Posteado por: arnaldomirabal | 3 noviembre, 2014

¿Cuánto cambiaron los Jimaguas? (o la verdadera historia de una amistad)

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Hace varios años, creo que por el 2004 o el 2005,  desemboqué en el periódico Girón proveniente de la Universidad de la Habana. Cursaba el primer año de la carrera de periodismo, pero como no daba pie con bola con asignaturas como Gramática, decidí largarme un día de noviembre para no volver más.

Era lógico, yo provenía de preuniversitarios en el campo en Jagüey Grande, y en honor a la verdad, nunca tomé una libreta, ni escribí una nota, de ahí que mi formación estuviera tan deformada. Navegando así con tal inconsistencia, culminé el 12 grado. Eso sí, siempre me destaqué según los profesores en las asignaturas de letras.

Justo al comenzar el servicio militar me decidí por una carrera universitaria.  Siempre quise alcanzar el Nivel Superior, y entendí que mediante la Orden 18 del Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias no tendría que enfrentarme a las pruebas de ingresos;  en ese momento no pensaba que la batalla más importante vendría después, durante los cincos años de la universidad. Solo cuando ingresé a la UH comprendí que me sería muy difícil graduarme dada mi pésima base. Por eso un mal día de noviembre tomé mis bártulos y partí de la beca de Bahía, derrotado.

Al arribar a mi casa me enfrenté  al sufrimiento de mi madre que había soñado con un hijo universitario y periodista. Recuerdo con amargura que minutos antes de darle la noticia de mi decisión de abandonar los estudios, me había mostrado una nueva y hermosa mochila adquirida con mucho sacrificio. Me sentí el ser más despreciable de todos, y lloré, pero no había vuelta atrás. Me sentía un vil fracasado.

Justo en ese instante, o semanas después, mi mamá toma una brillante decisión a mis espaldas. A través de una amiga me consigue un puesto en el periódico Girón. En un primer momento yo pensé que se trataba de un trabajo manual o físico, no sé, cargar cajas, mantenimiento del local, cosas por el estilo. Nunca me pasó por la mente volver al periodismo, ni siquiera había empezado.

Rememoro como uno de los momentos más importantes de mi vida aquella conversación con Clovis Ortega, director del Semanario. Desde el primer instante me trató como si yo fuera un profesional de la prensa que solo enfrentaba cierta crisis de identidad. En cambio, yo me frotaba las manos para acometer cualquier trabajo físico, solo en eso me creía útil.

Es en ese momento cuando Clovis me presenta a  Roberto Vázquez, Jefe de Información, y me lanza aquella histórica frase de: “él será tu tutor a partir de ahora”, ¿“Tutor pa’ qué?, pregunté asustado. “Para hacer periodismo, tu eres periodista, y volverás a la universidad”, sentenció el director.

De más está decir que ese instante transformó mi vida, y siempre, y  a pesar de todo, estaré eternamente agradecido de Clovis Ortega.

Los meses que transcurrieron resultaron decisivos, y los más importante, me reencontré conmigo mismo y con lo que quería ser en la vida: periodista.

Y es ahí donde entran los jimaguas. Para mí nada resultó fácil, la inseguridad siempre me acompañó, y me acompaña en cada hoja en blanco, pero gracias a los jimaguas todo resultó menos traumático.

Los Jimaguas eran dos hermanos que tiempo atrás habían llegado al periódico. Eran “reorientados”, calificativo con el cual se acuña a los profesionales que no estudiaron periodismo. Término a veces injusto, porque los dos  hermanos estaban muy bien orientados y enfocados en el ejercicio reporteril. Los dos eran licenciados,  uno en Economía y el otro en Derecho.

Durante años se desempeñaron como corresponsables voluntarios. También eran excelentes ajedrecistas, y un día, tras una conversación con Clovis Ortega, se convirtieron en plantilla del Semanario Girón. Historia muy similar a la mía.

Desde el primer momento sentí afinidad por esos dos hermanos, incluso uno era mi tocayo. No existía una línea que yo escribiera que no pasara primero por sus manos. Solo entonces se la entregaba al Jefe de Información. Me volví dependiente del veredicto y análisis que Nibaldo y Arnaldo Calvo hacían de mis incipientes notas periodísticas. Y de esa manera creció una bella amistad.

Como Nibaldo era el coordinador del suplemento Humedal del Sur, un mensuario que recoge el acontecer del territorio cenaguero, no pasó mucho tiempo para que me invitaran a ir con ellos. Grandes recuerdos guardo de aquellos días, y fotos también.

Mientras los fui conociendo, más se estrechaba  mi vínculo con ellos, también empecé a admirarlos. Fueron huérfanos desde muy jóvenes. Pasaron bastante trabajo en sus vidas, pero ambos, juntos siempre, llegaron a la universidad y se hicieron grandes hombres. A pesar de la discriminación racial que aún persiste en Cuba, de las dificultades económicas, lograron convertirse en excelentes profesionales.

Y aunque no lo digan, aunque lo ignoren, representan la realidad más contundente de la Revolución Cubana: a pesar de ser negros y pobres, de vivir en un pueblito del interior, lograron grandes cosas en la islita caribeña,  se formaron como  económico, abogado, periodistas, publicaron libros e impartieron clases de ajedrez.

Un buen día Nibaldo partió hacia México por asuntos de trabajo, y decidió radicarse en el exterior definitivamente. Ya sabemos lo que eso representaba en la Cuba de hacetan solo seis años atrás. Y si a esto sumamos que Nibaldo era militante del PCC…Pero a pesar de su decisión seguía siendo mi amigo, y su hermano también.

Por eso no asistí a aquella reunión donde despotricarían contra él. Preferí quedar en casa, era la única manera que tenía de ser leal a una amistad. Además, debo ser sincero conmigo mismo, quién me asegura que esos que más alzan la voz y lanzan salivas en ese tipo de reunión, después no se largarán también. Si algo no soporto, no tolero, es la hipocresía y a los aprovecha’os, aunque a veces tenga que compartir el espacio con ellos.

El tiempo pasó y seguí comunicándome con Arnaldo, quien permanecía en Cuba. Creo, o estoy seguro, que le debo 50 pesos. Una vez tras compartir con un grupo de amigos en un campismo dela  Ciénaga, regresé por casa de Arnaldo sin un quilo en el bolsillo, y este me prestó 50 pesos para que pudiera regresar a mi hogar. Y nunca se lo pagué.

Pero hoy me encuentro ante dos hermanos completamente diferentes. No son los jimaguas que yo conocí en Cuba. Han asumido una posición completamente hipócrita. Yo puedo asumir que las personas cambien según el contexto y las circunstancias.  Pero lo que leo hoy me deja boquiabierto, y hasta medio tristón, porque aún los considero mis amigos.

No entiendo que solo tras radicarse fuera del país, comiencen a lanzar esos improperios contra sus antiguos compañeros de trabajo. ¿Por qué Arnaldo no aprovechó aquella reunión a la cual decidió no asistir para emitir sus criterios? No veo bien que maldigan a sus antiguos colegas, como mismo yo decidí no escuchar ofensas contra Nibaldo cuando tomó aquella decisión de emigrar.

Pero lo que más me preocupa, y hasta me hace repensar si nuestra amistad no se está resquebrajando, es esa postura tan anticubana, emulando con lo más superfluos comentarios que emergen desde el sur de la Florida. A veces se me parecen más a un lacayo de la Fundación Nacional Cubano-americana, que a alguien que le interese de verdad el cubano de a pie.

Cuba tiene mil problemas gordos, flacos y joroba’os, pero mil virtudes también. Y yo, honesto conmigo mismo, logro ver todas las aristas de mi Isla subdesarrollada, a la que decidí servir, sin ínfulas de Apóstol, simplemente como un cubano más de a pie, que desanda su barrio cada mañana, que disfruta ver a los niños uniformados cuando van a la escuela; que se molesta con el panadero en bicicleta que me despierta a las 5 y media de la mañana pregonando su mercancía, a la vez que no dejo de admirar su sacrificio para agenciarse el sustento.

Yo soy, y seguiré siendo un cubano de a pie, no por que camine sino porque continuaré honesto y humilde; y porque cada mañana al salir de casa, pienso que será un buen día para servir y ser útil en un país con muchas cosas por cambiar y otras más por mantener.

Me duele mucho que los Jimaguas piensen que en Cuba me lavaron el cerebro, que no tengo argumentos propios, siempre creí que me conocían bien, pero ya veo que ni yo los conocía del todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Responses

  1. Mi estimado Arnaldo (o “qué vuelta asere?”, como te gusta a ti): Me ha gustado mucho tu post, sobre todo la historia de cómo llegasta a nuestro “querido” Girón, que tantas marcas buenas y malas deja en quienes pasamos por ahí. También, de cierta forma, me place ver que no has cambiado mucho, y que conservas más marcas buenas que malas, a pesar de todo, como tú dices. Pienso que eres una persona consecuente, coherente, que es más de lo que se puede decir de muchos, y -no te creas cosas- ahí reside tu mayor fortaleza como periodista, y como ser humano.
    Pero es también esa suerte de ingenuidad la que te hace dividir al mundo en buenos y malos, y ahí reside tu mayor debilidad como periodista y, si me permites decirlo, acaso también como ser humano.
    Yo apenas conocí a los jimaguas, así que no los juzgo a ellos, y menos a ti. Pero creo que no puedes saber las experiencias que vivieron ellos, las que determinaron su conducta. Yo también desprecio a los que ahora viven de despotricar de lo que vivieron, pero hay que ver y saber mucho para juzgar. Además afirmo -esto ya lo hemos comentado- que no son las opiniones políticas las que determinan a la persona, con lo cual la postura puede cambiar sin que se haya modificado la esencia. Míralo así, y tal vez conserves dos buenos amigos… tal vez no.
    Tú tienes la suerte de amar lo que haces. Espero que mantengas ese privilegio por siempre. Un abrazo (aunque no fuiste a mi boda). Idalmis

    • Bueno amiga, necesitaba algo así, de verdad, gracias por tus palabras

  2. qué cortico!!!! jeje FELICIDADES atrasadas… Espero que todo vaya bien por allá. Besitos


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