Posteado por: arnaldomirabal | 3 junio, 2016

La trampa de los bufé

La foto no fue precisamente frente a un bufé, pero la expresión de la cara es similar

La foto no fue precisamente frente a un bufé, pero la expresión de la cara es similar


No hay nada más desconcertante para un cubano que enfrentarse a un bufé. Ante la abundancia de comida perderá esa sonrisa que tanto le identifica, atormentado con la insistente pregunta: ¿¡Por dónde empiezo!?

Y en esos momentos uno quisiera tener el sistema digestivo de un rumiante, o regurgitar como ciertas aves. Porque el problema surge cuando vislumbras la cantidad inconmensurable de alimentos raros, y piensas enseguida en tu regreso a casa, y hasta te imaginas ante tu plato desprovisto de tanto, recordando aquellos muebles colmados de todo.

Por eso insisto en la idea de un estómago con cinco compartimentos como el de las vacas, pero no para ingerir hierba, ¡nada de eso! En lo particular, cuando estoy ante un bufé, casi nunca miro hacia los vegetales, tampoco hacia los dulces, (también desconocidos), en honor a la verdad no logro mirar hacia lugar alguno, porque se me pierde la mirada.

Es cierto lo que dicen algunos teóricos de la comunicación, demasiada
información sobresatura la vista y el intelecto. Te sobreviene una especie de bloqueo mental.

Al cubano poco habituado a esos jelengues se le conoce desde la distancia. Sufre una especie de parálisis en todo su cuerpo que le impide el movimiento, queda con un plato en la mano observándolo todo sin saber hacia dónde dirigir sus pasos finalmente. Solo logrará lanzar una mirada imprecisa de 360 grados para quedar en el mismo lugar petrificado. ¿¡Por dónde empiezo!? Volverá a preguntarse.

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté a un bufé, o bufet, como dicen los franceses, que a la larga fueron los causantes del mal, me faltó imaginación y destreza. Tomé mi plato y lo colmé de arroz blanco, potaje de frijoles negros y bistec de cerdo (no resulta necesario acotar que no fue un solo bistec). Típica comida cubana. Era lo que conocía. Por suerte comprendí a tiempo que actuando así me privaría de disfrutar a plenitud.

Sacando cuentas, creo que el cerebro casi siempre te juega una mala
pasada en esos instantes, porque a veces antes de decidir qué te
servirás, ya sientes inapetencia. Y es cuando la emprendes contigo mismo, porque no te queda espacio para aquella carnita de allí que no sabes qué es, pero tiene muy buen aspecto.

Al segundo encuentro con un bufé me preparé psicológicamente de antemano. No me dejaría vencer. Evité colocar en mi plato esos acompañantes de siempre en la mesa del cubano, cero arroz y frijoles, solo carne. Pero tampoco me fue muy bien. Solo pude degustar la tercera parte. “Comes más con los ojos”, diría mi
mamá.

Como sé que es de muy mal gusto llevar jabitas, con mucho dolor me
desprendí de aquellas lonjas que luego tanto extrañé, en ese
instante, cuando no pude digerir más nada, quise contar al menos con una bolsa como los canguros.

Cuando ya son varios los encuentros de ese tipo te creerás muy ducho, y hasta darás consejos, mas siempre perderás la partida. En cierta ocasión me decidí por pequeñas dosis de alimentos, (hablamos de carne, okey) opté por ciertas vajillas finas sin indagar el contenido, terminé consumiendo pulpo cuando lo que quería era langosta. Yo ni sabía que ese bicho se comía.

¿Los mariscos? ¡Qué traicioneros! Cierta vez con mi plato rebosante de camarones, recordé que nunca los había comido con caparazón. Como no podía regresarlos a su lugar decidí zampármelos de un bocado… infeliz decisión. Casi me ahogo, me hincaban la lengua, la garganta… no quiero recordarlo.

Evoco con cierta nostalgia que las mesas suecas de mi infancia eran menos desconcertantes que un bufé. A estas alturas no llego a entender la diferencia entre ambas; quizás que la segunda a pesar de su nombre nórdico, era más cubana, y hasta cederista, porque no había fiesta que se respetara en mi barrio sin ella.

Rememoro las croquetas de mi mamá, los pudines de Hortensia, los tamales de María, la ensalada fría… Ahora que lo pienso, en las ocasiones que me he enfrentado a un bufé, no recuerdo haber visto una croqueta, a lo mejor sí, pero ante tanta abundancia uno pierde la certeza de la realidad.

Pienso que en los hoteles deberían brindarle a los iniciados en esos
menesteres algún plegable con las instrucciones necesarias para “acometer la tarea” dignamente, pero mientras, no importa, siempre que pueda seguiré bufando en esos lugares, aun con la angustia de llenarme antes de tiempo…y no poseer el sistema digestivo de un rumiante.


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