Posteado por: arnaldomirabal | 4 noviembre, 2014

¡Lamebotas no!… lametacones, quizás

hombre besando tacones

Hace poco me endilgaron el título de lamebotas. Confieso que al principio me sentí ofendido, pero solo al principio, en ese breve lapso de tiempo que transcurre entre lo que se lee, hasta que se logra interiorizar bien, siempre y cuando no se trate de un texto de filosofía, o de Teun van Dijk, está claro, o algunas obras de ciertos curadores de galerías de arte, que por más que intento nunca entiendo.

Pero cuando te lanzan a la cara el término lamebotas, lo entiendes claro, descodificas el mensaje con celeridad. Se trata de una palabra sencilla, aunque compuesta, una construcción verbal que asume dos términos diferentes: una acción (lamer), y un sustantivo (bota).

Como decía hace un ratico, no pasé trabajo alguno para entender la ofensa. Solo tuve que separar los lexemas, existen construcciones más enrevesadas, al menos para mi sapiencia que no es abundante: cariacontecido; cejijunto; alzacuello; mondadientes, las cuales cuando las escuchas te obligan a acudir al mataburros.

Tal dificultad desaparece ante la palabra lamebotas. Al escucharla, casi siempre surgen otras en tu mente como: chupamedias, lamesuelas, todas con el mismo significado: adulador.

Luego, lo que te frunció el ceño un segundo, quizás tres, y hasta cinco, finalmente te arranca una sonrisa. Nunca, que yo recuerde, he lamido un par de botas. Nunca me he inclinado ante un hombre, es decir, nunca he bajado el torso ni me he colocado de rodillas. Y no se trata de machismo ancestral. Sí he inclinado la cabeza a manera de saludo y respeto.

Sin embargo, lo que nunca ha conseguido un hombre, las mujeres lo logran en mí con gran facilidad. Son muchas las veces que me incliné ante una mujer, al punto de que bien pudiera sufrir sacrolumbalgia.

Para mí el orgullo, si se trata de una dama, pierde sentido. Por eso me reí cuando me llamaron lamebotas, y la perorata que tenía planificada se esfumó al pensar en ella, que seguramente me espera en casa, y aunque no posee tacones, descenderé hasta sus pies, allí, donde me siento importante.

 

 

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