Posteado por: arnaldomirabal | 17 julio, 2016

El manantial de los sin techos

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El Flaco y El Niche hicieron buena yunta quizás por aquello de que la adversidad compartida golpea menos fuerte. Un buen día llegaron a la zona residencial de La Playa, en Matanzas, quién sabe de dónde. Dicen que son matanceros, y como muchos venidos a menos, aseguran que manejaron grandes fortunas en el pasado pero la mala estrella, o la envidia, les golpeó duro y ahora se ven en la calle, durmiendo a la intemperie, o en los portales del vecindario.

Con el tiempo se han ido ganando el afecto de los vecinos de la zona, quienes les permiten realizar algunos trabajitos de jardinería, o botar escombros, por lo que se ganan un dinerito extra y hasta un plato de comida.

Desde que comenzaron a manejar un bicitaxi su suerte ha cambiado un tanto asegura El Flaco. “A veces ganamos hasta 200 pesos al día, duermes con las piernas adoloridas pero con algo caliente en el estómago”.

Sus verdaderos nombres son una incógnita. El flaco, el más comunicativo de los dos, asegura que tenía casa, buena vida y familia, pero tras un negocio fallido con un familiar no tuvo más remedio que irse a vivir a la calle, “sin sobresaltos ni sentimientos negativos”.

Sus edades también son un misterio, aunque las arrugas en el cuerpo del Flaco hace creer que frisa los 40. En su abdomen lleva un tatuaje apenas inteligible donde solo se puede leer la palabra traición; la tinta del tatuaje es artesanal, similar a los que hacen en prisión derritiendo un cepillo de lavarse los dientes.

“Estuve guardado por carne de caballo pero “al tanque” no regreso. La libertad no tiene precio. No quiero problemas, aunque los problemas me persiguen. Cada vez que hay un robo en el barrio me detienen varios días”.
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Mientras El Flaco conversa, azuza el fuego en un fogón improvisado. A poca distancia, El Niche descuartiza una cabeza de cerdo. Fue el pago por una corrida en el bicitaxi. No sabían qué hacer con ella y decidieron cocinarla a orillas del viaducto matancero, a un costado de la bahía, justo donde brota un manantial de agua dulce. En ese manantial, cada tarde lavan su ropa y se bañan decenas de gentes sin casas como ellos.

Cuenta El Niche que ese manantial surgió hace millones de años tras las fracturas del sistema cavernario del cual surgieron las Cuevas de Bellamar. Esas fueron sus únicas palabras. Pero al parecer solo se trata de una tubería rota.

El Flaco, más desenvuelto, asegura que cada día por esos manantiales pasan decenas de recogedores de latas, de bronce, vendedores de anillos de oro falso, carretilleros, que tratan de ganarse la vida durante el día en lo que aparezca, todos con algo en común: personas sin hogar que duermen donde la noche les sorprenda.

Pero la intemperie tiene sus premios, presenciar los que otros ni imaginan mientras reposan placenteramente en sus lechos. “Hace unos días estaba con El Niche y una botella de ron, nos quedamos dormidos a orillas de la playa Los Pinos, y de madrugada me despertó el ruido de un camión que entró casi hasta el agua. Bajaron una lancha, un tumulto se montó encima de la embarcación ¡y tunturuntu! pasaron a mejor vida, y nadie vio nada, solo nosotros”.

El Flaco bien pudiera comprarse una casita de esas que venden en el “llegaypon” de la Raspadora, barrio insalubre en la periferia de la ciudad, donde van a carenar los recién llegados de fuera de la provincia, en su mayoría provenientes del centro y oriente, o los salidos de prisión.

“Una casa puede costarte allí cerca de 8 mil pesos cubanos, con el visto bueno del presidente del CDR a los pocos días te dan la libreta de la Oficoda y pasas a la legalidad”, y El Flaco roza el dedo índice con el pulgar de su mano izquierda en un gesto que en Cuba se traduce como pago en efectivo.
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Aunque le nombra casa, nada tiene que ver con la idea que muchas personas puedan tener de lo que significa un hogar. En la Raspadora la mayoría de las casas son de cartón y techo de cinc, y muchas veces el baño (un tibor) queda a pocos centímetros de la cocina.

El flaco sigue conversando mientras un comerciante de la cercana cafetería estatal viene en busca del cuchillo que le prestara para descuartizar la cabeza de cerdo.

La carne mantecosa bulle en el interior del cardero, también en préstamo de otra vecina. El olor del cerdo domina el lugar. Entre las uvas caletas que crecen a orillas del viaducto aparece un hombre, recogedor de latas sin hogar que también hizo su refugio cerca del manantial. “Yo estaba cocinando arroz, lo comparto con ustedes si me invitan a la fiesta”.

En apenas un giro de vista se quitan la ropa y se quedan en short ¿o calzoncillos? y comienzan a lavar sus ropas para desprenderse del sudor de la dura jornada. Las personas que pasan por el viaducto se quedan mirando la escena. Algunos ríen, otros quedan azorados. Todos desconocen que a orillas del viaducto matancero brota un manantial de agua dulce…


Responses

  1. Buena la historia, así se hace periodista!!! Confieso que yo era de las que no sabía que a un costado de la bahía de Matanzas, en el viaducto, brotaba un manatial.


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