Posteado por: arnaldomirabal | 14 agosto, 2014

Milanés: el poeta imperecedero

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“Esta ciudad fue creada para ti, solo para ti. Será recordada porque tú naciste en ella y tu nombre irá siempre unido al de tu ciudad”.
Fragmento de una obra de Abelardo Estorino

Matanzas siempre fue una ciudad pródiga en poetas. Tal parece que nacieran del efluvio de las aguas que bañan a la urbe. En tributo, los bardos le cubren con versos que brotan con la frescura del Pompón.

De esos hijos de alma delicada y palabras como alas, hubo uno muy especial que se imbricó con la esencia misma de la ciudad. Y es que cuando se piensa en José Jacinto Milanés, nos viene a la mente las propias características de la gentil Yucayo: tímida, taciturna, entristecida.

Porque cuando nombramos a la Ciudad de los Puentes, sin pensarlo, también nombramos a Pepe, el más sublime de los poetas nacidos en esta comarca.

Ambos experimentaron la gloria desvanecida, aunque en el cantor, resultó más triste por la sinrazón que significa que un gran poeta extravíe la razón.

Pero el tiempo, tan caprichoso como el azar, tampoco entiende de razones y grandezas, esta última palabra tan fútil e indeleble como la propia existencia. ¿Cómo entender entonces la vida de Milanés?

Cierta vez alguien aseguró que tratar de comprender la magia de la poesía, era algo así como intentar explicar el tiempo mientras se desarma un reloj.

Pero Milanés deja de ser incógnita, porque regresa una y otra vez. En honor a la verdad, nunca se fue del todo. Dicen que el amor hacia una mujer trastocó su mente, y a la larga, le costó la vida. ¿Existirá entonces muerte más poética para un romántico?

Precisamente ese sentimiento febril le hizo inmortal, y a dos siglos de trayecto retorna, burlándose de ese señor ceñudo de barba blanca que simboliza el tiempo. El próximo 16 de agosto la ciudad que le vio nacer y hacerse grande, inmenso, y que también sufrió su mudez, celebrará su Bicentenario.
DEL AMOR Y LA LOCURA

Quizás no todos conozcan los artículos periodísticos de Milanés, o su gloria como dramaturgo y poeta, pero de la enfermedad que le sumió en prolongado silencio por más de dos décadas sí todos conocen.

Se puede desembocar en un paraje remoto como Camarioca, y pocos recordarán que allí vivió. Pero sí saben que en Matanzas existió un poeta que enloqueció de amor, que su figura gris desandaba la ciudad gritando el nombre de una mujer. Porque sin pretenderlo nadie, José Jacinto y su dolor se hicieron leyenda.

Es cierto que enfermó, aún hoy las razones de su padecimiento no resultan de todo claras. La causa, según yace en el imaginario popular, fue resultado del amor desenfrenado hacia su prima hermana doña Isabel de Ximeno y Fuentes, quien se convirtiera en el objeto poético de varias de sus composiciones.

Desde pequeña la niña Isa, hija de una tía muy querida por Milanés, visitaba con bastante frecuencia el hogar del poeta. Ambas familias vivían frente a frente. Al parecer, la prima quedaba anonadada ante las exposiciones del virtuoso de las letras; interés que este interpretara erróneamente como amor.

Muchos acusan al sentimiento cercenado como el causante del desvarío de Milanés. Otros estudiosos mencionan los antecedentes en la familia, y aluden a su tía Pastora, a quien el sonido del piano le provocaba ataques de furia.

En cambio, contemporáneos del propio escritor, como su hermano Federico, advierten como rasgos de su personalidad su extrema sensibilidad, temperamento ingenuo, sencillo, impresionable, de frágil apariencia, mirada soñadora, muy meditabundo y discreto.

Incluso, cuando se logró representar la obra teatral El conde Alarcos, por mediación de Domingo del Monte, el poeta no puede asistir al estreno en el habanero teatro Tacón, por la crisis nerviosa que le ocasionara.

Tiempo después sufrió una fiebre que según cuentan le atacó el cerebro y lo mantuvo en cama durante dos meses. Esto sucedió en el año 1839, cinco años más tarde su voz se silenciará para siempre, hasta su muerte en 1863.

Quizás, la desilusión sufrida y los deseos febriles hacia su prima, unido a la reacia oposición de la familia de la niña, bien pudo desembocar en algún resquebrajamiento de su salud mental.

Conocedores de la vida y obra de José Jacinto, como Urbano Martínez Carmenate, no pierden de vista el contexto histórico de la época; marcado por la brutal y sanguinaria represión de que fuera objeto la Conspiración de la Escalera, que tiñó de sangre a la isla.

Si partimos entonces de su postura antiesclavista y anticolonialista, de su temperamento extremadamente sensible, tendremos algunas coordenadas para al menos entender que no fue solo el desamor el causante de la enfermedad.

A ello sumemos que el joven intelectual presenció la muerte de ocho de sus 15 hermanos, resultado de la exigua economía familiar.
Pero si el amor, ya sea a la mujer o a la Patria, descolocó a mente tan brillante, capaz de dominar varios idiomas de manera autodidactica, el propio amor lo preservó.

Sus hermanos le cuidaron con esmero durante 20 años. Carlota, quien más se sacrificó por él, nunca contrajo matrimonio para dedicarse en cuerpo y alma a su Pepe tan querido.

En esas dos décadas, con breves etapas de mejoría, permaneció recogido y apartado, casi excluido de toda relación humana; incapacitado para las cosas más sencillas.

Algunos testimonios de la época todavía conmueven a la distancia de dos siglos.

En cierta ocasión le visitaron los amigos Francisco Calcagno y Cirilo Villaverde. Sobre la impresión que le produjo ese encuentro, relataría Calcagno tiempo después:

“Nos tendió la mano en silencio. Realizaba ciertos movimientos respondiendo a indicaciones de su hermana. A las preguntas de ambos respondía con leves movimientos de cabeza, con escasos monosílabos. No fue posible entablar una conversación con el poeta. Parecía sumido en un profundo letargo”.

La escena por la que se recordaría por siempre al sublime escritor ocurrió una tarde. Relata Dolores María Ximeno y Cruz que cierta vez: “en que se preparaban para el cotidiano paseo en carruaje en compañía de su hermana Carlota, vio en la ventana de la casa opuesta a la suya la mujer ídolo de su vida.

“A este choque todo despertó en él. Aquel hombre envuelto en larga levita negra, rígido, suplicante, como una sombra, como un fantasma, se detuvo, y tendiéndole los brazos, le gritó: “¡Isa!, ¡Isa!”, ella, sorprendida huyó al interior, a la sazón que Carlota, dándose cuenta de la desaparición de su hermano, llegaba por la acera, y asiéndole con suavidad del brazo, le dijo con dulzura: “Vamos, Pepe”…Dócil y obediente como un niño, se dejó conducir, perdiéndose ambos a lo largo de la calle”.

ADELANTADO A SU TIEMPO

A lo mejor esta sea la imagen primera que nos viene cuando se le evoque. Pero no puede ser la definitiva. Fue un adelantado a su tiempo, y le bastaron 10 años para escribir en ribetes dorados su nombre en la historia y la cultura cubanas.

Pudiéramos remitirnos a su teatro, su poesía lírica y patriótica. Su defensa del negro esclavo, la cubanía que emerge en sus versos, pero mejor centrémonos en un aspecto inquietante de su quehacer intelectual: la idea clara que tenía del papel que debe jugar el arte en la sociedad. Tema de posiciones encontradas en pleno siglo XXI.

En cierto momento Milanés le escribe a Ramón de Palma que recuerde más la sociedad que llora, y olvide su lamentar de artista. Sobre ese tópico se interroga en una ocasión: ¿No podremos en Cuba popularizando la poesía, hacerla un espejo de nuestros usos y de las mil quinientas preocupaciones arraigadas en ellas?

Para él la poesía representaba mucho más que el mero placer estético; entreveía en esta manifestación, y en el arte en general, un importante papel transformador de la sociedad.

En su artículo Walter Scott y la novela histórica, expresará que “el pueblo no debe ignorar nunca cómo y para quién existe”. Tesis que se entrelaza, desde mi humilde opinión, con una idea expuesta en la novela de Alejo Carpentier El reino de este mundo, cuando al final el narrador asegura que “…el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gente que nunca conocerá…”.

Esta idea de la necesidad de educar al pueblo, para que sepa “cómo y para quién existe”, la encontramos otras veces en su obra publicada, como en los incisivos versos del El Mirón Cubano, que se le escaparon a la censura de la época:

Los colegios, esos claustros/donde debiera aprenderse /la sacra ley del trabajo/no pueden estar seguros/de este apestoso contagio/que la esclavitud derrama/por todo el suelo cubano.

Es cierto que Milanés representa la obra de carácter más íntimo y subjetivo de la primera promoción de poetas románticos de Cuba; es cierto además que su desgracia a veces sedujo más que sus grandes méritos como intelectual.

Pero su obra brota bien temprano como anunciadora de la necesaria independencia cubana, cuando muchos nacionales se debatían entre el reformismo o el autonomismo. Le bastaron 10 años para decir y escribir lo que sentía, y a dos siglos sus palabras aún comunican y desentumecen el pensamiento.

Gran parte de sus preocupaciones permanecen vigentes, dotando a su existencia de más actualidad que nunca. Más que un loco en total desvarío, es el poeta imperecedero de Matanzas, quien alcanzó la inmortalidad por el amor a la isla y a su ciudad, ambas bendecidas mediante versos, en un sentimiento que fluye eterno como el del río San Juan por la gran bahía.


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