Las estrellas de Masiel


Las noches de Masiel son las más oscuras que uno pueda imaginar; aunque afuera refulja un manto de estrellas, y una luna llena alumbre la floresta dotándola de sombras y siluetas, Masiel no las ve, nunca las ha visto.

Ella conoce las estrellas por las voces de otros, no por sus ojos. Sabe que existen y que adornan el cielo, incluso que los luceros caen y las personas piden deseos. Lloró más de una vez de niña cuando sus amigos contaban los astros y ella solo veía un manto oscuro. Aunque ha aprendido a no exigirle mucho a la vida, sí sueña con recorrer una playa de noche y mirar al cielo…

Masiel Sutil tiene 32 años y una retinosis hereditaria pigmentaria que se le descubrió cuando comenzaba a dar sus primeros pasos. Desde que nació vive con ese padecimiento.

La claridad del día le favorece un poco, distingue algo, pero de lejos las personas se vuelven borrosas.

Recuerda que de niña no veía la pizarra en la escuela, muchas veces se tenía que parar y acercarse. Llegó hasta séptimo grado. Pudo estudiar más pero a veces la incomprensión desborda la maldad.

Por sus problemas de visión “alguien” pensó que una maestra le facilitaba las respuestas de un examen, cuando solo le copiaba las preguntas. Le dolió tanto aquella situación que decidió no estudiar más. Tiempo después culminaría el 9 noveno grado en la Facultad.

Superó aquel desacierto y enrumbó su vida. Ella siente como si no tuviera ningún problema. Incluso trabajó en el campo escardando frijoles o recogiendo boniato. Ha lavado para la calle. También disfruta las labores hogareñas, lo hace todo en su casa, pero a su forma y su paso, aclara.


LA LUZ DE SUS OJOS

Uno de los pasos más resueltos y con más visión de futuro que dio en su vida contradijo la opinión de los expertos. Al salir embarazada los médicos le aseguraron que no podía dar a luz porque corría el riesgo de quedar irremediablemente ciega, pero era tanta la fe y su deseo de ser madre que desoyó los consejos.

A los nueves meses apenas sintió las contracciones… “como si un poder superior me dijera ya has sufrido bastante…no necesitas un dolor más”.

Y su hija vino al mundo y se hizo la luz en la vida de Masiel. La pequeña se convirtió es su bastón, su guía, también sus ojos.

Reconoce que su padecimiento sí le afectó durante el crecimiento de su pequeña: “En ocasiones se enfermaba, le daba fiebre, entonces yo me desesperaba y aclamaba por los vecinos. Me vi obligada a dejar mi tratamiento.

“Mi niña fue creciendo y aprendió a sobrellevarme, ella dice que no me puede dejar sola porque es mi bastoncito, los ojos de mis ojos.

Si algo llama la atención es el carácter afable de la joven madre, con su sonrisa, llena de optimismo y colores el lugar por donde pasa.

“Imagínate que unido a mi problema de visión, yo sea una persona amargada. ¡Noooo que va!…prefiero sonreír. A veces las personas piensan que soy de carácter difícil porque me saludan y sigo, ¡es que no los veo en la distancia!”, y vuelve a sonreír.

Aunque su padecimiento es irreversible, puede contenerse el avance, y Masiel retomó el tratamiento en la vecina provincia de Cienfuegos.

Ella ha logrado ver la belleza de la Ciénaga hasta donde alcanzan sus ojos, y nadie duda, porque en eso consiste la esperanza, que alguna noche una lluvia de estrellas caigan solo para ella, y hasta la luna le sonría contagiada de tanta alegría.

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