Posteado por: arnaldomirabal | 20 septiembre, 2015

Monteando puercos en la Ciénaga de Zapata

montear
La crianza de animales forma parte intrínseca de la cultura del cenaguero. Los suelos pantanosos y poco fértiles influyeron en esa práctica como una manera de agenciarse el sustento. Los cerdos lideran la lista, con la peculiaridad de criarlos en libertad. Las bondades del monte, que les provee de suficiente semillas y raíces, favorecen la reproducción de estos animales. Esta actividad sin dudas destaca entre las más añejas del apartado municipio.

Con los años los pobladores han desarrollado ciertas habilidades en el manejo de la cría suelta. Desde la domesticación de perros, reconocimiento del terreno, hasta conocimientos de medicina veterinaria para atender los diferentes padecimientos de los animales.

caballo
TEMPRANO EN LA MAÑANA…

Todo comienza bien temprano. El sol apenas asoma y ya los criadores ensillan el caballo, le colocan los arreos y el carretón.
Ante el inusitado ajetreo mañanero los perros intuyen que hoy habrá trabajo, demostrando su disposición con fuertes ladridos. Una vez todo dispuesto, suben los canes al coche y parten rumbo a la ciénaga tomando el camino de Los Hondones.

“Es el último día del menguante, hoy los lechoncitos sangrarán menos cuando se capen”, advierte José Rosario Pérez, quien lleva varios años criando. Le acompaña Dulce María García y Jesús Surín Martínez, más conocido por Chuchú. Este último conduce el carretón.
Dulce y Jesús llevan el jolongo a cuestas. En su interior viaja la instrumentación necesaria para la ardua tarea que les espera.

CAMPEÓN Y BEJUCO

Durante el viaje Campeón y Bejuco se muestran ansiosos, como chicuelos afanosos por jugar. Con sus grandes patas en las barandas del vehículo observan el camino fijamente.

Se trata de dos perros de la raza perdiguero criollo. De constitución delgada sobresalen sus largas extremidades y grandes orejas.

“Son los perros idóneos para este tipo de trabajo”, asegura José mientras sostiene a Campeón de la soga, deseoso por salir corriendo monte adentro.

“Su excelente olfato les permite localizar a un animal a kilómetros de distancia”, agrega.

Mientras se avanza, Dulce asegura que esta faena sin perros sería imposible. Los entrenan desde cachorros, pero tal parece que nacen sabiendo lo que tienen que hacer.

Su alimentación consiste en harina, pescado, vísceras, la dieta del can debe contar con abundantes proteínas y carbohidratos para proveerle suficiente energía. Cuando los criadores salen al monte en busca de los puercos, el esfuerzo físico de los perros es considerable. Casi seis horas continuas de carreras y ladridos.

cienaga
SIGUIENDO EL RASTRO

Tras varios kilómetros recorridos los criadores llegan a una bifurcación del camino y deciden soltar a los canes. Campeón avanza con el hocico rasante al suelo, olfateando. Se pierde en la espesura del monte y José intenta seguirle.

Por unos instantes el silencio lo abarca todo. Reina cierta tensión en el ambiente. A veces los criadores recorren varios kilómetros y no logran encontrar a los puercos. En otras ocasiones en solo minutos Campeón y Bejuco dan la señal de aviso. Los cerdos recorren largas distancias para alimentarse.

Desde la distancia se escuchan ladridos. Esta vez Campeón tuvo suerte gracias a su olfato. José y Dulce se dirigen hacia el lugar. Acaban de localizar a una lechona recién paría.

LOS PUERCOS

Al llegar encuentran a una lechona con seis crías. Comienza la faena. Primero alimentan a los animales con maíz. De esa forma los cerdos siempre permanecerán cerca. Saben que con los perros también llega el alimento. José toma una soga, hace un lazo y la pone en el suelo, luego le coloca varios granos como trampa.

La puerca se acerca y de un tirón queda enlazada. José la derriba y sostiene. Dulce extrae del jolongo medicamentos para curarla tras el parto. El alumbramiento irritó su sexo y necesita atenciones. En cuestiones de minutos le aplican las pomadas “para que no coja bichos”.

Luego caparán a los machos recién nacidos y le marcarán para que no se confundan con la manada de otros cenagueros. Las marcas pueden variar según los dueños. Lo mismo consisten en realizarles pequeños orificios circulares en la orejas, que en escindirle un extremo de esta.

cura
Una vez atendida la recién estrenada madre y su prole, continúa la marcha.

Todo eso ocurre casi en el corazón de la ciénaga. Los productores deben atravesar el monte con el agua a las rodillas. Siempre teniendo cuidado por si caen en una tembladera donde el fango de hunde y traga. Pero de tanto recorrer el lugar ya conocen cada palmo.

Se observan varias huellas en el terreno, por las formas de las pisadas José sabe diferenciar de cuál animal se trata, si es el verraco semental, o aquella lechona joven en gestación.

Retornan los ladridos a los lejos. Si no se ataja a Bejuco puede lastimar una cría. Pero si se trata de un macho joven el perro puede resultar atacado.

Incluso una madre recelosa de sus crías puede envestir produciendo serias heridas. Con un verraco el encuentro puede ser nefasto, incluso costarla la vida al perro. Bejuco y Campeón llevan marcas en sus cuerpos de estos encontronazos.

“campeón tiene dos cicatrices, una en un costado, y otra en el pecho. A Bejuco le tasajearon el vientre y quedó con los intestinos afuera”, comenta Dulce con pesar, quien ha aprendido a desempeñarse como excelente veterinaria. En ambas ocasiones suturó a ambos perros y les curó con esmero. Y ella es la encargada de capar a los lechoncitos.

¡BEJUCO! ¡DA LA VUELTA!

Llegan al lugar desde donde proviene la algarabía. Se trata de otra lechona parturienta. “Hizo poca cama”, refiere la avispada mujer, ante el nido construido por la propia cerda para el alumbramiento.

Las crías deben tener dos días de nacidas, y muestran gran nerviosismo ante los recién llegados. Quizás sea la primera vez que ven a un perro y a seres humanos. Resulta beneficioso que desde temprana edad se adapten a los ladridos. Con un cerdo “perre’ao” es más fácil trabajar. También se adaptarán a las voces de las personas, y siempre que les escuchen entenderán que llegó el maíz.

“La lechona tiene buen tetero”, comenta José refiriéndose a la ubre de la madre, indispensable para amamantar a sus hijos. Se repite la faena: enlazan al animal, le curan, y luego capan y marcan a la camada.
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Faltan varias crías. Le dan las voces de mando al perro: “¡Da la vuelta, Bejuco!”, y sale disparado como una saeta. Se asemeja a aquellos galgos italianos de carrera. Avanza con rapidez y belleza sobre las aguas.

Al rato regresa con las crías extraviadas y se las presenta a su amo y amigo.

Siguen el camino atravesando el pantano. Tienes que conocer el lugar porque te puedes perder dada la homogeneidad del terreno. Quien camine por la agreste zona por primera vez no sabrá cómo hallar la localización.

Los mosquitos y los jejenes también hacen su faena asaeteando la piel constantemente. Debes evitar rozar los árboles por la santanica, algo difícil con una vegetación tan tupida.

“Montear tras los puercos es una ardua faena pero tienes que atenderlos y curarlos, de lo contrario no se reproducirán”, comenta Dulce mientras sortea los gruesos troncos que nacen en las aguas.

En un día pueden atender decenas de animales. Los arañazos que les provoca la espesura del monte se les infecta con las mosca del gusano. Por eso siempre llevan en el jolongo un líquido de olor penetrante que repele al insecto.

Después de varios kilómetros ciénaga adentro llegan a tierra firme, una incipiente elevación conocida como Boca de Madruga. Varias palmas adornan el lugar. Por esas rarezas de la naturaleza dos ceibas colosales sirven como puntos cardinales, una señala al norte y la otra al sur.

El sol se encuentra en el cenit marcando el mediodía. Han transcurrido casi cinco horas de ajetreo continúo. Los perros no han dejado de ladrar un segundo. En el claro de monte van apareciendo decenas de puercos. Llegan atraídos por las voces humanas, que ya reconocen, y el maíz.

La mayoría muestra excelente salud. El bosque les provee de la alimentación necesaria. Comen palmiche, hicacos, caracoles, lombrices, frutas. Aseguran que el sabor de su carne es mucho más sabrosa que los criados en cautiverio a base de salcocho y pienso. Cuando se asan el olor puede llegar a kilómetros de distancia y el color de su manteca también difiere.

Los criadores lavan sus botas en una poceta para retirarles el fango, suben a los perros al carretón. Termina así una jornada que se repetirá pasado mañana. Dentro de varias semanas les espera el alumbramiento de seis lechonas, lo que intensificará la labor. Por hoy terminaron. Regresan a casa, y Campeón y Bejuco finalmente callan y se echan en el suelo del carromato. Atrás quedan los puercos, la ciénaga, las santanicas, la vida silvestre en su intensa ebullición.


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