Posteado por: arnaldomirabal | 25 agosto, 2014

Entre el hombre del piano y mi ignorancia

yo y piano men

Siempre me he creído una persona medianamente instruida, condición de la cual nunca presumo, porque descubrí hace mucho tiempo que el conocimiento acumulado por el hombre durante miles de años, resultará inabarcable a un simple mortal.

Conmigo viaja la angustia eterna de saber que nunca lograré leerme todos los libros, ni apreciar toda la buena música que quisiera; porque mientras más se lee o se escucha, mucho más falta por conocer, es algo así como la línea imaginaria del horizonte, que siempre se aleja, mientras avanzas.

No por eso uno se sienta, o deja de estudiar, aún conociendo que durante tu existencia apenas dominarás un ápice del saber atesorado, y a la larga, siempre serás un entusiasta diletante.

Sin embargo, creo que algo está fallando en derredor. Una nueva teoría conocida como el Efecto Flynn asegura que la humanidad alcanzó el punto más alto de su coeficiente intelectual, y en un futuro este comenzará a descender por diversas razones, tanto biológicas como sociales.

La investigación concluye que dentro de algunos años los humanos seremos menos inteligentes. Una tesis discutible, pero si miro hacia dentro, con solo recorrer mi ciudad, creo que el estudio dio en el clavo.

Pongamos por ejemplo la cultura musical de los cubanos. Dentro de los tantos epítetos que se le aplican a Cuba, siempre se le bautizó como la Isla de la Música. Y yo me preguntó: ¿será exacto este término, al menos en Matanzas?

¿Alguien me puede decir por qué debí esperar más de 30 años para conocer a un Piano men? Se llama Guillermo Torres González y durante varias horas le escuché interpretar boleros cubanos acompañado de su instrumento. En fraterna y musical interacción con el público le disfruté anonadado, y hasta un poco molesto.

¡Qué sublime experiencia significó para mí compartir con un músico de alto calibre! A quien le puedes pedir una canción, e incluso, si te atreves, interpretarla junto a él.

Como mismo el albañil nunca puede desprenderse de su bello oficio, y se detendrá unos minutos ante cualquier arquitrabe con excelente acabado; y el médico nunca logrará alejarse de su vocación por salvar vidas; el periodista, raudo y veloz, intentará razonar sobre las causas de determinado fenómeno.

¿Por qué si en Cuba surgió el estilo del piano men de las manos y peculiar voz del virtuoso Ignacio Villa, Bola de Nieve, debí esperar tres décadas para aproximarme a un artista que interpreta excelente boleros junto a su piano de cola?

No me esconderé para afirmar que en materia musical, como en muchas otras áreas de la vida, los cubanos estamos involucionando. Esta vez no me adentraré en la bizantina batalla de nombrar a un culpable. Culpables somos todos: el que decide y el que calla.

Pasivos observamos como el mal gusto florece por doquier, y se adueña de los micrófonos en las grandes plazas a golpe de regguetón, asentándose en la mente de las nuevas generaciones.

Más allá de felices ideas como la labor de los instructores de arte o las casas de culturas, con sus deficiencias claro, sería oportuno conocer cuántos de nuestros jóvenes disfrutan a Vivaldi, Mozart, a Bach, o al menos, el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Sin embargo, he visto como niños que apenas saben andar, ya tararean el último tema de El Yonki ante el alborozo de toda la familia.

Como siempre se dice cuando se menciona la palabra Regguetón, no se trata de prohibirlo, claro está. Me pregunto entonces, siempre con más preguntas que respuestas: ¿Debemos permitir que nuestros hijos crezcan sin conocer a Ignacio Cervantes, Caturla, Roldán, a Vivaldi? ¿Seremos una ciudad donde en un futuro inmediato pocos se atrevan a hablar de la Traviata de Verdi, porque simplemente no está de moda?

No perdamos de vista que tanto el gusto como la conducta son modificables, perfectibles; y las autoridades, tanto culturales como del Gobierno, no solo deben encargarse de desembolsar miles de pesos para que un grupito de este género, o cualquier otro, abarrote una plaza. Si no me equivoque, también deben velar por el ascenso cultural de los cubanos, y de los matanceros en particular.

Desgraciadamente existirán quienes aleguen en falso populismo que al pueblo debe dársele lo que el pueblo quiere. ¿¡Regguetón entonces!?

Por suerte existen otros que en sano ejercicio del pensamiento reflexionarán sobre el tema. Porque resulta inconcebible que un matancero deba esperar tantos años, e ir a un hotel, para conocer la magia del Piano men. A nadie se le ha ocurrido crear un espacio así en la ciudad, asequible al bolsillo de los humildes con buen gusto, que son muchos por ahí. ¿Cuántas cosas más desconozco, en esta, la Isla de la Música?

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