Posteado por: arnaldomirabal | 15 febrero, 2014

La osadía de Yolanda

Mujer campesina

 

Para cualquier mujer dirigir un colectivo de hombres sin dudas representa una difícil misión; si le sumamos que el reto consiste en dirigir a más de 700 obreros, velar por el uso racional de los equipos agrícolas, no perder de vista la sanidad de los cultivos, la aplicación oportuna de fertilizantes, y estar atenta a más de dos mil hectáreas, hasta al más pinto se le escaparía una frase quizás con tufito machista pero henchido de admiración.

Y es que Yolanda Colarte Gonzáles es de esas mujeres que se las trae, con una valentía innata, como aquella vez cuando siendo una niña le aseguró al padre que ella sacrificaría al lechoncito de fin de año.

El padre, progenitor de tres hembras, le entregó el cuchillo, sin embargo, en el momento crucial ella sintió temor e hizo tan mal trabajo que el puerco salió corriendo y le mordisqueo un dedo al papá. Razón suficiente para que el lechón pasara a mejor vida, tras la resuelta intervención de la propia Yolanda.

Ya desde pequeña muchos vieron sus dotes de mando y resolución. Pero en honor a la verdad solo soñaba con estudiar medicina, mas el promedio no le alcanzó, y no le quedó más remedio que decidirse por la ingeniería agrónoma. En un principio la idea no le hizo feliz. Solo el tiempo diría la última palabra.

Una vez graduada, su primera prueba de fuego consistió en asumir como jefa de grupo en el Central René Fraga, de Colón. Tuvo sus primeros encontronazos, porque el machismo, por mucho que la Revolución haya empoderado a las mujeres, es cosa de la mente de los hombres, y nunca se eliminará del todo, ni con leyes ni decretos.

Aún así se agenció el respeto de sus subordinados, y todavía hoy en el René Fraga y en el batey aledaño, todos recuerdan a aquella muchachita que andaba para arriba y para abajo en un tractor.

Y para los que gustan hablar de sexo débil, en aquellos años de Período Especial demarcó un sitiecito y convocó a su padre para sembrar arroz.

Después de cada jornada laboral, se colgaba una mochila a su espalda y a zapatear, o mejor, navegar el plantío con el fango más arriba de las rodillas, para fumigar la gramínea.

Tiempo después dirigió la Cooperativa Félix Duque de Jagüey Grande. Allí maduró mucho más como directiva, durante los cinco años que asumió la tarea.

mujer campesina

Como la frase “asumir la tarea” puede resultar un poco manida, y hasta burocrática, mejor explicar que recorrió los 228 Km. cuadrados de la cooperativa, y conocía al dedillo los problemas de cada asociado. Escuchar ha sido siempre la palabra que rige su ejercicio diario como mujer directiva.

Al parecer a Yolanda también le gustan los grandes retos. Recientemente se estrenó como la nueva directora de la Empresa de Cultivos Varios Vladimir Ilich Lenin. Un emporio productivo de más de 2 mil hectáreas, y que integran cuatro UBPC, 36 casas de tapado, una granja urbana y una unidad platanera.

No hizo nada más asumir el mando, y enseguida desterró un viejo problema que afectaba a los trabajadores, y por supuesto, la producción: eliminó los largos periodos sin devengar salario, debido a problemas económicos que afrontaba la entidad.

“Para que el obrero produzca hay que atenderlo, y el salario es sagrado”, asegura. Y como para que exista producción hay que sembrar, Yolanda puso en práctica otra de sus premisas: sembrar cada porción de tierra.

Transformó a la Lenin, y ya se aprecia el 100 por ciento de las áreas cultivadas, de ellas 676 hectáreas dedicadas al frijol, 98 a la papa, 49 de malanga y el resto plantadas de plátano.

Los trabajadores de la empresa están conscientes que si la Lenin despega, despegará la agricultura en la provincia, y la hazaña sería aplaudida en todos los confines de la isla, y lo más importante, en las mesas de los matanceros.

Eso bien lo sabe Yolanda, quien pregunta, orienta, conversa, exige y convoca. Siempre se le verá con un par de botas y un pantalón de mezclilla, dispuesta a recorrer cada palmo de la entidad.

Como estudió psicología, esa especialidad le favorece a la hora de dirigir, porque sabe de la importancia de la persuasión y el descanso pasivo, de ahí su decisión de transformar el comedor y construir un parque.

En Yolanda siempre aflora su feminidad, que nunca le abandona. Se aprecia en las cortinas de su oficina y en el cuidado de las plantas ornamentales, en sus uñas y cabello bien cuidados, en su dulzura. Si bien pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa, habla con pasión de sus hijos y su familia, horcones de su existencia.

Ella reconoce que el mero entusiasmo no hace parir la tierra, ni logra que afloren los cultivos, sino el trabajo diario. Aunque el solo hecho de asumir semejante desafío ya descubre su entereza y osadía de mujer, es sincera cuando manifiesta que a veces flaquea un poco, pero se sacude el miedo y echa pa’ lante, “porque cuando te amedrentas, el puerco se revira, entonces debes tomar el cabo y no titubear”.


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