Las costillas de Shakira

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No es que me fascinen los temas de farándula, pero el verano propicia las reuniones familiares, y en estas pueden surgir tertulias improvisadas, para debatir sobre disímiles cuestiones.

En una tarde noche, en compañía de un que otro traguito, salió a relucir una supuesta cirugía estética de la cantante colombiana.

El convite se dividió en dos bandos. En el más numeroso, aseguraban que sí, que la intérprete se había extraído dicho hueso; el otro grupo estaba compuesto por este humilde servidor, quien dudaba de tal afirmación.

Para qué fue aquello. Casi favorecí una discordia, porque la gran mayoría había visto una supuesta entrevista donde la cantante aseguraba haberse sometido a tal operación.

Lo curioso del hecho, que motivó estas líneas, es que pocos de los presentes conocían la trayectoria artística de la ganadora de innumerables premios internacionales.

No soy un fanático de la diva latina. Pero en sus inicios me atrajo su voz y las letras de sus canciones. Entonces llevaba un pelo muy negro y cantaba en español. Luego incursionó en el mercado anglosajón con éxito, pero ya no era la misma, ni me interesaba su nueva propuesta y look.

Pero la esencia del problema va mucho más allá del cuerpo y carrera de la esposa del futbolista azulgrana Piqué. Me maravilló, o mejor dicho, me causó un poco de estupor, cuántos conocieron la información y la dieron por cierta. Sin dudar apenas.

Somos un pueblo instruido, con un elevado grado de escolaridad, pero a veces me asombra con qué facilidad nos pasan gato por liebre.

Y así vamos por ahí, repitiendo como papagayos -sin ánimos de ofender- cuanta bobería repiten los grandes medios de información. Sobre todo los que desinforman, como toda la ensarta de “programuchos” que viajan mediante dispositivos digitales.

El mundo sufre de guerras injustas a base de mentiras, pero al parecer resulta oportuno relajar. Mejor permanecer sentado en casa, disfrutando el lado oscuro de las relaciones familiares y atentos a las palabras de la doctora Ana María Polo.

Lo peor de todo es que a veces la calidad de los programas de factura nacional facilita el deslinde de nuestra realidad y programación. Preferimos asistir a otra, a sabiendas de los nefastos valores que promulgan.

A ello sumémosle que nuestro vino -hablando de televisión- no solo es amargo, sino además repetitivo, cansón, y para males mayores, en incontables ocasiones se tratan de copias burdas inspiradas en los bodrios de Univisión o Ritmoson Latino.

El televidente cubano está en su derecho de escoger qué desea ver, y si un canal no suple sus necesidades estéticas y de entretenimiento, que la televisión es también entretenimiento, no le queda más remedio que alquilar discos, y en estos viene de todo, lo bueno y lo malo, y la mayoría de las veces, lo último.

Al menos en Cuba el buen gusto aún florece, y por suerte asido de la inteligencia, con programas como La neurona intranquila, o la acertada selección de materiales científicos y didácticos del  canal Multivisión.

Sobre las costillas de Shakira no tengo mucho más que alegar, mejor démosle la palabra a mi vecino Chachá, el prestigioso cirujano Alfredo Marín Pérez.

El galeno asegura que para mejorar el contorno abdominal existen múltiples vías, sin embargo, la menos usada es precisamente la rescisión costal. Se emplea la liposucción, la dermolipectomia, incluso existen técnicas avanzadas que emplea métodos físicos. “El 99 por ciento de las personas que ansía mejorar su contorno abdominal no necesita extraerse las costillas”, sentencia Chachá. Además, sin mencionar las sendas cicatrices en el torso.

En un mundo donde ya no se habla de medios de comunicación de masas, si no de la masa de los medios, por la enorme cantidad de estos, y el gran cúmulo de información diaria – información chatarra en muchos casos- resulta vital saber cotejar, buscar antecedentes, para no irse con la primera bola, como dicen en el barrio.

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Estirpe henequenera

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Amigos de la mañana, en el surco se les ve cuando sol aún no levanta. Con “la fresca” y cuchillo filoso en mano, cosechan las fibras del henequén, sorteando las espinas.

Así son los henequeneros, hombres de regia estirpe, que pese a los malos tiempos que aquejó al cultivo, permanecieron, cuando otros decidieron marcharse.

En Limonar, cerca de un lugar de bajas elevaciones que se nombra El Triángulo, se erige una planta, la UEB Antonio Berdayes, que ni el tiempo, ni las carencias pudo silenciar.

Gracias al amor, ese amor que enraíza en los hombres y mujeres por su oficio, la fábrica muele, y durante tres años consecutivos se mantiene en la vanguardia del país.

Cada 27 de agosto, Día del Trabajador Henequenero, recesan los cuchillos. Es el momento propicio para dignificar a estos obreros imbuidos en la difícil y vital misión de volver a insuflarle vida al henequén matancero.

Matanzas de Carnaval

Quizás este año el carnaval me regala una sorpresa igual, y me reencuentro con viejos amigos
Quizás este año el carnaval me regala una sorpresa igual, y me reencuentro con viejos amigos

La ciudad está de Carnaval, y yo, a la verdad, no estoy muy entusiasmado. A lo mejor va y me sucede como el pasado año, que había decidido no asistir, hasta que una amiga me convido para recorrer una trocha muy cercana a mi casa. Salimos a las 9 de la noche, y regresamos en la mañana. Es que el “olor” a Carnaval me hechiza, esa amalgama aromática de carne asada, pollo frito y cerveza hace presa de mí, y neutraliza mis sentidos.

Pero si ese aroma no me llega, puedo permanecer en casa sin remordimientos.

Antes sí. Por nada del mundo faltaba a una cita carnavalesca. Sobre todo cuando me liberé un poco de mi madre al arribar a los 16 o 17 años. Entonces empecé a salir con mis amigos, y a llegar a casa casi en la mañana. Recuerdo que siempre me encontraba a mi madre durmiendo en el sillón, esperando mi regreso. Luego yo dormía hasta la tarde, para salir de nuevo al anochecer, y aunque me prometía llegar temprano esa vez, nunca lo lograba.

De niño asistía de la mano de mi mamá. Son las serpentinas lo que más extraño de aquellos tiempos, y las pergas de cartón, donde los mayores bebían cerveza.

He notado que el cubano enfrenta las carencias apelando a los tiempos pasados, prácticamente vive de nostalgias. Cada vez que se avecina el Carnaval, escucho aquí y allá lo formidables que eran antes, cuando la cerveza costaba 1. 80, y no la bautizaban con tanta agua. No existía diferencia entre la de botella y la de pipa, he escuchado decir.

Pero llegó esa época innombrable llamada Período Especial y desaparecieron, entre otras tantas cosas, las serpentinas, y se aguó la fiesta y la cerveza.

Le cambiamos hasta el nombre y empezamos a llamarles Festejos Populares, y a la verdad, daban más lástima que alegría tales festividades. Qué decir de las carrozas. ¿A dónde fue a parar el ingenio y buen gusto de los cubanos? Tractores con carretas cañeras, adornadas con tres pencas de mata de coco, y un ruidoso aparato que si bien no me equivoco, era un generador de electricidad, convirtieron a las carrozas en algo grotesco.

Pero aun así, nos fuimos adaptando al cambio, o nos resignamos, porque no nos quedaba más remedio.

Mi trocha preferida era la Plazoleta El Tenis, cerca de mi casa. Allí disfruté mis primeras borracheras. Y sentí esa extraña sensación de recibir al sol con los ojos saturados de venitas rojas. Eran tres días o cuatro días que vivía a tope, en compañía de mis mejores amigos.

Yo no era de mucho bailar, pero era feliz  cuando lograba dominar uno o dos pasillos de moda. Era el boom de la Salsa. Después llegó el regguetón y los bailes fueron un poco más complicados.

Recuerdo que mi amigo Jan nunca bailaba. Cuando se embullaba con algún pasillito ya sabíamos de antemano que estaba en su punto. En todo piquete había un bailador. En el nuestro era Yunieski Campo, y para más coincidencia, era el más negro del grupo, y el mejor casinero.

Y como en todo grupo de amigos que se respete hay un blanco, Lage hacía bien su papel. No bailaba nada. Era un alemán. Pero con dos buches de más, hacía de todo un poco.

Cómo olvidar la primera vez que asistí a unos carnavales con mi propio dinero. Era un chama. Días antes mi hermano Jan y yo habíamos desmochado prácticamente una mata de aguacate que crecía en el patio de mi casa. Fue la primera vez que vendí algo, y me sirvió para darme cuenta que nunca sería negociante. Pero en ese tiempo nos sentimos un poco adultos.

El tiempo fue pasando y asistí cada vez menos a los carnavales, por múltiples factores. Es que cada vez conozco a menos gente, y a los que encuentro me hacen ver que los años no perdonan. No obstante, quisiera volver a soplar una serpentina algún día. Por lo pronto va y me embullo y me tomo alguna que otra cervecita, de pipa claro ¡pero quién dijo que con esa no se goza igual! Además, en estos calores hace bien estar hidratado.

¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?

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“Mami, no quisiera que recogieras laticas”, le dije una vez a mi madre cuando observé dentro de su jaba varias latas vacías de cervezas. Alegó que era una manera muy honesta de agenciarse algún dinerito de más, y que solo recogía las que se encontraba en su camino.

Como el diablo son las cosas, pasado algún tiempo, me descubrí también recogiendo laticas y botellas de cervezas, hasta acumular casi tres sacos repletos de laticas bien escachadas, y cinco cajas con los frascos de cristal, con la intención de venderlas en una Casa de Compras de Materias Primas, ubicada cerca de mi barrio.

Desde tiempo atrás observaba a los recogedores de materias primas, y creo que una que otra vez escribí en mi blog sobre algunos de ellos; en su mayoría, jubilados que recorren las calles entrada la madrugada, o en horas bien tempranas. “Cosechando la resaca nocturna de una ciudad”, me dije una vez, intentando hilvanar algunos versos siempre cursis e inconclusos, mientras me detenía en esos seres con sus eternos sacos a cuestas.

Algunos me llamaron mucho la atención. Como Zoila, mi vieja vecina, víctima de una jauría de perros callejeros, cuando ella intentaba recolectar. Eso sucedió en Matanzas, y no en mi imaginación o en una película de terror. Pero, a decir verdad, ese fue un caso insólito, porque la recolección es una faena muy tranquila y solitaria.

Recuerdo que cada tarde veía pasar a un joven con cierta discapacidad físico-motora, que con palabras inteligibles, compraba botellas de ron y cerveza. No sé, pero me despertaba la lástima y compasión, sentimientos que no me gustan sentir por nadie. Más de una vez quise acercarme a él y decirle algo, o estrecharle la mano. Me disgustaba ver como los niños, y hasta algunos adultos que desde entonces no trato, le hacían muecas, burlándose.

Entre esos recogedores de desechos estaba yo. Tracé una estrategia con el fin de que mis conocidos no descubrieran en qué labores andaba. Porque reconozco que a pesar de que era un trabajo honesto, y hasta útil, la vergüenza me mataba.

En las tardes noches, sobre todo los fines de semana, tomaba la bicicleta y transitaba por los lugares donde las personas se reúnen para compartir y beber: Rápidos, Ditú, Puntos de Venta de Cimex, y demás.

Llevaba una mochila a la espalda y como aquella canción de Alejandro Sanz, “Cuando nadie me ve”, y con una velocidad que más parecía un prestidigitador, introducía los vacíos que hallaba.

Sí tenía una cosa bien clara, nunca, pero nunca, introduciría mis manos en un vertedero o latón de basura. Pero la vida es una jodedora, y pa’ mí que Dios o el azar son cubanos.

Aquella vez que vi una caja con más de veinte laticas cerca de un bulto de basura, no pude resistirme. No había un alma por allí, entonces me acerqué. Pero nada más tocar la caja, una voz me sorprendió y casi caigo de la bicicleta. Era el Guajiro, un socio del barrio que me saludaba… ¡Qué clase vergüenza!

Aún así continué en mi faena diaria. Bueno… a decir verdad, no lo hacía todos los días. “No eres sistemático, ni constante”, me decía mi madre, “Es un trabajo honrado”, reafirmaba, pero no sé, qué sucedería cuando algún socio o compañero de trabajo me descubriera en “eso”.

Y pasó el tiempo. Y grato fue el día que vendí mi primer lote. No fue mucho dinero, pero era honrado.

Entonces mi novia y yo comentamos que en Varadero, con la afluencia de personas en los meses de verano, podríamos recolectar en tres días, lo que nos tomó varias semanas. Así hicimos.

Creo que la pena compartida toca a menos. En apenas dos horas abarrotamos nuestras mochilas. Sonrojados sí, pero satisfecho por la eficiente zafra de laticas. Debo reconocer que varias personas nos entregaron sus envases con condescendencia.

Y hasta un hombre expresó en voz alta: “eso es lo que necesita este país, jóvenes honrados que trabajen”, pero en honor a la verdad, queríamos pasar inadvertidos. Así que no nos hizo mucha gracia el comentario.

Días después convencí a mi primo que me acompañara a Varadero. Aceptó, a regañadientes. Una vez en el Polo Turístico, le expliqué más menos de que iba la cosa. Tomar las latas, colocarlas en el piso, propinarles un fuerte pisotón, y pa’ la mochila. Me dijo con una sinceridad que agradecí, “Primo, asere, no me da tanta pena, pero si no me viera un conocido sería mejor”.

Solo en la Autopista Sur llenamos una mochila. Le pedí recorrer Avenida Playa, y el me miró con cara de pocos amigos, porque ese zona es transitada por cientos, quizás miles de personas.

Cabizbajos, sin mirar a nadie, seguimos en nuestra tarea. Ante el continuo ir y venir de gente, siempre con refresco y cervezas en sus manos, mi primo me preguntó a dónde iba a parar tanto dinero. “Solo en el Todo en Uno, con su parque de diversiones, deben recaudar cientos de miles de dólares diarios”, opinó. Yo hice silencio, mientras pensaba “cómo se bebe cerveza en Cuba y qué sed tengo”.

Cerca de un parque, una familia nos señaló hacia un cesto metálico repleto de latas, pero nos lanzamos la misma mirada: ¡Ni muerto meto la mano! Después llegó el punto en que nos relajamos, e incluso nos dijimos un que otro chiste.

De pronto, a mis espaldas, una voz familiar lanzó una pregunta que me petrificó: ¡Arnaldo! ¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?  Mentí, ni se qué dije, pero mentí. No tuve que convencer mucho a mi primo para dejar por terminada la recogida. Minutos después me hallaba encima de una camioneta haciéndome la misma pregunta: ¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?

¿¡De vacaciones!?

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Que José Dariel se largó… a otro mundo, o a otra isla; que en Miami alimentan la cizaña; que Edward Snowden aprenderá ruso y bailará polka, o hasta puede hacerse aficionado al vodka; de esas cosas habla la red, cuando desemboco allí para oxigenar mi mente.

Pueden pasar los días y alejarme un tiempo, pero siento que esa lejanía me vuelve medio tonto. Alguien dijo, si mal no recuerdo fue Harrison Ford, que las redes sociales lo alejan del mundo, y él no tolera una vida virtual.

Pues mi vida virtual trascurre en las calles matanceras, cuando las desando sin apenas atinar a nada, como un zombi. Solo entonces cuando me doy un chapuzón en la playa logro reencontrarme conmigo y mi infancia, y los amigos que se fueron. Quizás a millas de distancias, en el instante que empapo mi cuerpo, algún socio moja sus pies, y compartimos el mismo espacio y lugar. Únicamente el mar logra abstraerme y hallarme.

Todo lo demás me parece ficticio. Hasta que regreso, como el hijo pródigo, a la redes y me conectan con el mundo y la realidad. Una realidad distante, puede ser, pero que comprendo mejor.

Varios días de noticiero en la TV me enturbian el pensamiento, y cuando no, me exaspera a tal punto que quisiera huir y sentarme a orillas de aquella playa donde jugué de niño, donde hoy otros niños juegan, para volver mañana de adultos… a buscar explicaciones quizás.

Que a Yuya los santos no le hablan; que Felito cayó preso por no se qué, y que los administrativos son corruptos y pasean por las calles, como dueños de las calles. Y yo mientras, durmiendo un poco más, reduciendo mis mañanas. A veces sin querer salir de casa por que el Sol, y mi otra realidad lastiman.

La viejita que venden maní me escucha hablando solo, y me pregunta preocupada: quién es ese “feibu” mijito, y yo sonrío, “nadie mi vieja, un conocido mío”, le digo. Y alguien que usted nunca conocerá, pienso para mis adentros.

“Escribe algo para el periódico o para tu blog, que te noto intranquilo”, me dice mi novia. “Pero qué escribo”, le pregunto, y ella me mira, como asombrada, temiendo algún tipo de amnesia, pero no, es solo que a veces el pesimismo crece.

Qué escribir, que la juventud no está perdida, que trabaja en estos meses de tanto calor; que Eduardo Paret es un tipo sencillo y de buen trato, y mejor carro, pero que el Pito Abreu se largó, quizás porque no tenía tan buen auto, o porque es un desafecto de la Revolución, o que se cansó de pasar trabajo, como tantos otros. Porque el problema no es pasar trabajo, si no ver cómo otros lucran con tu escasez, y nada pasa.

Quizás mañana escriba de las cosas buenas, de las luces, y mire de reojo para ignorar las manchas, pero cuando estoy de vacaciones, cuando supuestamente debería tomarme un descanso y pensar menos, esta mi otra realidad me constriñe, me agobia.

Esta realidad de escasas guaguas, de altos precios, de pésima programación de verano, de elevado consumo energético porque el calor es insoportable, de qué diablos cocinarás en la tarde porque la despensa se agota, y que ahorita llegan los carnavales, y no tienes ni para una cerveza.

Por eso extrañaba mi blog. Es el único que tolera mis peroratas sin acusarme de nada. Ya es mediodía, me voy pa’ la playa. Dicen por ahí que tanto mar abre el apetito, pero a mí me relaja, tanto como escribir un post.

 

 

 

¿¡Qué la juventud está perdida!?

Juan Antonio, José Luís y Orestes se toman un descansito tras el almuerzo, para luego seguir beneficiando el maíz artesanalmente.
Juan Antonio, José Luís y Orestes se toman un descansito tras el almuerzo, para luego seguir beneficiando el maíz artesanalmente.

La encomienda era escribir un reportaje sobre los días de verano en el campo matancero. Pensé visitar algún centro recreativo, aunque me interesaba encontrar lugares de menos “alcurnia” y más diversión, como el Canal de Roque, en la Angelina.

Mientras viajaba rumbo a Martí, recordé a aquellos muchachitos que no hacía mucho había visto junto a la autopista, cerca de Jagüey Grande, capturando clareas en una cañada. Quién duda que esa sea una perfecta manera de disfrutar las vacaciones.

En esas cosas pensaba hasta que llegué a la UBPC El Sordo. Al escuchar las palabras de un trabajador, decidí cambiar el trabajo, aun conociendo que quizás no fuera del agrado del Jefe de Información.

Pero cómo hablar de diversión en el verano, tras conocer que en estos meses cientos de jóvenes permanecen en el campo, aportando su granito de arena y mucho sudor, a la economía de la provincia.

Hay frases que por repetidas una y otra vez, se erigen en verdades inamovibles. Dicen por ahí que la juventud está perdida, pero yo la encontré trabajando bajo el Sol -y muy alegres- en una cooperativa agrícola.

EL CAMPO REJUVENECE

Tomándose un descansito bajo la sombra de una gran nave, tres muchachones jaranean. Se nombran Juan Antonio Díaz, José Luís Pedroso, y Orestes Licea Martínez.

El primero tiene 28 años, y hace cuatro trabaja en la UBPC. Con el cuello de la camisa levantado, a la usanza de la juventud actual, asegura que “aquí hay buenas producciones, se ayuda al obrero, y se gana bien. Soy estibador y pienso que a los jóvenes sí les gusta el campo.

“Antes yo estaba desvinculado, pasaba los días en el portal de mi casa, conversando con los socios. Un día decidí hacer cambios en vida, me llegué hasta aquí y me dieron trabajo. Desde entonces me siento útil”, comenta Juan Antonio, mientras le lanza una mirada a José Luís, para que hable de su experiencia.

José Luís tiene 21 años, trabajaba como albañil en esta unidad productora antes de incorporarse al Servicio Militar. Tras licenciarse no se tomó ni un mes de vacaciones, “extrañaba el trabajo, no toleraba levantarme en las mañanas sin tener algo que hacer.” Aún viste de verde olivo.

Con sus 17 años Orestes Licea parece de más edad. La ropa de trabajo le hace ver mucho mayor. Luce argollas porque asegura que la moda no riñe con el campo.

Al culminar la jornada salen y se divierten. Agradecen a la cooperativa la construcción del Ranchón del batey, donde pueden escuchar música y compartir. Pueden trasnochar alguna noche, pero al otro día, llegarán bien temprano. “El cuerpo se adapta y somos jóvenes”, dicen con una sonrisa cómplice.

“Lo importante es nunca faltar. Salimos bastante bien. Hay quincenas que cobramos 600 pesos, a veces un poquito más, otras menos”. Orestes era albañil, pero ahora se halla inmerso en la cosecha de maíz, estibando sacos.

Escuchando la conversación a muy poca distancia, se encuentra el veterano Antonio Alfonso. Descansa sus 75 años encima de una gran carreta de maíz.

“Aquí todo el mundo trabaja, cada pedazo de tierra está sembrado. Laboramos las horas que sean necesarias, y los jóvenes son el pilar fundamental, ellos se consagran de verdad en el campo, y se les orienta, porque son el futuro.

JUVENTUD DIVINO TESORO

Consciente de la importancia que representa para la unidad, contar con fuerza joven, Isaías Piedra, el administrador, hace hincapié en la debida atención que estos requieren.

“Es lo que más ha ayudado a su permanencia y estabilidad. Incluso muchos que se fueron en algún momento, regresaron. Se debe sobre todo al respeto mutuo. Ellos no vienen a perder tiempo.

“Se sienten estimulados por el nivel de ingresos y las utilidades que repartimos al año. Nosotros estamos al tanto de cuánto acontece en sus vidas, siempre le ayudamos, ya que dedican la mayor parte del día a la UBPC.

Antes, el sector juvenil no rebasaba el cinco o seis por ciento, pero en los últimos tiempos sobrepasa el 30 %, destacándose el incremento de las mujeres jóvenes, lo mismo en campo que en las actividades de dirección.

Bien lo sabe Omara Duquezne, quien arribó con apenas 22 añitos. Ha llovido algo desde entonces, pero para ella quince años en la UPBC no es tanto tiempo. Con sus 37 se siente como una niña.

“Estoy okay todavía”, asegura. Y si las palabras no siempre reflejan el sentir de las personas, el rostro sí. Omara se seca el sudor con su camisa, y a pesar del cansancio de la jornada, tras cosechar varios quintales de viandas bajo un Sol que raja las piedras, no pierde la alegría.

Su sonrisa contagia a sus compañeros, que le jaranean continuamente. Luce brillantes argollas y uñas acrílicas, porque asegura que la mujer debe lucir hermosa aun en el medio de un surco de boniato.

En el instante que redacto este reportaje muchos jóvenes disfrutan de las diversas opciones del verano, ya sea en la playa o el campismo popular; otros, en cambio, permanecen junto a la tierra, para hacer trizas aquella frase que asegura que la juventud está perdida. Que vayan a la UBPC El Sordo, incluso en los meses de verano, allí la encontrará.

Fobia a los delfines

Delfines

De niño fui amigo de Flipper, aquel carismático delfín que cada tarde asomaba a mi televisor ruso su nariz de botella. Poco tiempo después, a muy corta edad quedé maravillado con el filme francés El Gran azul, que narra la vida de un joven submarinista practicante del buceo en acnes.

La banda sonora del filme, la relación del personaje con los delfines y el mar, me hechizaron de tal manera que nunca supe si realmente se trataba de una película vista por mí, o solo era fruto de mi imaginación infantil.

Años después, pude constatar que se trataba de un excelente filme, aunque cierta crítica no fue tan benévola con la cinta como yo. Solo sé que desde entonces me fascinaron los delfines.

Hallé cierto paralelismo entre la historia de Jacques, el protagonista, y mi propia existencia. Ambos nacimos en pequeños pueblos costeros, crecimos sin padre, y nos fascinaba el inmerso mar, este último actor determinante en nuestras vidas.

De los delfines ni hablar. Eran mis animales preferidos. Recuerdo que cuando era un chama, y echaba mi imaginación a volar, o mejor, a navegar, me soñaba millonario, con dinero suficiente para comprar una casa cerca del mar, donde cada mañana me despertarían dos delfines convidándome a jugar.

Pero la realidad y el tiempo siempre aguan la fiesta, y aunque los delfines siguen maravillándome, en los últimos tiempos, cuando los pienso me gana cierto sentimiento de resquemor.

Sobre todo desde que supe que para nadar junto a ellos en el Delfinario de Varadero, debo desembolsar la suma de ¡80 CUC! Una cifra privativa para cualquier cubano de a pie, sin familia en el exterior que le envíe remesas.

Lo triste del caso es descubrir que al paso que van las cosas, ni mis hijos, que aun no tengo, podrán bañarse con un animal tan inteligente y que tanto admiro, o admiraba, porque desde que supe el precio, miro con desgano la fotografía de cualquier delfín.

Hay quienes hablan hasta de delfinoterapia como alternativa muy beneficiosa para combatir el estrés de las personas u otros padecimientos. De pensar nada más en ¡los 80 CUC!, prefiero bañarme en un charco de clarias.

Mi gato duerme en el suelo durante horas, gozo con él cuando ronronea y acaricia mi pie con su cuerpo, me relaja admirar su despreocupación, y nada me cuesta disfrutarlo.

En cambio, ya no me fascina tanto que estos cetáceos presenten un marcado carácter social; que empleen herramientas, o que enseñen a sus crías a utilizarlas, como aconteció en aguas australianas, cuando un grupo de hembras mostraban a sus crías como valerse de esponjas en su hocico, para protegerse durante el forrajeo en busca de alimento.

O que encontremos entre sus rasgos más sorprendentes la asignación de roles entre sus miembros para la caza, y la protección de miembros lastimados del grupo ante amenazas externas como predadores.

Al final, me parece un acto más que depredador, que para poder darme un chapuzón con esos animalitos, deba destinar 80 pesos en moneda dura. Mejor comienzo desde ya a replantearme mi relación con los delfines, solo son perversos animales que te pueden engullir de una sola mordida.

Cuando piense en Flipper, vendrá a mi mente aquella escena donde emerge a ras de agua, mostrando sus feroces y sangrientos dientes………