Posteado por: arnaldomirabal | 14 enero, 2014

La energía atómica de Ñico

Ojalá muchos jóvenes tuvieran la vitalidad y energía de Ñico

Ojalá existieran muchos jóvenes con la vitalidad y energía de Ñico

Si existiera un hombre-máquina propulsado por un reactor nuclear, sin importar su avanzada edad, ese sin dudas sería Ñico. Es tanta su vitalidad, que puede desempañar disímiles faenas sin asomo de cansancio, como recolectar lechugas, lavarlas, o tumbar cocos con una pesada vara que triplica su estatura, responder una entrevista y hasta fatigar al curioso periodista.

Próximo a un cantero encontré a Antonio Rutafol, un veterano de 68 años y que casi nadie conoce por su verdadero nombre, sino por Ñico.

Ataviado con un short, calzando botas de goma y una juvenil pachanga como sombrero, recolectaba lechugas. Como la mayor parte del tiempo permanece encorvado, una faja le permite contrarrestar los problemas de la cintura, “pa’ que no sufra tanto”, según dijo.

Hace algunos años se jubiló, y como no toleraba la inacción, se encaramó a un bicitaxi y pedaleó la Calle Real de Jovellanos tantas veces que seguramente puede recorrerla con los ojos cerrados sin tropezar.  Así logró agenciarse unos pesitos de más. Sin embargo, comenzó a sentir cierto malestar en los riñones y la próstata, “tras cuatro años encima del aparato, lo dejé”.

Natural del santiaguero municipio Songo La Maya, siempre fue hombre de campo, así que a la primera oportunidad se incorporó como obrero al Organopónico Apicultura, ubicado a orillas de la Carretera Central, a la salida de este municipio.

Sin embargo, sus ganas de trabajar se estrellaron contra la desatención y la carencia de insumos.

“No había atención. Era una guerra para que llegaran recursos, lo que provocó el éxodo de muchos compañeros. Al final me quedé solito”, comenta Ñico, y agrega “el que va al combate no puede rendirse”, y aprecio en su voz ese arrojo tan característico de los santiagueros.

“La gente pasaba por aquí, me veía faja’o con la tierra, y gritaba: ¡Viejo, te vas a morir! Si yo me acobardo en ese momento me hubiera ido también, y lo mío toda una vida ha sido el trabajo. Pocos, ni los más jóvenes, me ponen un pie “alante” si de campo de trata”, asegura desafiante pero con sencillez.

“Además, a mí me gusta comer bien, y pa’ comer bien hay que sudar”, y tras pronunciar estas palabras, ¡Ñico se esfumó! Es un lince en dos pies, cuánta vitalidad tiene este hombre, pensaba yo.

Nos reencontramos varios metros más allá. Lavaba las hortalizas junto a otro obrero, para luego venderlas en el punto de venta ubicado en la entrada del lugar.

Según supe las cosas mejoraron mucho. Atrás quedaron los tiempos sombríos, gracias sobre todo,  a la tenacidad de Ñico. Los 48 canteros que conforman el área están cultivados con gran variedad de hortalizas y vegetales.  Y con los buenos tiempos llegó también el riego, lo que incrementó la producción.

Cuando intenté retomar la conversación, Ñico, con una velocidad que ni Usaint Bolt le daba alcance, tomó una vara que le triplicaba su estatura, y se dirigió hacia unas matas de coco próximas a un muro.

Vi como se aproximaba con tres cocos en las manos,  me saludó casi sin detenerse, con una sonrisa como quien dice, quisiera seguir conversando pero tengo trabajo. El cliente que aguardaba por los frutos se hallaba justo a mi lado, y expresó: “ese Ñico sí que trabaja, y no se cansa. Es un correcaminos”. Yo solo sonreí, y cuando me despedía haciendo un gesto con la mano a manera de saludo, pensé para mis adentros: qué necesarias son  personas como el viejo Ñico.


Responses

  1. Pues dígale a Ñico, que Vicente Feliú escribió acerca de él hace un monton de años. Muy buen reportaje. Acá la letra:

    Ñico o el monumento al obrero desconocido

    (Vicente Feliú)
    Ñico está allí con su sesenta y pico de glorias,
    de madrugadas sin sueño, de pie,
    erguido sobre su especie,
    esa especie de hombres que no se publican,
    que transcurren inéditos
    en la capa definitiva de un país,
    que se alzan a diario contra lo que falta,
    calladamente como quien sabe que la palabra no vale
    sin el brazo dispuesto que la respalde.

    Allí está Ñico, el hombre del silencio,
    a su izquierda está Ñico, Ñico a su derecha,
    de frente Ñico y Ñico a su espalda.

    Machetero desde niño, peón en lo maduro,
    ahora viejo sigue tirando tierra
    con el odio del que quiere enterrar un pasado
    y el dolor de saber que no verá el futuro.

    Hombre de metal, espéranos,
    muéstranos la ruta adonde estás,
    sobre tu osamenta, débil ya,
    y el alma dispuesta a reventar
    por el hombre hasta el final.
    (1972)

  2. Admiro a as personas como Ñico, son ejemplo de voluntad y perseverancia. Saludos desdel el oasisdeisa.wordpress.com


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