De los administradores, la gastronomía, y otros demonios

Las tres jóvenes con gorras, sentadas junto a una mesa, que parecen en el borde izquierdo de la foto, son dependientes de este establecimiento
Las tres jóvenes con gorras, sentadas junto a una mesa, que parecen en el borde izquierdo de la foto, son dependientes de este establecimiento

Cuando niño me fascinaba recolectar libros, no los leía, pero disfrutaba observarlos en mi cuarto. Mi afición era tal que en cierta ocasión no dudé en recoger de la basura varios ejemplares que alguien dejó a su suerte.

Entre esos libros había uno en particular que me llamó mucho la atención. Se trataba de una selección de materiales periodísticos que salieron publicados en el diario Hoy a principios de la Revolución, donde se daba respuesta a las diferentes inquietudes de la población sobre los continuos cambios que se sucedían en los años sesenta.

En él aparecía in artículo sobre la función de los administradores en la naciente sociedad socialista. El tiempo pasó, y justo cuando comencé a leer con avidez se encarecieron los libros; y por otra parte, no sé qué sucedió con ciertos administradores de establecimientos estatales, pero no creo que cumplan a cabalidad su función de controlar, dirigir, organizar….

Un simple sondeo a flor de urbe constatará la creciente insatisfacción de los matanceros hacia los establecimientos gastronómicos estatales. Creo que pocos saldrían bien parados.

Yo introduciría en el saco de los ineficientes a muchos de los restaurantes de la gastronomía especializada; las cafeterías de segunda y tercera categoría. Quizás alguien alegará que cumplen su plan técnico económico, aunque ni esa realidad les salvaría.

Retomemos como ejemplo el Coopelia de la ciudad, lugar muy concurrido en este verano. Hace pocos días, asistí al recinto para mitigar un poco el calor. A pesar de la extensa cola, avanzó con cierta agilidad, lo cual asombra. Pero ese detalle halagüeño se deshizo al constatar el desbarajuste que reina allí.

No hablaré de ese mal extendido de que el cliente siempre debe pedir agua; o de los dependientes que salen una y otra vez del recinto lo mismo a comprar una pizza que a cualquier otra gestión; me referiré simple y llanamente al fenómeno “pozuelos”.

La administración debe pensar en alguna alternativa para las personas que solo desean helado para llevar. Recuerdo que de niño en uno de los costados del edificio vendían tinas. Pero lo que sucede hoy afea y entorpece el servicio, y brinda espacio al trapicheo. Y yo me pregunto: ¿lo que observé ese día no lo ve la administración?

Es tan pésima la atención que incluso los dependientes pueden llegar a discutir entre ellos delante de los clientes. El motivo es el siguiente: uno deja avanzar la cola y el otro quiere una mesa para hacer pasar a sus conocidos por atrás. Reitero sin pecar de machacoso: ¿y la administración?

Siempre me ha acompañado una interrogante: ¿cómo se convierte alguien en administrador? ¿Por mérito o por la urgencia de cubrir una plaza? Seguramente algún entendido en la materia expresará que existen las listas de reservas de cuadro y cursos de superación. Cómo entender entonces que en varios de mis amigos que han asistido en los últimos días a restaurantes en moneda nacional prevalecen quejas e insatisfacciones. Al parecer los administradores olvidaron el ABC de cualquier empresa que brinde servicios: la satisfacción del cliente.

Si la labor de un administrador consiste en planificar, organizar, dirigir, controlar, y velar por el buen estado de su organización, por el correcto desempeño de los trabajadores, y lo más importante, que los clientes se encuentren a gusto, algo sucede en Matanzas, o mejor dicho, algo no sucede, que requiere inmediata reversión.

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Pesca mortal

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En días pasados la muerte de varios peces en la presa # 20, próxima a Agüica, en el municipio de Colón, suscitó la alarma entre los pobladores del lugar. Al parecer, pescadores furtivos se valieron de sustancias químicas como la Permetrina para la captura de ejemplares de agua dulce.

El sobresalto surgió cuando a flor de agua se divisaron varias truchas sin vida. Tras conocerse el suceso, se presentaron en la zona autoridades del municipio y especialistas de MINAG,
PESCAMAT, entre otros.

Por suerte fue mayor el aspaviento que la cantidad de veneno aplicado. Aunque sí se hace necesario llamar la atención sobre un fenómeno creciente: la pesca furtiva a cualquier precio, incluso valiéndose del empleo de sustancias perjudiciales a la salud humana, u otras prácticas que dañan el medio ambiente.

TUCHAS A FLOR DE AGUA

“Tras ser avistados varios peces muertos a flor de agua, un equipo interdisciplinario visitó el lugar. Si bien constatamos que varias truchas flotaban sin vida, no se trató de una muerte masiva”, explicó Carlos Jorge Romero, director de la UEB Acuícola de Colón, quien no descartó la aplicación de sustancias químicas por personas inescrupulosas.

De comprobarse el empleo de químicos la situación seria preocupante, porque solo afectó a la trucha, especie muy apreciable por su carne pero de difícil reproducción.
Para la trucha, quizás el más exquisito de los peces de agua dulce, no existen centros de alevinaje, ya que se reproducen de manera natural.

BOMBA Y VENENO

Rolando Hernández Sánchez, inspector de la oficina de Inspección pesquera en la provincia, reconoce que muchos pescadores furtivos utilizan sustancias químicas en su afán de lucro.

También emplean explosivos a partir del carburo, el cual introducen en una caña brava, lo presionan, le realizan orificios, y finalmente lo lanzan a la presa para que detone, aniquilando grandes cantidades de peces.

Todas estás prácticas son perseguidas y penadas por la ley, según refiere la Resolución 3/53 del 2010. Al igual que otras también extendidas como la pesca masiva mediante trasmallo, chinchorros o nasas.

La legislación también prohíbe utilizar superficies como neumáticos, tablas u otras embarcaciones rústicas. Sin embargo, con mucha facilidad se incumple lo estipulado. Basta nada más lanzar una ojeada a los tantos embalses del territorio para observar a plena luz del día decenas de personas en el interior de las presas.

No se trata de impedir lo que para muchos cubanos resulta un sagrado pasatiempo. En un país rodeado de agua abundarán los pescadores. Quienes sientan apego por esta milenaria práctica pueden obtener una licencia de pesca deportiva por la suma de 25 pesos anuales; los jubilados deberán pagar la mitad del valor. Siempre la captura se realizará desde la orilla y con cordel o vara.

Debe arreciar el combate contra esas personas que sin importarles el daño que infligen a la salud humana, al medio ambiente y la economía del país, solo persiguen llenar sus bolsillos…a cualquier precio.

Un hombre de campo y sacrificio

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Justo en el instante en que uno cree que apenas le quedan historias por contar sobre los hombres del campo, como mazazo en los sentidos la realidad te advierte que la vida de la campiña matancera es inabarcable, que las palabras nunca logra aprisionar las esencias, y el espacio en un periódico siempre oprimirá las ganas de decir.

En todas esas cosas pensé de golpe mientras le seguía los pasos y las palabras a Gerardo Rubí, apenas con el resuello. Porque recorrer su finca puede resultar una tarea ardua y fatigosa, mucho más en estos meses donde el sol lanza dentelladas desde las alturas, y a ras de suelo uno intenta seguirle el rastro a un campesino de pura sangre. Y eso que según supe ¡es un hombre enfermo!

A Gerardo lo encontré resguardándose del fuerte calor bajo un ranchón de guano, construido en una elevación de la finca colombina Las Delicias, en el punto exacto donde siempre brota la brisa.

A nuestra llegada dormitaba tendido en el suelo. Sería el mediodía más o menos. Después del saludo y las presentaciones, conversamos de agricultura, agroecología, y su enfermedad.

Él labora junto a su padre y su hermano. Hace 23 años laboran en el lugar. En casi tres caballerías cultivan frutales, hortalizas y granos. Algo que se escribe muy fácil, pero desbrozar esa extensión cubierta de marabú, que rozaba los cinco metros de altura, es cosa seria.

Luego de invitarme a recorrer sus predios, noté cierta rigidez en su andar. Entonces conocí que el campo si bien no mata, deja huellas indeleble en el cuerpo del campesino. Sé de algunos que le faltan varias falanges en sus dedos. A Gerardo la dura labor del campo le golpeó un poco más.

Tras llevar en sus espaldas durante más de dos décadas la mochila de fumigación, se le comprimieron dos vértebras que le afectaron el nervio ciático. Cuando realiza alguna fuerza o camina un largo trecho arrecia el dolor.

La siembra de arroz, fatigoso cultivo que se realiza la mayor parte del tiempo en el agua, le provocó esteoartrosis, protuberancias óseas no maduras en las vértebras con forma de espuelas, que reflejan la presencia de una enfermedad degenerativa y calcificación osea. Este padecimiento le produce rigidez en las articulaciones, y se hace visible cuando camina.

Pero a pesar de sus dolores no se siente disminuido, y en el campo se sabe útil. Quizás ya no pueda participar en las rudas faenas, mas se dedicó a estudiar, y se ha convertido en el fitosanitario de la finca.

Al escucharle hablar sobre el campo y la agricultura uno cree que se halla frente a una enciclopedia, y hasta comienza a mirar el entorno campestre desde otra perspectiva.

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Cuando todo está cultivado y el verde se desparrama sobre la tierra, el nivel de humedad se mantiene, y cuando hay humedad, ocurre la evaporación y con esta llegan las precipitaciones.

Además, el proceso de fotosíntesis en las plantas evita
la contaminación. Brota un proceso de simbiosis. Las plantas purifican la atmósfera y evitan la contaminación.
Donde cada palmo esté sembrado, siempre amainará el calor. Mientras intento seguirle el rastro a Gerardo, y le escucho hablar de los cultivos intercalados, los frutales, el control biológico del maíz contra la mosca blanca que azota al aguacate, me imagino bajo el “resisterio” del sol en una finca sin árboles, ni cultivos…. Y Gerardo continúa su marcha imperturbable, y llego a creer que el de los achaques soy yo.

Deseando desembocar en el viejo ranchón de guano, le pregunto si tantos años dedicados a una misma actividad no aburre. “Cuando culminas la jornada, solo deseas llegar a casa y descansar. Pero luego estás loco porque salga el sol para ver cómo amanecieron las siembras, para acometer las actividades diarias. En la tierra nunca hay espacio para la rutina. Estás todo el día entretenido. Ves los animales, las aves cantando, que si se rompió una manguera y debes arreglarla. El campo es muy dinámico y entretenido. Mucho mejor que trabajar en una oficina. Cuando eres campesino, si trabajas, no te falta nada, y siempre se premia el sacrificio”.