Posteado por: arnaldomirabal | 22 enero, 2014

Dos Ñicos, Vicente Feliú, y la vida

En primer plano, el Ñico que conoció el maestro Vicente Feliú en el lejano 1972.

En primer plano, el Ñico que conoció el maestro Vicente Feliú en el lejano 1972.

A uno de esos relatos apócrifos que tanto gustaban a Jorge Luis Borges se asemeja la presente historia, donde se conjugan el tiempo, dos hombres y una canción.

Todo comenzó en un viaje a Jovellanos, con el fin de visitar el organopónico Apicultura, que ostenta la Triple Corona, máxima condición que otorga el Grupo de la Agricultura Urbana y Suburbana.

Días antes había advertido en una llamada telefónica al MINAG del municipio sobre mis intenciones, pero el día señalado nadie esperaba mi visita. Y creo que fue mejor así, porque quién sabe si entonces esta historia hubiera sido bien diferente.

Al llegar al organopónico, próximo a un cantero encontré a Antonio Rutafol, un veterano de 68 años y que casi nadie conoce por su verdadero nombre, sino por Ñico.

Bastaron pocos minutos para darme cuenta que si existiera un hombre-máquina propulsado por un reactor nuclear, sin importar su avanzada edad, ese sin dudas sería él.

Era tanta su vitalidad, que podía desempañar disímiles faenas sin asomo de cansancio, lo mismo recolectar lechugas, lavarlas, o tumbar cocos con una pesada vara que triplicaba su estatura, incluso responder una entrevista y hasta fatigar al curioso periodista.

Ataviado con un short, calzando botas de goma y una juvenil pachanga como sombrero, me pareció una especie de correcaminos. Como la mayor parte del tiempo permanece encorvado, una faja le permite contrarrestar los problemas de la cintura, “pa’ que no sufra tanto”, según dijo.

Natural del santiaguero municipio Songo La Maya, siempre fue hombre de campo, así que a la primera oportunidad se incorporó como obrero al Organopónico ubicado a orillas de la Carretera Central, a la salida de este municipio.

Sin embargo me contó como en los inicios sus ganas de trabajar se estrellaron contra la desatención y la carencia de insumos.

“No había atención. Era una guerra para que llegaran recursos, lo que provocó el éxodo de muchos compañeros. Al final me quedé solito”, comenta, y agrega “pero el que va al combate no puede rendirse”, y aprecié en su voz ese arrojo tan característico de los santiagueros.

“La gente pasaba por aquí, me veía faja’o con la tierra, y gritaba: ¡Viejo, te vas a morir! Si yo me acobardo en ese momento me hubiera ido también, y lo mío toda una vida ha sido el trabajo. Pocos, ni los más jóvenes, me ponen un pie “alante” si de campo de trata”, aseguró desafiante pero sin ínfulas de grandeza.

El Ñico que conocí en Jovellanos

El Ñico que conocí en Jovellanos

“Además, a mí me gusta comer bien, y pa’ comer bien hay que sudar”, y tras pronunciar estas palabras, ¡Se esfumó! Es un lince en dos pies, cuánta vitalidad tiene este hombre, pensaba yo.

Nos reencontramos varios metros más allá. Lavaba las hortalizas junto a otro obrero, para luego venderlas en el punto de venta ubicado en la entrada del lugar.

Según supe las cosas mejoraron mucho. Atrás quedaron los tiempos sombríos. Los 48 canteros que conforman el área están cultivados con gran variedad de hortalizas y vegetales. Y con los buenos tiempos llegó también el riego, lo que incrementó la producción.

Cuando intenté retomar la conversación, Ñico, con una velocidad que ni Usaint Bolt le daba alcance, pasó por mi lado, me saludó casi sin detenerse, y entendí que la entrevista había culminado.

Hasta ahí la historia de mi encuentro con el veterano Antonio. Lejos estaba de imaginar que una vez publicada el trabajo en las redes sociales, con el título La energía atómica de Ñico, alguien me comentaría que esa historia ya la había escuchado antes.

Y ciertamente así fue. En el año 1972 el trovador Vicente Feliú compuso la canción “Ñico o el monumento al obrero desconocido”.

Por breves segundos me embargó la ilusión de que se tratara de la misma persona. Pero al indagar más conocí que el obrero de aquella historia rebasa también los 60 años.

No obstante, traté de comunicarme con el maestro Vicente Feliz, y como la grandeza se ejerce mejor desde la humildad, me respondió.

VICENTE FELIÚ RESPONDE

“Conocí a Ñico, o Antolín Marrero Perdomo, su verdadero nombre,  en 1971. Yo había salido de la Universidad sin terminar la carrera de Profesoral de Física en 1969, y sin vínculo laboral alguno. Luego de pasarme un tiempo en la agricultura fui a trabajar a una fundición de hierro artesanal, muy antigua, en San José de las Lajas.

“Allí Ñico trabajaba como peón, alimentando unas máquinas mezcladoras de tierra y arena para la fundición de piezas de hierro.

“Me enseñó la manera de palear los materiales “para que me cansara menos y pudiera producir más”. Aquella fundición producía fundamentalmente piezas sanitarias de hierro ¡a 3,000 grados de temperatura! y cuando terminaba la colada las extraíamos al rojo vivo.

“Como dice la canción, el obrero andaba por los sesenta y tantos años cuando lo conocí y tenía edad para retirarse. Una vez le pregunté por qué no se jubilaba, y él, que era sumamente parco en palabras, me respondió: “porque la Revolución se hace con trabajo y no con palabras”.

El reconocido trovador comentó que tiempo después volvió a la fábrica para cantarle la canción. “Cuando terminé, algunos compañeros le preguntaron qué le parecía, y él respondió con un seco “hum”, y se volvió al trabajo. Evidentemente se parece al obrero de tu trabajo periodístico”, me aseguró el maestro.

La feliz coincidencia me hizo pensar en los miles de hombres y mujeres que cada jornada sudan un país y los construyen con sus manos, desde el anonimato y sin importar la edad. Mientras, tatarareo la canción y repienso la entrevista, con la seguridad de que cuando transcurran 42 años, alguien se topará con otro Ñico y engendrará la misma historia.

Ñico esta allí/con sus sesenta y pico de glorias/de madrugadas sin sueño/de pie, erguido sobre su especie/esa especie de hombres /que no se publican /que transcurren inéditos/en la capa definitiva de un país /que se alzan a diario contra lo que falta /calladamente, como quien sabe/que la palabra no vale /sin el brazo dispuesto que la respalde.


Responses

  1. NARDYYYYY LLAMA A LA CASA URGENTE AL 613321. PA LO DE PINAR DEL RIO . UN BESOOOOOO

  2. De acuerdo contigo en que “Ñicos” siempre aparecerán en la historia de este país, por eso el subtítulo de la canción “O el Monumento al Obrero Desconocido”.
    Solo tuviste un error, en la foto, perfectamente enmendable: Ñico es el viejo flaco que está a la izquierda del que nombras como tal. Por mensaje interno te mando otra foto en el que está en primer plano. Arréglalo y mándamelo de nuevo para ponerlo en mi muro.
    Gracias y abrazos.
    Vicente


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