Posteado por: arnaldomirabal | 25 julio, 2016

“Uno llega a sentir amor verdadero por su embarcación”

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La vida de Adalberto Figueredo Gómez es la pesca, pasión que heredó por tradición familiar. Desde siempre le han dicho Piquito y eso también lo sacó de la familia. “Andaba con mi padre pa’ arriba y pa’ abajo, me crie en este medio y, como se dice por ahí: hijo de pescador termina pescando”.

Natural de Girón, en la Ciénaga de Zapata, recuerda que fue un 20 de mayo de 1983, cuando se subió a un barco como integrante de una tripulación. Comenzó como marinero de cubierta, luego se desempeñó como motorista hasta que ocupó el puesto más importante, el de patrón de barco, hace 17 años.

“Es el máximo responsable de cuanto acontece en la embarcación. Debe exigir que cada trabajador realice su función. Corrige el rumbo y está al tanto de todas las maniobras.

“Son 20 días en el mar y se dice fácil, pero es duro. A veces no tenemos las condiciones idóneas, no obstante, cumplimos la tarea”.

Cada navío posee un folio, matrícula y todos la conocen por ese número. La de Adalberto es la 320 y se ha convertido en su segundo hogar, aunque algunos pensarían que es el primero, pues pasa allí 20 días al mes. Hablamos de casi 240 jornadas marineras en un año.
Como bien asegura Piquito “uno llega a sentir amor verdadero por la embarcación y por los trajines de marinería”.

La etapa de invierno es muy difícil por las inclemencias del tiempo. El verano constituye la mejor temporada. El mar está más tranquilo por estas fechas.

“El cambio climático no es cuento de muchacho, antes en abril comenzábamos la zafra de la biajaiba, y en estos tiempos a finales de mayo todavía no aparecen”.

Son seis hombres en el barco y la tarea de dirigir nunca resulta sencilla. “Cada cabeza es un mundo. Pero lo elemental está en el respeto y escuchar la opinión de los tripulantes.

“No siempre las salidas terminan bien, el clima puede atentar y las restricciones de las áreas de pescas han influido en la disminución de las capturas.
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“No tengo una especie preferida, saco lo que aparezca por la proa. De las artes de pesca prefiero el palangre, un cordel con varios anzuelos colocados a cierta distancia unos de otros”.

Muchas han sido las sorpresas. La Tormenta del Siglo lo sorprendió pescando, también recuerda los ciclones Kate y Lili. Una vez no les dio tiempo llegar a la base y se vieron obligados a guarecerse en una ensenada identificada como el refugio de Diego Pérez. Allí atracaron durante ocho días.

“Uno aprende a conocer al mar, hasta como amanezca el día puede augurar si habrá mal tiempo. El comportamiento de los peces te avisa. En ocasiones cuando se pierden, prepárate que se avecina una marejada. Lo logras a través de los años y por escuchar a los pescadores viejos, que nunca vieron un GPS ni las nuevas tecnologías, pero sí le sabían un mundo a este oficio.

“El difunto Kiko Costafé, nos advirtió cuando la Tormenta del Siglo. Cerca de Batabanó nos dijo desde su embarcación: ‘Piquito no salgan mar afuera que el tiempo viene malo, esas rayas blancas y rojas del horizonte que se ven al oeste anuncian mal tiempo’. Nosotros no le hicimos caso, y alrededor de los 20 minutos el mar rugía. El motor no arrancaba, tiramos dos anclas y las perdimos. No quiero recordar aquello”.

Son tantos los años de Adalberto en esa actividad que no sabe lo que es el mareo, asegura que camina en la cubierta como si se tratara de tierra firme y hasta olvidó la palabra miedo. Al principio sí, como aquella vez que se le hundió un barco. “Nos sorprendió un mal tiempo cerca de Cayito Caga’o, y cuando intentamos retroceder, el paño se enredó en la propela, detuvo el motor y nos estrelló contra el cayo. Allí estuvimos la noche entera. Por suerte, nos rescataron”.

Considera que los jóvenes de hoy se interesan más por la informática que por la pesca, porque la faena es bastante engorrosa. De siete de la mañana a cinco de la tarde “siempre faja’o con los avíos”. A veces juegan dominó, pero duermen temprano.

Desde hace varios años vive en La Habana. Incluso estuvo un periodo como capitán de un remolcador, en el destacamento naval de Tropas Guardafronteras en ese territorio; sin embargo, nada más que supo que había una plaza en la empresa pesquera regresó para la ciénaga sin pensarlo dos veces. “Yo nací y me crie en este lugar. Aquí vivieron mis ancestros. Cuando salgo mar afuera siento una tranquilidad y una paz incomparables. No puedo alejarme demasiado, porque extraño enseguida. Lo que me quede de vida quiero pasarla arriba de un barco”.


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