Playa Girón: Graduado en el combate


El batallón recobra su formación inicial. Ante la arremetida del B-26 con su vómito de fuego los milicianos se vieron obligados a replegarse. Nada se compara a la metralla desde el cielo. Las balas de los fusiles apenas rozan al avión y los hombres no siempre consiguen guarecerse.

“Pero al menos ese pájaro asesino ya no disparará más. Yace en el suelo desperdigado en mil pedazos humeantes. Hasta aquí, en el central Australia, vino a cazarnos cuando todo ha acabado para los mercenarios. Como si se tratara de los últimos jadeos de una bestia herida”.

En esas cosas piensa el joven Edilio Santiago Rodríguez Plasencia desde una formación de milicianos. Acaba de experimentar su primer bautizo de fuego en un combate real. Aunque en el pasado se jugara la vida en la lucha clandestina nada se comparara a una guerra de verdad. Quizás nunca estuvo preparado para ese lunes nefasto.

-¡Soldado 1057!- lanza una voz marcial a la formación.

En el pasado también sufrió riesgos. Pero se aseguraba de ocultar bien los bonos del 26 de julio y medicamentos recolectados para la Sierra Maestra en aquel plantón de malanga, en la finca de su padre. Solo cursó hasta sexto grado, lo suficiente para entender que era necesario transformar el estado de cosas que sufría el país.

Resultaba peor si se trataba de un guajiro pobre de familia numerosa y con tierra arrendada. Cierto que con el sudor de la frente y el filo de la mocha se agenciaba el sustento diario sembrando arroz, boniato, cortando caña o quemando carbón. Sin embargo, “la vida se te consumía lentamente y nunca eras dueño de nada, menos de la tierra que tanto trabajabas. Solo malvivías”.

A ello súmele la persecución de la Guardia Rural. Cada vez que llegaban a la finca San Pablo, allá en su natal Carlos Rojas, pasaban lista para saber cuáles de sus nueve hermanos no estaban en casa. Aquello era una presión constante, revisaban el bohío indagando quién faltaba y por qué. Por eso se sumó al Movimiento 26 de julio, a pesar de que el jefe del puesto de la Guardia Rural, conocido por Macario, siempre amenazó a su familia con ahorcarlos a todos.

-¡Soldado 1057!- se vuelve a escuchar el llamado militar.

Por eso Edilio disfrutó tanto ese primero de enero de 1959. Por eso con tanta decisión dirigió sus pasos hasta la Estación de Policías de Carlos Rojas. Nada impediría que los guerrilleros llegaran a La Habana.

Con 24 años tenía toda una vida por delante para entregarle a la Revolución. No lo pensó mucho para organizar las Milicias en su pueblo, ni meditó apenas cuando le designaron junto a otro compañero para pasar el segundo curso de la Escuela Nacional de Responsables de Milicias.

El joven intuía que sucedería algo grande en su vida y en el país ese 1961. El tal Eisenhower, presidente norteamericano, no engañaría a nadie. Nada bueno auguraba las continuas tensiones con Estados Unidos. Algo muy adentro le decía que de un momento a otro ocurriría una invasión.

Por tal motivo, regresó a la Unidad antes de tiempo. No necesitaba un aviso previo para incorporarse. Todo anunciaba un potencial ataque: los continuos actos terroristas, el asesinato de varios milicianos en el cumplimiento de su deber, el incendio a la tienda El Encanto, hasta el momento culminante cuando bombardearon los aeropuertos cubanos el 15 de abril. Estaba más que seguro que se trataba del preludio de una invasión. Kennedy heredó la papa caliente de su predecesor.

-¡Soldado 1057!

Después de tres meses de preparación militar se creía listo para la guerra. Mas, para una guerra nunca se está preparado lo suficiente. A pesar de que la Escuela de Responsables de Milicias eran de las fuerzas más capacitadas para contrarrestar los ataques. No por gusto el Comandante en Jefe le da la orden a José Ramón Fernández, director del centro, de dirigir las tropas al lugar de conflicto.

“Sé que la tensión e incertidumbre se apoderó de muchos de mis compañeros. ¿Miedo? Miedo no. Un poco de temor tal vez. Atrás quedaba la familia, aquella muchachita. Lo cierto es que esa madrugada del lunes 17 de abril nunca la olvidaré: el batallón formado junto a varios morteros de 82 milímetros, los camiones, la carretera central, pero carecíamos de artillería antiaérea para contrarrestar la aviación enemiga.

“Solo teníamos los fusiles FAL, nuestra juventud y el corazón. ¡Ahhh!, y bastante entrenamiento. Confieso que me embargó un sentimiento de orgullo cuando pasamos por Jagüey Grande entre los vítores de la población.

“Minutos después, al apearnos en el Central Australia, se podían escuchar el bombardeo persistente de la aviación enemiga. ¡Era la guerra!

“Cuánta metralla. Los árboles volaban en pedazos, las piedras, los primeros muertos. Era un infierno lo que caía del cielo. Los B-26 arreciaban el fuego. Y a lo lejos se veía el Napalm ardiendo. Y yo me preguntaba cuándo llegaría la defensa antiaérea.

“Aun sin ella avanzamos por toda la carretera entre el castigo de la aviación y la arenga de nuestro jefe, el Gallego Fernández. ¡Ahí sí había jefe! Iba a nuestro lado. “¡Pa’lante muchachos! ¡Pa’lante!”. Y uno sin chistar, sin miedo, y si asomaba te lo tenías que tragar. Solo eras tú y tu valor, apretando fuerte el fusil FAL. Avanzando por una carretera que saltaba en pedazos…había que llegar a Palpite.

“Si los mercenarios llegan a establecerse en Palpite la historia sería diferente. Lo tomamos nosotros sobre la marcha. Fidel, clarividente siempre, sentenció: ¡Ahora sí ganamos la guerra! Ya no habría cabeza de playa, ni gobierno provisional.

“La aviación enemiga se dio gusto asesinando a milicianos y civiles. En palpite mataron a Claudio Arguelles. Gran compañero. Otra fue la historia cuando las antiaéreas entraron en acción. Ya contábamos con una cobertura que nos protegería. Los mercenarios comenzaron a recular.

“Si una guerra es cosa fea, mucho más lo será en la noche. Aunque las balas trazadoras te dejan cierta sensación extraña. No desagrada del todo verlas como atraviesan la oscuridad con su luminiscencia”.

En todas esas cosas piensa el joven Edilio desde su formación. Ayer, martes en la noche, 18 de abril, le dieron la orden de retirada del teatro de operaciones. Llegaban fuerzas frescas. Su batallón había perdido a muchos hombres. “Girón se cuenta cortico, pero esas 72 horas marcarán toda una vida, y todo un país. Estoy seguro”.

-¡Soldado 1057!

-¡Aquí!-, responde finalmente Edilio Santiago- concho, están pasando revista, ese es mi número en el Batallón. No lo había escuchado. Ese maldito B-26.

“Es triste cuando pasan revista después de un combate y notas que no están todos. Murieron 22 de mis compañeros. Aquellos amigos que conociste en el transcurso de tres meses y avanzaron contigo en el fragor del combate. Pensar que aún no nos hemos graduado oficialmente como responsables de milicias….”.

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