Posteado por: arnaldomirabal | 13 agosto, 2014

Fidel como espada y resguardo

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De niño siempre aprecié a Fidel. Para ser preciso, y abriéndome el corazón, siempre le quise, casi le idolatré, sentimiento que nadie me impuso. Nació con la naturalidad propia de las cosas buenas, y la pureza y sinceridad tan propia en los infantes.

Por supuesto que crecí, y conmigo la admiración por aquel hombre inmenso. Recuerdo ahora que cuando algo iba mal, escuchaba aquella frase de: ¡Esto tiene que saberlo Fidel!
Si alguna persona resultaba blanco de cierta injusticia, o víctima de la mezquina burocracia, alguien le conminaba: ¡Escríbele a Fidel pa’ que veas cómo se soluciona!

Su nombre estaba en todas partes, lo mismo en la espera de una parada de ómnibus, en la bodega del barrio, que en una oficina de trámites tortuosos. Cuando los cubanos pronunciaban esas cinco letras, parecía que blandieran una espada contra los inoperantes e ineficaces que obstaculizaban el tránsito hacia el Socialismo.
Hoy, cuando hay quienes intentan reinventar la historia, y asumir ciertas poses revisionistas, o mientras otros se parapetan tras la gastada frase de “falta de recursos”, es porque no lograron entender las enseñanzas del Comandante.

Las grandes obras de Fidel, que son muchas, se construyeron porque él siempre creyó en la reserva más importante de su país: el espíritu de sacrificio de sus hombres y mujeres.

Por eso al recorrer la provincia, percibo como su nombre retumba todavía: ¡Esto lo construyó Fidel! Porque aunque fueron otros, también imprescindibles, quienes fundieron el hormigón en las escuelas de Jagüey Grande y ordeñaron las vacas de la Empresa Genética, siempre sintieron el influjo impetuoso y transformador del Líder cubano.

Pero de Fidel siempre habrá que escribir en presente, más allá de sus innumerables hazañas, de burlar más de 600 intentos de asesinatos; de la capacidad de soñar y edificar sus sueños.

Fidel, su nombre y sus ideas, deben ser el escudo y fusil que insufla energía a cada revolucionario; y que nos resguarde de los viles, los ineptos y los hipócritas, que les mencionarán siempre, mas, nunca actuarán como él. Por suerte el pelotón de los fidelistas está integrado por millones. Y eso lo saben sus enemigos, algo que no le perdonan.


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