Monteando puercos en la Ciénaga de Zapata

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La crianza de animales forma parte intrínseca de la cultura del cenaguero. Los suelos pantanosos y poco fértiles influyeron en esa práctica como una manera de agenciarse el sustento. Los cerdos lideran la lista, con la peculiaridad de criarlos en libertad. Las bondades del monte, que les provee de suficiente semillas y raíces, favorecen la reproducción de estos animales. Esta actividad sin dudas destaca entre las más añejas del apartado municipio.

Con los años los pobladores han desarrollado ciertas habilidades en el manejo de la cría suelta. Desde la domesticación de perros, reconocimiento del terreno, hasta conocimientos de medicina veterinaria para atender los diferentes padecimientos de los animales.

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TEMPRANO EN LA MAÑANA…

Todo comienza bien temprano. El sol apenas asoma y ya los criadores ensillan el caballo, le colocan los arreos y el carretón.
Ante el inusitado ajetreo mañanero los perros intuyen que hoy habrá trabajo, demostrando su disposición con fuertes ladridos. Una vez todo dispuesto, suben los canes al coche y parten rumbo a la ciénaga tomando el camino de Los Hondones.

“Es el último día del menguante, hoy los lechoncitos sangrarán menos cuando se capen”, advierte José Rosario Pérez, quien lleva varios años criando. Le acompaña Dulce María García y Jesús Surín Martínez, más conocido por Chuchú. Este último conduce el carretón.
Dulce y Jesús llevan el jolongo a cuestas. En su interior viaja la instrumentación necesaria para la ardua tarea que les espera.

CAMPEÓN Y BEJUCO

Durante el viaje Campeón y Bejuco se muestran ansiosos, como chicuelos afanosos por jugar. Con sus grandes patas en las barandas del vehículo observan el camino fijamente.

Se trata de dos perros de la raza perdiguero criollo. De constitución delgada sobresalen sus largas extremidades y grandes orejas.

“Son los perros idóneos para este tipo de trabajo”, asegura José mientras sostiene a Campeón de la soga, deseoso por salir corriendo monte adentro.

“Su excelente olfato les permite localizar a un animal a kilómetros de distancia”, agrega.

Mientras se avanza, Dulce asegura que esta faena sin perros sería imposible. Los entrenan desde cachorros, pero tal parece que nacen sabiendo lo que tienen que hacer.

Su alimentación consiste en harina, pescado, vísceras, la dieta del can debe contar con abundantes proteínas y carbohidratos para proveerle suficiente energía. Cuando los criadores salen al monte en busca de los puercos, el esfuerzo físico de los perros es considerable. Casi seis horas continuas de carreras y ladridos.

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SIGUIENDO EL RASTRO

Tras varios kilómetros recorridos los criadores llegan a una bifurcación del camino y deciden soltar a los canes. Campeón avanza con el hocico rasante al suelo, olfateando. Se pierde en la espesura del monte y José intenta seguirle.

Por unos instantes el silencio lo abarca todo. Reina cierta tensión en el ambiente. A veces los criadores recorren varios kilómetros y no logran encontrar a los puercos. En otras ocasiones en solo minutos Campeón y Bejuco dan la señal de aviso. Los cerdos recorren largas distancias para alimentarse.

Desde la distancia se escuchan ladridos. Esta vez Campeón tuvo suerte gracias a su olfato. José y Dulce se dirigen hacia el lugar. Acaban de localizar a una lechona recién paría.

LOS PUERCOS

Al llegar encuentran a una lechona con seis crías. Comienza la faena. Primero alimentan a los animales con maíz. De esa forma los cerdos siempre permanecerán cerca. Saben que con los perros también llega el alimento. José toma una soga, hace un lazo y la pone en el suelo, luego le coloca varios granos como trampa.

La puerca se acerca y de un tirón queda enlazada. José la derriba y sostiene. Dulce extrae del jolongo medicamentos para curarla tras el parto. El alumbramiento irritó su sexo y necesita atenciones. En cuestiones de minutos le aplican las pomadas “para que no coja bichos”.

Luego caparán a los machos recién nacidos y le marcarán para que no se confundan con la manada de otros cenagueros. Las marcas pueden variar según los dueños. Lo mismo consisten en realizarles pequeños orificios circulares en la orejas, que en escindirle un extremo de esta.

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Una vez atendida la recién estrenada madre y su prole, continúa la marcha.

Todo eso ocurre casi en el corazón de la ciénaga. Los productores deben atravesar el monte con el agua a las rodillas. Siempre teniendo cuidado por si caen en una tembladera donde el fango de hunde y traga. Pero de tanto recorrer el lugar ya conocen cada palmo.

Se observan varias huellas en el terreno, por las formas de las pisadas José sabe diferenciar de cuál animal se trata, si es el verraco semental, o aquella lechona joven en gestación.

Retornan los ladridos a los lejos. Si no se ataja a Bejuco puede lastimar una cría. Pero si se trata de un macho joven el perro puede resultar atacado.

Incluso una madre recelosa de sus crías puede envestir produciendo serias heridas. Con un verraco el encuentro puede ser nefasto, incluso costarla la vida al perro. Bejuco y Campeón llevan marcas en sus cuerpos de estos encontronazos.

“campeón tiene dos cicatrices, una en un costado, y otra en el pecho. A Bejuco le tasajearon el vientre y quedó con los intestinos afuera”, comenta Dulce con pesar, quien ha aprendido a desempeñarse como excelente veterinaria. En ambas ocasiones suturó a ambos perros y les curó con esmero. Y ella es la encargada de capar a los lechoncitos.

¡BEJUCO! ¡DA LA VUELTA!

Llegan al lugar desde donde proviene la algarabía. Se trata de otra lechona parturienta. “Hizo poca cama”, refiere la avispada mujer, ante el nido construido por la propia cerda para el alumbramiento.

Las crías deben tener dos días de nacidas, y muestran gran nerviosismo ante los recién llegados. Quizás sea la primera vez que ven a un perro y a seres humanos. Resulta beneficioso que desde temprana edad se adapten a los ladridos. Con un cerdo “perre’ao” es más fácil trabajar. También se adaptarán a las voces de las personas, y siempre que les escuchen entenderán que llegó el maíz.

“La lechona tiene buen tetero”, comenta José refiriéndose a la ubre de la madre, indispensable para amamantar a sus hijos. Se repite la faena: enlazan al animal, le curan, y luego capan y marcan a la camada.
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Faltan varias crías. Le dan las voces de mando al perro: “¡Da la vuelta, Bejuco!”, y sale disparado como una saeta. Se asemeja a aquellos galgos italianos de carrera. Avanza con rapidez y belleza sobre las aguas.

Al rato regresa con las crías extraviadas y se las presenta a su amo y amigo.

Siguen el camino atravesando el pantano. Tienes que conocer el lugar porque te puedes perder dada la homogeneidad del terreno. Quien camine por la agreste zona por primera vez no sabrá cómo hallar la localización.

Los mosquitos y los jejenes también hacen su faena asaeteando la piel constantemente. Debes evitar rozar los árboles por la santanica, algo difícil con una vegetación tan tupida.

“Montear tras los puercos es una ardua faena pero tienes que atenderlos y curarlos, de lo contrario no se reproducirán”, comenta Dulce mientras sortea los gruesos troncos que nacen en las aguas.

En un día pueden atender decenas de animales. Los arañazos que les provoca la espesura del monte se les infecta con las mosca del gusano. Por eso siempre llevan en el jolongo un líquido de olor penetrante que repele al insecto.

Después de varios kilómetros ciénaga adentro llegan a tierra firme, una incipiente elevación conocida como Boca de Madruga. Varias palmas adornan el lugar. Por esas rarezas de la naturaleza dos ceibas colosales sirven como puntos cardinales, una señala al norte y la otra al sur.

El sol se encuentra en el cenit marcando el mediodía. Han transcurrido casi cinco horas de ajetreo continúo. Los perros no han dejado de ladrar un segundo. En el claro de monte van apareciendo decenas de puercos. Llegan atraídos por las voces humanas, que ya reconocen, y el maíz.

La mayoría muestra excelente salud. El bosque les provee de la alimentación necesaria. Comen palmiche, hicacos, caracoles, lombrices, frutas. Aseguran que el sabor de su carne es mucho más sabrosa que los criados en cautiverio a base de salcocho y pienso. Cuando se asan el olor puede llegar a kilómetros de distancia y el color de su manteca también difiere.

Los criadores lavan sus botas en una poceta para retirarles el fango, suben a los perros al carretón. Termina así una jornada que se repetirá pasado mañana. Dentro de varias semanas les espera el alumbramiento de seis lechonas, lo que intensificará la labor. Por hoy terminaron. Regresan a casa, y Campeón y Bejuco finalmente callan y se echan en el suelo del carromato. Atrás quedan los puercos, la ciénaga, las santanicas, la vida silvestre en su intensa ebullición.

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Tello o la sabiduría de las plantas

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Tello no oye bien de un oído y es que los años no pasan por gusto. Ante cada pregunta debes alzarle la voz, pero cuando logra escucharte, vierte sobre ti un torrente de historias que te dejan boquiabierto con los innumerables pasajes de su vida. Le oirás los relatos de cocodrilos, pantanos y mambises con la misma tranquilidad que habla de las más de 300 plantas medicinales que conoce, y que le han salvado la vida a más de uno según me contaron.

Si me tocara presentarlo a un auditorio, lo definiría como un viejito yerbero de la Ciénaga de Zapata que le sabe un mundo a las plantas curativas, pero Abelino García Arencibia, conocido por Tello, es mucho más que un yerbero.

Bien pudiera ser un juglar por el número de historias cenagueras que cuenta, que vivió o escuchó de sus mayores. Con jocosidad narra aquella vez que un cocodrilo le comió la gorra a Pela’o, su hermano mayor. Antes los cazadores de cocodrilos colocaban el sombrero en la punta del machete para atraer la atención del animal y así capturarlo una vez cerca del bote.

“Pela’o quiso imitar a mi padre pero el cocodrilo le zampó la gorra de un bocado. Fuimos corriendo para donde estaba papá, porque la gorra era nueva, acabadita de comprar. El viejo sin emitir palabra alguna se dirigió al río, cazó al bicho, lo abrió, y la prenda estaba intacta en su estómago, sin un rasguño apenas”.

También conversa sobre su abuelo mambí, Rafael Arencibia, quien tenía en campamento en la inaccesible ciénaga. Las condiciones agrestes del terreno no impedían que su abuela atravesara el pantano para verle, en tiempo donde apenas había camino y todo estaba infestado de cocodrilos.

Cuando lo veo dialogar con esa fluidez y claridad que asombra, a pesar de sus 91 años y 11 meses vividos, nos viene a la mente aquellos patriarcas que los habitantes de las comarcas antiguas reverenciaban por tanta sapiencia acumulada.

Pero más llama la atención su vitalidad. Camina con la agilidad de un mozalbete, cruza los pies cuando conversa, monta bicicleta, limpia cangrejo, lee el periódico sin espejuelos, toca el tres, alimenta a las jutías en el corral, busca el pan a la bodega, lo cual advierte que estamos en presencia de una salud inquebrantable.
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Pero si por lo antes narrado Tello bien se merece una historia, al conocer de sus conocimientos acerca de las plantas medicinales, con las que hace cocimientos para contrarrestar decenas de padecimientos, entendemos que se trata de un personaje singular con un don natural para curar personas.

Temprano en la mañana había llevado un remedio a base de propóleo y miel de abeja para unos niños del batey que padecían de un malestar estomacal.

Según cuenta, comenzó en eso de la medicina verde desde edades tempranas bajo el influjo de su madre. Ella tomaba una planta, la nombraba, y luego le indicaba para qué remedio era útil.

“Me decía: esta sirve para el dolor de muelas, aquella para el estómago, así fui adquiriendo experiencia junto a mi vieja”.
Con los años fue acrecentando sus conocimientos, hasta dominar casi 300 plantas con propiedades curativas, en su mayoría oriundas de la Ciénaga. Su fama ha rebasado las fronteras imaginarias de Zapata.

“Algunos vecinos me dicen que soy tan médico como los doctores que estudiaron medicina, porque vienen a verme pacientes no solo del municipio, también he atendido a personas de Jagüey Grande, Colón, Aguada de Pasajeros, Cienfuegos”.

“Hace años dejé de apuntar en un libro los casos que atendía. No te asombres si te digo que eran unos cuántos, quizás miles. He curado hepatitis, inflamaciones del hígado, muchas dolencias”.
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Su notoriedad hizo que una estudiante de medicina le consultara para desarrollar su trabajo de diploma. Conserva varias fotografías que algunos pacientes le obsequiaron en agradecimiento, con una sentida dedicatoria al dorso.

Cualquiera pudiera creer que sus éxitos a la hora de curar guarda relación con lo divino, o algún conjuro mágico, pero Tello enseguida me ataja y deshace cualquier asociación con el más allá.

“Ni misticismo, ni divinidad. Solo creo en la experiencia que se adquiere con los años, y en el conocimiento de las plantas; tampoco evoco a espíritu alguno, no existen, todo se debe a la naturaleza. Ella es la fuente de todas las cosas”, y mientras emite sus palabras con energía para que le escuchen bien, cruza sus piernas y se recuesta en el taburete. Luego sonríe.

Me muestra el recorte de un viejo periódico donde aparecen reflejadas las bondades de la guanábana, ya que él colecciona todo lo que se publica concerniente a la medicina verde.

Aplica los remedios en cocimiento, y muchas veces los resultados son favorables, siempre y cuando el enfermo siga al pie de la letra sus indicaciones.

“Recuerdo un muchacho de Agramonte. Padecía hepatitis y su madre venía con frecuencia pero él no se curaba. Pasaron los días, las semanas, y el cuadro era similar, sin mejoría. Le pregunté a la mamá:

-¿Hace todo lo que yo le digo?- ella me respondió que sí. Luego le pregunté la edad del joven.

-Tiene 19 años y está casado. Su esposa es un año menor- me respondió.

“Le orienté a la madre que primeramente la joven pareja tenía que dejar de verse por un tiempo, no podían tener contacto sexual alguno. Al mes vino la señora con el rostro lleno de felicidad. El muchacho se había curado. Que queme gasolina ahora, le dije yo”, y emerge una vez más su sonrisa espontánea.

Le pregunto, para aguijonearlo, si conoce algún remedio para el amor, y sin titubear, ágil y jocoso, responde: “hay una planta que se llama garañón, es una raíz del monte. La extraes de la tierra, la trozas y la colocas en una botella de ron blanco. La conservas así 10 días. Luego te das par de tragos. Te pone hecho un trinquete, y sirve lo mismo para hombres que para mujeres”, y vuelve a sonreír, esta vez con tierna malicia, como niño pícaro, y menciona remedios con la Doradilla, las Tres Marías, Aguedita, cientos de plantas con las que ha curado a sus hijos, al batey, y un poco más allá, porque Tello es como un libro viviente donde acuden las personas para beber de su sabiduría, y del poder curativo de la naturaleza.

Oda al parabán universitario

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Hablando con un viejo amigo de la UCLV recordé nuestros días universitarios y sentí nostalgia de aquellos tiempos, sobre todo por la vida fuera de las aulas. Rememoré el día a día en las becas estudiantiles, las colas para el baño, el reguero en el cuarto de los varones, la cocción de alimentos, esta última, práctica prohibida por las autoridades docentes pero que nadie acataba, provocando un apagón general a la hora pico, porque quien no reelaboraba la comida desabría del comedor calentaba agua para el baño, y no había breque que resistiera.

Sin embargo, lo que más extraño de la Universidad es el parabán, ese pedazo de tela devenida cómplice silenciosa de las miles de historias que pueden ocurrir bajo una litera durante cinco años.
El primer día que desembarqué en la universidad me tocó el peor lugar del cuarto. Había llegado de último y me ubicaron en un rincón a pocos centímetros de la entrada del baño. Por suerte tenía puerta. Y esa era mi batalla diaria: “cierra la puerta c…..” Pero bueno, esa es otra historia.

Para más desgracia mi litera estaba ubicada bajo un foco incandescente, de esos que se usaban en el Período Especial para criar pollitos y que por suerte la Revolución Energética eliminó. Esa resplandeciente circunstancia me impedía conciliar el sueño ya que siempre me molestó la claridad para dormir. Nada más instalarme se me ocurrió sacar una sábana y ponerla de cortina. Nacía así mi primer parabán.

Al principio mi decisión respondía solo a combatir la luz, pero después descubrí que había construido un espacio muy íntimo, donde podía refugiarme cuando quisiera estar solo, algo muy difícil en un cuarto pequeño con más de 10 de personas.

Una vez que llegaba a la residencia estudiantil descorría la sábana y lograba apartarme del mundo, leer, e incluso llegué a sentir la misma sensación de paz y reposo que experimentaba cuando arribaba a mi propia habitación allá en mi casa matancera. Recuerdo que para mitigar la morriña por mi distante ciudad coloqué algunas fotos de sus ríos, puentes y bahía. (Ahora no recuerdo si coloqué alguna foto de mujer).

Por esas cosas extrañas del destino, mientras inaugurábamos un nuevo edificio, o uno viejo pero reparado, estrené un nuevo parabán. Y que me perdonen los chilenos, pero en una marcha estudiantil una joven de aquel país me pidió que sostuviera un rato su bandera y la olvidó. Bueno, sé que me buscaré un que otro enemigo de la tierra de Salvador allende y Violeta Parra, pero como la chilena nunca más apareció para reclamar su enseña nacional se convirtió en mi nuevo cómplice silencioso.

Protegido por la bandera de Chile amé a una que otra mujer, pasé varias resacas, y quién sabe cuántas cosas más. Cuando el sol asomaba por la ventana, los rayos atravesaban el estandarte y los colores azul y rojo se reflejaban en la pared con una tonalidad suave. Asemejaba una especie de arcoiris. Si me pongo medio cursi pudiera decir que gracias a mi parabán tenía mi propio arcoíris, y hasta un reloj solar.

Cuando el color rojo reflejado en la pared rozaba el cordelito donde colgaba los calzoncillos, era hora de levantarme e ir a clases. Tenía todo calculado.

Eso sí, nada me molestaba más que levantarán el parabán sin previo aviso, era como si profanarán mi privacidad, no mi tumba, aunque una que otra vez caí muerto después de una buena fiesta, de esas que se daban en la universidad y que extrañarás toda la vida.

Cuando me gradué llevé muchas cosas conmigo, otras se quedaron. La amistad y la gente que conocí, aunque lejos siempre me acompañan.

Ahora recuerdo que al marcharme, con una mezcla de tristeza y alegría, varios socios me pidieron la bandera de recuerdo y no pude dejarla. No quise. A veces me encariño demasiado con ciertas cosas materiales que para cualquier otro no tendría valor alguno.

Mi parabán se fue conmigo y aun lo conservo en una gaveta de mi escaparate. En ocasiones cuando mi madre comienza a organizar la casa me pregunta por qué aun conservo esa bandera, y sé que no entiende mi sonrisa entre maliciosa y nostálgica, y mucho menos mi frase de: “si esa bandera hablara”. Y allí permanece muda, mi parabán, como testigo fiel, discreta y veladora de mis sueños.

Atravesar 90 millas en Lada (o explosión en la bahía)

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No fue exactamente en mi bahía. El suceso ocurrió a casi 4 kilómetros mar afuera y a un ser humano le costó la vida. Un grupo de cubanos, 18 decían en un inicio, (después supe que eran 13), intentaba llegar a los Estados Unidos mediante una salida ilegal. La lancha explotó al poco tiempo de zarpar. Alguien que conozco iba a bordo, y tras bracear una larga distancia logró llegar a la costa a pesar de las quemaduras en su cuerpo. Poco a poco el resto también arribó a la orilla, menos uno, que no sabía nadar y lo sacaron del agua ya sin vida.

Los cubanos son los únicos emigrantes privilegiados con una Ley que les otorga varias prerrogativas si logran pisar el suelo norteamericano, condición negada a casi 3 millones de personas de otras naciones que cada año también ansían agarrar con sus manos un pedacito del sueño americano, aunque tengan que sufrir una pesadilla para llegar, siempre víctimas de la ensoñación que les produce los millones destinados por la gran industria del entretenimiento que les disfraza la verdadera esencia de aquel país.

En busca de ese sueño en mi ciudad se han incrementado en los últimos meses las salidas ilegales. A diferencias de otros tiempos, ya no pagan la suma de 10 mil dólares por una “cigarreta” o lancha rápida proveniente de la Florida. Ahora la construyen ellos mismos para aventurarse en una travesía de por sí peligrosa.

Analistas y gente de mi barrio aseguran que el incremento de las salidas ilegales se debe a una posible eliminación de la Ley de Ajuste Cubano tras el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Debido a esa nueva fiebre por emigrar, solo en la última semana en la urbe matancera han ocurrido tres intentos fallidos, de ellos uno con trágico final.

¿Las causas? La construcción de embarcaciones rústicas con la adaptación de un motor marca Lada de fabricación soviética, entre otros factores.

¿Desesperación o ignorancia?

Debido en gran medida a la geografía matancera, una gran bahía surcada por varios ríos, la pesca en al alta mar figura entre los oficios más antiguos de la urbe, práctica centenaria incluso antes de la llegada de los españoles.

Basta consultar los poemas del bardo José Jacinto Milanés para descubrir en ellos varias referencias a esta actividad. El oficio de pescador o marinero lleva aparejado un conocimiento profundo del mar y sus estados de ánimo. Así como las condiciones idóneas que debe presentar una embarcación para atravesar de manera segura las aguas
de la costa Norte de la isla, en particular el Estrecho de la Florida.

Para muchos pescadores que conozco la empresa de recorrer las 90 millas que separan a Cuba de la cayería norte de la Florida representa una locura, por los fuertes vientos que baten en el Golfo de México, capaces de voltear cualquier embarcación rústica.

A ello se le une la sapiencia del arte de navegar que los marineros heredaron de generación en generación, necesaria para dominar las corrientes marinas o los sorpresivos cambios de tiempos en alta mar, algo que solo se adquiere con los años.

“Algunos se creen- me dijo un veterano pescador- que con una brújula, un GPS y suficiente agua llegarán a tierra firme, y no es tan fácil. ¿Cómo enfrentar una tormenta cuando se avecina?”.

“El que no posee maestría le huirá a la tormenta y a la marejada, y es peor porque siempre te alcanzará”, asegura el pescador y agrega “lo más sensato es atravesarla y contar con un potente motor, porque si le huyes te quedas sin combustible y al final la lluvia, el viento y las grandes olas te atraparán destrozando el bote”.

Muchos aseguran que los recientes accidentes ocurridos en los últimos días son fruto de la desesperación por emigrar, pero en mayor medida son provocados por la ignorancia.

Según escuché, la tres embarcaciones averiadas contaban con un motor de fabricación soviética marca Lada. Quienes saben de mar y de pesca aseguran que para este tipo de lancha confeccionada con madera, lo más sensato sería instalar un motor diésel o de petróleo, menos inflamable que la gasolina.

Sin embargo, el motor de gasolina, preferentemente de Lada, es mucho más barato y se pueden conseguir hasta en 150 dólares, o 4 mil pesos en moneda nacional.

En los siniestros también incide la escasa pericia de los improvisados marineros, que ignoran principios inviolables de todo navegante como colocar el tanque de combustible distante del motor, proteger los envases de combustible con trapos húmedos, así como reforzar las mangueras de la maquinaria para evitar algún derrame del líquido inflamable.

Varias personas atestiguan que en la crisis migratoria de 1994 muchos accidentes se produjeron por explosiones en alta mar producto de estas negligencias, causadas por el desconocimiento.

Historias abundan que relatan como las personas que se lanzaban al mar colocaban el recipiente, casi siempre de plástico, encima de la máquina y al calentarse esta estallaba por los aires provocando innumerables víctimas por quemaduras o ahogamiento.

¡Explosión en alta mar!

Explosión semejante ocurrió hace varias semanas a cuatro millas de la costa matancera. Trece individuos se aventuraban en una embarcación construida para la ocasión. Cometieron el mismo error antes señalado: motor de gasolina.

Tras recorrer pocos kilómetros el motor y la propela comenzaron a fallar dificultando la marcha. Tal contingencia se agravó cuando una chispa del carburador rozó un tanque con más de 200 litros de gasolina almacenada. No demoró mucho para que todo volara por los aires.

Un buque Guardafronteras de la Marina de Guerra de Cuba ubicado a cierta distancia del hecho presenció el estallido e informó al cuerpo de bomberos y a las ambulancias, quienes en breve tiempo se presentaron cerca del lugar. Lo cierto es que de los 13 tripulantes, 12 llegaron a la costa, y uno murió ahogado.

La mayoría presentan quemaduras, y ahora juran y perjuran que nunca más lo intentarán; que aunque le denieguen una y mil veces la Visa en la SINA, hoy con categoría de Embajada, insistirán una y otra vez, “pero aventurarse en el mar es algo muy serio que puede costar la vida”.

Sin embargo, mientras escribo estas líneas extraen del Viaducto matancero una lancha que tras navegar apenas 20 metros comenzó a hacer aguas. Un moderno camión de bomberos eleva el armatroste ante la mirada de cientos de paseantes que se detuvieron para admirar el espectáculo.

“Unos chamas que compraron un motor de Lada e inventaron una lancha pero no llegaron ni a traspasar el puente; se hundieron nada más zarpar, para después correr despavoridas para su casa dejando todo a orillas del viaducto. ¡Esta vez se salvaron!”.

Historias desde mi orilla. Parte I: Un nombre de mujer al costado

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A veces me da por esquivar las vías habituales de la ciudad y tomo ciertos atajos intransitados. La otra orilla del río San Juan es de esos lugares solitarios a donde acudo de vez en vez, para huir un poco de la bulliciosa urbe.

Mientras avanzo por el terraplén polvoriento me detengo a observar las casuchas de madera y zinc donde los pescadores guardan sus avíos de pesca.

En las mañanas siempre se verán a estos hombres de piel curtida atareados en las reparaciones de sus botes, o simplemente conversando sobre algún gran pez, la arribazón del pargo sanjuanero cuando llegue la luna llena, o de aquel mal tiempo que les sorprendió en alta mar una noche cualquiera.

En mi andar, escudriño a través de las cercas y las rudimentarias casuchas y descubro que la mayoría de las embarcaciones tienen nombre de mujer. Entonces me da por creer que si bien cualquiera puede creer que el rudo arte de la pesca es cosa de hombres, las mujeres siempre estarán presente en su difícil faena marinera.

A una mujer acuden cuando el cielo se nubla presagiando una tormenta: entonces evocarán a la Virgen de Regla, patrona de las aguas para que interceda por ellos y traiga la calma. También con un nombre femenino siempre bautizarán sus rústicos botes. Lo mismo puede ser el de la madre, la hija, o la esposa, que como antiguo mascarón de proa descansa a un costado de la embarcación. Cuando surcan las calmosas aguas del San Juan en busca de la bahía se pueden leer los nombres de “Eloísa”, “Mercedes”, “Caridad”, “Yusneidys”.

Luego al alejarse, dejarán tras de sí una estela de agua y ese ¡poof!, poof! ¡poof! tan característico que emite el viejo motor soviético.

Durante dos o tres días permanecerán en el mar abierto, o cerca de la cayería norte procurando una buena captura, aunque según he escuchado cada vez hay menos peces. Solo en junio y octubre, cuando llega la arribazón del pargo mejorará un poco la economía de estos humildes hombres.

Mas ellos saben que nunca serán ricos, solo pescan por esa extraña pasión que el mar provoca, pasión que se hereda de generación en generación.

Quien decida caminar por las márgenes menos visitadas de mi comarca, allí a orillas del San Juan, descubrirá miles de historias ocultas en la piel magullada de los marineros por tanto salitre y sol. Y así por lo siglos de los siglos, mientras el río dirija sus aguas en su tránsito eterno hacia el mar, el nombre de una mujer emergerá en un costado de los botes, como auspicio de la bonanza que siempre espera el pescador, aunque como toda relación amorosa en ocasiones la ansiada bonanza se torne esquiva.