Posteado por: arnaldomirabal | 7 septiembre, 2015

Historias desde mi orilla. Parte I: Un nombre de mujer al costado

san juan

A veces me da por esquivar las vías habituales de la ciudad y tomo ciertos atajos intransitados. La otra orilla del río San Juan es de esos lugares solitarios a donde acudo de vez en vez, para huir un poco de la bulliciosa urbe.

Mientras avanzo por el terraplén polvoriento me detengo a observar las casuchas de madera y zinc donde los pescadores guardan sus avíos de pesca.

En las mañanas siempre se verán a estos hombres de piel curtida atareados en las reparaciones de sus botes, o simplemente conversando sobre algún gran pez, la arribazón del pargo sanjuanero cuando llegue la luna llena, o de aquel mal tiempo que les sorprendió en alta mar una noche cualquiera.

En mi andar, escudriño a través de las cercas y las rudimentarias casuchas y descubro que la mayoría de las embarcaciones tienen nombre de mujer. Entonces me da por creer que si bien cualquiera puede creer que el rudo arte de la pesca es cosa de hombres, las mujeres siempre estarán presente en su difícil faena marinera.

A una mujer acuden cuando el cielo se nubla presagiando una tormenta: entonces evocarán a la Virgen de Regla, patrona de las aguas para que interceda por ellos y traiga la calma. También con un nombre femenino siempre bautizarán sus rústicos botes. Lo mismo puede ser el de la madre, la hija, o la esposa, que como antiguo mascarón de proa descansa a un costado de la embarcación. Cuando surcan las calmosas aguas del San Juan en busca de la bahía se pueden leer los nombres de “Eloísa”, “Mercedes”, “Caridad”, “Yusneidys”.

Luego al alejarse, dejarán tras de sí una estela de agua y ese ¡poof!, poof! ¡poof! tan característico que emite el viejo motor soviético.

Durante dos o tres días permanecerán en el mar abierto, o cerca de la cayería norte procurando una buena captura, aunque según he escuchado cada vez hay menos peces. Solo en junio y octubre, cuando llega la arribazón del pargo mejorará un poco la economía de estos humildes hombres.

Mas ellos saben que nunca serán ricos, solo pescan por esa extraña pasión que el mar provoca, pasión que se hereda de generación en generación.

Quien decida caminar por las márgenes menos visitadas de mi comarca, allí a orillas del San Juan, descubrirá miles de historias ocultas en la piel magullada de los marineros por tanto salitre y sol. Y así por lo siglos de los siglos, mientras el río dirija sus aguas en su tránsito eterno hacia el mar, el nombre de una mujer emergerá en un costado de los botes, como auspicio de la bonanza que siempre espera el pescador, aunque como toda relación amorosa en ocasiones la ansiada bonanza se torne esquiva.


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