Posteado por: arnaldomirabal | 4 agosto, 2017

La última inmersión que Ronel Almeida no olvida

Ronel Almeida siempre tiene presente a su amigo


Aunque han pasado casi tres años Ronel Almeida no se conforma, y es que hay sucesos en la vida sin explicaciones ni consuelo posible. Solo el tiempo, como señal invariable, mitigará el dolor, mas no lo hará desaparecer del todo. Regresará en forma de brisa una que otra tarde; también puede llegar desde una conversación, sobre todo si trata de buceo.

Y uno cree que se ha aprendido a vivir con ese dolor, que la resignación ganó la batalla, pero mientras Ronel conversa, una lágrima rueda mejilla abajo hasta detenerse en su mentón. No logra ni quiere disimular la tristeza, de ahí que la lágrima permanezca allí, como muestra fehaciente de la aflicción por el amigo que no está.

Durante varios años Ronel y Pepé, como llamaban a José Allegues Piñeiro, compartieron la pasión por el mar y el buceo. Disfrutaban correr juntos en las tardes apacibles de Playa Girón para mantenerse en forma. Las horas les sorprendían conversando. Por eso, la ausencia de Pepe le duele tanto, y fue precisamente Ronel de las últimas personas que le vio… Nunca ha podido olvidar aquel fatídico día de diciembre cuando conversaran por última vez.

EL ÚLTIMO ENCUENTRO

La mañana del viernes 12 de diciembre, ambos amigos desayunaron juntos. Pepe le comentó que bucearía con el canadiense Brian Hugles en la caverna La Colmena, también conocida como el Abarcón de las Pailas.

En el lugar del triste suceso una tarja recuerda la memoria de Pepe


“Hacía un frío que pelaba el alma”, recuerda Ronel. Serían las nueve de la mañana cuando se despidieron. Cuatro días antes Pepe había cumplió 53 años. No sospechaba Ronel que nunca más se verían.

“Lo dejé desayunando. Me dirigía a bucear con un grupo de turistas. Cuando regresé sobre el mediodía, me dijeron que no habían vuelto.

Roynel indagó y le informaron que habían salido las 10 de la mañana. Miró su reloj, calculó el tiempo, e intuyó que no habría problema, la caverna estaba distante y la carretera no muy buena. Además, si algo tenía Pepe era preparación y experiencia como instructor de buceo y hasta había marcado esa caverna con una cuerda guía.

En eso pensaba Ronel cuando llegaron dos españoles para realizar iniciación de buceo y salió rumbo al mar.

ALARMA

Sobre las tres de la tarde regresa y le comunican que Pepe no había llegado. Surgen las primeras alarmas.

Pepe y Brian habían salido en un vehículo rústico conocido como riquimbili. “Seguramente se ponchó”, adujo alguien; “a lo mejor están en Caleta Buena dándose un chapuzón”, propuso otro.

Ronel decide llamar a Caleta Buena para salir de dudas, y le advierten que no estaba allí. Crece la preocupación. Decide salir a buscarlo, aún creen que sufrieron algún desperfecto en la carretera. En el trayecto pasan por Caleta Buena y el parqueador le confirma que habían pasado por allí cerca de las once de la mañana.

En las aguas tranquilas de La Colmena se adentraron los buzos para siempre


Retoman el camino y dos muchachos que venían en sentido contrario le interceptan.

“Oye Roynel, ve para Pino de la Perra que allá está el conductor que llevó a los buzos con unos ojos que no le caben en la cara, dice que se metieron a las once de la mañana y estas son las horas que no han salido”. Eran las cuatro de la tarde. Hubo un silencio, quizás por fracciones de segundos, roto por la frase más triste que Ronel recuerde. “Me volteé y le dije al compañero que iba a mi lado: ¡Perdimos a Pepe!”.

DESESPERACIÓN

Ronel continúa por la carretera y finalmente se encuentra con el chofer del riquimbili. El hombre estaba desesperado. El vehículo permanecía a cierta distancia del cenote. Pepe y Brian se habían colocado los equipos al apearse y había caminado varios metros hasta adentrarse al agua; acordaron que le darían una voz al salir.

“Han pasado varias horas, y no salen”, comentó el conductor desesperado

Con gran angustia, Ronel entendió que había poco que hacer. Regresaría a la base de buceo para activar el plan de evacuación e informar a las autoridades. Antes de partir se inclinó para recoger las chancletas que su amigo había dejado antes de sumergirse para siempre.

Imagen que conserva Ronel, primero a la izquierda, junto a un amigo español y Pepe, en el otro extremo de la foto


BÚSQUEDA

La búsqueda duró una semana. Comenzó desde ese fatídico viernes a las cinco de la tarde. Una decena de buzos se adentró en la caverna La Colmena, y en otras cercanas que se comunicaban con el lugar. También se buscó por tierra, con la esperanza de que hubieran salido en otro punto y estuvieran extraviados en el bosque.

“Fue una semana triste. No se hablaba de otra cosa que de Pepe. Hasta en Cienfuegos nos preguntaban por el buzo desaparecido”, recuerda Ronel.

¿QUÉ SUCEDIÓ REALMENTE?

Una gran incógnita embarga a Ronel, ¿qué sucedió con su amigo Pepe y con Brian?

El experimentado instructor maneja algunas hipótesis. “Las fallas que componen el sistema espeleolacustre de la Ciénaga tienen una profundidad de 60 a 80 metros, sin embargo, en La colmena no rebasan los 30, por lo que no dudo que exista algún falso fondo, quizás él se introdujo en algún agujero y pasó a otro nivel inexplorado de la galería”.

A finales de los 80, dos jóvenes buzos pertenecientes a un centro d einvestigación de La Habana perdieron la vida tras una inmersión en otra caverna. A diferencia de José Allegues y Brian Hugles sus cuerpos sí lograron rescatarse.


Aunque nada puede corroborar tal hipótesis. Ronel solo presupone desde su experiencia personal, ya que a él le sucedió una vez y pasó un gran susto.

Más allá de las relaciones de amistad, que a veces pueden incidir en la evaluación hacia una persona o un hecho, reconoce la alta preparación técnica de Pepe, quien cumplía a cabalidad todos los requisitos y parámetros para el buceo en caverna. Ese día, ambos buzos llevaban consigo doble botella, reguladores independientes, además de linternas primarias y secundarias, cuerdas de salto, todo el equipamiento necesario, unido a la experiencia acumulada.

Sobre Brian Hugles, quien acompañara a José en su última sumergida, Ronel comenta que se trataba de un buen amigo que regresa con frecuencia a la Ciénaga de Zapata. En esa oportunidad traía consigo dos linternas nuevas que donaría, junto a su equipo, al centro de buceo.

A pocos kilómetros de La Colmena queda la caverna donde perecieron los jóvenes investigadores.

Imagen que conserva Ronel, primero a la izquierda, junto a un amigo español y Pepe en el otro extremo d ela foto


Meses después de la desaparición, la hermana del canadiense Brian Hugles visitó el lugar, dejó en las aguas tranquilas del cenote un cochinito plástico, que según aseguró era su juguete preferido de pequeño.

“Pepe era especial, por eso Girón se volcó completo para buscarlo, todos lo querían, muchos sintieron su pérdida, era muy bondadoso, de excelente carácter, un jodedor cubano a quien todos saludaban”, asegura Ronel.

Y el dolor por el amigo regresa, porque si las partidas siempre duelen, sin el necesario adiós, duelen mucho más.

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Responses

  1. una historias estremecedora Arnaldo, la verdad que esas cavernas son muy peligrosas.


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