Posteado por: arnaldomirabal | 16 abril, 2015

Hazañas sin nombre propio

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Hace poco, tras visitar el Central Jesús Rabí, publiqué varias fotos en una de las redes sociales más importante de internet. Las hice acompañar de un texto sencillo donde aseguraba que “cuando quieras conocer gente noble y buena llégate a un central azucarero o a un campo de caña, allí los encontrarás embadurnados de grasa o bañados de sudor, pero siempre con una sonrisa sincera”.

También divulgué otras donde manifestaba mi admiración, ya que “yo siempre me quito el sombrero gustoso ante los hombres y mujeres que producen azúcar en mi provincia, por eso cuando llego a un central voy como chama curioso, loco por escucharles contar de sus hazañas, ¡y qué trabajo pa’ que hablen!”.

Las imágenes mostraban a obreros inmersos en su faena, lo mismo en un taller reparando el coplin de un molino, volteando los modernos camiones Scanias mediante un moderno equipo, cosiendo los sacos de azúcar que viajaban por una elevada estera hasta caer en la espalda de un robusto estibador.

Hay que visitar un central para entender la grandeza de esos obreros, quienes desde el anonimato se enfrentan a una batalla que durará un centenar de días, y que muchas veces los resultados no dependen solo de su indiscutible entrega.

El Central Jesús Rabí es de esos ingenios a los que da gusto volver una y otra vez. Allí sentido de pertenencia no es una frase vacía. Basta con observar los rostros de los azucareros para entender la marcha de la zafra. Cuando los resultados no son satisfactorios advertirás una tropa ceñuda, parca de palabras, atenta a cada dígito que se registra en la pizarra donde aparecen los indicadores de eficiencia y cada gramo de azúcar obtenido.

Si algún chaparrón primaveral obliga a detener los molinos, puede que hasta presencies un manotazo contra una baranda de hierro, algún movimiento negativo de cabeza, y hasta se puede escapar una palabrita iracunda, mas nunca percibirás la derrota. Esa palabra está desterrada del imaginario azucarero.

Por ese motivo se les ve cada jornada con más ganas de moler, de recuperar el tiempo perdido, de arrebatarle más toneladas a los días, hasta conseguir la meta ambicionada.

Y es entonces cuando descubres un gran almacén con más de 3 mil toneladas de azúcar, una colosal montaña de miles y miles de sacos. Y en la cúspide, a varios metros del suelo, un estibador como hermosa alegoría que corona el esfuerzo de una gran hazaña sin nombre propio y con el esfuerzo de muchos.


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