Posteado por: arnaldomirabal | 16 abril, 2015

Nunca imaginé que su saludo era un adiós

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Aun no creo que haya muerto. No así de esa forma intempestiva, cuando apenas unas horas atrás lo había visto tan sereno. ¿Cuán inmerso podemos estar en nuestros propios asuntos que no logramos desentrañar el sufrimiento de los demás? Al menos yo nunca logré entrever el suyo. Lo más triste del caso reside en que nunca supe cómo se llamaba para al menos nombrar su recuerdo. Y es que nunca hablamos.

Cada día acudía a su casa bien tempranito en busca de cigarros. Vivía al doblar de la Casa de la Prensa. Desde el primer momento me llamó la atención con el rigor que despechaba los cigarros. Los tenía distribuidos según las cantidades más frecuentes que los fumadores lo compran por menudeo.

Si pedías tres pesos, al instante te entregaba esa cantidad bien dispuesta en una cajetilla. Si solicitabas cuatro pesos, igual. Al parecer, se tomaba el trabajo de colocarlos en diferentes porciones. No como otros, que manipulan la cajetilla en el instante que la pides. Ese procedimiento daba una idea de la seriedad con que ese viejito asumía su negocio. Quizás para algunos resulte algo fútil y sin importancia, pero a mí siempre me llamó la atención tal precisión, que incluso arrojaban rasgos de su personalidad.

Con el tiempo y mi vicio mortal, que juro dejaré más temprano que tarde, surgió entre nosotros cierta amistad y simpatía. Cada mañana al llegar a mi trabajo me dirigía a su casa para comprar algunos cigarritos, y tras mis buenos días hacía un gesto con las manos respondiendo a mi saludo, seguido de una leve sonrisa que siempre aprecié sincera.

No demoré mucho en comprender que nunca respondería con su propia voz a mis saludos. Tenía el cuello cubierto con un trozo de tela producto de alguna enfermedad de la garganta, quizás cáncer.
Pero más allá de su padecimiento siempre le vi ágil y solícito ante los innumerables clientes que llegaban a su puerta. Ese señor me enseñó que la educación y la amabilidad no necesitan de palabras mágicas. Más allá de lo pernicioso y dañino que representa fumar, me llenaba de vida cuando llegaba hasta su casa, donde siempre me esperaba el trato respetuoso y comedido.

Ya nunca más disfrutaré de sus gentiles maneras. Ayer, aquejado de sus dolencias, de una recaída dicen los vecinos, decidió poner fin a su vida lanzándose de un puente de mi ciudad adentrándose en el río. Murió ahogado.

Aunque ya han pasado dos días del triste suceso todavía me cuesta darle crédito a la noticia. Justo dos días atrás me saludó con ese gesto tan familiar, y nunca imaginé que sería la última vez que lo vería. Pienso que al menos debería haberme avisado. Porque me puso triste, y ahora estoy llorando, y no sé ni su nombre. Al menos más nunca pasaré por su casa para imaginar que sigue allí como todas las mañanas, atento y respetuoso, esperando mis buenos días.


Responses

  1. La muerte es un golpe fatal y terrible. Eres un joven muy sensible q sabes apreciar los valores. Saludos desde el oasisdeisa

  2. Me hiciste llorar Arnaldo


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