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Yaguas de palma real para el tabaco cubano

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En el amplio proceso de fabricación del tabaco cubano muchos han escuchado hablar alguna vez del veguero, el torcedor o del lector de tabaquería, sin embargo, poco se ha dicho del recolector de yaguas, quien con su quehacer anónimo posibilita la protección de las hojas en su largo trasiego hasta convertirse en el afamado Puro Habano.

Aún no amanece pero ya la bestia golpea el suelo con los cascos, como si entendiera que pronto comenzará la faena. Si bien no razona, su instinto animal intuye que su dueño aparecerá de un momento a otro: ya en la casa encendieron la luz del baño, y desde la cocina emerge el aroma del café, lo que anuncia que pronto le colocarán los arreos.

Su dueño, el joven Osnielky Mayor Alfonso, se dedicó desde pequeño a la recolección de yaguas de palma real. Desde niño desandaba el Valle del Yumurí en compañía de su abuelo Pablo, quien le enseñó todos los secretos del oficio. Siguiendo la tradición familiar, su hermano menor Víctor Rodríguez Alfonso también se sumó a la recogida.

Las fibras recolectadas la destinan a la empresa Cubatabaco. Con ellas se empacan las hojas del afamado producto en su traslado desde las casas de tapado hasta las fábricas de torcedores.

Víctor Rodríguez Alfonso (24 años) y Osnielky Mayor Alfonso (32 años) viven en la zona más empinada de la ciudad de Matanzas, conocida como La Cumbre. Cada día, cuando aun la ciudad duerme, parten rumbo al Valle del Yumurí.

Osnielky ensilla la vieja yegua a un carromato destartalado que les sirve de medio de transporte. Vadeando una empinada loma recorren cerca de 10 kilómetros. En un claro de monte desensillan al animal y dejan la carreta a buen resguardo. El difícil descenso por un inclinado camino que se abre entre la espesura del bosque marca la primera etapa de la recolección.

“A machete nos abrirnos monte en la manigua porque el caballo apenas podía caminar entre tanta maleza; muchos de estos caminos los hice con mis manos”, comenta Osnielky.

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“Compramos una yegua veterana porque un caballo cuesta muy caro. Más de seis mil pesos –agrega Víctor-, esta la adquirimos en la mitad pero le teme a los carros. Siempre salimos bien temprano para que no se asuste y se desboque. Estaba acostumbrada al monte. Ahora pretendemos cogerle un pacto para en el futuro contar con el remplazo de un caballo joven.

En el pasado armaron un “riquimbili”, una especie de motor de tres ruedas, pero patinaba mucho al intentar subir la carga por la pendiente. Experimentaron también con el alquiler de un tractor “pero la cuenta no daba”.

“Aquí lo fundamental es el caballo, por eso cuidamos la yegua como la niña de nuestros ojos.

En ocasiones el clima no acompaña. Las altas temperaturas del invierno entorpecen la recolección. Cuando se avecina un norte las corrientes de viento que vienen del mar también dificulta la labor.

“El aire es mortal porque endurece las yaguas y las vuelve frágiles como un cristal, y cuando llueve se pudren, sin dudas la mejor época es el verano. Pero nosotros trabajamos todo el año”, asegura Osnielky.

“Pudiera parecer cosa fácil porque una yagua apenas pesa, sin embargo, una docena al hombro es otra cosa, a ello súmele debajo se esconden alacranes, majás, santanicas, y panales de avispas.

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Víctor y Osnielky llevan camisas de mangas largas para evitar las heridas de la maleza, pero al entrar en calor la dejan a un lado. En los brazos se aprecia el daño que les propina el guao, planta venenosa. Aunque ya aprendieron a convivir con esa realidad. Conservan en casa un frasco con cáscara de guácima, un remedio natural que sana las erupciones en la piel.

Ni los alacranes, las avispas o el guao les impide hacer su trabajo. “Diariamente promediamos más de 90 fibras entre los dos. El precio varía según la calidad. Nos pagan 10 pesos por la docena. Superamos los mil pesos, lo que significan alrededor de 700 yaguas mensuales.

Osnielky, no solo el mayor sino quien más experiencia posee como recolector, lleva un registro de la labor diaria en una libreta. Así conocen de antemano el salario que devengarán.

Sobre las diez de la mañana regresan del Valle y comienza la segunda etapa de la faena, quizás la más importante: la selección. Las húmedas las tienden al sol, mientras el abuelo Pablito, que por la avanzada edad ya no les acompaña al monte, cose con un arique las que presenten alguna rajadura. Luego las almacenan en un lugar protegido.

Un camión de la empresa Cubatabaco se encargará de acopiar lo recolectado.

“Salimos al monte los siete días de la semana. Es una tarea dura, mas tiene sus ventajas porque estipulas tu propio horario, y el salario no es malo. Los resultados del trabajo dependen de ti. Solo eres tú, el monte y las yaguas que seas capaz de recoger.

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Osladio Suárez: sentimiento guajiro

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Cuando me hablaron de Osladio Suárez Oliva, fui buscando una historia sobre un domador de bueyes, uno de los mejores según me contaron, pero al escucharle descubrí que las palabras y emociones de este campesino son el reflejo del sentir de muchos guajiros cubanos, caracterizados por la nobleza y el trabajo arduo, y el amor inquebrantable a la naturaleza.

“¡Alabao chico! ¿A estas alturas de mi vida una entrevista? Bueno, yo me llamo Osladio Suárez Oliva, y nací aquí, en esta zona que se conoce como Santo Cristo, en el municipio de Unión de Reyes.

“Mira mis manos, manos que toda la vida tumbaron caña, carretearon bueyes y trabajaron la tierra. Siembro de todo: malanga, plátano, bejuco de boniato, frijoles. Y a pesar de los años no siento el cansancio.

“Fíjate que mi familia se trasladó para Matanzas, pero no hay quien me separe de la finca. Hace unos días vino mi hija de afuera, y fui a verla un día tempranito, y a la jornada siguiente por la mañanita, ya estaba aquí, llamando a las gallinas al aclarar.

“Voy a cumplir 81 años y sigo amarra’o al surco. Me gusta. Toda la vida este fue mi centro de trabajo. El pueblo solo me brinda aburrimiento. Al que es del campo, la ciudad nunca lo atrapa. En la finca disfruto de los animales, lo tengo todo.

“Al levantarme ordeño las vacas, alimento los cochinos, llamo a las gallinas. Luego al mediodía, cuando arrecia el sol, les doy agua a las reses.

“Siempre guataqueo la siembra, si no, crece la maleza. Cuando recorro la zona tengo la impresión a veces que los campos se han perdido de hierba mala. La manigua cierra los caminos. Hoy nadie toma en sus manos un machete o una guataca, todo lo resuelven con una mochila y el fumigo. Al menos en lo mío, hierba mala no se ve, y todo es a machete y guataca.

DOMADOR DE VACAS
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“Soy domador de bueyes, pero por esas cosas del destino, surco la tierra con vacas. Yo tenía una yunta y me la robaron un mal día. Entonces decidí arar con vacas y les abrí el narigón.

“Muchos me criticaron porque decían que ellas eran para dar leche. Pero hice caso omiso. Además, no tenía el dinero para comprar otra yunta. Les enseñé a trabajar. Surcaba a flor de tierra para que no se esforzaran mucho.

“Mi yunta está “adomaita”. Cuando llego a donde ellas levantan la cabeza, como si me saludaran, se quedan quietecitas. Yo nunca les doy aguijón, solo les hablo. Las llamo por su nombre. Una se nombra Primavera y la otra Villa Clara. Mis vacas son virtuosas e inteligentes, aunque enseñarles llevó tiempo y dedicación.

“Se trata de un proceso largo. No puedes colocarle el yugo con el arado de improviso. Las enyugaba durante varios días, y salía a visitar el vecindario con la yunta para que se adaptaran a caminar así. Mis vecinos dicen que cuando Osladio hace visita es porque está domando.

“Después les coloqué un arado pequeño, y les mostraba los suelos que surcarían en el futuro. También las enganchaba a un carretón para que aprendieran a tirar viandas.

“Solo te puedo decir que esas vacas no tienen un aguijonazo. Yo converso con ellas. Cómo vas a agredirlas, si mañana te inclinarás bajo sus patas. A veces uno se puede alterar, pero se me pasa rápido, siempre les hablo y ellas entienden.

“Soy muy consciente de que las vacas no son como los bueyes. Hay que tener más consideración. Ellas paren, tienen su pérdida. Además, te dan leche y te crían al ternero.

ENTENDER A LOS ANIMALES

“Los animales son inteligentes. Fíjate que tengo un caballo que le enseñé a ir a Matanzas, y cuando siente el ruido de los carros él solito se orilla a la cuneta. No se espanta, ni se pone nervioso. Hace 19 años que voy con ese caballo a la ciudad, recorriendo 25 kilómetros de distancia.

“Te seré sincero, yo me siento muy cómodo con mi alazán pero se me está poniendo viejo. No quisiera deshacerme de él, estoy seguro que ninguno será tan inteligente como este. Él tiene su andar. No es un motor, es un ser de carne y hueso, mas siempre que sale, llega a su destino.

“Yo quiero mucho a mis animales. Nunca los he maltratado. No tienes por qué agredirlos. Siempre he dicho que el que se acostumbra a respetar, con la voz le sobra. He trabajado toda la vida con ellos, y nunca me han atacado. Si les trato bien, el comportamiento será recíproco, en cambio, mientras más agresivos seas, más bravo se pondrán.

“Uno se encariña con las bestias. Recuerdo a una vaquita que debí mandar al matadero por vejez. Estuvo conmigo 20 años y le hice 12 partos. No pude mirar al camión cuando vinieron a buscarla. Se llamaba Mulata, y nunca la he olvidado.

“Mi señora tuvo que irse hace algún tiempo para la ciudad porque es diabética. Estamos casados desde 1959. Estoy solo en la finca, y dentro de poco tendré que irme también. Con eso dolor amanezco todos los días. Qué será de esto cuando ya no esté aquí, cerca de la cría, del aire puro, y esta tranquilidad que siempre bate en el campo…pero qué se le va a hacer. Por eso disfruto cada jornada como la última y trato de no ponerme triste. ¡Arriba muchacho! Dejemos tanta cháchara, para que veas cómo enyunto a mis vacas.

Amor dulce y enraizado

Noelia
Entre hierros y ruido transcurren los días de la veterana Noelia Baró Baró. Desde niña se sintió fascinada por esa mole de metal que se erigía a pocos metros de su casa en el batey René Fraga. Antes de nacer, como aquel cuento de Monterroso, ya el central estaba allí. A él ligó su vida hace ya varias décadas, y como esos amores intensos, a pesar del mal tiempo permanecen inamovibles.

Del ingenio colombino Noelia conoce cada palmo y más de un secreto. Rememora que desde siempre, cada inicio de zafra iba precedido de una gran fiesta en torno al centenario Jagüey que corona el centro del poblado. Ella se declara tenaz defensora de las tradiciones heredadas de sus ancestros.

A esta sexagenaria mujer curtida por el rudo trabajo, y risueña como niña, se le encontrará en las entrañas del central, donde laten sus pulsaciones, para muchos el corazón de la industria.

Con una espátula retira la cachaza que se impregna en el filtro. “Si no la retiras y cae en la revoltura del clarificador disminuye el PH y el azúcar pierde calidad”, comenta mientras acomete la faena.

Las difíciles condiciones de su puesto de trabajo no amilanan a esta obrera. Ni el vapor o el bagacillo le nublan la mirada risueña. Eso sí, las constantes vibraciones que produce el motor le provocan la extraña sensación de que el mundo vibra a su paso. “Muchas veces de regresi a casa siento como si bailara regguetón durante el trayecto”, confiesa con una sonora carcajada.

Sobre el positivo desempeño del René Fraga afirma que las cosas cambiaron para bien.

“Ha sido una zafra bastante buena. Mira, yo llevo aquí muchos años. En algunas zafras operé los dos equipos, el filtro y el clarificador, y no ganaba ni 500 pesos en una quincena, ¡imagínate! En cambio, ahora he ganado el doble haciendo un solo trabajo”.

Y mientras Noelia habla, comunica muchos más a través del brillo de sus ojos, como sucede con esas personas que atrapan la felicidad añorada, y que luchan sin descanso porque ese dulce sentimiento se enraíce definitivamente.

Un “Chinchalito” con corazón de gigante

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Los trabajadores del Central René Fraga están conscientes de su hazaña, los pobladores del batey también; incluso al robusto y centenario Jagüey que se erige en el centro del poblado se le nota más vivo, con un verde más intenso.

Quién duda que de tanto cobijar a los hombres y mujeres en zafra no conozca del buen ánimo cuando las cosas marchan bien. Cuentan que en el pasado, ante cada inicio de campaña los obreros se reunían alrededor de su vigoroso tronco para convocar a la buena suerte, y no faltaba quién también evocara a Oggún, el Orisha de los hierros.

Hasta el polvo que se asienta en la carretera, y que se vuelve nube que todo lo cubre tras el paso veloz de una rastra cargada de caña, irrita menos.

Durante varios años ese polvo anunciaba la llegada a una industria en desgracia. Un colectivo lastimado por decisiones erróneas, incomprensiones, y que empezó a padecer de ese mal atroz como es la falta de sentido de pertenencia, ensombreciendo el desempeño de la fábrica. Pero de la noche al día se hizo la sonrisa en el central.

De cuestionados por sus pésimos rendimientos, pasaron a referentes nacionales en la presente campaña azucarera. Desde que echaron a andar sus molinos se convirtieron en el orgullo de los matanceros, y con varias jornadas de antelación arribaron a su plan técnico económico.

Ni el cansancio logra mellar el espíritu cuando ya sobrepasan el centenar de días de molienda. Los obreros solo hablan, piensan y luchan por las 10 mil toneladas prometidas.

Y uno se interroga ante el ímpetu reinante: ¿de qué material están hechos estos hombres y mujeres? En ellos va una mezcla de hierro y melaza, de sudor y sacrificio, individuos con reservas inagotables de voluntades que ni la lluvia apaga.

Nada más traspasar el umbral del central emergen seres con el rostro cubierto de bagacillo, soportando las altas temperaturas que se incrementan con el vapor de las calderas, pero complacidos, porque del René Fraga y de su gente se habla con admiración. Y habrá hasta quién se le escape la frase cariñosa de: a ese “chinchalito” hay respetarlo por su corazón de gigante.

“Un cañaveral bajo el sol en Cuba”

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Cuba sin duda alguna puede ser catalogada como la isla de los innumerables paisajes. Rodeada de mar, bendecida por montañas y llanuras, dotada de un verde con miles de matices, y custodiada por ese señor beligerante que responde al nombre del Sol, sus dotes naturales centellea a la vista seduciendo a los mortales.

Entre esos paisajes que rutilan en la pupila destacan los cañaverales. No por gusto en una famosa canción del Grupo Calle 13 se describe a la Isla en un solo verso: “Un cañaveral bajo el Sol en Cuba”.

Un campo de caña recién cosechado se asemeja a una sabana cubierta por una gran alfombra de color ocre. Tras el paso de las cosechadoras las garzas se dan un festín, por eso se les ve en bandadas siguiéndoles el rastro a los grandes equipos, alimentándose de sapos e insectos que quedan al descubierto.

Pero aunque la gramínea es retirada del campo siempre quedará su espíritu: ese olor a guarapo que inundará la tierra durante días.
Para muchos el Astro Rey es un castigador inclemente que alancea a los hombres desde el cielo, pero para los obreros en zafra representa una bendición, más aun a las puertas de la primavera. Cuando el Sol chamusca a los cuerpos, endurece la tierra y los equipos pueden trabajar mejor.

Por eso nos encontramos al operador de combinadas Yoskiel Abreu Leiva tomando un breve descanso en un campo desprovisto de sombra. Sus primeras palabras no se refirieron al fuerte calor, sino al deseo de que la lluvia no irrumpiera humedeciendo las ganas de cumplir la presente zafra.

El joven Yoskiel lleva casi la mitad de su vida trepado en una cosechadora. Con bastante frecuencia su nombre integra la lista de los operadores millonarios de la provincia.

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“Disfruto estar encima de una combinada, para algunos pudiera ser un trabajo monótono, para a mí me encanta atravesar un cañaveral derribando las plantas”, comenta mientras dos grandes gotas de sudor le recorren la frente.

Asegura que en su casa todos están en función de su desempeño. Incluso cuando llega al hogar el hijo de cinco años le saluda con una pregunta: “¿Papi, cuántas arrobas derribaste hoy?”.
Sus resultados responden a la constancia y al mantenimiento diario de los equipos.

Yoskiel Abreu, tributa la materia prima al central Jesús Rabí, y comparte la faena diaria con un pelotón de retaguardia que siempre está atento a cualquier avería, y en tiempo récord solucionan la situación.

Desde hace 7 años conduce una potente máquina CASE que ha transformado la vida de estos hombres. Con cabina climatizada incorporó a la zafra la palabra confort. Y de los rendimientos ni hablar.

Baste solo decir que una de las cinco modernas combinadas CASE del Rabí, cortan en tres meses los que otros operadores de la provincia consiguen en tres campañas azucareras.

Conocido como Proyecto Vitrina el potente equipamiento cuenta además con siete rastras SCANIA, que en menos de dos de cosechadas descargan la gramínea en el basculador del Rabí.

Distribuidos en cuatro pelotones, los operadores del ingenio calimentense han derribado hasta la fecha 291 mil 860 toneladas de caña. Distribuidos en jornadas de 12 horas, los equipos se mantienen en el campo las 24 horas de un día, durante más de cinco meses. Vale destacar que el salario medio de los obreros supera los 4 mil pesos mensuales.

Pero no se trata solo de dinero, que bien falta hace. La motivación de estos hombres va muchos más allá del salario, es un sentimiento colectivo que invade todos los rostros en el cañaveral: el cumplimiento del plan.

Por ello Yoskiel Abreu nos despide con un estrechón de manos y se dirige hasta su máquina, enciende el motor, y se adentra en el campo sembrado, donde poco después solo quedará una gran alfombra de paja, el olor a guarapo, y las ganas de unos hombres de cumplir la zafra.

La tenacidad siempre gratifica

Elier
Al parecer a la vida de Elier Alfonso llegaron los buenos tiempos. No los trajo la suerte, ni el deseo caprichoso de algún ente sobrenatural. Todo ha sido fruto del empeño y tenacidad de este muchachón que a golpe de sacrificio logró trasformar el semblante de Río La leche, como se conoce a esta finca cercana al poblado El arroyo, en Perico.

Desde mucho antes se dedicaba a la producción de alimentos. Luego introdujo terneros para la producción de carne, y hace solo un año decidió experimentar con la ganadería.

Mediante el Decreto Ley 259 obtuvo tierras invadidas de marabú que poco a poco fue eliminando, del cual solo quedan minúsculos vestigios, el recuerdo de aquellas jornadas interminables, y un que otro pinchazo.

Pero en el campo la palabra descanso apenas se pronuncia. Cuando culminas una batalla, sin tiempo para el deleite, debes alistar las armas para otra.

Así pasan los días de Elier, quien no se molestaría si le sumaran más horas a sus jornadas, porque la mayoría de las veces el tiempo no le alcanza.

Siempre se le ve en varias faenas a la vez, atento a cuanto acontece en su finca: lo mismo velando porque al kingrass y a la caña no le falte el riego, que distribuyendo el ganado en los 30 cuartones que construyó para revitalizar el pasto.

Si bien logró erradicar de tajo al marabú, ahora sembrará postes vivos en los cuartones para que brinden sombra y alimento en los potreros descampados.

Posee un total de 600 animales, de ellos 120 vacas en ordeño que promedian más de 5 litros diarios. Mientras observa el buldócer que apisona el rocoso azul sobre el polvoriento camino, entiende que ahora las venideras lluvias no volverán intransitable comunica su finca con la carretera, comenta que ahora las aguas no volverán la vía intransitable. Antes, un simple chubasco impedía la llegada del camión de acopio.

“Y la leche es vital para los niños y los ancianos. Cuando arranque la temporada de lluvia podremos extraer hasta 2 mil litros”, expresa optimista.

Con esa idea fija de producir para los demás, y por qué no, para los suyos también, emprende nuevos proyectos que incrementará la economía en la posesión.

Incorporará una máquina de ordeño mecanizado, y quizás logre arrebatarle algunas horas más a la noche. Hoy el ordeño se hace manual y comienza cerca de las tres de la mañana.

También espera ampliar los termos de refrigeración. Equipos que le permiten una óptima conservación y la posibilidad de determinar la calidad del producto.

Al adentrarse a una nave donde reposan varios terneros, acaricia una
nueva idea: implementar la cría artificial. De esa forma podrá retirar las pequeñas crías a las vacas, y alimentarlas con pienso de crecimiento o papilla, como le llaman los ganaderos; aumentando aun más los volúmenes de leche.

Eriel lanza una mirada a su finca y sonríe. Quizás el nombre de Río La Leche en algún momento le intimidó, pero sabe que dos mil litros diarios representa su meta más inmediata y alcanzable. Después surgirán nuevos empeños. Por ahora se contenta con lo alcanzado. Luego se seca el sudor, y continúa en su batalla de cada día.

Papa que regresa a la tierra

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Desde hace poco más de un mes, las placitas de mi ciudad se atiborran de personas cuando arriba un camión de papa. Sin dudas destaca entre los alimentos más esperados por los yumurinos. Otros productos no logran tal poder de convocatoria. No por gusto según la FAO es el cuarto cultivo en importancia en el mundo, solo superado a por el trigo, el maíz y el arroz.

En Cuba seguramente se ubique en el segundo puesto, en posición reñida con el arroz, aunque conozco a varios que con mucho gusto cambiarían un plato del cereal por un buen puré de papa.

Pero después de solventar las agitaciones que se sufre en cualquier cola, luego de adquirirla, y una vez en la cocina, quizás poco se pregunten cómo llegó esa papa hasta allí. ¿Qué manos lograron el prodigio de hacerla nacer para extraerla de la tierra? Seguir leyendo Papa que regresa a la tierra