Posteado por: arnaldomirabal | 14 abril, 2015

¿Y a ti hay que pagarte la cerveza todavía?

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Así me respondió un amigo jocosamente cuando le conté lo sucedido hace algunas noches mientras caminaba en compañía de una amiga bajo una noche fresca matancera.

Mientras transitábamos por una calle plagada de paladares, de reojo lancé una que otra miradita al interior de esos inmuebles que me desagradan un tanto por sus elevados precios.

A mí me sorprendía la sencillez y comprensión de mi acompañante, a quien las paladares no le robaban la atención como a mí, solo le interesaban la noche con sus estrellas, y la tranquila bahía. Por suerte para mí.

Aunque debo aclarar que llevaba un menudito en la billetera por si las moscas, la esmirriada cantidad que te va quedando del salario a dos semanas del cobro.

Fue en el instante preciso en que pensaba cuán escurridizo y evasivo resultaba mi salario, cuando apareció aquel socio frente a una paladar pronunciándome mi nombre.

-¡Arnaldo!, asere qué bolá-me dijo con las manos extendidas y con tal profusión de cariño que por un momento me intimidó.

-Qué bolá asere-respondí el saludo de rigor.

-¿Tú no te acuerdas de mí? El socio de fulano y de mengano- por supuesto que a esa hora no le dirás aunque te maten que no lo recuerdas. Muchos menos después de tanta simpatía desbordada.

-¿Quieres una cerveza?- me espetó en pleno rostro. En esos escasos segundos había olvidado a mi compañera, quien se había apartado unos metros de nosotros. Traté de buscarla con la vista para emplear su presencia como pretexto y evasión.

-¡Oye, cerveza pa’ los dos! ¿Qué marca?- insistió.

-No compa si yo no tomo cerveza…-no me dejó terminar la frase.

-¡Arnaldo deja la muela que todo el mundo sabe quién tú eres! Oye man-dijo dirigiéndose al cantinero de la paladar-¡dos cervezas para nosotros y un refresco para la chica!

Como ya me daba pena rehusarme acepté disciplinado, como el reo que se dirige al patíbulo inminente, o como al niño que le regalan un chocolate.

Reconozco que me sentía perturbado porque no recordaba al socio de ningún lugar. Seguramente nos habíamos conocido en una de esas noches lejanas de juerga y parranda, y quién sabe cuántas boberías yo habré dicho o jurado que él me trataba como su mejor amigo. Mientras pensaba en esas cosas abrí con cierta timidez mi cervecita bucanero.

Fue en ese instante que, sin acordarme aun, me confesó que tenía que partir, pero antes llamó al mesero exquisitamente vestido, y le dio una orden más inverosímil que ese encuentro.

-Oye mira, este es mi hermano, deja el dinero del vuelto ahí y que ellos decidan lo que quieran hacer o tomar- con la misma se montó en un carro no sin antes darme un beso y un abrazo ferveroso colmado de cerveza. Y partió.

Juro que esos fueron uno de los segundos más prologados de los últimos tiempos. Se trataban de casi siete CUC que el mesero sostenía en un platico, mirándome. Es decir, el mesero me miraba a mí, y yo miraba al platico.

Los gastronómicos de las paladares no son tan fieros como lo pintan, o como yo los imaginé. Seguramente el muchachón trajeado de negro dedujo el porqué de mi indecisión. Aunque seguramente no sospechó la verdadera situación.

-Mira socio, toma el dinero y no dudes en llamar cuando decidan consumir algo, que estoy atendiendo a los clientes-yo tomé el dinero en las manos y salí caminando junto a mi amiga, sin decir palabras, o si la dijimos no lo recuerdo.

“¡Siete CUC de fly! ¿Cómo yo no me acuerdo de ese tipo? ¿! Dar dos fulas por una cerveza!?”, me dije para mis adentros, o lo expresé en voz alta. Tampoco lo recuerdo. Solo sé que después de ese instante caminé con un poco más de seguridad.

Consulté con mi amiga y ella pidió una cerveza y yo me decidí por un “planchao”, bebida que se comercializa en un envase pequeño de cartón; luego nos refugiamos a orillas de la bahía.

Puedo asegurar que me sentí dichoso por unos minutos. Había recibido una importante contribución de la nada. Un desprendimiento tan inesperado más propio de los ángeles que de los mortales.

Pero la dicha se apagó cuando le conté esa historia a un compinche que me hizo regresar a mi realidad cotidiana. “¿Y a ti hay que pagarte la cerveza todavía?”, jaraneó él mientras yo me puse serio. Depende de la cerveza y la marca, pensé yo.


Responses

  1. A veces, aunque tratamos de ni pensar en nuestro salario, nos golpea una y otra vez la realidad. A mí, como a tu amiga, no me deslumbran las paladares, pero incluso para ser románticos y no materialistas nos hace falta una tierrita y, casi siempre, preferimos dejarla porque hay que comprar comida, pagar la corriente o el teléfono, antes de comprar una flor para la persona que nos inspira.
    En lo que respecta a mí, pese a nuestros habituales problemas económicos, prefiero comprar la flor.


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