Posteado por: arnaldomirabal | 31 mayo, 2016

Dialogando con un patrullero

Por Arnaldo Mirabal Hernández

Fotos: Ramón Pacheco Salazar

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Desde hace algún tiempo varios compinches del barrio me hablan de un fenómeno según ellos creciente y que apenas se aborda en nuestra prensa: la corrupción en las fuerzas del orden. Aseguran algunos que existen policías, sobre todos agentes de tránsito, que se valen de sus uniformes para exigir prebendas.

Recordé de un tirón aquel agente de la motorizada que días atrás había multado a Jesús alias Pepito, chófer del periódico Girón, cuando retornábamos de la Ciénaga de Zapata tras realizar varios reportajes.

Rememoré que en esa ocasión el oficial nos saludó cortésmente y le pidió a Pepito los documentos, luego le explicó que había sobrepasado los 50 kilómetros de velocidad establecida, como señalaba una señal de tránsito que se podía ver a pocos metros de nosotros, lo cual confirmaba que tenía razón. Pasó el tiempo pero aquel comentario de mis socios del barrio me palpitaba adentro. Por esas cosas de la vida me topé nuevamente con el mismo policía y como quien no quiere las cosas lo saludé y le pregunté si me recordaba, al instante comenzó el diálogo, luego le pedí que me hablara sobre la corrupción….


Sin importar las altas temperaturas, o esos chubascos sorpresivos muy frecuentes en el verano, el primer suboficial Aidolys Rafael Garcell Loforte permanece atento a los vehículos que circulan por la Autopista Nacional, donde se desempeña como agente del orden público motorizado.

Es el encargado de establecer el orden y hacer cumplir las regulaciones del tránsito para los distintos medios de transporte. Su misión consiste en vigilar los delitos que se puedan cometer en la vía contra estas normas. El joven aguza la mirada y desde la distancia observa imperturbableel ir y venir de vehículos y peatones. Hará hincapié en la transportación masiva de pasajeros, ante los fatales accidentes ocurridos en los últimos años.

DE AMORES, MOTOS Y ALGO MÁS

Todo comenzó en la lejana Sagua de Tánamo, allá en Holguín, 11 años atrás. Aidolys Rafael vio en la televisión un reportaje sobre el actuar de las fuerzas motorizadas y sintió como si un bichito interior, ese que despierta las pasiones, le punzara muy adentro.

Contaba con 19 años y quiso ser policía de tránsito. No pasaron muchos días y comenzó a indagar sobre la posibilidad de ingresar al Ministerio del Interior. Conoció de varios cursos, y hacia allá dirigió sus pasos. Tras llenar algunas planillas, someterse a varios exámenes, entre ellos un estudio psicométrico, ingresó en una Academia del Minint.

Sería el primer paso de un largo trayecto. Las materias versaban sobre el actuar de las fuerzas del orden y también sobre la vida.
¿Cómo ser un mejor individuo? Aprendió desde defensa personal hasta las elementales reglas de educación formal. Algo que ya practicaba desde antes gracias a la crianza de sus padres.

El periodo de aprendizaje fue extenso y arduo. En ese tiempo permaneció en una unidad policial de la Capital del país, donde siguió superándose. Rememora aquel curso de acción anticriminal, que le permitiera integrar el Grupo operativo para la detección de actividades delictivas.

Pero su sueño de pertenecer a las fuerzas motorizadas continuaba imperturbable. Al menos lo rozóalconducir un auto patrullero. En esa etapa se caracterizó por su entrega y sacrificio que le valiera el reconocimiento de sus superiores.

“Sentía que iba alcanzando mi sueño, pero se me realizó otro más bonito, conocí a mi actual esposa, natural de Jagüey Grande”, recuerda. Y es entonces cuando la historia de Aidolys toma matices matanceros. Como el amor tiene poderes inquebrantables, el oficial pide traslado para la occidental provincia, y comienza a conducir una patrulla de carretera en el municipio de Jagüey.

Luego ingresa en la Unidad de Tránsito Provincial, y buena una mañana, que él nunca olvidará, su superior le llama a la oficina.

“Me extendió una llave y me dijo: desde ahora usted responde por ese equipo. Era una moto Suzuki”.

A los pocos minutos, sin recuperarse de la sorpresa y con alegría evidente, llamó a su madre María Victoria: “Vieja, cumplí mi sueño”, apenas logró decir.

Al instantese enfrascaría en el lavado de su primera moto que recuerda con afecto. Hoy conduce una Guzzi. “Llegas a sentir cariño por tu moto, y ser celoso de su limpieza y mantenimiento, para que cada accesorio funcione correctamente”.

DÍA A DÍA DE UN PATRULLERO

Garcell Loforte disfruta su tarea pero reconoce cuánto lleva de sacrificio y entrega. “Debes estudiar mucho, conocer al dedillo laLey 109 Código de Seguridad Vial, ya que tu accionar se rige por ese documento”.

“Desde nuestros puntos de contención enfrentamos a conductores bajo los efectos de ingestión de bebidas alcohólicas, exceso de pasajes en los transportes de pasajeros, y violaciones a los límites de la velocidad establecida”, explica.
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A lo largo de su carrera ha recibido innumerables reconocimientos y condecoraciones, como la Distinción por el Servicio Distinguido. Justo mañana viernes exhibirá en su pecho la medalla por los 10 años del Servicio en el Minint.

Cuando se le pregunta qué rasgos debe caracterizar a un patrullero sin apenas pensar la respuesta, como si la tuviera en el gatillo, asegura: “cumplir con las tareas que le asigne el mando superior, altos valores humanos, respeto hacia las personas, sinceridad, ser revolucionario y honesto”.

Y esta última palabra la cumple Aidolys a carta cabal. En varias ocasiones le han intentado sobornar, pero él los ha denunciado. La enseñanza recibida de sus padres le impide aceptar cualquier prebenda. Desde la humildad y sencillez, sus progenitores le inculcaron que hay cosas que no tienen precio, que no se compran. Y hoy él es el encargado de mostrarles ese sendero luminoso a sus tres hijos pequeños, para que en un mañana cercano hablen con orgullo de su padre el patrullero.


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