Amor dulce y enraizado

Noelia
Entre hierros y ruido transcurren los días de la veterana Noelia Baró Baró. Desde niña se sintió fascinada por esa mole de metal que se erigía a pocos metros de su casa en el batey René Fraga. Antes de nacer, como aquel cuento de Monterroso, ya el central estaba allí. A él ligó su vida hace ya varias décadas, y como esos amores intensos, a pesar del mal tiempo permanecen inamovibles.

Del ingenio colombino Noelia conoce cada palmo y más de un secreto. Rememora que desde siempre, cada inicio de zafra iba precedido de una gran fiesta en torno al centenario Jagüey que corona el centro del poblado. Ella se declara tenaz defensora de las tradiciones heredadas de sus ancestros.

A esta sexagenaria mujer curtida por el rudo trabajo, y risueña como niña, se le encontrará en las entrañas del central, donde laten sus pulsaciones, para muchos el corazón de la industria.

Con una espátula retira la cachaza que se impregna en el filtro. “Si no la retiras y cae en la revoltura del clarificador disminuye el PH y el azúcar pierde calidad”, comenta mientras acomete la faena.

Las difíciles condiciones de su puesto de trabajo no amilanan a esta obrera. Ni el vapor o el bagacillo le nublan la mirada risueña. Eso sí, las constantes vibraciones que produce el motor le provocan la extraña sensación de que el mundo vibra a su paso. “Muchas veces de regresi a casa siento como si bailara regguetón durante el trayecto”, confiesa con una sonora carcajada.

Sobre el positivo desempeño del René Fraga afirma que las cosas cambiaron para bien.

“Ha sido una zafra bastante buena. Mira, yo llevo aquí muchos años. En algunas zafras operé los dos equipos, el filtro y el clarificador, y no ganaba ni 500 pesos en una quincena, ¡imagínate! En cambio, ahora he ganado el doble haciendo un solo trabajo”.

Y mientras Noelia habla, comunica muchos más a través del brillo de sus ojos, como sucede con esas personas que atrapan la felicidad añorada, y que luchan sin descanso porque ese dulce sentimiento se enraíce definitivamente.

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En el Valle del Yumurí (+ Fotos)

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Al oeste de la ciudad de Matanzas se halla una de las maravillas paisajísticas cubanas más renombradas: El Valle del Yumurí. Su belleza sedujo a bardos de la talla de José María Heredia y José Jacinto Milanés, quienes inmortalizaron en sus poemas la belleza sin igual de esos parajes.

Justo allí, crece el Melocactus Matanzanus, rareza botánica símbolo de la ciudad, y endémica de un área bastante reducida del valle.
Quienes visitan el lugar quedan extasiados ante la quietud reinante. Cuando la vista se posa en el horizonte se revelan las ondulaciones de las incipientes lomas que quisieron ser montañas.

La frondosidad de los árboles frutales indica la fertilidad de los suelos, bendecidos por las aguas de pequeños ríos que surcan el valle como afluentes del Yumurí.

El canto de las aves resulta un acontecimiento único, una especie de concierto interminable donde todas quieren emitir su trino.
En ese jardín de espesura la Palma Real se sabe reina y señora que lo corona todo con sus penachos.
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Un “Chinchalito” con corazón de gigante

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Los trabajadores del Central René Fraga están conscientes de su hazaña, los pobladores del batey también; incluso al robusto y centenario Jagüey que se erige en el centro del poblado se le nota más vivo, con un verde más intenso.

Quién duda que de tanto cobijar a los hombres y mujeres en zafra no conozca del buen ánimo cuando las cosas marchan bien. Cuentan que en el pasado, ante cada inicio de campaña los obreros se reunían alrededor de su vigoroso tronco para convocar a la buena suerte, y no faltaba quién también evocara a Oggún, el Orisha de los hierros.

Hasta el polvo que se asienta en la carretera, y que se vuelve nube que todo lo cubre tras el paso veloz de una rastra cargada de caña, irrita menos.

Durante varios años ese polvo anunciaba la llegada a una industria en desgracia. Un colectivo lastimado por decisiones erróneas, incomprensiones, y que empezó a padecer de ese mal atroz como es la falta de sentido de pertenencia, ensombreciendo el desempeño de la fábrica. Pero de la noche al día se hizo la sonrisa en el central.

De cuestionados por sus pésimos rendimientos, pasaron a referentes nacionales en la presente campaña azucarera. Desde que echaron a andar sus molinos se convirtieron en el orgullo de los matanceros, y con varias jornadas de antelación arribaron a su plan técnico económico.

Ni el cansancio logra mellar el espíritu cuando ya sobrepasan el centenar de días de molienda. Los obreros solo hablan, piensan y luchan por las 10 mil toneladas prometidas.

Y uno se interroga ante el ímpetu reinante: ¿de qué material están hechos estos hombres y mujeres? En ellos va una mezcla de hierro y melaza, de sudor y sacrificio, individuos con reservas inagotables de voluntades que ni la lluvia apaga.

Nada más traspasar el umbral del central emergen seres con el rostro cubierto de bagacillo, soportando las altas temperaturas que se incrementan con el vapor de las calderas, pero complacidos, porque del René Fraga y de su gente se habla con admiración. Y habrá hasta quién se le escape la frase cariñosa de: a ese “chinchalito” hay respetarlo por su corazón de gigante.

Dispénseme los encumbrados…

Cumbre
En estos días de tanto calor en la ciudad las altas temperaturas también se desplazaron a las redes sociales. Una oleada de barullos, dimes y diretes se propagó de tal manera para reafirmar mis palabras iniciales sobre lo acontecido en la Cumbre de Panamá.

Pero si en un primer momento no me agradaron las noticas que me llegaron desde el istmo panameño, noticias -léase bien- a las cuales accedí a través de nuestros medios nacionales, menos acepto todo el aspaviento que surgió después.

He releído muchos de los trabajos publicados y a estas alturas ya no sé qué pensar. No logro entender a quiénes se refieren en su arremetida los airados asistentes a esa cita: ¿a los mercenarios? ¿a la prensa burguesa? ¿Nos metieron en el mismo saco a los cubanos de la Isla que osamos criticar la actitud de algunos de nuestros compatriotas que nos representaron en la Cumbre?

Contra quiénes lanzan esos adjetivos de “confundidos”. He tratado de mantenerme al margen, a mí tampoco me gusta liarme con el “ciberchancleteo” como le llaman algunos a ese barahúnda digital que a veces se forma por el más inocente comentario; pero ahora veo que la más sencilla opinión puede granjearte todo el odio de los Dioses.

Y tan buenos como somos para eludir la esencia misma de las cosas, somos maestros en aquello de irnos por las ramas. Tal parece que emplean las tácticas de la derecha internacional que tanto critican: ante la propia metedura de pata desviemos la atención y sacrifiquemos a un chivo expiatorio. Lo mismo da que sea Rasverg, Cuco, que Pepe, incluso, hasta el mismo Silvio Rodríguez si se pone a comer mucha catibía coge su ramalazo.

Lo que más gracia me da es que de los tantos foros espontáneos que surgieron en las redes sociales, al menos en los que yo participé, nadie sugirió sentarse a negociar, conversar, o compartir un pirulí con los mercenarios. Esa idea surgió en la mente y los post de los defensores acérrimos de los asistentes a la Cumbre.

Graciosamente- me sigue dando gracia- varios de los que más fuerte empuñaron la fusta en las redes sociales integraron la comitiva que viajó a Panamá. Quizás sea esa la razón de tanto malestar. Se sienten cuestionados, y emprenden su rabieta no solo contra los mercenarios, también con los que osamos lanzar una observación inofensiva contra la cara adusta de algunos de nuestros colegas allá .

En esas cosas pienso desde hace días. Al final se logró desviar la atención de los sucesos buscando a otros culpables y tergiversando la realidad. Hoy leo acusaciones alegando que los cuestionadores pecaron de superficiales al no contar con toda la información. Ese argumento lo escuché y sufrí una vez tras un suceso en un estadio de pelota. El viejo cuento de siempre: para muchos sigue siendo preferible el silencio.

No le demos más vueltas al asunto, hubo desinformación de los dos lados. Los de allá por manipular, los de aquí por mostrar a retazos lo que sucedía.

Y ahora quiero referirme a un último punto. ¿El tan llevado y traído término de lenguaje de blogosfera contra quién se aplica? Porque veo que si de defender se trata, aunque sea con ceguera, puedes encabezar tu trabajo con una palabra vulgar y serás aplaudido.

“Un cañaveral bajo el sol en Cuba”

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Cuba sin duda alguna puede ser catalogada como la isla de los innumerables paisajes. Rodeada de mar, bendecida por montañas y llanuras, dotada de un verde con miles de matices, y custodiada por ese señor beligerante que responde al nombre del Sol, sus dotes naturales centellea a la vista seduciendo a los mortales.

Entre esos paisajes que rutilan en la pupila destacan los cañaverales. No por gusto en una famosa canción del Grupo Calle 13 se describe a la Isla en un solo verso: “Un cañaveral bajo el Sol en Cuba”.

Un campo de caña recién cosechado se asemeja a una sabana cubierta por una gran alfombra de color ocre. Tras el paso de las cosechadoras las garzas se dan un festín, por eso se les ve en bandadas siguiéndoles el rastro a los grandes equipos, alimentándose de sapos e insectos que quedan al descubierto.

Pero aunque la gramínea es retirada del campo siempre quedará su espíritu: ese olor a guarapo que inundará la tierra durante días.
Para muchos el Astro Rey es un castigador inclemente que alancea a los hombres desde el cielo, pero para los obreros en zafra representa una bendición, más aun a las puertas de la primavera. Cuando el Sol chamusca a los cuerpos, endurece la tierra y los equipos pueden trabajar mejor.

Por eso nos encontramos al operador de combinadas Yoskiel Abreu Leiva tomando un breve descanso en un campo desprovisto de sombra. Sus primeras palabras no se refirieron al fuerte calor, sino al deseo de que la lluvia no irrumpiera humedeciendo las ganas de cumplir la presente zafra.

El joven Yoskiel lleva casi la mitad de su vida trepado en una cosechadora. Con bastante frecuencia su nombre integra la lista de los operadores millonarios de la provincia.

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“Disfruto estar encima de una combinada, para algunos pudiera ser un trabajo monótono, para a mí me encanta atravesar un cañaveral derribando las plantas”, comenta mientras dos grandes gotas de sudor le recorren la frente.

Asegura que en su casa todos están en función de su desempeño. Incluso cuando llega al hogar el hijo de cinco años le saluda con una pregunta: “¿Papi, cuántas arrobas derribaste hoy?”.
Sus resultados responden a la constancia y al mantenimiento diario de los equipos.

Yoskiel Abreu, tributa la materia prima al central Jesús Rabí, y comparte la faena diaria con un pelotón de retaguardia que siempre está atento a cualquier avería, y en tiempo récord solucionan la situación.

Desde hace 7 años conduce una potente máquina CASE que ha transformado la vida de estos hombres. Con cabina climatizada incorporó a la zafra la palabra confort. Y de los rendimientos ni hablar.

Baste solo decir que una de las cinco modernas combinadas CASE del Rabí, cortan en tres meses los que otros operadores de la provincia consiguen en tres campañas azucareras.

Conocido como Proyecto Vitrina el potente equipamiento cuenta además con siete rastras SCANIA, que en menos de dos de cosechadas descargan la gramínea en el basculador del Rabí.

Distribuidos en cuatro pelotones, los operadores del ingenio calimentense han derribado hasta la fecha 291 mil 860 toneladas de caña. Distribuidos en jornadas de 12 horas, los equipos se mantienen en el campo las 24 horas de un día, durante más de cinco meses. Vale destacar que el salario medio de los obreros supera los 4 mil pesos mensuales.

Pero no se trata solo de dinero, que bien falta hace. La motivación de estos hombres va muchos más allá del salario, es un sentimiento colectivo que invade todos los rostros en el cañaveral: el cumplimiento del plan.

Por ello Yoskiel Abreu nos despide con un estrechón de manos y se dirige hasta su máquina, enciende el motor, y se adentra en el campo sembrado, donde poco después solo quedará una gran alfombra de paja, el olor a guarapo, y las ganas de unos hombres de cumplir la zafra.

Nunca imaginé que su saludo era un adiós

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Aun no creo que haya muerto. No así de esa forma intempestiva, cuando apenas unas horas atrás lo había visto tan sereno. ¿Cuán inmerso podemos estar en nuestros propios asuntos que no logramos desentrañar el sufrimiento de los demás? Al menos yo nunca logré entrever el suyo. Lo más triste del caso reside en que nunca supe cómo se llamaba para al menos nombrar su recuerdo. Y es que nunca hablamos.

Cada día acudía a su casa bien tempranito en busca de cigarros. Vivía al doblar de la Casa de la Prensa. Desde el primer momento me llamó la atención con el rigor que despechaba los cigarros. Los tenía distribuidos según las cantidades más frecuentes que los fumadores lo compran por menudeo.

Si pedías tres pesos, al instante te entregaba esa cantidad bien dispuesta en una cajetilla. Si solicitabas cuatro pesos, igual. Al parecer, se tomaba el trabajo de colocarlos en diferentes porciones. No como otros, que manipulan la cajetilla en el instante que la pides. Ese procedimiento daba una idea de la seriedad con que ese viejito asumía su negocio. Quizás para algunos resulte algo fútil y sin importancia, pero a mí siempre me llamó la atención tal precisión, que incluso arrojaban rasgos de su personalidad.

Con el tiempo y mi vicio mortal, que juro dejaré más temprano que tarde, surgió entre nosotros cierta amistad y simpatía. Cada mañana al llegar a mi trabajo me dirigía a su casa para comprar algunos cigarritos, y tras mis buenos días hacía un gesto con las manos respondiendo a mi saludo, seguido de una leve sonrisa que siempre aprecié sincera.

No demoré mucho en comprender que nunca respondería con su propia voz a mis saludos. Tenía el cuello cubierto con un trozo de tela producto de alguna enfermedad de la garganta, quizás cáncer.
Pero más allá de su padecimiento siempre le vi ágil y solícito ante los innumerables clientes que llegaban a su puerta. Ese señor me enseñó que la educación y la amabilidad no necesitan de palabras mágicas. Más allá de lo pernicioso y dañino que representa fumar, me llenaba de vida cuando llegaba hasta su casa, donde siempre me esperaba el trato respetuoso y comedido.

Ya nunca más disfrutaré de sus gentiles maneras. Ayer, aquejado de sus dolencias, de una recaída dicen los vecinos, decidió poner fin a su vida lanzándose de un puente de mi ciudad adentrándose en el río. Murió ahogado.

Aunque ya han pasado dos días del triste suceso todavía me cuesta darle crédito a la noticia. Justo dos días atrás me saludó con ese gesto tan familiar, y nunca imaginé que sería la última vez que lo vería. Pienso que al menos debería haberme avisado. Porque me puso triste, y ahora estoy llorando, y no sé ni su nombre. Al menos más nunca pasaré por su casa para imaginar que sigue allí como todas las mañanas, atento y respetuoso, esperando mis buenos días.

Hazañas sin nombre propio

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Hace poco, tras visitar el Central Jesús Rabí, publiqué varias fotos en una de las redes sociales más importante de internet. Las hice acompañar de un texto sencillo donde aseguraba que “cuando quieras conocer gente noble y buena llégate a un central azucarero o a un campo de caña, allí los encontrarás embadurnados de grasa o bañados de sudor, pero siempre con una sonrisa sincera”.

También divulgué otras donde manifestaba mi admiración, ya que “yo siempre me quito el sombrero gustoso ante los hombres y mujeres que producen azúcar en mi provincia, por eso cuando llego a un central voy como chama curioso, loco por escucharles contar de sus hazañas, ¡y qué trabajo pa’ que hablen!”.

Las imágenes mostraban a obreros inmersos en su faena, lo mismo en un taller reparando el coplin de un molino, volteando los modernos camiones Scanias mediante un moderno equipo, cosiendo los sacos de azúcar que viajaban por una elevada estera hasta caer en la espalda de un robusto estibador.

Hay que visitar un central para entender la grandeza de esos obreros, quienes desde el anonimato se enfrentan a una batalla que durará un centenar de días, y que muchas veces los resultados no dependen solo de su indiscutible entrega.

El Central Jesús Rabí es de esos ingenios a los que da gusto volver una y otra vez. Allí sentido de pertenencia no es una frase vacía. Basta con observar los rostros de los azucareros para entender la marcha de la zafra. Cuando los resultados no son satisfactorios advertirás una tropa ceñuda, parca de palabras, atenta a cada dígito que se registra en la pizarra donde aparecen los indicadores de eficiencia y cada gramo de azúcar obtenido.

Si algún chaparrón primaveral obliga a detener los molinos, puede que hasta presencies un manotazo contra una baranda de hierro, algún movimiento negativo de cabeza, y hasta se puede escapar una palabrita iracunda, mas nunca percibirás la derrota. Esa palabra está desterrada del imaginario azucarero.

Por ese motivo se les ve cada jornada con más ganas de moler, de recuperar el tiempo perdido, de arrebatarle más toneladas a los días, hasta conseguir la meta ambicionada.

Y es entonces cuando descubres un gran almacén con más de 3 mil toneladas de azúcar, una colosal montaña de miles y miles de sacos. Y en la cúspide, a varios metros del suelo, un estibador como hermosa alegoría que corona el esfuerzo de una gran hazaña sin nombre propio y con el esfuerzo de muchos.