Un hombre de campo y sacrificio

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Justo en el instante en que uno cree que apenas le quedan historias por contar sobre los hombres del campo, como mazazo en los sentidos la realidad te advierte que la vida de la campiña matancera es inabarcable, que las palabras nunca logra aprisionar las esencias, y el espacio en un periódico siempre oprimirá las ganas de decir.

En todas esas cosas pensé de golpe mientras le seguía los pasos y las palabras a Gerardo Rubí, apenas con el resuello. Porque recorrer su finca puede resultar una tarea ardua y fatigosa, mucho más en estos meses donde el sol lanza dentelladas desde las alturas, y a ras de suelo uno intenta seguirle el rastro a un campesino de pura sangre. Y eso que según supe ¡es un hombre enfermo!

A Gerardo lo encontré resguardándose del fuerte calor bajo un ranchón de guano, construido en una elevación de la finca colombina Las Delicias, en el punto exacto donde siempre brota la brisa.

A nuestra llegada dormitaba tendido en el suelo. Sería el mediodía más o menos. Después del saludo y las presentaciones, conversamos de agricultura, agroecología, y su enfermedad.

Él labora junto a su padre y su hermano. Hace 23 años laboran en el lugar. En casi tres caballerías cultivan frutales, hortalizas y granos. Algo que se escribe muy fácil, pero desbrozar esa extensión cubierta de marabú, que rozaba los cinco metros de altura, es cosa seria.

Luego de invitarme a recorrer sus predios, noté cierta rigidez en su andar. Entonces conocí que el campo si bien no mata, deja huellas indeleble en el cuerpo del campesino. Sé de algunos que le faltan varias falanges en sus dedos. A Gerardo la dura labor del campo le golpeó un poco más.

Tras llevar en sus espaldas durante más de dos décadas la mochila de fumigación, se le comprimieron dos vértebras que le afectaron el nervio ciático. Cuando realiza alguna fuerza o camina un largo trecho arrecia el dolor.

La siembra de arroz, fatigoso cultivo que se realiza la mayor parte del tiempo en el agua, le provocó esteoartrosis, protuberancias óseas no maduras en las vértebras con forma de espuelas, que reflejan la presencia de una enfermedad degenerativa y calcificación osea. Este padecimiento le produce rigidez en las articulaciones, y se hace visible cuando camina.

Pero a pesar de sus dolores no se siente disminuido, y en el campo se sabe útil. Quizás ya no pueda participar en las rudas faenas, mas se dedicó a estudiar, y se ha convertido en el fitosanitario de la finca.

Al escucharle hablar sobre el campo y la agricultura uno cree que se halla frente a una enciclopedia, y hasta comienza a mirar el entorno campestre desde otra perspectiva.

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Cuando todo está cultivado y el verde se desparrama sobre la tierra, el nivel de humedad se mantiene, y cuando hay humedad, ocurre la evaporación y con esta llegan las precipitaciones.

Además, el proceso de fotosíntesis en las plantas evita
la contaminación. Brota un proceso de simbiosis. Las plantas purifican la atmósfera y evitan la contaminación.
Donde cada palmo esté sembrado, siempre amainará el calor. Mientras intento seguirle el rastro a Gerardo, y le escucho hablar de los cultivos intercalados, los frutales, el control biológico del maíz contra la mosca blanca que azota al aguacate, me imagino bajo el “resisterio” del sol en una finca sin árboles, ni cultivos…. Y Gerardo continúa su marcha imperturbable, y llego a creer que el de los achaques soy yo.

Deseando desembocar en el viejo ranchón de guano, le pregunto si tantos años dedicados a una misma actividad no aburre. “Cuando culminas la jornada, solo deseas llegar a casa y descansar. Pero luego estás loco porque salga el sol para ver cómo amanecieron las siembras, para acometer las actividades diarias. En la tierra nunca hay espacio para la rutina. Estás todo el día entretenido. Ves los animales, las aves cantando, que si se rompió una manguera y debes arreglarla. El campo es muy dinámico y entretenido. Mucho mejor que trabajar en una oficina. Cuando eres campesino, si trabajas, no te falta nada, y siempre se premia el sacrificio”.

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