Cuando el amor anida en Los Hondones

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Una joven pareja villaclareña decidió radicarse en un apartado paraje cenaguero desoyendo a familiares y amigos, quienes no vieron con buenos ojos la decisión de los profesionales de explorar una nueva vida en Los Hondones, un batey de la Ciénaga de Zapata.

Ana María Suárez y Yeniel Machado Rodríguez nunca sospecharon qué al aceptar aquella invitación de un viejo condiscípulo de la universidad trastocaría sus vidas para siempre.

Accedieron pasar unos días en la Ciénaga de Zapata para escapar de la rutina diaria en la que se veían sumidos desde hacía varios años. Tras graduarse en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, permanecieron allí impartiendo clases, pero las cosas fueron tomando un matiz incoloro, y su existencia un sabor insípido.

Les gustaba impartir clases, el vínculo con los alumnos, mas, los días pasaban volando, y se convertían en semanas, luego en meses, y septiembre desembocaba en septiembre, y ellos apenas se daban cuenta que su existencia pasaba veloz entre papeles, reuniones y la preparación de las conferencias.

Fue aquel amanecer en Los Hondones el que les produjo un estremecimiento, una ruptura, y con la juventud y las ganas de experimentar como bandera, tomaron una decisión temeraria, que no agradó a los familiares y amigos más cercanos: se irían a vivir a La Ciénaga, donde él podría ejercer como máster en Agronomía y ella como Licenciada en Biología. Pues sí, el Humedal era el sitio predilecto para una nueva vida.

Recuerda Ana que la idea inicial aquel fin de semana del 2015 consistía en permanecer de viernes a domingo, pero les impactó tanto el lugar que decidieron quedarse hasta el lunes. “Esa fue nuestra primera vez”.

Yeniel agrega que desde el primer momento les impactó todo: “la tranquilidad, la paz. Conservo un bello recuerdo de mi primer amanecer en Los Hondones. Nos quedamos en una casa de campaña, cuando amaneció estábamos frente al bosque, fue una sensación placentera, única. Entonces, le comenté a Ana, es increíble como llevamos tan poco tiempo, y uno se aleja tanto de los problemas del día a día en una ciudad.

“Yo había realizado prácticas de silvicultura en las lomas de Jibacoa, pero los bosques son totalmente diferentes, allá ves pinares, acacias, pero nunca esta espesura”.

La joven recuerda que la primera percepción de la ciénaga fue a través de Los Hondones, “no nos movimos a otro lugar. Esto es un poblado muy tranquilo, y no sé, quizás tiene que ver con lo que cada quien aprecie en la vida, hay persona que tienen otras prioridades y ni amarrados vivirían aquí; nosotros valoramos mucho el bosque, poder entrar y ver tanta diversidad de animales”.

“Cuando visitamos el canal fue precioso, la puesta de sol, el agua más fría y sabrosa que hemos probado, y qué decirte de las playas de aquí con su transparencia, los corales y peces. En el norte de Villa Clara ninguna playa tiene tal nivel de conservación.

“No hemos recorrido toda Cuba, pero no conozco otro lugar como la Ciénaga, posee muchas cosas diferentes desde el punto de vista natural, todas son exuberantes.

LOS INCIOS

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Acerca de cómo inició la idea de quedarse en la Ciénaga, Yeniel comentó que les gustaba la universidad “el trato con los estudiantes, a quienes extraño muchísimo, en cambio había otras cosas que nos robaban denasiado tiempo. No estaba funcionando, tenemos compañeros que le van bien pero nosotros no nos sentíamos así.

“Cuando nuestro amigo comenzó a vivir en Los Hondones nos propuso radicarnos aquí, ya que podíamos ejercer nuestros estudios. Existían posibilidades reales de trabajo”.

Ana, por su parte, admite que “al principio no lo tomamos en serio, pero después, como pareja y como personas, comenzamos a valorar diferentes opciones. Decidimos que Yeniel terminara su Maestría y cuando culminó el curso, sin dejar nada pendiente, la decisión ya había cobrado fuerza. No fue apresurada, lo conversamos con la familia”.

“Uno tiene una edad, sueños, aspiraciones que en la universidad se iban a demorar un poco más de lo que teníamos pensado. Valorando las alternativas que se nos presentaban, creo que nos sedujo el lugar, la paz y tranquilidad que reina aquí, si a ello le agregas nuestras profesiones, la Ciénaga se convirtió en el lugar propicio para nosotros. Decidimos salir de la zona de confort y arriesgarnos”, acota Yeniel.

Reconoce Ana que les recibieron con los brazos abiertos en la Empresa Forestal Integral, porque allí prevalece la visión de lo que puede dar la juventud, sobre todo la que está preparada.

La joven se desempeña como técnica de manejo de la estación San Lázaro, donde realiza innumerables tareas como inventario de fauna y peces, recorridos de reconocimiento de calidad o velar por la salud de los ecosistemas.

Por su lado, Yeniel quien funge como jefe de producción de la Unidad Silvícola de la Ciénaga Occidental, advierte que empezó a trabajar antes que Ana, “eso nos ayudó, pensamos que demoraríamos más en conseguir empleo, pero tuvimos suerte, gracias a eso el cambio fue feliz”.

“En mis dos años de servicio social, aunque estuve ligado a la producción, me dediqué a cultivos varios como agrónomo, nada que ver con la parte forestal, fue un reto, de hecho, lo es todavía.
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“Superviso el plan de 10 brigadas, distribuidas por los diferentes asentamientos encargadas de la producción de carbón tradicional y de exportación. Este grupo debe cumplir un plan anual para la empresa, debemos elegir las áreas que se puedan talar o atender desde el punto de vista silvícola.

“Tuvimos algunas dificultades de transporte que te limitan conocer de primera mano qué hace el carbonero y en cuáles condiciones trabaja, cuestiones que desde una oficina o detrás de un buró no se pueden saber.

SEIS MESES DESPUéS

A la pregunta de si a veces no extrañaban Santa Clara, una ciudad tan cosmopolita, Ana respondió: “En realidad no fue tan drástico como nos imaginábamos. Siempre hemos sido muy unidos a la familia, y pensamos que estar lejos por primera vez sería un reto, además de la nueva circunstancia de vivir solos. Sin dudas, difiere mucho de la vida universitaria, aun como profesores. Todo se mueve en otra dimensión. Pero finalmente fue menos traumático de lo que esperábamos”.

“El hecho de haber llegado aquí, conocer esto, todas las variantes que nos da la naturaleza para no aburrirnos, hay mucho potencial para la ciencia, para aprender cosas nuevas que puedes llevar inmediatamente a la práctica. Eso te brinda satisfacción personal”, expuso Yuniel.

“Nos faltan muchos lugares de obligatoria visita y que no hemos conocido. Relacionarnos con los cenagueros resulta placentero, tanto que no extrañamos mucho, por supuesto, a veces regresan con cierta nostalgia las amistades de Santa Clara, la familia, las fechas señaladas, los juegos deportivos de la universidad, el inicio de curso, cuestiones así.

Sentados frente a la casa, la pareja habla con un entusiasmo que se aprecia en el brillo de los ojos. Admiten que apenas tienen tiempo para el aburrimiento.

“Nos levantamos a las 5: 30 a.m., yo que era muy remolona, ahora me levanto a esa hora sin chistar, solo porque me siento bien. Desayunamos, y sobre las 6 y 30 tomamos la guagua en la bodega del poblado. Llegamos al trabajo sobre las 7:00 a.m., y regresamos por la tarde, para seguir atareados y entretenidos. Cada tarde vienen alrededor de 20 cotorras y permanecen en nuestro patio, es un espectáculo”.

Yeniel comenta que aún hay personas que les inquieren sobre su decisión, y hasta la ven descabellada “pero yo no he tenido tiempo para aburrirme, realmente la idea de acondicionar el patio, tenerlo limpio, contar con la posibilidad de plantar árboles que sirvan para atraer las aves, los zunzunes, las frutas, me resulta increíble.

“Yo soy ingeniero agrónomo y ver cómo crece la planta desde semilla o postura hasta que nace el fruto, es algo único. Siempre tengo qué hacer, y le pongo mucho empeño; también criamos animales. Me fascina criar gallinas, cosechar mis propios vegetales, me encantan todos los cultivos de ciclo corto pero fundamentalmente las hortalizas, rápidamente uno ve el resultado y este ambiente lo propicia.
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“Están las condiciones, simplemente hay que trabajar para ver el coco floreciendo, el mango que sembraste hace tiempo y nunca había florecido. Cuando descubres los frutos te reconfortas.

El estudio sigue siendo prioridades para ellos: “le estamos dedicando un poquito más de tiempo a estudiar otras cosas, aquí aprendemos lo que realmente nos interesa o nos despierta la curiosidad”.

Ana reconoce que extraña ciertas comodidades de la universidad, como la Internet, aunque se trajeron suficientes documentos científicos y hasta series televisivas.

“Cada noche tratamos de poner la mesa y comer juntos. Preparamos algunos traguitos, un vinito, a cada rato celebrábamos, lo mismo por nuestro primer mes de estar aquí, un nuevo aniversario de novios, un buen día en el trabajo, cualquier otro hecho, como cuando me hice guía de aves, mis primeros binoculares, la maestría de Yeniel.

“Ese tipo de cosas es lo que no podíamos hacer antes porque no teníamos tiempo para eso. El ritmo al que íbamos era muy acelerado.

LA ACOGIDA EN LOS HONDONES

Muy bien al decir de Yeniel. “El cenaguero es muy amable y solidario. Cuando llegamos aquí no conocíamos a nadie, y fueron muy atentos, respetuosos. Una noche tuvimos problemas con la electricidad, y yo entre el miedo que le tengo a la corriente y lo poco que la conozco, me vi obligado a buscar ayuda.

“Encontré a un señor que se nombra Humbe, vino, solucionó el problema y no quiso tomarse ni un café, eso no es una cosa que ves hoy en día en la sociedad cubana, a veces nos cobramos hasta la sonrisa. Ver esa gentileza nos chocó muchísimo, porque quizás, al inicio, por la falta de confianza no fueron los más conversadores, pero siempre que necesitábamos buscar algo de comida, cualquier cosa, nos han indicado solícitos”.

EL FUTURO…

“Hay ciertas y determinadas cosas que nos golpean, por ejemplo, el tema de la vivienda, que es uno de los problemas principales que golpea a nuestro país, y en especial, a la juventud. Esta casa es prestada. Hoy en día hacerse de una casa en Villa Clara, aunque sea de un cuartico, resulta difícil.

“A veces pensamos en el futuro, los niños, la lejanía de las escuelas, de los hospitales, pero queremos aprovechar al máximo nuestro tiempo aquí. El futuro se complejiza un poco, porque no tenemos la posibilidad de una casa, pero nos gustaría vivir en algún lugar de la ciénaga, tener un patio como este, tal vez aquí mismo en Los Hondones donde siembras una planta de ponasí y se arriman decenas de aves. Solo por esa imagen valió la pena nuestra feliz decisión”, comenta Ana con una sonrisa en los ojos, mientras trata de saludar a una bandada de cotorras bullangueras que se adueñan de su patio.

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Un comentario en “Cuando el amor anida en Los Hondones”

  1. Arnaldo, no sabes la alegría que me ha dado leer este trabajo. Yo conozco a esos muchachos y fui uno de los que se asombró con su decisión. Mi asombro lo explico, tal vez, porque no todos estamos dispuestos a darle ese giro tan grande a nuestras vidas. Gracias, colega, por acercarnos a la historia de esos muchachos. Me gustaría mucho contactarlos. Si los vuelves a ver me gustaría que le transmitirse muchos saludos de mi parte y mi mayor deseo de que tengas éxito en su vida. Para ti un abrazo y las gracias por esta historia que se sale de los márgenes de lo cotidiano para adentrarse en los Montes.

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