¿Es posible un proyecto de vida en Cuba ?

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Hace muy poco una amiga me preguntaba sobre mi proyecto de vida a mediano y largo plazo. Al principio vacilé en darle una respuesta. Temí un tanto porque seguramente le asombrarían mis argumentos, o me tildaría de poco ambicioso.

Mi contestación ideal quizás sería conocer Europa, -aunque en honor a la verdad sueño con disfrutar un amanecer en el Machu Picchu-, pero la felicidad verdadera la disfrutaré cuando regrese a la Sierra Maestra, bordeando la costa sur de Oriente, o el Nicho o Topes de Collantes, y para ello no tengo que ahorrar mucho dinero, ni pedir permiso en una embajada.

Para muchas personas-más de las que quisiera- no existe proyecto de vida posible en la más grande de las Antillas. Tal parece que aquí la mínima aspiración se trastoca en desaliento, que se nos torna imposible concretar el más simple anhelo.

Viéndolo así, estamos bien jodidos los cubanos, con un salario que apenas alcanza para las mínimas aspiraciones, como pudiera ser adquirir el escurridizo aseo personal, o surtir la despensa como Dios, o las ganas de comer mandan.

Debo reconocer que a pesar de estas realidades, las mujeres desandan mi ciudad dejando un rastro oloroso tras de sí, y nunca, pero nunca, he escuchado que alguien fallezca por inanición ante la falta de alimento, al menos en mi barrio.

También es cierto que muchos de mis amigos que emigran aducen como primera razón la inexistencia de un proyecto de vida en la Cuba actual.

Según percibo en las fotos que suben a las redes sociales, su proyecto consistía en consumir cerveza barata, vestir bien, ir a las discotecas, comprarse un XBOX, cosas humanas y apetecibles a cualquier paladar e ideología, y lo más importante, vivir honradamente de un salario que alcanza para pagar la renta, (esta última frase la tomé prestada de las películas extranjeras ya que en Cuba, aunque vivimos un tanto apiñados un gran número de viviendas son propias).

Y sacando cuenta casi le doy la razón a mi socia y compinche. Hace años que no puedo destinar un pesito para arreglar mi casa, uno de mis viejos proyectos, postergados una y otra vez.

Por un momento me sentí un ser insípido, sin ilusiones, ni batallas ganadas o por ganar. Porque si bien me convertí en profesional de la prensa, sin gastar un kilo, estudiar en Cuba y alcanzar la universidad, más que un proyecto resulta algo tan habitual, que no puedo mencionarlo entre mis grandes metas alcanzadas.

NO sé porque comienzo a comprender que para algunos, incluyendo a mi amiga, un proyecto de vida es cuánto tienes para gastar o qué lujo puedes brindarte después de tanto sacrificio, o sin sacrificio alguno, esto último es insustancial.

No importa que delincas, que vivas del cuento sentado en el contén del barrio; lo importante, según entiendo, recae en cuánto dinero acumulas para trazarte un proyecto de vida.

Tu propósito mayor no consistirá en partir dichoso a trabajar cada mañana, mucho menos en ser útil a la sociedad sin esperar nada a cambio.

Pero al final logro verlo todo con claridad: un proyecto de vida no es más que la dirección que una persona marca para su propia existencia. Y yo decidí permanecer en Cuba, y solo aquí hallar la riqueza de vivir con poco pero siendo honesto. Por supuesto, esperando siempre la llegada de los buenos tiempos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La desidia no entiende de dolores ni muertes

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Existen historias que se atragantan y te martillan los sentidos. Uno intenta esperar por el momento preciso, por aquello de “no darle armas al enemigo”, pero los días van pasando, y la desesperación crece.

No se trata de esa desesperación que embarga a ciertos colegas, con más ganas de trascender que de ser útil, más bien de la consternación que debe acompañar a los revolucionarios ante la indolencia que florece por doquier.

A veces no entiendo que más de uno prefiera el silencio al combate, sin entender que la mejor arma de un periodista, la que domina con más destreza, siempre será la palabra.

Por eso pienso, desde muy dentro de mí, que autorregulación o responsabilidad no se pueden confundir nunca con silencio, sobre todo en momentos que precisan de palabras enérgicas.

Al paso que vamos, perdiendo el tiempo en determinar en cuáles soportes ubicamos nuestros contenidos, diremos pocos o casi nada. Al menos así creo yo.

¿Cómo explicarme entonces que tras chocar de frente con la desidia, y esperar “el momento y lugar preciso” para denunciarla, solo conseguí estrellarme nuevamente con ella? Y comprendí que no respeta ni a la muerte.

Cómo entender que el dolor de una amiga ante la pérdida de su querida abuela, se vio agraviado por la irresponsabilidad de un grupo de personas que nada sienten ante el dolor ajeno.

Mientras mi amiga se desahogaba en mi hombro, no pudo contener la ira a pesar de sus lágrimas. Para ella resultaba incompresible que una doctora se negara a firmar el acta de defunción de su abuela.

Según me contó entre sollozos, el hogar de la anciana se ubicaba entre dos policlínicos, y al dirigirse al más próximo la doctora de guardia se negó a reportar la defunción. No vaciló en “pelotearla” en un momento tan difícil.

Se vio obligada a gestionar un auto, y tras recorrer media ciudad, y mientras su ser querido yacía sin vida, logró localizar a otra doctora que sin titubear accedió a emitir el acta de defunción.

Pero lo peor llegó después. Una vez en la funeraria descubrieron que el féretro, además de su pésima calidad, se hallaba atestado de hormigas.

Toda funeraria, según indagué después, cuenta con personal calificado para semejante contratiempo, en este caso el técnico de necrología. Pero no se encontraba en el recinto violando su horario laboral. Solo se apareció muchas horas después, a la mañana siguiente, para rociar un poquito de formol sobre el ataúd.

Creo que no resulta necesario explicar cuánto sufrimiento lleva mi amiga por dentro, al dolor de la pérdida sumemos otro, la negligencia, y peor aún, el silencio que solo consigue prolongar la desidia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Llueve por Migoya

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Dicen los viejos, que cuando muere alguien bueno y querido, llueve, quizás por eso Matanzas amaneció gris y húmeda, es por la partida de Juan Carlos Migoya, el maestro de muchos.

Tras la apertura de varias corresponsalías matanceras, no titubeó ante la encomienda de viajar por toda la provincia, y compartir sus conocimientos. Los camarógrafos del patio siempre verán en él al maestro.

Fue un gran profesional pero sin ínfulas de grandeza. Jaranero, de sonrisa sincera y contagiosa. Era un tipo transparente. Hace poco le vimos llorar en un documental sobre la vida de Nelsón Barreras, presentado en la Casa de la Presa. Allí le reconocía como su amigo y mentor.

Gracias a su gran sensibilidad se puede asegurar que las mejores imágenes de la ciudad yumurina emergieron de su cámara. Supo entrever la belleza en la vetustez de una ciudad golpeada por el tiempo.

Como gran periodista gustó desafiar el peligro, y nos legó escenas impactantes como la gran inundación en el poblado de Alacranes, en Unión de Reyes. Por muy fuerte que batieran las rachas de un huracán, prefería salir a la intemperie para tomar una buena toma, siempre con una sonrisa.

De Juan Carlos Migoya se pueden escribir cuartillas y cuartillas: de su quehacer como director de programas; sus misiones internacionalistas; su amor al Telecentro TV Yumurí; su pasión por el trabajo, aun conociendo que la muerte le rondaba.

Los matanceros sentiremos su ausencia, pero nos queda su legado, sus innumerables reconocimientos, como la orden Félix Elmuza.

 Es casi seguro que a partir de ahora siempre que se reúnan varios colegas, terminarán evocando a Migoya, y hasta puede suceder que más que tristeza aflore la risa, cuando alguien comente que Migoya y Nelsón andan por ahí haciendo trastadas, o algún buen trabajo periodístico.

 

 

Para supuestos enemigos que no están a la altura del conflicto

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La frase no es mía, es de un tema de Fito Páez que me fascina. A mí también me hubiera gustado permanecer al lado del camino, pero desde siempre decidí tomar partido, pedir la palabra y emitir mi criterio.

Aunque a veces mis ideas eran claras, pasaba cierto trabajo al articular una frase, por el terror a hablar en público, sin mencionar aquella tartamudez que siempre me acompañó de niño, y que a veces regresa cuando me pongo nervioso.

Con el tiempo descubrí que escribir era más fácil que hablar ante un auditorio, al final el mensaje cumplía su cometido: llevar al público mi parecer sobre diversos temas. Quizás por eso decidí abrir un blog al graduarme como periodista. Tenía muchas cosas que decir sobre Cuba y mi barrio, sobre la cizaña constante que florece en Miami, sobre mí, sobre aquel, sobre todos.

Y así fue creciendo mi blog sin grandes pretensiones, con el único fin de participar en la construcción de un país, sin pedir permiso, ni prebendas, y en honor a la verdad, más de una vez agachando la cabeza esperando un que otro cocotazo.

Gracias a mí mismo nunca he publicado una línea en la cual no crea; y sí, me he equivocado, y tengo derecho a hacerlo, nada en esta vida es infalible. Pero siempre viaja conmigo la honestidad, las ganas de hacer y de luchar.

Hoy algunos me acusan de ingenuo por enfrascarme en la más estúpida de las batallas a las cuales me he enfrentado; otros quizás se alegren; y mis amigos, los imprescindibles, me piden que me aleje de esa sosa discusión que no llevará a ningún lado.

Es cierto. Debería retirarme de tanta estupidez, con tanta necesidad que hay de aprovechar el tiempo en cosas sanas, y dedicárselo a gente buena. Solo me sorprende que por decir lo que pensaba, dos antiguos amigos se convirtieron, hasta donde veo, en claros enemigos.

Si en un principio les llamé hipócritas, reafirmo esa palabra, y la hago acompañar de otras, como falsos, fingidores, y me descubro entonces en una batalla personal donde emito ofensas hacia otras personas.

Pero la verdad es que nunca se trató de separar a las personas en dos bandos, los buenos y los malos. Nunca ha cambiado mi actitud hacia mis amigos que se fueron, y no quiere decir que estemos de acuerdo en todo, pero existe el respeto, aunque a veces los amigos deben decirse las cosas sin ambages, de ahí entonces llego a la conclusión que muchos antes de ese post sobre los Jimaguas, ya habían dejado de ser mis amigos.

¿Acaso olvidaron que al conocerme ya llevaba en mi hombro un tatuaje del Che? Que creía en el socialismo, a pesar de sus luces y sombras. Otra cosa quiero aclarar: yo no me considero discípulo de Nibaldo, no lo soy. En mi formación intervinieron personas mucho más determinantes, tampoco niego que me brindó apoyo cuando lo necesité, pero de ahí a erigirse en mi preceptor va un largo trecho.

Otro punto, muchas cosas que hoy dicen, las cuales enlazaban en mi muro de Facebook, y fue el detonante que me movió a escribir ese primer post cuyas líneas reafirmo, ¡nunca!, ¡pero nunca las dijeron en Cuba! Es muy fácil escribir desde la distancia. Y muy deshonesto exigirle a alguien que haga, o escriba, sobre lo que ellos nunca tuvieron el valor de hacer desde la isla.

Tanto ataque hacia mí me corrobora que no estaba equivocado cuando dije que no conocía a los jimaguas, y si algunos creen que se me fue la mano cuando los acuñé de anticubanos, así soy, y nunca me retractaré de una palabra. Para mí lo son, no porque se fueron. Por todos es sabido que Martí y Heredia, padres fundadores de nuestra cubanidad, vivieron la mayor parte de su vida en el exterior.

Para mí son anticubanos cuando solo logran ver toda la bazofia que nos asfixia, ignorando los tantos colores apacibles de una isla, y el aroma que ensanchan nuestros pulmones al recorrer un país donde aún la gente se ayuda, a pesar de todo; sin embargo para los jimaguas la única verdad sobre Cuba la trasmite Radio Martí, u otros sitios similares.

No creo que yo sea mejor que los hermanos jagüeyenses, eso sí, más noble, incapaz de lanzar una ofensa personal en una controversia, menos públicamente. Incluso cuando afirman que quise emigrar del país, algo que de ser cierto no me convertiría en un Arnaldo diferente, ¿o sí?

Ahora, como mismo el amor no entiende de fronteras ni ideologías, al igual que la verdadera amistad,  debo reconocer  que cuando amé a una mujer que vivía en el exterior lo hice público porque no tenía nada que esconder, pero siempre fui consciente de que mi discurso nunca sería el mismo, no podría ser tomado de la misma forma desde el extranjero que desde mi vetusto y querido barrio.

Cada vez que leo una opinión sobre Cuba recuerdo a los tabaqueros de Tampa, que con su sacrificio y esmirriado salario sostuvieron la idea de la independencia cubana. Siempre seré velador de esa independencia.

Creo con total convicción, sin importar que me tomen como un anticuado y hasta me llamen lamebotas, que nuestra independencia y soberanía solo se mantendrá mediante el socialismo.

También sé que este socialismo tiene muchas sombras, y nunca me adaptaré a convivir bajo un escenario umbroso, de corruptos y aprovecha’os, que desde un cargo viven a espaldas de las necesidades del pueblo.

Nunca he caído en el juego del poder y las palmaditas en el hombro, siempre he luchado por la autenticidad. Pero nunca permitiré que nadie, ni de dentro ni de fuera, me exija qué decir o escribir. Sin embargo, nunca he vacilado en decir lo que pienso, y creí, ingenuamente, que los jimaguas lo sabían.

Creo que en mi vida todo ha sido transparente. Y decidí hace mucho permanecer en Cuba, con mi tozudez de siempre, honesto, y como un escolar sencillo, atento a todo, y sin titubear cuando hay que enfrentarse a una injusticia, de donde provenga, lo que me ha regalado más de un problema. Hasta aquí mi perorata, la cual quería evitar. Pero a veces la vida te sorprende…

¡Lamebotas no!… lametacones, quizás

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Hace poco me endilgaron el título de lamebotas. Confieso que al principio me sentí ofendido, pero solo al principio, en ese breve lapso de tiempo que transcurre entre lo que se lee, hasta que se logra interiorizar bien, siempre y cuando no se trate de un texto de filosofía, o de Teun van Dijk, está claro, o algunas obras de ciertos curadores de galerías de arte, que por más que intento nunca entiendo.

Pero cuando te lanzan a la cara el término lamebotas, lo entiendes claro, descodificas el mensaje con celeridad. Se trata de una palabra sencilla, aunque compuesta, una construcción verbal que asume dos términos diferentes: una acción (lamer), y un sustantivo (bota).

Como decía hace un ratico, no pasé trabajo alguno para entender la ofensa. Solo tuve que separar los lexemas, existen construcciones más enrevesadas, al menos para mi sapiencia que no es abundante: cariacontecido; cejijunto; alzacuello; mondadientes, las cuales cuando las escuchas te obligan a acudir al mataburros.

Tal dificultad desaparece ante la palabra lamebotas. Al escucharla, casi siempre surgen otras en tu mente como: chupamedias, lamesuelas, todas con el mismo significado: adulador.

Luego, lo que te frunció el ceño un segundo, quizás tres, y hasta cinco, finalmente te arranca una sonrisa. Nunca, que yo recuerde, he lamido un par de botas. Nunca me he inclinado ante un hombre, es decir, nunca he bajado el torso ni me he colocado de rodillas. Y no se trata de machismo ancestral. Sí he inclinado la cabeza a manera de saludo y respeto.

Sin embargo, lo que nunca ha conseguido un hombre, las mujeres lo logran en mí con gran facilidad. Son muchas las veces que me incliné ante una mujer, al punto de que bien pudiera sufrir sacrolumbalgia.

Para mí el orgullo, si se trata de una dama, pierde sentido. Por eso me reí cuando me llamaron lamebotas, y la perorata que tenía planificada se esfumó al pensar en ella, que seguramente me espera en casa, y aunque no posee tacones, descenderé hasta sus pies, allí, donde me siento importante.

 

 

La verdadera esencia de Mireya Fundora (o una campesina de pura cepa)

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La casa de Mireya Fundora destaca por ser espaciosa y confortable. Posee un portal delantero bastante amplio, pero allí solo se posa el polvo o alguna gallina. Es en el portal lateral, en forma de amplia terraza, donde recibe a sus visitas. Justo allí se erige una típica cocina de campo, tiene otra bellamente azulejeada, pero tal parece que nunca la usa, ella prefiere su vieja cocina.

De esa forma puede atender a las visitas, que son muchas, quizás cientos en un día. Quién se dirija a La Angelina, poblado de Máximo Gómez, siempre llegará hasta la terraza de Mireya para degustar un buen café. La casa descansa en la misma bifurcación de la carretera, y su cafetera siempre aguarda lista por la siguiente colada.

Y es que desde hace mucho el néctar que prepara Mireya cobró fama regional. Pero en ese instante, entre el saludo del recién llegado y las últimas novedades que trae, transcurren varios minutos que bien pudiera llamarse “El ritual del café”.

Para esta veterana campesina, a quien no le pregunté la edad porque no me alcanzó el valor, intuyo que roza los 60, la preparación de la bebida es casi una ceremonia. Cuando llega el caminante, ya dijimos que un centenar en un día, la campesina toma la vieja máquina de moler, la presiona al borde la mesa, introduce los granos tostados que cosecha en su finca, y comienza la fiesta cafetera.

Mientras habla, impulsa la manigueta y el olor del grano triturado se adueña de todo y las palabras. Luego toma la cafetera, siempre limpia, la coloca en el fogón, y a los pocos minutos el aroma regresa más vigoroso, en un humeante vaso.

Pero no solo café, quien se arrime a la terraza cuenta también con un plato de almuerzo, de ese arroz desgranado y grasoso como solo se sabe cocinar en el campo.

En la posesión de Mireya, asociada de la Cooperativa de Créditos y Servicio José Martí, siempre se asienta la calma. Solo rota por la brisa que agita las hojas del extenso platanal que crece a pocos metros del hogar.

Lo que más llama la atención de su morada es la limpieza y pulcritud del terreno que rodea la edificación, si a la tierra polvorienta se le admite el adjetivo pulcro.

La primera tarea de esta campesina consiste en barrer el patio, donde nunca no se observa ni una hoja. Aunque más bien es la segunda tarea, la primera comienza cerca de las cuatro de la madrugada, cuando acopia la leche que su hijo ordeña de las innumerables vacas que poseen.

Mireya es una mujer todoterrenos, capaz de emprender mil tareas a la vez durante el día: alimentar los animales, estar al tanto del fumigo de la siembra de arroz, de aquella cerca que se rompió y por donde se fugó un ternero caprichoso, el almuerzo abundante, hasta donde sea posible, porque siempre llegará algún comensal inesperado, “y hasta un plato de arroz con huevo criollo, siempre que se brinde con amor, sabe exquisito”.

El nombre de Mireya quizás sea el más mencionado en La Angelina, tierra boniatera por excelencia. Por las tantas personas que arriban, o los que siguen de largo y le lanzan un saludo que resuena en la distancia.

Haciendo honor a la cultura matriarcal esta  mujer reboza energía y rectitud. Su voz retumba en todos los confines de la finca, lo mismo dando una orden, azorando una gallina, que saludando a un pasante. A su vez, puede ser maternal y cariñosa.

No hay enfermo, familiar o no, que no cuente con su denuedo y preocupación, con un pollo para el caldo reconstituyente, o alguna vianda.

Y así transcurre su día, de allá para acá, al tanto de todos los pormenores del sitierío, solícita a quien arribe a su casa, con la cafetera siempre lista, o un plato de comida a quien lo precise.

Sincera como ella solo sabe ser, capaz de cantarle las 40 al más pinto, o de la frase más cariñosa, asegura que el día que se siente, morirá, “siempre necesito estar atareada”, e intento descubrir en ella una especie de Francisca, aquel personaje de Onelio Jorge Y Cardoso, o Doña Bárbara.

Pero no, solo al final, cuando reclina el sol y se sienta unos segundos a fumarse un cigarro, el único que fuma durante la agitada jornada, entiendo la verdadera esencia de Mireya: servicial, activa, generosa, también explosiva, y sobre todo muy querida, porque es una mujer completa, campesina y cubana de pies a cabeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuánto cambiaron los Jimaguas? (o la verdadera historia de una amistad)

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Hace varios años, creo que por el 2004 o el 2005,  desemboqué en el periódico Girón proveniente de la Universidad de la Habana. Cursaba el primer año de la carrera de periodismo, pero como no daba pie con bola con asignaturas como Gramática, decidí largarme un día de noviembre para no volver más.

Era lógico, yo provenía de preuniversitarios en el campo en Jagüey Grande, y en honor a la verdad, nunca tomé una libreta, ni escribí una nota, de ahí que mi formación estuviera tan deformada. Navegando así con tal inconsistencia, culminé el 12 grado. Eso sí, siempre me destaqué según los profesores en las asignaturas de letras.

Justo al comenzar el servicio militar me decidí por una carrera universitaria.  Siempre quise alcanzar el Nivel Superior, y entendí que mediante la Orden 18 del Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias no tendría que enfrentarme a las pruebas de ingresos;  en ese momento no pensaba que la batalla más importante vendría después, durante los cincos años de la universidad. Solo cuando ingresé a la UH comprendí que me sería muy difícil graduarme dada mi pésima base. Por eso un mal día de noviembre tomé mis bártulos y partí de la beca de Bahía, derrotado.

Al arribar a mi casa me enfrenté  al sufrimiento de mi madre que había soñado con un hijo universitario y periodista. Recuerdo con amargura que minutos antes de darle la noticia de mi decisión de abandonar los estudios, me había mostrado una nueva y hermosa mochila adquirida con mucho sacrificio. Me sentí el ser más despreciable de todos, y lloré, pero no había vuelta atrás. Me sentía un vil fracasado.

Justo en ese instante, o semanas después, mi mamá toma una brillante decisión a mis espaldas. A través de una amiga me consigue un puesto en el periódico Girón. En un primer momento yo pensé que se trataba de un trabajo manual o físico, no sé, cargar cajas, mantenimiento del local, cosas por el estilo. Nunca me pasó por la mente volver al periodismo, ni siquiera había empezado.

Rememoro como uno de los momentos más importantes de mi vida aquella conversación con Clovis Ortega, director del Semanario. Desde el primer instante me trató como si yo fuera un profesional de la prensa que solo enfrentaba cierta crisis de identidad. En cambio, yo me frotaba las manos para acometer cualquier trabajo físico, solo en eso me creía útil.

Es en ese momento cuando Clovis me presenta a  Roberto Vázquez, Jefe de Información, y me lanza aquella histórica frase de: “él será tu tutor a partir de ahora”, ¿“Tutor pa’ qué?, pregunté asustado. “Para hacer periodismo, tu eres periodista, y volverás a la universidad”, sentenció el director.

De más está decir que ese instante transformó mi vida, y siempre, y  a pesar de todo, estaré eternamente agradecido de Clovis Ortega.

Los meses que transcurrieron resultaron decisivos, y los más importante, me reencontré conmigo mismo y con lo que quería ser en la vida: periodista.

Y es ahí donde entran los jimaguas. Para mí nada resultó fácil, la inseguridad siempre me acompañó, y me acompaña en cada hoja en blanco, pero gracias a los jimaguas todo resultó menos traumático.

Los Jimaguas eran dos hermanos que tiempo atrás habían llegado al periódico. Eran “reorientados”, calificativo con el cual se acuña a los profesionales que no estudiaron periodismo. Término a veces injusto, porque los dos  hermanos estaban muy bien orientados y enfocados en el ejercicio reporteril. Los dos eran licenciados,  uno en Economía y el otro en Derecho.

Durante años se desempeñaron como corresponsables voluntarios. También eran excelentes ajedrecistas, y un día, tras una conversación con Clovis Ortega, se convirtieron en plantilla del Semanario Girón. Historia muy similar a la mía.

Desde el primer momento sentí afinidad por esos dos hermanos, incluso uno era mi tocayo. No existía una línea que yo escribiera que no pasara primero por sus manos. Solo entonces se la entregaba al Jefe de Información. Me volví dependiente del veredicto y análisis que Nibaldo y Arnaldo Calvo hacían de mis incipientes notas periodísticas. Y de esa manera creció una bella amistad.

Como Nibaldo era el coordinador del suplemento Humedal del Sur, un mensuario que recoge el acontecer del territorio cenaguero, no pasó mucho tiempo para que me invitaran a ir con ellos. Grandes recuerdos guardo de aquellos días, y fotos también.

Mientras los fui conociendo, más se estrechaba  mi vínculo con ellos, también empecé a admirarlos. Fueron huérfanos desde muy jóvenes. Pasaron bastante trabajo en sus vidas, pero ambos, juntos siempre, llegaron a la universidad y se hicieron grandes hombres. A pesar de la discriminación racial que aún persiste en Cuba, de las dificultades económicas, lograron convertirse en excelentes profesionales.

Y aunque no lo digan, aunque lo ignoren, representan la realidad más contundente de la Revolución Cubana: a pesar de ser negros y pobres, de vivir en un pueblito del interior, lograron grandes cosas en la islita caribeña,  se formaron como  económico, abogado, periodistas, publicaron libros e impartieron clases de ajedrez.

Un buen día Nibaldo partió hacia México por asuntos de trabajo, y decidió radicarse en el exterior definitivamente. Ya sabemos lo que eso representaba en la Cuba de hacetan solo seis años atrás. Y si a esto sumamos que Nibaldo era militante del PCC…Pero a pesar de su decisión seguía siendo mi amigo, y su hermano también.

Por eso no asistí a aquella reunión donde despotricarían contra él. Preferí quedar en casa, era la única manera que tenía de ser leal a una amistad. Además, debo ser sincero conmigo mismo, quién me asegura que esos que más alzan la voz y lanzan salivas en ese tipo de reunión, después no se largarán también. Si algo no soporto, no tolero, es la hipocresía y a los aprovecha’os, aunque a veces tenga que compartir el espacio con ellos.

El tiempo pasó y seguí comunicándome con Arnaldo, quien permanecía en Cuba. Creo, o estoy seguro, que le debo 50 pesos. Una vez tras compartir con un grupo de amigos en un campismo dela  Ciénaga, regresé por casa de Arnaldo sin un quilo en el bolsillo, y este me prestó 50 pesos para que pudiera regresar a mi hogar. Y nunca se lo pagué.

Pero hoy me encuentro ante dos hermanos completamente diferentes. No son los jimaguas que yo conocí en Cuba. Han asumido una posición completamente hipócrita. Yo puedo asumir que las personas cambien según el contexto y las circunstancias.  Pero lo que leo hoy me deja boquiabierto, y hasta medio tristón, porque aún los considero mis amigos.

No entiendo que solo tras radicarse fuera del país, comiencen a lanzar esos improperios contra sus antiguos compañeros de trabajo. ¿Por qué Arnaldo no aprovechó aquella reunión a la cual decidió no asistir para emitir sus criterios? No veo bien que maldigan a sus antiguos colegas, como mismo yo decidí no escuchar ofensas contra Nibaldo cuando tomó aquella decisión de emigrar.

Pero lo que más me preocupa, y hasta me hace repensar si nuestra amistad no se está resquebrajando, es esa postura tan anticubana, emulando con lo más superfluos comentarios que emergen desde el sur de la Florida. A veces se me parecen más a un lacayo de la Fundación Nacional Cubano-americana, que a alguien que le interese de verdad el cubano de a pie.

Cuba tiene mil problemas gordos, flacos y joroba’os, pero mil virtudes también. Y yo, honesto conmigo mismo, logro ver todas las aristas de mi Isla subdesarrollada, a la que decidí servir, sin ínfulas de Apóstol, simplemente como un cubano más de a pie, que desanda su barrio cada mañana, que disfruta ver a los niños uniformados cuando van a la escuela; que se molesta con el panadero en bicicleta que me despierta a las 5 y media de la mañana pregonando su mercancía, a la vez que no dejo de admirar su sacrificio para agenciarse el sustento.

Yo soy, y seguiré siendo un cubano de a pie, no por que camine sino porque continuaré honesto y humilde; y porque cada mañana al salir de casa, pienso que será un buen día para servir y ser útil en un país con muchas cosas por cambiar y otras más por mantener.

Me duele mucho que los Jimaguas piensen que en Cuba me lavaron el cerebro, que no tengo argumentos propios, siempre creí que me conocían bien, pero ya veo que ni yo los conocía del todo.