Posteado por: arnaldomirabal | 13 junio, 2017

Amor en alta mar


La fama de Miriam Hernández Cordobés y Raúl Oquendo Alonso trasciende la Ciénaga de Zapata. Aunque en esta vasta región de pescadores y carboneros muchos pueden presumir de sus talentos en estas actividades, si de pesca se trata los nombres de Miriam y Raúl ganan notoriedad, y eso que son de naturales de San José de los Ramos, en el municipio de Colón. Pero desde que se radicaron en el Humedal, hace ya 13 años, han dominado el arte de la captura de peces.

Confiesa Miriam que en un inicio le temía el bote al punto de las lágrimas, sobre todo si un tiburón dama comenzaba a rondar la embarcación.

La afición por la pesca comenzó en las presas de Colón. Y con el tiempo decidieron radicarse al sur de la provincia, a pocos metros del mar.

Por ese entonces nunca imaginaron que adquirirían tal maestría en la pesca de altura, muchos menos lograr atrapar grandes peces como agujas y petos.

Raúl asegura que su compañero de pesca es su esposa, en quien ha depositado toda su confianza. Han hecho un equipo perfecto. “Ella rema como yo, y es capaz de apresar un gran pez y trabajarlo hasta el final”.

Sonríe al recordar el temor inicial de Miriam, temor que con el paso del tiempo se convirtió en pasión.

Sobre la captura de la Aguja asegura el pescador que no está exenta de peligro, “puede costarte la vida, debes estar atento”.

“Hay personas que piensan que pescar es lanzar un nailon y es mucho más que eso. Lo primero es llevar suficiente carnada y “engoar” (lanzar cebo al agua), y conocer tu actividad, algo que brindan los años”.

“Para pescar una aguja debes salir en las noches sin luna para capturar chicharro que servirá de carnada, al amanecer, cuando rompen los claros del día, aparecen las primeras, a veces no, y debes esperar horas encima del bote. A las personas solo les gusta pescar cuando pica, esto es cosa de paciencia. En una ocasión estuvimos 18 días, con 18 noches y no sacamos nada.

“Nos fascina. Mas, no es fácil; aquí las embarcaciones se impulsan mediante velas y remos. Hablamos de remar casi 20 kilómetros y a veces en contra del viento, para no hablarte del sol. En alta mar no tienes donde guarecerte, y el resplandor de los rayos en el agua te “come” la vista, a eso súmele el sube y baja del bote. Al regresar cuando te sientas en la sala de la casa, todavía tienes la impresión que todo se mueve”.

“Aun así, vale la pena el sacrificio, porque nada se compara con capturar una aguja. Es impresionante como sale del agua y salta una y otra vez, con el abanico levantado. Es hermoso,” comenta Raúl, y agrega “el peto en cambio se caracteriza por su velocidad, puede quemar un cordel.

Mientras el pescador conversa, Miriam enseña las cicatrices que le dejó un bonito en varios dedos de su mano.

LOS SECRETOS DE LA LUNA

Como aquellos sacerdotes de las viejas culturas precolombinas que llegaban a conocer los posibles fenómenos de la naturaleza según el movimiento de los astros, Raúl anota en un viejo almanaque los pormenores de cada jornada de pesquería, según las fases de la luna.

Por eso sabe que en los meses de enero y febrero la aguja no corre, prefiere permanecer en tierra. Atendiendo a sus registros, en un cambio de luna de principios de marzo del pasado año sí capturó varios ejemplares, lo que predijo que si en igual fecha se aventuraba al mar correría con buena suerte…y así fue.

“Además, cuando hay luna llena el chicharro no pica, porque aprovecha la claridad para agenciarse el alimento por su cuenta, y no se acerca al anzuelo”. Entonces Raúl se vale de mañas de avezado pescador. Coge mojarras y les retira las aletas, porque se encrespa cuando un pez grande se le acerca.

TIBURÓN

Aunque el matrimonio ha sacado varios tiburones de tamaño considerable, no olvidan el susto que pasaron una vez.

En esa ocasión tenían un gran tiburón sujeto al bote por la cola. Miriam aconsejó acercarse a la orilla para trabajarlo mejor, en ese instante el temido pez hace un brusco movimiento y consigue lanzar a Raúl, quien cae al agua a pocos metros del bicho.

En su nerviosismo Miriam solo consiguió gritar: “te lo dije, te lo dije”. En el sobresalto consiguió subir al bote y finalmente se dirigieron a la orilla y todo quedó en el susto. Una vez cerca de una playa treparon el tiburón a bordo.

Si bien el océano les fascina lo respetan, reconocen que un error les puede costar la vida. Como bien dice una canción, hasta el mar más azul esconde peligros. Pero como la vida misma, los riesgos siempre van implícitos ante cada obra que se acomete. La grandeza está en superarlos, como bien hizo este matrimonio.

Seguramente hasta el propio mar les extraña cuando pasa el tiempo y el bote Crucero no se aventura en sus aguas. Entonces Caletón y Buenaventura se quedan sin asombros ante cada captura de Miriam y Raúl, y hasta el amor se pone ceñudo, sin el sabor del agua salada y las peripecias en alta mar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: