Posteado por: arnaldomirabal | 3 febrero, 2014

La locura más cuerda de Leonardo Acosta

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Tras dos décadas de arduo trabajo, de pruebas, errores, y una que otra burla, Leonardo Acosta logró una de las mayores hazañas de la agroindustria campesina en los últimos tiempos: secar más de mil toneladas de arroz sin emplear combustible fósil.

-¿Dónde podemos encontrar al campesino Leonardo Acosta?-preguntamos a un grupo de jóvenes, justo a la entrada del poblado de San José de los Ramos.

-Sigan la calle Martí, al final se toparán con algo así como una casa de brujas, ese es el secadero de arroz de los Acosta. Él siempre está allí-nos respondieron.

Habíamos escuchado del “invento” de Leonardo en un Balance de la ANAP. Nos pareció una brillante idea esa de secar arroz sin emplear petróleo, solo utilizando biomasa, ya que marabú es lo que se sobra en los campos; además,  representa un importante ahorro de combustible en el largo proceso de obtención del grano.

Si partimos del hecho de que en un secadero tradicional llegan a consumirse hasta mil 500 litros de petróleo diarios, con una media de 0, 6 l por quintales; entonces merece atención el hecho de que en la última campaña arrocera, la pequeña industria artesanal de San José procesara más de mil toneladas, con un ahorro de casi 20 mil litros de combustible.

NACIMIENTO DE UNA IDEA

Antes de entrar de lleno en la planta creada por los Acosta, es preciso conocer el alumbramiento de esa iniciativa. Resulta que Leonardo, maestro de profesión, después de varios años ejerciendo el magisterio, como el hijo pródigo, decidió regresar al campo.

Junto a su tío Ignacio, también protagonista de esta historia, dirigió miradas y fe a la tierra. El arroz constituía el cultivo principal.

“Toda la cosecha sea realizaba a mano y pulmón. Cortábamos el arroz, lo golpeábamos contra un tanque para desgranarlo. Luego lo cerníamos y lo aventábamos a la brisa”, comenta Leonardo.

Fue entonces que al inquieto logopeda, devenido campesino, se le ocurrió una magnífica idea, quizás un poco descabellada para algunos: construir una trilladora. Como lo pensó, se le contó a su tío, y ambos “metieron” manos a la obra.

El equipo lo construyeron de madera, y lo movían con un viejo tractor americano de la primera mitad del siglo XX. Quizás para algunos era solo un armatoste, “pero resolvía, ya no teníamos que cosechar el arroz a mano. Trillaba toda nuestra siembra, y el de varios campesinos también”.

Entonces surgió un nuevo problema. ¿Cómo secar el cereal?

CONCRECIÓN DE LA IDEA

Para un productor arrocero no hay mayor dolor de cabeza que secar arroz en carretera. Una práctica muy habitual en periodos de cosecha, pero estresante como ninguna. Imagínese que luego de la preparación de suelos, siembra del grano, la vigilia sin descanso por si sobreviene alguna plaga y la cosecha, viene otra etapa de intenso ajetreo: el proceso de secado.

Leonardo rememora aquellas jornadas de mantas y carreteras, y hasta se agita un poco al narrarlas. Al no estar pavimentadas todas las vías de San José de Los Ramos, hacían colas durante días por un tramo asfaltado. Y para colmo, cuando más satisfecho estabas aparecía una nubecita intrusa, que aguaba la fiesta y malograba el arroz.

“En temporales, vaciábamos la cosecha en el interior de la casa, y encendíamos ventiladores para que no se echara a perder. Épocas de poco sueño.

Con esas preocupaciones en la cabeza andaba Leonardo, de un lado para el otro. ¿Qué hacer? ¿Cómo impedir que meses de tanto trabajo se fueran por la borda? En esos días, al observar a su esposa con una secadora de pelo, sintió curiosidad.

Le pidió el pequeño electrodoméstico, y ante la mirada asombrada de ella, tomó un recipiente, le introdujo cierta cantidad de arroz, y comenzó a aplicarle aire caliente. Atónito, vio como aquellos granos al instante cambiaban de color y perdían humedad. “¡Ahora sí¡ ¡Un secador!”, se dijo.

“Desde ese momento comenzó a martillarme la idea de construir una pequeña planta de secado. Dejaríamos atrás el martirio de las carreteras.

CUANDO LA VOLUNTAD ES MÁS FUERTE  

secadero de arroz artesanal

Sin nociones de Física, ni de Química, partieron casi de cero. Indagaron por aquí, investigaron por allá, “porque lo primero es entender el funcionamiento de las cosas”.

Con esa filosofía y los conocimientos de soldador del tío Ignacio, echaron a andar, conscientes de que en todo trayecto, por largo y escabroso que sea, lo importante es el primer paso, y arroparse de mucha confianza y voluntad en uno mismo.

Hicieron poco caso a quienes les tildaban de locos, y visitaron viejas industrias en busca de hierros, tuberías, todo lo que les sirviera para concretar el sueño.

Dicen que a la tercera es la vencida, y tal axioma se ajusta como anillo al dedo.

En un primer intento, tras construir una pequeña industria, lograron secar arroz, pero se le impregnaba un fuerte olor a humo.

Lo difícil resultaba calentar el aire. ¿Cómo lograrlo?, pregunta que se hizo Leonardo una y mil veces. Lo intentaron de nuevo, esta vez sí pasaba el aire caliente, pero a mucha velocidad.

“Fabricaron un nuevo horno, mas, surgió otro problema: la temperatura no alcanzaba los grados requeridos. Finalmente diseñaron otro horno con la tubería interna en forma de pirámide, para que esta recibiera el impacto directo del fuego, evitando la ceniza, y alcanzando la temperatura deseada”, explica Leonardo.

El proceso, como bien entenderá el lector, fue mucho más complejo y duró casi 20 años. Pero ya el secadero funciona y la calidad del grano seco se comprueba con equipo que determina los parámetros de secado. En periodo de cosecha procesan 10 toneladas diarias, sin diesel.

Para calentar el aire consumen 150 kilogramos de biomasa, es decir, leña o residuos de cosechas que recolectan en áreas cercanas. Emplean electricidad para arrancar el ventilador y los elevadores. Aunque consumen un kilowatt cada cinco quintales procesados, ya comenzaron la construcción de un biodigestor que le autoabastecerá de electricidad. Ahora se trazaron una nueva meta: un gasificador para obtener gas metano, lo que les dotaría de suficiente energía renovable.

Sin dudas, los Acosta de San José de los Ramos son de esos locos con esa cordura más que necesaria en estos tiempos: la de no amilanarse y creer en imposibles, y concretarlos.


Responses

  1. Reblogueó esto en pedro-makina abaga bang.


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