Posteado por: arnaldomirabal | 18 septiembre, 2015

Tello o la sabiduría de las plantas

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Tello no oye bien de un oído y es que los años no pasan por gusto. Ante cada pregunta debes alzarle la voz, pero cuando logra escucharte, vierte sobre ti un torrente de historias que te dejan boquiabierto con los innumerables pasajes de su vida. Le oirás los relatos de cocodrilos, pantanos y mambises con la misma tranquilidad que habla de las más de 300 plantas medicinales que conoce, y que le han salvado la vida a más de uno según me contaron.

Si me tocara presentarlo a un auditorio, lo definiría como un viejito yerbero de la Ciénaga de Zapata que le sabe un mundo a las plantas curativas, pero Abelino García Arencibia, conocido por Tello, es mucho más que un yerbero.

Bien pudiera ser un juglar por el número de historias cenagueras que cuenta, que vivió o escuchó de sus mayores. Con jocosidad narra aquella vez que un cocodrilo le comió la gorra a Pela’o, su hermano mayor. Antes los cazadores de cocodrilos colocaban el sombrero en la punta del machete para atraer la atención del animal y así capturarlo una vez cerca del bote.

“Pela’o quiso imitar a mi padre pero el cocodrilo le zampó la gorra de un bocado. Fuimos corriendo para donde estaba papá, porque la gorra era nueva, acabadita de comprar. El viejo sin emitir palabra alguna se dirigió al río, cazó al bicho, lo abrió, y la prenda estaba intacta en su estómago, sin un rasguño apenas”.

También conversa sobre su abuelo mambí, Rafael Arencibia, quien tenía en campamento en la inaccesible ciénaga. Las condiciones agrestes del terreno no impedían que su abuela atravesara el pantano para verle, en tiempo donde apenas había camino y todo estaba infestado de cocodrilos.

Cuando lo veo dialogar con esa fluidez y claridad que asombra, a pesar de sus 91 años y 11 meses vividos, nos viene a la mente aquellos patriarcas que los habitantes de las comarcas antiguas reverenciaban por tanta sapiencia acumulada.

Pero más llama la atención su vitalidad. Camina con la agilidad de un mozalbete, cruza los pies cuando conversa, monta bicicleta, limpia cangrejo, lee el periódico sin espejuelos, toca el tres, alimenta a las jutías en el corral, busca el pan a la bodega, lo cual advierte que estamos en presencia de una salud inquebrantable.
bicicleta
Pero si por lo antes narrado Tello bien se merece una historia, al conocer de sus conocimientos acerca de las plantas medicinales, con las que hace cocimientos para contrarrestar decenas de padecimientos, entendemos que se trata de un personaje singular con un don natural para curar personas.

Temprano en la mañana había llevado un remedio a base de propóleo y miel de abeja para unos niños del batey que padecían de un malestar estomacal.

Según cuenta, comenzó en eso de la medicina verde desde edades tempranas bajo el influjo de su madre. Ella tomaba una planta, la nombraba, y luego le indicaba para qué remedio era útil.

“Me decía: esta sirve para el dolor de muelas, aquella para el estómago, así fui adquiriendo experiencia junto a mi vieja”.
Con los años fue acrecentando sus conocimientos, hasta dominar casi 300 plantas con propiedades curativas, en su mayoría oriundas de la Ciénaga. Su fama ha rebasado las fronteras imaginarias de Zapata.

“Algunos vecinos me dicen que soy tan médico como los doctores que estudiaron medicina, porque vienen a verme pacientes no solo del municipio, también he atendido a personas de Jagüey Grande, Colón, Aguada de Pasajeros, Cienfuegos”.

“Hace años dejé de apuntar en un libro los casos que atendía. No te asombres si te digo que eran unos cuántos, quizás miles. He curado hepatitis, inflamaciones del hígado, muchas dolencias”.
guitarra
Su notoriedad hizo que una estudiante de medicina le consultara para desarrollar su trabajo de diploma. Conserva varias fotografías que algunos pacientes le obsequiaron en agradecimiento, con una sentida dedicatoria al dorso.

Cualquiera pudiera creer que sus éxitos a la hora de curar guarda relación con lo divino, o algún conjuro mágico, pero Tello enseguida me ataja y deshace cualquier asociación con el más allá.

“Ni misticismo, ni divinidad. Solo creo en la experiencia que se adquiere con los años, y en el conocimiento de las plantas; tampoco evoco a espíritu alguno, no existen, todo se debe a la naturaleza. Ella es la fuente de todas las cosas”, y mientras emite sus palabras con energía para que le escuchen bien, cruza sus piernas y se recuesta en el taburete. Luego sonríe.

Me muestra el recorte de un viejo periódico donde aparecen reflejadas las bondades de la guanábana, ya que él colecciona todo lo que se publica concerniente a la medicina verde.

Aplica los remedios en cocimiento, y muchas veces los resultados son favorables, siempre y cuando el enfermo siga al pie de la letra sus indicaciones.

“Recuerdo un muchacho de Agramonte. Padecía hepatitis y su madre venía con frecuencia pero él no se curaba. Pasaron los días, las semanas, y el cuadro era similar, sin mejoría. Le pregunté a la mamá:

-¿Hace todo lo que yo le digo?- ella me respondió que sí. Luego le pregunté la edad del joven.

-Tiene 19 años y está casado. Su esposa es un año menor- me respondió.

“Le orienté a la madre que primeramente la joven pareja tenía que dejar de verse por un tiempo, no podían tener contacto sexual alguno. Al mes vino la señora con el rostro lleno de felicidad. El muchacho se había curado. Que queme gasolina ahora, le dije yo”, y emerge una vez más su sonrisa espontánea.

Le pregunto, para aguijonearlo, si conoce algún remedio para el amor, y sin titubear, ágil y jocoso, responde: “hay una planta que se llama garañón, es una raíz del monte. La extraes de la tierra, la trozas y la colocas en una botella de ron blanco. La conservas así 10 días. Luego te das par de tragos. Te pone hecho un trinquete, y sirve lo mismo para hombres que para mujeres”, y vuelve a sonreír, esta vez con tierna malicia, como niño pícaro, y menciona remedios con la Doradilla, las Tres Marías, Aguedita, cientos de plantas con las que ha curado a sus hijos, al batey, y un poco más allá, porque Tello es como un libro viviente donde acuden las personas para beber de su sabiduría, y del poder curativo de la naturaleza.


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