Posteado por: arnaldomirabal | 2 marzo, 2016

El dilema de los calderos y otros dislates

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La información es un bien común y un derecho amparado por la Constitución de la República. Una persona informada de manera correcta contará con las herramientas necesarias para decidir con certeza sobre cualquier esfera de la vida, todo lo contrario sucederá con los individuos que carezcan de elementos suficientes para afrontar las diversas circunstancias de la propia existencia.

El hombre siempre ha necesitado de la información. Esta resultó indispensable para su evolución desde que se le separara el pulgar de los restantes dedos de la mano y comenzara a sostener instrumentos hace millones de años.

¿Dónde se encuentran las mejores zonas de caza? ¿En qué sitio guarecerse de las altas temperaturas del invierno? Preguntas que él hombre siempre se hizo antes de contar con un alfabeto. La información propagó nuestra especie en el planeta. Lástima que hoy más de uno olvidan su necesidad y utilidad.

Si no pregúntenles a los habitantes de Playa Larga, quienes se vieron obligados a pernotar varios días frente a un establecimiento de comercio con la angustia que trae el desconocimiento.

Durante varias jornadas, decenas de vecinos de los barrios de Playa Larga se apostaron cerca de una tienda aguardando porque reiniciara la venta de los equipos de inducción. Del hecho solo conocían que los equipos habían llegado, no así los documentos que legalizaban su propiedad. Esa era “la bola” que rodaba. Pero no había certeza alguna sobre las causas de tal dilación.

Lo curioso del caso recae en que la multitud se amparaba bajo las sombras de los cocoteros de la emisora La Voz de la victoria, un medio de información. Y nos consta que no se trató de falta de gestión de sus trabajadores, más bien de la poca importancia que se le presta a la necesaria divulgación de aspectos que afectan a la población.

Una simple aclaración hubiera disminuido el malestar que allí reinaba. Al final esa función se la dejaron a “radio bemba”, quien propagó la noticia de que un supuesto camión recorría la provincia con los documentos salvadores.

Pero lo peor vino después, cuando un periodista se personó en el lugar y tras las exigencias de los pobladores, el reportero decidió indagar sobre “el dilema de los calderos”, como alguien jocosamente llamó a la prolongada espera por los equipos de inducción.

Para sorpresa nuestra, al llegar al establecimiento donde se hallaba un directivo de Comercio, este rehusó hablar con la prensa “porque no era el lugar propicio para brindar información”. Se refería a la proximidad de los pobladores, los principales afectados, quienes más necesitaban conocer sobre la solución del problema.

Me entristece, para no emplear otra palabra altisonante, constatar cómo muchas personas desconocen cuáles son sus funciones en la sociedad. Un directivo primero que todo, debe velar tanto por los resultados y buen funcionamiento de su empresa, como por el bienestar y satisfacción del pueblo, que muchas veces se consigue con la oportuna información, desterrando el formalismo ya burocracia.

Algo similar ocurrió hace pocos días con otro directivo al frente de los laboriosos obreros de Etecsa, quienes desde hace varios meses se encuentran trabajando en el municipio Ciénaga de Zapata.

El compañero no aprovechó la oportunidad de esclarecer las falsas expectativas que se ciernen sobre la Ciénaga ante el ir y venir de equipos y recursos.

Alegando precisamente esa cuestión de evitar la expectación desmesurada, senegó a brindar información sobre la labor que acometen sus subordinados.

Las falsas expectativas crecen ante el silencio y los vacíos informativos, y no solo por el entusiasmo que pueda impregnarle a una noticia un periodista, que evitará que aflore cualquier criterio infundado siempre que prevalezca en su ejercicio la palabra profesional.

Aunque en el VI Congreso del Partido, el presidente Raúl Castro criticara abiertamente el secretismo y exigiera más profesionalidad a la prensa, algunos se hacen los sordos o los desentendidos, ignorando que tales desatinos y vacíos informativos crean malestar en la población y empañan la imagen del proceso revolucionario cubano.


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