Los colores de Yanciel


Yanciel Torres Urra llevó una vida normal hasta los ocho años. Iba a la escuela, jugaba en el barrio, pero prefería ver la televisión. Con el tiempo empezó a sentir cierto malestar al caminar; recuerda que progresivamente su cuerpo comenzó a inclinarse, y le costaba mantener una postura erguida. Su padecimiento empeoró…

Luego vendrían los salones de operación, la cirugía, el infeliz desenlace. Desde entonces su vida quedaría ligada para siempre a una silla de ruedas, una extensión más de su cuerpo. En la sala de su casa recibiría las clases hasta sexto grado.

Cualquiera pensaría que el porvenir se le truncó a este joven de 18 años, pero no fue tan así. Su mente y lucidez siempre han sido sus mejores aliadas. Prefiere pasar los días en casa; evita el sol y el bullicio de la calle, mas, ha burlado las barreras invisibles que quisieron sujetarle los sueños.

Yanciel consigue volar alto, fugarse del encierro, y llenar de colores su existencia. Desde una vetusta mesa escuchar el arrullo del aquel río placentero que quizás nunca ha visto, la brisa suave del campo que entusiasma a la hojas, el canto de las aves. Todo, lleno de matices vivos, nacen de sus lápices de colores, en dibujos que luego entrega a las escuelas, al policlínico, el círculo infantil, la casa de cultura.

Desde que la pintura le llegó a través de un instructor de arte, se ha convertido en su refugio, el quehacer maravilloso que le permite reinventar el universo a su antojo, con las tonalidades que a veces se ausentan de su vida. A pesar de las carcomidas y despintadas paredes de su vivienda, el joven persigue la luz y, allí, en esos escasos metros cuadrados donde crea, la abraza y la vierte sobre las cartulinas.

Gracias a personas de buen corazón que le apoyan, sus pinturas van adornando las paredes de Cayo Ramona. Su pueblo es algo así como su Vaticano, donde él va adornando su Capilla Sixtina con las ansias creativas de un Miguel Ángel.

Y como todo artista Yanciel cuenta con mecenas, el propio Kcho le hizo llegar materiales para que sus sueños continuarán bullendo como manantial inagotable. En la Casa de Cultura tiene a sus principales aliados, los más determinantes.

Pese a las estrecheces económicas, conserva la sonrisa, una sonrisa limpia de alma transparente, “aunque como todo creador tiene sus resabios”, nos dice bajo su mamá con sonrisa cómplice. Ella figura entre las principales protagonistas de esta historia de luces y sombras.

Resabio por querer quedar bien con todos, por lograr culminar a tiempo los trabajos prácticos que los niños le encargan, las láminas ilustrativas para la escuela, la escenografía para aquella puesta en escena de un grupo teatral en la Casa de Cultura; resabio porque su computadora, ese que le obsequiaron, parece que de un momento a otro no encenderá más.

Sepan que su ira es momentánea, y son más las veces que ríe que las que se exaspera. Y cualquiera diría que fue la vida la que se enojó con él. Mas, no es tan así, en su cumpleaños su casa se llena de muchachos, regalos, apoyo…solo que esto nunca será suficiente, sobre todo si se toma en cuenta que allí solo entra un salario de 162 pesos…

Pero Yanciel, y que nadie lo dude, es un joven dichoso, todos le quieren en el barrio y conocen de sus innumerables premios en concursos de pintura.

Habrá que aprender de él, porque sobran quienes con dos piernas no logran avanzar como este muchacho risueño y soñador. La propia existencia le ha de respetar por su entereza y desafío a las vicisitudes vividas; a todos nos compete que jóvenes como Yanciel no pierdan las ganas de soñar, ni se ensombrezcan sus colores.

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