Posteado por: arnaldomirabal | 16 mayo, 2016

Cuando ni el dolor amilana a un hombre (+ Fotos)

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El sol fustiga desde el cielo, y la lluvia, la única capaz de apaciguar el calor, desoye las súplicas de la tierra necesitada de mitigar tanta sequía. Mientras, Antonio Serra permanece imperturbable en su faena. Valiéndose de sus muletas amontona la mala hierba de su finca. Primero apoya una en la tierra para no perder el equilibrio, y con la otra, lanza la maleza a cierta distancia.

Luego toma la guataca, que además de instrumento de labranza también le sirve de sostén. Comienza a guataquear, y es como si rasurara la tierra que deja ver su rojo intenso.

Si sus 82 años logran asombrar ante tanta energía y entrega, la admiración crece al conocer que Antonio padece osteoartrosis, enfermedad que se nombra comúnmente como desgaste en la cadera, donde la fricción de los huesos provocan dolor, hinchazón, pérdida de movimiento en las articulaciones y deformación. Por tal motivo, Antonio lleva siempre consigo dos muletas que se volvieron compañeras inseparables, y aparejos de labranza.

“Habrá quienes no crean que un impedido físico pueda mantener este conuco de nueve cordeles. Cada día me levanto bien temprano, me trepo al triciclo y me llego hasta mi finquita. Paso las mañanas aquí, siempre atareado. Ahora solo espero las aguas de mayo para sembrar maní.
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Con esas palabras nos recibe Antonio Serra Baro en su posesión, próxima al central Australia, en el municipio de Jagüey Grande. Todos le conocen como El Isleño. Aunque vive allí hace más de 40 años -la mitad de su vida- es natural de Pedro Betancourt.

Siempre fue hombre de trabajo. Llegó a cortar hasta 135 mil arrobas de caña en una zafra. Por semejante proeza azucarera, viajó a la Unión Soviética en 1986 junto a su esposa. “Tengo tres o cuatro medallas”, añade humildemente. “Cuando demolieron el ingenio, sentí tristeza y mi vida cambió para siempre, pero no me amilané”.

Mas esa misma vida le jugaría otra mala pasada. Con los años comenzó a sentir un dolor severo en la cadera y en una de sus rodillas. La dolencia arreciaba al caminar.

“El padecimiento me llegó por allá por el 2002. Desgaste en las articulaciones. Tuve algo de suerte, me vio el mismísimo Rodrigo Álvarez Cambra, pero el daño en mis huesos era irreversible. Si me intervenían quirúrgicamente, corría el riesgo de quedar inválido”.

La operación era muy peligrosa. En cambio, el afamado ortopédico le aconsejó: “Antonio, no puedes ir para tu casa a sentarte o coger cama, debes caminar al menos un kilómetro al día”. Y así lo hizo El isleño.
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Como siempre fue hombre laborioso decidió cultivar la tierra. Desde entonces Antonio permanece a pie de surco. A veces, cuando se enfrasca en las labores agrícolas le sobreviene el dolor, aunque con el tiempo ya aprendió a convivir con él.

En los próximos días le surcarán el área con una yunta de bueyes, luego él arrojará las semillas de maní, más tarde las cubrirá con la guataca porque no puede hacerlo con los pies.

La faena es ardua. Eso sí, se entretiene mucho en la finca. “Me distraigo, por eso vengo todos los días, además, a la tierra hay que atenderla bien”.

¡UN TRICICLO PARA ANTONIO!

Vivimos en un país envejecido, y las personas de edad avanzada necesitan, más que todo, sensibilidad. Antonio no siempre la encontró. Llegar hasta su finca era casi una odisea avanzando con sus dos muletas. Aunque siempre le socorría un alma buena, similar a la suya.

“Yo venía en coche o en lo que apareciera. Como todos me conocen y aprecian, me traían hasta el sitiecito, no obstante, en el regreso demoraba hasta dos horas en la parada.

“Muchas veces hice gestiones para conseguir un triciclo, de esos con los pedales como timón para impulsarte con las manos, pero me decían que no había. Nadie tenía idea de cómo podía obtener un vehículo de ese tipo. ‘¿No había o no se me quiere resolver?’, preguntaba yo”.

“Deseaba valerme por mí mismo. No me gusta molestar tanto a los vecinos, pero tampoco quería dejar la finca. Tengo un hijo enfermo y mi señora es muy mayor, los tres tenemos tarjetones para adquirir las medicinas, somos botiquines andantes como quien dice. Figúrate, estamos a tres yuntas y un buey”, dice con una sonrisa.

Fue entonces cuando un lunes de marzo de este propio año,s u hermano de Batabanó se apareció finalmente con un triciclo con los pedales en el timón. La añoranza de Antonio se hacía realidad.

“Justo el 21 de marzo, cuando Obama comenzaba su visita oficial en La Habana, mi hermano me sorprende con semejante regalo”, comenta Antonio.

Cuando intento jaranear, agregando que al parecer con Obama llegaron los buenos tiempos a su vida, me corta tajante, mas sin brusquedad, “de Obama nada, ese triciclo es cubano, ¡Yo soy fidelista muchacho! Solo fue una feliz coincidencia.”

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Y lo de feliz lo dice porque ya se vale por sí mismo para trasladarse. Llega tempranito a su posesión y sale al mediodía, son cuatro kilómetros de distancia que recorre diariamente entre ida y regreso.

Durante toda la conversación no se desprendió de su tabaco, sin embargo, asegura que se fuma uno solo al día. Prefiere llevarlo en los labios que absorber el humo. Lo prende en la mañana y lo apaga al poco rato. Luego al mediodía lo enciende y vuelve a apagarlo. Es más bien una vieja manía.

-¿Si se encontrara una botija con oro dejaría la finca?– le pregunto para aguijonearlo.

-Bueno, le seré sincero, nunca la dejaría, sembraría menos quizás, pero imagínate que si recibiera más dinero me diera por sentarme en la casa. ¡No resolvería nada!

“A mí siempre me gustó la agricultura, porque la tierra lo da todo, es como una mujer, y de las buenas. Te retribuye siempre. Usted se casa con una mujer y tiene cariño, cuidado, atenciones, y la tierra es igual, solo debes esmerarte y tratarlas bien.

“Mantenerme en la finca dependerá de la salud, no solo de mi voluntad, y también de la naturaleza, eso sí, mientras pueda avanzar, aun con el dolor arreciando estaré aquí. ¡Palabra de guajiro! ¡Aaahh! Una última cosa jóvenes: ¡Nunca se olviden de mí!
¿Y cómo olvidar, Antonio, la recia voluntad de un hombre…?

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