“Lo del guajiro es trabajar”.

Campesino cubano [640x480]

 

Justo a la entrada del municipio de Colón encontré a Reynaldo García, un campesino de 74 años. Lo hallé en pleno campo, porque él, según cuenta, labora de domingo a domingo. “Lo único que he hecho en mi vida es trabajar”, me dice entretanto le quita la ceniza a su tabaco.

Pertenece a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Sabino Pupo. Y en su finca se observan saludables cultivos intercalados con maíz, malanga y plátano. “Esto lleva sacrificio, y nunca hay vacaciones”.

Mientras golpea sus botas contra una piedra para retirarles el fango, me asegura que “la vida del campesino no siempre es fácil; para las labores agrícolas, el riego, la preparación de los suelos, se necesita petróleo, y a veces no alcanza. Me he visto sin cabuya pa’ enyugar los bueyes, ni soga pa’ amarrarlos. Pero se lucha, y se vence”.

Para la gran mayoría de los matanceros los precios de los productos del agro rondan las nubes, y más de uno señala a los hombres del campo como causantes del mal. Sin embargo, Reynaldo me respondió que en la larga cadena de la comercialización, él es quien más barato vende.

“Siempre he dicho que las cosas deben costar a quilos. Sé que los precios son abusivos. Los intermediarios se están llenando los bolsillos a cuenta de nosotros. El verdadero guajiro no tiene na’. Cualquier revendedor se busca tres veces más que yo. Ellos salen, dan una vuelta, compran una mercancía y después la revenden carísimo”, asegura el curtido guajiro.

Me invita a caminar por su finca de  una caballería de extensión. A pesar de su avanzada edad se siente fuerte. Asegura que no le duele nada. Aprendió a vivir con la diabetes y hoy no representa un problema mayor para su salud. Durante el recorrido iniciamos un diálogo ameno:

-Ahora vamos a seguir por aquí para que usted vea lo que es trabajar -me dice.

-Todo está sembrado- le señalo con respeto.

-No hay un pedazo de tierra vacía ¿¡eh!?-exclama. Durante el trayecto me cuenta que heredó la posesión de su difunto padre, quién la obtuvo en  el año 1936.

-¡Mira cómo está ese maíz! ¡Y la malanga!- expresa Reynaldo con sano orgullo, mientras me señala el saludable maizal. Para estas labores cuenta con el apoyo de otro trabajador agrícola, quien al momento de nuestro encuentro chapeaba un montecito que se inundó de hierba por “el llueve llueve de los últimos días”.

Acopia alrededor de mil quintales por cosecha, y todo el fruto de la tierra, como bien dijo, lo extrae a pulmón, porque su único oficio y distracción, que aprendió desde niño, es el trabajo diario.

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