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Fidel, Porto y el Korimakao


“¡No se apuren coño!”, y la frase retumba en el gran anfiteatro. “¡No se apuren! Esa escena tiene su tempo dramático”. Los actores tratan de cumplir cada orientación. Más que molestias ante las exigencias, en sus rostros juveniles se aprecia la admiración. En una oportunidad única, bien lo saben, cada ensayo de Manuel Porto representa una clase magistral de actuación.

Porto se incorpora y como un bólido sube el escenario donde permanecen tres actrices del Conjunto Artístico Korimakao. El ensayo corresponde a una obra dedicada a Fidel. El afamado actor escenifica un fragmento, minutos después se sienta en una silla. Las manos permanecen cruzadas sobre su abultado abdomen.

Cerca de Manuel Porto permanece un grupo de periodistas deseosos de entrevistarle. En agosto la agrupación fundada por él hace 25 años, cumplirá aniversario. Con cierta modestia responde: “No soy yo quien está dirigiendo este espectáculo, yo solo estoy aquí para pulir la puesta en escena, el grueso del trabajo lo hicieron los muchachos. Busquen a Yander, él es el director artístico”.

Pero no siempre se tiene la oportunidad de estar cerca de una personalidad del calibre de Manuel Porto. Ante la insistencia de los reporteros accede a conversar. Entonces conocemos que su ausencia en la Ciénaga cada vez será más prolongada.

“La ausencia será permanente. A partir del 2008 me puse muy mal de salud, regresé en el 2010, estuve par de años luchando, pero los médicos insistieron en que tenía que cambiar de estilo y forma de vida.

“Desde hace cuatro años vengo al Korimakao dos o tres veces al mes, permanezco varios días, aconsejo a los muchachos, sobre todo a Yander quien funge como director artístico y ha hecho un trabajo genial. Coopero según me permita a salud”, comenta Porto desde un extremo del gran anfiteatro.

“En La Habana sigo haciendo algunas cosas para cine y televisión. Sobre todas las cosas soy actor. Me gusta dirigir, pero disfruto más actuar. Como he dicho muchas veces, mi vida es la actuación, pero la obra de mi vida es el Korimakao. Y ya ve, vamos a cumplir 25 años.

“Aunque muchos han augurado el final del Korimakao como proyecto seguimos ahí, asumiendo la tesis de Faustino Pérez, quien defendía que para mover los brazos y producir hay que tener pensamiento y conciencia, y el arte es un arma extraordinaria para que las personas concienticen y piensen.

Asegura que el proyecto comunitario cuenta con detractores. “Incluso se manejó la idea de convertirlo en un centro de enseñanza”.

No ha terminado la construcción y se moja, hace 11 años esperan por la culminación, hoy se moja, y criticó la gran cubierta del anfiteatro, para el excesivamente grande. Incluso la han dado por terminada cuando falta mucho por hacer.

“Fidel dijo una vez que la cultura es el escudo y la espada de la nación, y para eso se hizo esta obra para trabajar por los demás”.

“Recuerdo aquella vez cuando Faustino Pérez se acercó a mí para hablarme del proyecto. Filmábamos la novela Cuando el agua regresa la tierra. Él solicitó mi apoyo para crear un movimiento cultural en la Ciénaga, yo le dije que solo podía contribuir en la creación de un movimiento artístico, la cultura iba mucho más allá, desde el que cuida el bosque hasta el que hace carbón vegetal.

“En cambio el arte, es la forma más elevada de expresar la cultura de un país, y ahí sí podía ayudar, eso es lo que hemos intentado este cuarto de siglo.

Pero en ese tiempo Korimakao no ha transitado por una alfombra roja, muchos han sido los escollos, tropiezos y contradicciones, como la errónea concepción que algunos tienen de la cultura.

“Desgraciadamente muchos interpretan que el arte y la cultura consiste en un equipo de audio para que la gente mueva la cintura, y eso es una actividad cultural, para mí el arte es mucho más.

Pone como ejemplo una obra de teatro capaz de hacer reflexionar, limpiar el alma y estimular el pensamiento, algo que ha logrado en este cuarto de siglo buscando una propuesta de alto nivel estético.

El nombre de Fidel aflora en la conversación. Los azules y expresivos ojos de Porto brillan como cuando habla de algo cercano y querido. Nunca olvida que tenía 13 años cuando su padre le llevó al Cuartel Columbia. Eran los primeros días de la Revolución. Allí habló Fidel y una paloma blanca se le posó en el hombro. “Ese es tu futuro”, le dijo el padre.

El 2001 se vieron en la Ciénaga Porto y Fidel. “El Comandante en Jefe nos aprobó un presupuesto para que esta institución trascendiera las fronteras de Palpite, de la Ciénaga y del país. Esa fue la conversación que tuvimos él y yo en aquella callecita que está allí cuando llegó el 19 de abril del 2001”, se incorpora de la silla y señala a un punto de lugar.

“Este nuevo aniversario lo celebraremos trabajando, con cosas por lograr y otras por hacer. Fíjese las obras constructivas no han terminado, desde hace 11 años esperamos la culminación de la luces, el telón, los baños del camerino.

Habla sin cortapisas ni pelos en la lengua. Con una mirada jocosa asegura que “me estoy jugando la inmortalidad o el asesinato. Gracias por oír mis dolores”, y lanza una sonrisa estruendosa que estremece su robusto cuerpo.

Regresa a Fidel nuevamente: “Él me dijo aquel abril, Porto este proyecto no se puede parar, porque es muy importante para toda Cuba. Y así lo hemos hecho, a pesar de todo”.

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La última inmersión que Ronel Almeida no olvida

Ronel Almeida siempre tiene presente a su amigo

Aunque han pasado casi tres años Ronel Almeida no se conforma, y es que hay sucesos en la vida sin explicaciones ni consuelo posible. Solo el tiempo, como señal invariable, mitigará el dolor, mas no lo hará desaparecer del todo. Regresará en forma de brisa una que otra tarde; también puede llegar desde una conversación, sobre todo si trata de buceo.

Y uno cree que se ha aprendido a vivir con ese dolor, que la resignación ganó la batalla, pero mientras Ronel conversa, una lágrima rueda mejilla abajo hasta detenerse en su mentón. No logra ni quiere disimular la tristeza, de ahí que la lágrima permanezca allí, como muestra fehaciente de la aflicción por el amigo que no está.

Durante varios años Ronel y Pepé, como llamaban a José Allegues Piñeiro, compartieron la pasión por el mar y el buceo. Disfrutaban correr juntos en las tardes apacibles de Playa Girón para mantenerse en forma. Las horas les sorprendían conversando. Por eso, la ausencia de Pepe le duele tanto, y fue precisamente Ronel de las últimas personas que le vio… Nunca ha podido olvidar aquel fatídico día de diciembre cuando conversaran por última vez.

EL ÚLTIMO ENCUENTRO

La mañana del viernes 12 de diciembre, ambos amigos desayunaron juntos. Pepe le comentó que bucearía con el canadiense Brian Hugles en la caverna La Colmena, también conocida como el Abarcón de las Pailas.

En el lugar del triste suceso una tarja recuerda la memoria de Pepe

“Hacía un frío que pelaba el alma”, recuerda Ronel. Serían las nueve de la mañana cuando se despidieron. Cuatro días antes Pepe había cumplió 53 años. No sospechaba Ronel que nunca más se verían.

“Lo dejé desayunando. Me dirigía a bucear con un grupo de turistas. Cuando regresé sobre el mediodía, me dijeron que no habían vuelto.

Roynel indagó y le informaron que habían salido las 10 de la mañana. Miró su reloj, calculó el tiempo, e intuyó que no habría problema, la caverna estaba distante y la carretera no muy buena. Además, si algo tenía Pepe era preparación y experiencia como instructor de buceo y hasta había marcado esa caverna con una cuerda guía.

En eso pensaba Ronel cuando llegaron dos españoles para realizar iniciación de buceo y salió rumbo al mar.

ALARMA

Sobre las tres de la tarde regresa y le comunican que Pepe no había llegado. Surgen las primeras alarmas.

Pepe y Brian habían salido en un vehículo rústico conocido como riquimbili. “Seguramente se ponchó”, adujo alguien; “a lo mejor están en Caleta Buena dándose un chapuzón”, propuso otro.

Ronel decide llamar a Caleta Buena para salir de dudas, y le advierten que no estaba allí. Crece la preocupación. Decide salir a buscarlo, aún creen que sufrieron algún desperfecto en la carretera. En el trayecto pasan por Caleta Buena y el parqueador le confirma que habían pasado por allí cerca de las once de la mañana.

En las aguas tranquilas de La Colmena se adentraron los buzos para siempre

Retoman el camino y dos muchachos que venían en sentido contrario le interceptan.

“Oye Roynel, ve para Pino de la Perra que allá está el conductor que llevó a los buzos con unos ojos que no le caben en la cara, dice que se metieron a las once de la mañana y estas son las horas que no han salido”. Eran las cuatro de la tarde. Hubo un silencio, quizás por fracciones de segundos, roto por la frase más triste que Ronel recuerde. “Me volteé y le dije al compañero que iba a mi lado: ¡Perdimos a Pepe!”.

DESESPERACIÓN

Ronel continúa por la carretera y finalmente se encuentra con el chofer del riquimbili. El hombre estaba desesperado. El vehículo permanecía a cierta distancia del cenote. Pepe y Brian se habían colocado los equipos al apearse y había caminado varios metros hasta adentrarse al agua; acordaron que le darían una voz al salir.

“Han pasado varias horas, y no salen”, comentó el conductor desesperado

Con gran angustia, Ronel entendió que había poco que hacer. Regresaría a la base de buceo para activar el plan de evacuación e informar a las autoridades. Antes de partir se inclinó para recoger las chancletas que su amigo había dejado antes de sumergirse para siempre.

Imagen que conserva Ronel, primero a la izquierda, junto a un amigo español y Pepe, en el otro extremo de la foto

BÚSQUEDA

La búsqueda duró una semana. Comenzó desde ese fatídico viernes a las cinco de la tarde. Una decena de buzos se adentró en la caverna La Colmena, y en otras cercanas que se comunicaban con el lugar. También se buscó por tierra, con la esperanza de que hubieran salido en otro punto y estuvieran extraviados en el bosque.

“Fue una semana triste. No se hablaba de otra cosa que de Pepe. Hasta en Cienfuegos nos preguntaban por el buzo desaparecido”, recuerda Ronel.

¿QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE?

Una gran incógnita embarga a Ronel, ¿qué sucedió con su amigo Pepe y con Brian?

El experimentado instructor maneja algunas hipótesis. “Las fallas que componen el sistema espeleolacustre de la Ciénaga tienen una profundidad de 60 a 80 metros, sin embargo, en La colmena no rebasan los 30, por lo que no dudo que exista algún falso fondo, quizás él se introdujo en algún agujero y pasó a otro nivel inexplorado de la galería”.

A finales de los 80, dos jóvenes buzos pertenecientes a un centro d einvestigación de La Habana perdieron la vida tras una inmersión en otra caverna. A diferencia de José Allegues y Brian Hugles sus cuerpos sí lograron rescatarse.

Aunque nada puede corroborar tal hipótesis. Ronel solo presupone desde su experiencia personal, ya que a él le sucedió una vez y pasó un gran susto.

Más allá de las relaciones de amistad, que a veces pueden incidir en la evaluación hacia una persona o un hecho, reconoce la alta preparación técnica de Pepe, quien cumplía a cabalidad todos los requisitos y parámetros para el buceo en caverna. Ese día, ambos buzos llevaban consigo doble botella, reguladores independientes, además de linternas primarias y secundarias, cuerdas de salto, todo el equipamiento necesario, unido a la experiencia acumulada.

Sobre Brian Hugles, quien acompañara a José en su última sumergida, Ronel comenta que se trataba de un buen amigo que regresa con frecuencia a la Ciénaga de Zapata. En esa oportunidad traía consigo dos linternas nuevas que donaría, junto a su equipo, al centro de buceo.

A pocos kilómetros de La Colmena queda la caverna donde perecieron los jóvenes investigadores.
Imagen que conserva Ronel, primero a la izquierda, junto a un amigo español y Pepe en el otro extremo d ela foto

Meses después de la desaparición, la hermana del canadiense Brian Hugles visitó el lugar, dejó en las aguas tranquilas del cenote un cochinito plástico, que según aseguró era su juguete preferido de pequeño.

“Pepe era especial, por eso Girón se volcó completo para buscarlo, todos lo querían, muchos sintieron su pérdida, era muy bondadoso, de excelente carácter, un jodedor cubano a quien todos saludaban”, asegura Ronel.

Y el dolor por el amigo regresa, porque si las partidas siempre duelen, sin el necesario adiós, duelen mucho más.

Las estrellas de Masiel


Las noches de Masiel son las más oscuras que uno pueda imaginar; aunque afuera refulja un manto de estrellas, y una luna llena alumbre la floresta dotándola de sombras y siluetas, Masiel no las ve, nunca las ha visto.

Ella conoce las estrellas por las voces de otros, no por sus ojos. Sabe que existen y que adornan el cielo, incluso que los luceros caen y las personas piden deseos. Lloró más de una vez de niña cuando sus amigos contaban los astros y ella solo veía un manto oscuro. Aunque ha aprendido a no exigirle mucho a la vida, sí sueña con recorrer una playa de noche y mirar al cielo…

Masiel Sutil tiene 32 años y una retinosis hereditaria pigmentaria que se le descubrió cuando comenzaba a dar sus primeros pasos. Desde que nació vive con ese padecimiento.

La claridad del día le favorece un poco, distingue algo, pero de lejos las personas se vuelven borrosas.

Recuerda que de niña no veía la pizarra en la escuela, muchas veces se tenía que parar y acercarse. Llegó hasta séptimo grado. Pudo estudiar más pero a veces la incomprensión desborda la maldad.

Por sus problemas de visión “alguien” pensó que una maestra le facilitaba las respuestas de un examen, cuando solo le copiaba las preguntas. Le dolió tanto aquella situación que decidió no estudiar más. Tiempo después culminaría el 9 noveno grado en la Facultad.

Superó aquel desacierto y enrumbó su vida. Ella siente como si no tuviera ningún problema. Incluso trabajó en el campo escardando frijoles o recogiendo boniato. Ha lavado para la calle. También disfruta las labores hogareñas, lo hace todo en su casa, pero a su forma y su paso, aclara.


LA LUZ DE SUS OJOS

Uno de los pasos más resueltos y con más visión de futuro que dio en su vida contradijo la opinión de los expertos. Al salir embarazada los médicos le aseguraron que no podía dar a luz porque corría el riesgo de quedar irremediablemente ciega, pero era tanta la fe y su deseo de ser madre que desoyó los consejos.

A los nueves meses apenas sintió las contracciones… “como si un poder superior me dijera ya has sufrido bastante…no necesitas un dolor más”.

Y su hija vino al mundo y se hizo la luz en la vida de Masiel. La pequeña se convirtió es su bastón, su guía, también sus ojos.

Reconoce que su padecimiento sí le afectó durante el crecimiento de su pequeña: “En ocasiones se enfermaba, le daba fiebre, entonces yo me desesperaba y aclamaba por los vecinos. Me vi obligada a dejar mi tratamiento.

“Mi niña fue creciendo y aprendió a sobrellevarme, ella dice que no me puede dejar sola porque es mi bastoncito, los ojos de mis ojos.

Si algo llama la atención es el carácter afable de la joven madre, con su sonrisa, llena de optimismo y colores el lugar por donde pasa.

“Imagínate que unido a mi problema de visión, yo sea una persona amargada. ¡Noooo que va!…prefiero sonreír. A veces las personas piensan que soy de carácter difícil porque me saludan y sigo, ¡es que no los veo en la distancia!”, y vuelve a sonreír.

Aunque su padecimiento es irreversible, puede contenerse el avance, y Masiel retomó el tratamiento en la vecina provincia de Cienfuegos.

Ella ha logrado ver la belleza de la Ciénaga hasta donde alcanzan sus ojos, y nadie duda, porque en eso consiste la esperanza, que alguna noche una lluvia de estrellas caigan solo para ella, y hasta la luna le sonría contagiada de tanta alegría.

Los colores de Yanciel


Yanciel Torres Urra llevó una vida normal hasta los ocho años. Iba a la escuela, jugaba en el barrio, pero prefería ver la televisión. Con el tiempo empezó a sentir cierto malestar al caminar; recuerda que progresivamente su cuerpo comenzó a inclinarse, y le costaba mantener una postura erguida. Su padecimiento empeoró…

Luego vendrían los salones de operación, la cirugía, el infeliz desenlace. Desde entonces su vida quedaría ligada para siempre a una silla de ruedas, una extensión más de su cuerpo. En la sala de su casa recibiría las clases hasta sexto grado.

Cualquiera pensaría que el porvenir se le truncó a este joven de 18 años, pero no fue tan así. Su mente y lucidez siempre han sido sus mejores aliadas. Prefiere pasar los días en casa; evita el sol y el bullicio de la calle, mas, ha burlado las barreras invisibles que quisieron sujetarle los sueños.

Yanciel consigue volar alto, fugarse del encierro, y llenar de colores su existencia. Desde una vetusta mesa escuchar el arrullo del aquel río placentero que quizás nunca ha visto, la brisa suave del campo que entusiasma a la hojas, el canto de las aves. Todo, lleno de matices vivos, nacen de sus lápices de colores, en dibujos que luego entrega a las escuelas, al policlínico, el círculo infantil, la casa de cultura.

Desde que la pintura le llegó a través de un instructor de arte, se ha convertido en su refugio, el quehacer maravilloso que le permite reinventar el universo a su antojo, con las tonalidades que a veces se ausentan de su vida. A pesar de las carcomidas y despintadas paredes de su vivienda, el joven persigue la luz y, allí, en esos escasos metros cuadrados donde crea, la abraza y la vierte sobre las cartulinas.

Gracias a personas de buen corazón que le apoyan, sus pinturas van adornando las paredes de Cayo Ramona. Su pueblo es algo así como su Vaticano, donde él va adornando su Capilla Sixtina con las ansias creativas de un Miguel Ángel.

Y como todo artista Yanciel cuenta con mecenas, el propio Kcho le hizo llegar materiales para que sus sueños continuarán bullendo como manantial inagotable. En la Casa de Cultura tiene a sus principales aliados, los más determinantes.

Pese a las estrecheces económicas, conserva la sonrisa, una sonrisa limpia de alma transparente, “aunque como todo creador tiene sus resabios”, nos dice bajo su mamá con sonrisa cómplice. Ella figura entre las principales protagonistas de esta historia de luces y sombras.

Resabio por querer quedar bien con todos, por lograr culminar a tiempo los trabajos prácticos que los niños le encargan, las láminas ilustrativas para la escuela, la escenografía para aquella puesta en escena de un grupo teatral en la Casa de Cultura; resabio porque su computadora, ese que le obsequiaron, parece que de un momento a otro no encenderá más.

Sepan que su ira es momentánea, y son más las veces que ríe que las que se exaspera. Y cualquiera diría que fue la vida la que se enojó con él. Mas, no es tan así, en su cumpleaños su casa se llena de muchachos, regalos, apoyo…solo que esto nunca será suficiente, sobre todo si se toma en cuenta que allí solo entra un salario de 162 pesos…

Pero Yanciel, y que nadie lo dude, es un joven dichoso, todos le quieren en el barrio y conocen de sus innumerables premios en concursos de pintura.

Habrá que aprender de él, porque sobran quienes con dos piernas no logran avanzar como este muchacho risueño y soñador. La propia existencia le ha de respetar por su entereza y desafío a las vicisitudes vividas; a todos nos compete que jóvenes como Yanciel no pierdan las ganas de soñar, ni se ensombrezcan sus colores.

Amor en alta mar


La fama de Miriam Hernández Cordobés y Raúl Oquendo Alonso trasciende la Ciénaga de Zapata. Aunque en esta vasta región de pescadores y carboneros muchos pueden presumir de sus talentos en estas actividades, si de pesca se trata los nombres de Miriam y Raúl ganan notoriedad, y eso que son de naturales de San José de los Ramos, en el municipio de Colón. Pero desde que se radicaron en el Humedal, hace ya 13 años, han dominado el arte de la captura de peces.

Confiesa Miriam que en un inicio le temía el bote al punto de las lágrimas, sobre todo si un tiburón dama comenzaba a rondar la embarcación.

La afición por la pesca comenzó en las presas de Colón. Y con el tiempo decidieron radicarse al sur de la provincia, a pocos metros del mar.

Por ese entonces nunca imaginaron que adquirirían tal maestría en la pesca de altura, muchos menos lograr atrapar grandes peces como agujas y petos.

Raúl asegura que su compañero de pesca es su esposa, en quien ha depositado toda su confianza. Han hecho un equipo perfecto. “Ella rema como yo, y es capaz de apresar un gran pez y trabajarlo hasta el final”.

Sonríe al recordar el temor inicial de Miriam, temor que con el paso del tiempo se convirtió en pasión.

Sobre la captura de la Aguja asegura el pescador que no está exenta de peligro, “puede costarte la vida, debes estar atento”.

“Hay personas que piensan que pescar es lanzar un nailon y es mucho más que eso. Lo primero es llevar suficiente carnada y “engoar” (lanzar cebo al agua), y conocer tu actividad, algo que brindan los años”.

“Para pescar una aguja debes salir en las noches sin luna para capturar chicharro que servirá de carnada, al amanecer, cuando rompen los claros del día, aparecen las primeras, a veces no, y debes esperar horas encima del bote. A las personas solo les gusta pescar cuando pica, esto es cosa de paciencia. En una ocasión estuvimos 18 días, con 18 noches y no sacamos nada.

“Nos fascina. Mas, no es fácil; aquí las embarcaciones se impulsan mediante velas y remos. Hablamos de remar casi 20 kilómetros y a veces en contra del viento, para no hablarte del sol. En alta mar no tienes donde guarecerte, y el resplandor de los rayos en el agua te “come” la vista, a eso súmele el sube y baja del bote. Al regresar cuando te sientas en la sala de la casa, todavía tienes la impresión que todo se mueve”.

“Aun así, vale la pena el sacrificio, porque nada se compara con capturar una aguja. Es impresionante como sale del agua y salta una y otra vez, con el abanico levantado. Es hermoso,” comenta Raúl, y agrega “el peto en cambio se caracteriza por su velocidad, puede quemar un cordel.

Mientras el pescador conversa, Miriam enseña las cicatrices que le dejó un bonito en varios dedos de su mano.

LOS SECRETOS DE LA LUNA

Como aquellos sacerdotes de las viejas culturas precolombinas que llegaban a conocer los posibles fenómenos de la naturaleza según el movimiento de los astros, Raúl anota en un viejo almanaque los pormenores de cada jornada de pesquería, según las fases de la luna.

Por eso sabe que en los meses de enero y febrero la aguja no corre, prefiere permanecer en tierra. Atendiendo a sus registros, en un cambio de luna de principios de marzo del pasado año sí capturó varios ejemplares, lo que predijo que si en igual fecha se aventuraba al mar correría con buena suerte…y así fue.

“Además, cuando hay luna llena el chicharro no pica, porque aprovecha la claridad para agenciarse el alimento por su cuenta, y no se acerca al anzuelo”. Entonces Raúl se vale de mañas de avezado pescador. Coge mojarras y les retira las aletas, porque se encrespa cuando un pez grande se le acerca.

TIBURÓN

Aunque el matrimonio ha sacado varios tiburones de tamaño considerable, no olvidan el susto que pasaron una vez.

En esa ocasión tenían un gran tiburón sujeto al bote por la cola. Miriam aconsejó acercarse a la orilla para trabajarlo mejor, en ese instante el temido pez hace un brusco movimiento y consigue lanzar a Raúl, quien cae al agua a pocos metros del bicho.

En su nerviosismo Miriam solo consiguió gritar: “te lo dije, te lo dije”. En el sobresalto consiguió subir al bote y finalmente se dirigieron a la orilla y todo quedó en el susto. Una vez cerca de una playa treparon el tiburón a bordo.

Si bien el océano les fascina lo respetan, reconocen que un error les puede costar la vida. Como bien dice una canción, hasta el mar más azul esconde peligros. Pero como la vida misma, los riesgos siempre van implícitos ante cada obra que se acomete. La grandeza está en superarlos, como bien hizo este matrimonio.

Seguramente hasta el propio mar les extraña cuando pasa el tiempo y el bote Crucero no se aventura en sus aguas. Entonces Caletón y Buenaventura se quedan sin asombros ante cada captura de Miriam y Raúl, y hasta el amor se pone ceñudo, sin el sabor del agua salada y las peripecias en alta mar.

Hombres de fuego (+ Fotos)


-¿Dónde es el incendio?- le preguntamos a Pedro Bouza al conocer que desde hace días la candela consume una porción de la Ciénaga.

-En los Arroyones, salgo para allá en unos segundos. Solo vine para puntualizar algunas cosas en la empresa -responde.

Los segundos se vuelven minutos. Transcurrido algún tiempo aparece un vehículo a gran velocidad. En él viaja Pablo Bouza, director de la Empresa Forestal Integral Ciénaga de Zapata (EFI).

Desde hace varios días intenta sofocar un incendio que daña la zona occidental del Humedal, próximo a Santo Tomás. La cuadrilla de hombres de la EFI y el destacamento de Guardabosque no cejan en sofocarlo, pero el combate no es nada fácil, se trata de uno de los flagelos más destructivos que azotan al Parque Nacional, y de los más traicioneros.


“¡Imagínate! Hace 138 días que no llueve en esta parte del territorio. Podemos decir que la actual etapa no ha sido de las más intensa, pero tampoco de las más leve”, comenta desde la camioneta. Acto seguido nos convida a montarnos para constatar con nuestros propios ojos cómo se enfrenta este tipo de catástrofe.

“Hace solo unos días nos complicamos con otro en áreas de hierbazales de ciénaga, logró avanzar poco más de 400 hectáreas. Esa área no nos preocupa porque son espacios catalogados, según la literatura científica, como hijos del fuego. Desde el 2001 se ha quemado en siete ocasiones. A los pocos meses la vegetación se vigoriza”.

De las hectáreas afectadas, solo dos pertenecen a bosques naturales, precisa el directivo, mientras avanza por el pedraplén que comunica con el asentamiento Santo Tomás.

Un chofer advenedizo se “engulliría” más de un bache por mucha atención que preste a la vía, pero Bouza, como si tuviera una especie de GPS en la cabeza, logra burlar las protuberancias del terreno y conversar, lo que muestra los conocimientos del mismo.

Con satisfacción reconoce que desde ayer en la tarde controlaron el actual siniestro con la construcción de una trocha manual. Mas, corren el riesgo de que recupere la intensidad, ya que queda mucha materia orgánica en la zona, producto de los embates del huracán Michelle. Otro enemigo acérrimo de la Ciénaga, porque siempre que pasa un fuerte huracán, trae aparejado incendios más intensos.

Se puede asegurar que un ciclón es directamente proporcional a estos fenómenos. Siempre deja a su paso muchos árboles que con el tiempo se descomponen acumulando mucho material combustible.

“Hemos tratado por todos los medios de hacer la trocha sin el auxilio de equipos pesados, porque en los últimos años las brasas han entrado por los cordones que dejan los buldócer”, comenta Bouza, mientras el vehículo dobla por un estrecho camino de árboles frondosos. Justo en la bifurcación, una turbina extrae agua de un pozo para llenar una pipa.

LA TROCHA

Al llegar a la zona del siniestro, el olor a madera quemada se adueña de todos los contornos del bosque. El lugar semeja un gran horno de carbón. En el cielo vuelan varias tiñosas, lo que presagia animales muertos que no lograron escapar de la calcinación.


El primer paso para enfrentar un incendio, afirma Bouza, consistirá en construir una vía de acceso para el movimiento de hombres y recursos, y a su vez lograr controlar el efecto de la candela. “Una obra maestra y de sacrificio de muchos hombres. Hablamos de más de un kilómetro a machete y motosierra. A través de esa misma vía avanzarán las pipas”.

Por lo intrincado del terreno y el difícil acceso, en el 2003 crearon una red de pozos a una distancia de 4 kilómetros cada uno, donde se conectan turbinas que permiten llenar un camión cisterna en pocos minutos. Esta estrategia permite acortar la distancia en el trasiego de agua.

Los hombres llegan desde temprano. Pero al mediodía deben tomarse un descanso por la fatiga que producen las altas temperaturas y las cenizas que se adentran por las fosas nasales.

Pablo Bouza Rodríguez explica que sobre el mediodía se dificulta la faena por el calor unido a la velocidad del aire, lo cual impide que se interactúe con las llamas. “Las hemos desviado para que no afecten los bosques naturales con una técnica que se denomina manejo de fuego. Combatir estos siniestros es casi una ciencia, y de las más sacrificadas.

UN ENEMIGO TRAICIONERO

En la Ciénaga existen dos tipos de incendios, el superficial y el subterráneo, siendo este último el más peligroso y devastador. Para muchos, la voz de alarma surge cuando observan una columna de humo en el horizonte, lo que sin duda anuncia que las lenguas ardientes azotan la floresta destruyéndolo todo. Sin embargo, en la Ciénaga existe un enemigo mucho más letal y traicionero: la combustión subterránea.

Las características topográficas del lugar favorecen este tipo de ignición por la presencia de cavernas con 30 o 40 centímetros de capa vegetal acumulada durante cientos de años. Uno pudiera creer que la deflagración se extinguió, pero continúa arrasando soterradamente.

Aunque no se observen las llamas, los hombres toman las mangaras desplegadas a lo largo de 600 metros y lanzan una chorro de agua a un espacio de terreno con varias casimbas. A flor de tierra solo se ve un tronco que parece apagado sobre un cayo de ceniza muy blanca. Al contacto del agua el sonido resulta perturbador: el fuego ruge como bestia, una nube de humo brota con fuerza, la candela estaba allí, oculta, amenazante, destructiva.

Solo queda la silueta de que lo sería un árbol convertido ahora en fina y clara ceniza, un poco más allá varios carapachos de jicoteas carbonizados, en todo el lugar además del humo y la destrucción, prevalece la voluntad de un grupo de hombres decididos a eliminar la amenaza.

Este es el onceno incendio al que se enfrentan en la actual temporada, con más de 500 hectáreas afectadas. Según los modelos de pronósticos le quedan varios días de batalla, porque hasta mediados de mayo no se esperan precipitaciones de consideración en la parte sur de la provincia.

Pero nada amilana a estos guerreros, ni el calor, ni el peligro de resultar lastimados por el fuego. Salvar al bosque es su premisa, y con tal arrojo van tras la candela.

Playa Girón: Graduado en el combate


El batallón recobra su formación inicial. Ante la arremetida del B-26 con su vómito de fuego los milicianos se vieron obligados a replegarse. Nada se compara a la metralla desde el cielo. Las balas de los fusiles apenas rozan al avión y los hombres no siempre consiguen guarecerse.

“Pero al menos ese pájaro asesino ya no disparará más. Yace en el suelo desperdigado en mil pedazos humeantes. Hasta aquí, en el central Australia, vino a cazarnos cuando todo ha acabado para los mercenarios. Como si se tratara de los últimos jadeos de una bestia herida”.

En esas cosas piensa el joven Edilio Santiago Rodríguez Plasencia desde una formación de milicianos. Acaba de experimentar su primer bautizo de fuego en un combate real. Aunque en el pasado se jugara la vida en la lucha clandestina nada se comparara a una guerra de verdad. Quizás nunca estuvo preparado para ese lunes nefasto.

-¡Soldado 1057!- lanza una voz marcial a la formación.

En el pasado también sufrió riesgos. Pero se aseguraba de ocultar bien los bonos del 26 de julio y medicamentos recolectados para la Sierra Maestra en aquel plantón de malanga, en la finca de su padre. Solo cursó hasta sexto grado, lo suficiente para entender que era necesario transformar el estado de cosas que sufría el país.

Resultaba peor si se trataba de un guajiro pobre de familia numerosa y con tierra arrendada. Cierto que con el sudor de la frente y el filo de la mocha se agenciaba el sustento diario sembrando arroz, boniato, cortando caña o quemando carbón. Sin embargo, “la vida se te consumía lentamente y nunca eras dueño de nada, menos de la tierra que tanto trabajabas. Solo malvivías”.

A ello súmele la persecución de la Guardia Rural. Cada vez que llegaban a la finca San Pablo, allá en su natal Carlos Rojas, pasaban lista para saber cuáles de sus nueve hermanos no estaban en casa. Aquello era una presión constante, revisaban el bohío indagando quién faltaba y por qué. Por eso se sumó al Movimiento 26 de julio, a pesar de que el jefe del puesto de la Guardia Rural, conocido por Macario, siempre amenazó a su familia con ahorcarlos a todos.

-¡Soldado 1057!- se vuelve a escuchar el llamado militar.

Por eso Edilio disfrutó tanto ese primero de enero de 1959. Por eso con tanta decisión dirigió sus pasos hasta la Estación de Policías de Carlos Rojas. Nada impediría que los guerrilleros llegaran a La Habana.

Con 24 años tenía toda una vida por delante para entregarle a la Revolución. No lo pensó mucho para organizar las Milicias en su pueblo, ni meditó apenas cuando le designaron junto a otro compañero para pasar el segundo curso de la Escuela Nacional de Responsables de Milicias.

El joven intuía que sucedería algo grande en su vida y en el país ese 1961. El tal Eisenhower, presidente norteamericano, no engañaría a nadie. Nada bueno auguraba las continuas tensiones con Estados Unidos. Algo muy adentro le decía que de un momento a otro ocurriría una invasión.

Por tal motivo, regresó a la Unidad antes de tiempo. No necesitaba un aviso previo para incorporarse. Todo anunciaba un potencial ataque: los continuos actos terroristas, el asesinato de varios milicianos en el cumplimiento de su deber, el incendio a la tienda El Encanto, hasta el momento culminante cuando bombardearon los aeropuertos cubanos el 15 de abril. Estaba más que seguro que se trataba del preludio de una invasión. Kennedy heredó la papa caliente de su predecesor.

-¡Soldado 1057!

Después de tres meses de preparación militar se creía listo para la guerra. Mas, para una guerra nunca se está preparado lo suficiente. A pesar de que la Escuela de Responsables de Milicias eran de las fuerzas más capacitadas para contrarrestar los ataques. No por gusto el Comandante en Jefe le da la orden a José Ramón Fernández, director del centro, de dirigir las tropas al lugar de conflicto.

“Sé que la tensión e incertidumbre se apoderó de muchos de mis compañeros. ¿Miedo? Miedo no. Un poco de temor tal vez. Atrás quedaba la familia, aquella muchachita. Lo cierto es que esa madrugada del lunes 17 de abril nunca la olvidaré: el batallón formado junto a varios morteros de 82 milímetros, los camiones, la carretera central, pero carecíamos de artillería antiaérea para contrarrestar la aviación enemiga.

“Solo teníamos los fusiles FAL, nuestra juventud y el corazón. ¡Ahhh!, y bastante entrenamiento. Confieso que me embargó un sentimiento de orgullo cuando pasamos por Jagüey Grande entre los vítores de la población.

“Minutos después, al apearnos en el Central Australia, se podían escuchar el bombardeo persistente de la aviación enemiga. ¡Era la guerra!

“Cuánta metralla. Los árboles volaban en pedazos, las piedras, los primeros muertos. Era un infierno lo que caía del cielo. Los B-26 arreciaban el fuego. Y a lo lejos se veía el Napalm ardiendo. Y yo me preguntaba cuándo llegaría la defensa antiaérea.

“Aun sin ella avanzamos por toda la carretera entre el castigo de la aviación y la arenga de nuestro jefe, el Gallego Fernández. ¡Ahí sí había jefe! Iba a nuestro lado. “¡Pa’lante muchachos! ¡Pa’lante!”. Y uno sin chistar, sin miedo, y si asomaba te lo tenías que tragar. Solo eras tú y tu valor, apretando fuerte el fusil FAL. Avanzando por una carretera que saltaba en pedazos…había que llegar a Palpite.

“Si los mercenarios llegan a establecerse en Palpite la historia sería diferente. Lo tomamos nosotros sobre la marcha. Fidel, clarividente siempre, sentenció: ¡Ahora sí ganamos la guerra! Ya no habría cabeza de playa, ni gobierno provisional.

“La aviación enemiga se dio gusto asesinando a milicianos y civiles. En palpite mataron a Claudio Arguelles. Gran compañero. Otra fue la historia cuando las antiaéreas entraron en acción. Ya contábamos con una cobertura que nos protegería. Los mercenarios comenzaron a recular.

“Si una guerra es cosa fea, mucho más lo será en la noche. Aunque las balas trazadoras te dejan cierta sensación extraña. No desagrada del todo verlas como atraviesan la oscuridad con su luminiscencia”.

En todas esas cosas piensa el joven Edilio desde su formación. Ayer, martes en la noche, 18 de abril, le dieron la orden de retirada del teatro de operaciones. Llegaban fuerzas frescas. Su batallón había perdido a muchos hombres. “Girón se cuenta cortico, pero esas 72 horas marcarán toda una vida, y todo un país. Estoy seguro”.

-¡Soldado 1057!

-¡Aquí!-, responde finalmente Edilio Santiago- concho, están pasando revista, ese es mi número en el Batallón. No lo había escuchado. Ese maldito B-26.

“Es triste cuando pasan revista después de un combate y notas que no están todos. Murieron 22 de mis compañeros. Aquellos amigos que conociste en el transcurso de tres meses y avanzaron contigo en el fragor del combate. Pensar que aún no nos hemos graduado oficialmente como responsables de milicias….”.