liván Magdaleno se me acercó con el proyecto en el que llevaba semanas trabajando. La idea original fue de Francisco Delgado desde su amistad con el investigador, antropólogo e historiador Adrián Álvarez Chávez. Con Liván había trabajado antes en proyectos menos ambiciosos y ya teníamos nuestra propia dinámica de trabajo en equipo.

-¿Tenías alguna referencia de la Ciénaga de Zapata y en particular del poblado de Cocodrilo?

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-No había ido mucho más allá de Caleta Buena. En otro momento sí atravesé la Ciénaga desde Cienfuegos por la carretera de Horquitas. Fue justo después del huracán Dennis y me sobrecogió la devastación. Luego regresé varias veces pero a la zona más turística, pero eso no se vale.

-¿Qué expectativas tenías?

-La aventura. Luego la cosa cambió en la medida que nos fuimos adentrando en la dinámica del pueblo, pero confieso que fui buscando aventuras. Liván ya sabe cómo entusiasmarme.

-¿Qué te pasaba por la cabeza mientras avanzabas por el extenso terraplén?

-La primera vez fue interminable. Mi lado realista se preocupaba por el polvo y los equipos. Mi lado soñador fantaseaba con las historias que me habían hecho hasta el momento: búfalos, tiburones, cocodrilos…

-¿Qué sentiste al llegar a ese lugar tan inhóspito?

-Alivio. Fueron muchas horas de viaje y cualquier lugar donde se detuviera el camión iba a ser bueno. Tengo la suerte de haber visitado tantos sitios diferentes que ya no me asombro tanto como le sucedería a alguien más habituado a la ciudad, pero aun así, confieso que pensaba encontrarme un pueblo más grande.

– Háblame sobre la filmación del documental y la estancia en Cocodrilo.

-Intensa. Cada día era algo nuevo y diferente al anterior. En la medida que fuimos sumando experiencias, la idea que teníamos inicialmente se quedó pequeña. Al final, teníamos lo que mi mentor llama “un problema feliz”: material suficiente para contar la historia de varias maneras, una tentación que chocaba con la voluntad de mantenernos fieles al proyecto inicial. Creo que al final se logró un balance aceptable.

“Tania y Bolo fueron unos anfitriones excelentes y nos trataron como si fuéramos de la familia. En sentido general, todos fueron muy colaborativos y el vínculo se fue haciendo más cordial en la medida que el pueblo fue habituándose a nuestra presencia. En el oficio de documentar la vida de la gente, lo más importante es la empatía.

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“El mero hecho de venir de la ciudad cargando cámaras y equipos raros representa ya un distanciamiento, pero uno tiene que evitar que esa brecha se haga aún mayor. Nadie se convierte en cenaguero en quince días, pero al menos puede intentar que el cenaguero deje de mirarlo como a un extraño. Con las personas hay que convivir, hay que conversar, hay que compartir, porque no eres tú el único que asimila al pueblo, sino que el pueblo también te asimila a ti, y de ese acercamiento depende que lo que muestres en el documental sea real o -por el contrario- sea una fabulación de alguien que no comprendió nada de cuanto le sucedió.

-¿Cómo estaba compuesto el equipo de realización? ¿Qué tiempo permanecieron allí?

-Liván Magdaleno fue guionista y director, pero también asumió el sonido. Francisco Delgado, autor de la idea original fue el asistente de dirección. En las cámaras Ussiel Madera y yo. Todos estudiantes o profesores de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) de la Universidad de las Artes. Nos asesoró Adrián Chávez y Yandry Méndez nos ayudó con los bártulos. En la Habana esperaba para editar Michel Pascual. El tiempo en total que permanecimos fue alrededor de tres semanas en total. Viajamos en febrero, abril y agosto de 2012 para captar la Ciénaga lo mismo en la época de lluvias que en la seca.

-¿Cuándo te surge la idea de crear una serie fotográfica? ¿Por qué?

-La idea era simple: complementar desde códigos puramente visuales, la historia que contaba el documental utilizando recursos del audiovisual.

“En aquel año comencé a impartir clases de fotografía, y andaba intentando vincular en todo lo posible mis experiencias personales con la metodología de los manuales. Además, quería demostrarme a mí mismo que había aprendido cuanto iba a comenzar a enseñar y había pensado dos o tres fotorreportajes, hasta que la noche anterior al segundo viaje soñé con las imágenes de la serie. No es broma, de veras soñé con dos o tres de las imágenes y al despertar todo estaba muy claro: retratar a los personajes del documental de cuerpo entero y en gran formato para registrar tanto las expresiones de los rostros como la ropa, el calzado y las herramientas de trabajo. Mantener el mismo fondo era importante para hacer notar que esas personas compartían el mismo espacio, y porque de alguna forma la serie de retratos sería a su vez un retrato de Cocodrilos.

“Una de las virtudes que más valoro es la coherencia y lo que tenía en mi mente era algo completamente íntegro donde nada faltaba ni sobraba. El próximo paso era mostrar a los protagonistas de la forma más natural posible y eso solo lo podía logar a través de la empatía. Por esa razón no me apresuré, sino que, por el contrario, preferí dedicarle tiempo a conversar con cada uno de ellos para que me sintieran lo menos posible como un extraño. Solo les planteé la idea la última semana de la filmación, en nuestro tercer y último viaje.

– La presentaste en la Bienal de La Habana hace algún tiempo, uno de los eventos artísticos más importante de Cuba. Háblame de la acogida.

-La Bienal es un espacio abierto a todas las manifestaciones de las artes plásticas donde la serie tuvo la oportunidad de convivir modestamente con las obras de muchos de nuestros mejores creadores. “Gente de Cocodrilos” tiene más de símbolo que de concepto, y gracias a su lectura sencilla se identificaron con la serie muchas personas. También sucede que escuchar las impresiones del público es donde finalmente te enteras qué es lo que la gente comprende de lo que estás queriendo decir. Te pueden sorprender muchísimo las interpretaciones que le dan otros a tu trabajo, cosas que jamás se te hubieran ocurrido, pero que no carecen en lo absoluto de sentido.

-Recientemente la presentaste también en la Fábrica del Arte, háblame de esta nueva exposición de Gente de Cocodrilo.

-La posibilidad de exhibir en la Fábrica de Arte (FAC) fue una sorpresa incluso para mí, pues me telefonearon un día antes. Aun así todo ocurrió con una rapidez pasmosa, y al final de la tarde del día siguiente ya todo estaba listo. FAC es un sitio excelente para los creadores emergentes, pues ahí coinciden grandes cantidades de personas de todo tipo, lo cual garantiza una visibilidad enorme.

– Qué repercusión tuvo esa muestra fotográfica en tu carrera como fotógrafo.

Fue la pérdida de una inocencia que había mantenido a ultranza hasta ese día. Mi meta era mostrar mi obra y nada más. Luego descubres que más allá de ese “nada más”… hay “algo más” –mucho, de hecho- para cuyas preguntas descubres que no tienes nunca la respuesta correcta. Pero bueno, uno siempre se crece ante las dificultades, pregunta y aprende.

Has visitado muchos lugares de Cuba y el mundo, ¿qué representó en tu vida llegarte hasta ese apartado lugar cenaguero y conocer a su gente y sus costumbres?

-Uno puede viajar el mundo de dos maneras: enfatizando las diferencias o intentando encontrar las semejanzas. En mi caso me inclino por la segunda, y me resulta muy gratificante descubrir que esta humanidad tan diversa resulta que es más semejante de lo que crees, en tanto todos nos emocionamos más o menos por las mismas razones, y nos preocupamos por igual por el porvenir de nuestros hijos. Desde ese punto de vista, Cocodrilos me dice a veces más sobre la raza humana que una ciudad de millones de habitantes que viven como robots.

-¿Volverás a Cocodrilo?

-¡Por supuesto! Es un compromiso moral. Tanto más cuando la gente de Cocodrilos aún no ha visto “Gente de Cocodrilos”.

-Háblame ahora de tus nuevos proyectos.

-Tomando como punto de partida lo que planteé hace un momento, mi proyecto actual se llama “Lugares Comunes” y se trata de una serie de fotografías visualmente similares entre Cuba y los Estados Unidos que tiene como protagonistas a la gente común tanto de aquí como de allá haciendo lo mismo: una madre protegiendo a su bebé, una partida de ajedrez en plena calle, una llamada de teléfono que suena entre el gentío, un viaje en tren de vuelta a casa. Vidas cotidianas de personas comunes, imágenes que nos descubren cuanto de humano tenemos a pesar de las diferencias de cultura o de idioma.

Carlos Ernesto Escalona (Kako) Fotógrafo, documentalista y profesor. Graduado en 2008 de la Universidad de las Artes de La Habana. Colaborador de la plataforma digital “The Stand Global”. Expositor en la 12ma Bienal de la Habana con la muestra personal “Gente de Cocodrilos”. 1er Lugar en Paisaje del Concurso de fotografía “Naturaleza Digital”. Director de Fotografía de las películas documentales “Ella Trabaja” (2006), “Al sur de Matahambre” (2008) y “Hombres de Cocodrilos” (2013). Desde 2012 ha impartido el taller “Fotografía Documental” para la Universidad de las Artes, la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana y la American University (Washington D.C.). Ha dictado charlas y conferencias para American University Nebraska, Lincoln University y New Jersey College, Universidad de la Habana, Universidad de las Artes, Escuela de fotografía creativa de La Habana.

Cuando el amor anida en Los Hondones

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Una joven pareja villaclareña decidió radicarse en un apartado paraje cenaguero desoyendo a familiares y amigos, quienes no vieron con buenos ojos la decisión de los profesionales de explorar una nueva vida en Los Hondones, un batey de la Ciénaga de Zapata.

Ana María Suárez y Yeniel Machado Rodríguez nunca sospecharon qué al aceptar aquella invitación de un viejo condiscípulo de la universidad trastocaría sus vidas para siempre.

Accedieron pasar unos días en la Ciénaga de Zapata para escapar de la rutina diaria en la que se veían sumidos desde hacía varios años. Tras graduarse en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, permanecieron allí impartiendo clases, pero las cosas fueron tomando un matiz incoloro, y su existencia un sabor insípido.

Les gustaba impartir clases, el vínculo con los alumnos, mas, los días pasaban volando, y se convertían en semanas, luego en meses, y septiembre desembocaba en septiembre, y ellos apenas se daban cuenta que su existencia pasaba veloz entre papeles, reuniones y la preparación de las conferencias.

Fue aquel amanecer en Los Hondones el que les produjo un estremecimiento, una ruptura, y con la juventud y las ganas de experimentar como bandera, tomaron una decisión temeraria, que no agradó a los familiares y amigos más cercanos: se irían a vivir a La Ciénaga, donde él podría ejercer como máster en Agronomía y ella como Licenciada en Biología. Pues sí, el Humedal era el sitio predilecto para una nueva vida.

Recuerda Ana que la idea inicial aquel fin de semana del 2015 consistía en permanecer de viernes a domingo, pero les impactó tanto el lugar que decidieron quedarse hasta el lunes. “Esa fue nuestra primera vez”.

Yeniel agrega que desde el primer momento les impactó todo: “la tranquilidad, la paz. Conservo un bello recuerdo de mi primer amanecer en Los Hondones. Nos quedamos en una casa de campaña, cuando amaneció estábamos frente al bosque, fue una sensación placentera, única. Entonces, le comenté a Ana, es increíble como llevamos tan poco tiempo, y uno se aleja tanto de los problemas del día a día en una ciudad.

“Yo había realizado prácticas de silvicultura en las lomas de Jibacoa, pero los bosques son totalmente diferentes, allá ves pinares, acacias, pero nunca esta espesura”.

La joven recuerda que la primera percepción de la ciénaga fue a través de Los Hondones, “no nos movimos a otro lugar. Esto es un poblado muy tranquilo, y no sé, quizás tiene que ver con lo que cada quien aprecie en la vida, hay persona que tienen otras prioridades y ni amarrados vivirían aquí; nosotros valoramos mucho el bosque, poder entrar y ver tanta diversidad de animales”.

“Cuando visitamos el canal fue precioso, la puesta de sol, el agua más fría y sabrosa que hemos probado, y qué decirte de las playas de aquí con su transparencia, los corales y peces. En el norte de Villa Clara ninguna playa tiene tal nivel de conservación.

“No hemos recorrido toda Cuba, pero no conozco otro lugar como la Ciénaga, posee muchas cosas diferentes desde el punto de vista natural, todas son exuberantes.

LOS INCIOS

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Acerca de cómo inició la idea de quedarse en la Ciénaga, Yeniel comentó que les gustaba la universidad “el trato con los estudiantes, a quienes extraño muchísimo, en cambio había otras cosas que nos robaban denasiado tiempo. No estaba funcionando, tenemos compañeros que le van bien pero nosotros no nos sentíamos así.

“Cuando nuestro amigo comenzó a vivir en Los Hondones nos propuso radicarnos aquí, ya que podíamos ejercer nuestros estudios. Existían posibilidades reales de trabajo”.

Ana, por su parte, admite que “al principio no lo tomamos en serio, pero después, como pareja y como personas, comenzamos a valorar diferentes opciones. Decidimos que Yeniel terminara su Maestría y cuando culminó el curso, sin dejar nada pendiente, la decisión ya había cobrado fuerza. No fue apresurada, lo conversamos con la familia”.

“Uno tiene una edad, sueños, aspiraciones que en la universidad se iban a demorar un poco más de lo que teníamos pensado. Valorando las alternativas que se nos presentaban, creo que nos sedujo el lugar, la paz y tranquilidad que reina aquí, si a ello le agregas nuestras profesiones, la Ciénaga se convirtió en el lugar propicio para nosotros. Decidimos salir de la zona de confort y arriesgarnos”, acota Yeniel.

Reconoce Ana que les recibieron con los brazos abiertos en la Empresa Forestal Integral, porque allí prevalece la visión de lo que puede dar la juventud, sobre todo la que está preparada.

La joven se desempeña como técnica de manejo de la estación San Lázaro, donde realiza innumerables tareas como inventario de fauna y peces, recorridos de reconocimiento de calidad o velar por la salud de los ecosistemas.

Por su lado, Yeniel quien funge como jefe de producción de la Unidad Silvícola de la Ciénaga Occidental, advierte que empezó a trabajar antes que Ana, “eso nos ayudó, pensamos que demoraríamos más en conseguir empleo, pero tuvimos suerte, gracias a eso el cambio fue feliz”.

“En mis dos años de servicio social, aunque estuve ligado a la producción, me dediqué a cultivos varios como agrónomo, nada que ver con la parte forestal, fue un reto, de hecho, lo es todavía.
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“Superviso el plan de 10 brigadas, distribuidas por los diferentes asentamientos encargadas de la producción de carbón tradicional y de exportación. Este grupo debe cumplir un plan anual para la empresa, debemos elegir las áreas que se puedan talar o atender desde el punto de vista silvícola.

“Tuvimos algunas dificultades de transporte que te limitan conocer de primera mano qué hace el carbonero y en cuáles condiciones trabaja, cuestiones que desde una oficina o detrás de un buró no se pueden saber.

SEIS MESES DESPUéS

A la pregunta de si a veces no extrañaban Santa Clara, una ciudad tan cosmopolita, Ana respondió: “En realidad no fue tan drástico como nos imaginábamos. Siempre hemos sido muy unidos a la familia, y pensamos que estar lejos por primera vez sería un reto, además de la nueva circunstancia de vivir solos. Sin dudas, difiere mucho de la vida universitaria, aun como profesores. Todo se mueve en otra dimensión. Pero finalmente fue menos traumático de lo que esperábamos”.

“El hecho de haber llegado aquí, conocer esto, todas las variantes que nos da la naturaleza para no aburrirnos, hay mucho potencial para la ciencia, para aprender cosas nuevas que puedes llevar inmediatamente a la práctica. Eso te brinda satisfacción personal”, expuso Yuniel.

“Nos faltan muchos lugares de obligatoria visita y que no hemos conocido. Relacionarnos con los cenagueros resulta placentero, tanto que no extrañamos mucho, por supuesto, a veces regresan con cierta nostalgia las amistades de Santa Clara, la familia, las fechas señaladas, los juegos deportivos de la universidad, el inicio de curso, cuestiones así.

Sentados frente a la casa, la pareja habla con un entusiasmo que se aprecia en el brillo de los ojos. Admiten que apenas tienen tiempo para el aburrimiento.

“Nos levantamos a las 5: 30 a.m., yo que era muy remolona, ahora me levanto a esa hora sin chistar, solo porque me siento bien. Desayunamos, y sobre las 6 y 30 tomamos la guagua en la bodega del poblado. Llegamos al trabajo sobre las 7:00 a.m., y regresamos por la tarde, para seguir atareados y entretenidos. Cada tarde vienen alrededor de 20 cotorras y permanecen en nuestro patio, es un espectáculo”.

Yeniel comenta que aún hay personas que les inquieren sobre su decisión, y hasta la ven descabellada “pero yo no he tenido tiempo para aburrirme, realmente la idea de acondicionar el patio, tenerlo limpio, contar con la posibilidad de plantar árboles que sirvan para atraer las aves, los zunzunes, las frutas, me resulta increíble.

“Yo soy ingeniero agrónomo y ver cómo crece la planta desde semilla o postura hasta que nace el fruto, es algo único. Siempre tengo qué hacer, y le pongo mucho empeño; también criamos animales. Me fascina criar gallinas, cosechar mis propios vegetales, me encantan todos los cultivos de ciclo corto pero fundamentalmente las hortalizas, rápidamente uno ve el resultado y este ambiente lo propicia.
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“Están las condiciones, simplemente hay que trabajar para ver el coco floreciendo, el mango que sembraste hace tiempo y nunca había florecido. Cuando descubres los frutos te reconfortas.

El estudio sigue siendo prioridades para ellos: “le estamos dedicando un poquito más de tiempo a estudiar otras cosas, aquí aprendemos lo que realmente nos interesa o nos despierta la curiosidad”.

Ana reconoce que extraña ciertas comodidades de la universidad, como la Internet, aunque se trajeron suficientes documentos científicos y hasta series televisivas.

“Cada noche tratamos de poner la mesa y comer juntos. Preparamos algunos traguitos, un vinito, a cada rato celebrábamos, lo mismo por nuestro primer mes de estar aquí, un nuevo aniversario de novios, un buen día en el trabajo, cualquier otro hecho, como cuando me hice guía de aves, mis primeros binoculares, la maestría de Yeniel.

“Ese tipo de cosas es lo que no podíamos hacer antes porque no teníamos tiempo para eso. El ritmo al que íbamos era muy acelerado.

LA ACOGIDA EN LOS HONDONES

Muy bien al decir de Yeniel. “El cenaguero es muy amable y solidario. Cuando llegamos aquí no conocíamos a nadie, y fueron muy atentos, respetuosos. Una noche tuvimos problemas con la electricidad, y yo entre el miedo que le tengo a la corriente y lo poco que la conozco, me vi obligado a buscar ayuda.

“Encontré a un señor que se nombra Humbe, vino, solucionó el problema y no quiso tomarse ni un café, eso no es una cosa que ves hoy en día en la sociedad cubana, a veces nos cobramos hasta la sonrisa. Ver esa gentileza nos chocó muchísimo, porque quizás, al inicio, por la falta de confianza no fueron los más conversadores, pero siempre que necesitábamos buscar algo de comida, cualquier cosa, nos han indicado solícitos”.

EL FUTURO…

“Hay ciertas y determinadas cosas que nos golpean, por ejemplo, el tema de la vivienda, que es uno de los problemas principales que golpea a nuestro país, y en especial, a la juventud. Esta casa es prestada. Hoy en día hacerse de una casa en Villa Clara, aunque sea de un cuartico, resulta difícil.

“A veces pensamos en el futuro, los niños, la lejanía de las escuelas, de los hospitales, pero queremos aprovechar al máximo nuestro tiempo aquí. El futuro se complejiza un poco, porque no tenemos la posibilidad de una casa, pero nos gustaría vivir en algún lugar de la ciénaga, tener un patio como este, tal vez aquí mismo en Los Hondones donde siembras una planta de ponasí y se arriman decenas de aves. Solo por esa imagen valió la pena nuestra feliz decisión”, comenta Ana con una sonrisa en los ojos, mientras trata de saludar a una bandada de cotorras bullangueras que se adueñan de su patio.