Posteado por: arnaldomirabal | 8 enero, 2014

Ceiba Mocha, retratada por Ramón Pacheco y sentida por mí

Ceiba Mocha

Un simple olor, o la melodía de una canción, te pueden jugar una mala pasada, halarte los pelos y hacerte recordar. Y el recuerdo es compadre inseparable de la nostalgia. Y la nostalgia casi siempre se lía con la tristeza, y todos producen una orgía de sentimientos, y cuando esto sucede a uno no le queda más remedio que escribir en su blog cualquier cosa.

Más aún si se trata de una foto de tu amigo Ramón Pacheco, que en una imagen logra capturar los olores y melodías de Ceiba Mocha, que animan tus nostalgias, recuerdos y tristezas por tus años de estudiante en aquel poblado.

Pudiera comenzar esta crónica diciendo, sencillamente, que estudié un año en Ceiba Mocha. El 12 grado, para ser exacto, porque ya no toleraban una indisciplina más en mi escuela anterior.

Ceiba Mocha es un pueblecito al noroeste de Matanzas, que se yergue, imperturbable y soñolienta, a orillas de la Carretera Central de camino a La Habana. Allí pasé doce meses que quizás no estremecieron al mundo, pero sí me cambiaron a mí.

El preuniversitario se llamaba Horacio Rodríguez. La edificación era similar a los miles de centros estudiantiles construidos en el campo, del tipo de construcción que se dio en llamar Girón, caracterizadas por dos bloques que se comunicaban por un pasillo central y otro aéreo. En el primer bloque se ubicaban las aulas, y en el posterior los dormitorios.

Desde mi llegada sentí una sensación extraña. Todo distaba mucho de las escuelas que había conocido en el Plan Citrícola de Jagüey Grande, con sus extensos naranjales, que podían resultar monótonos a la vista. En cambio, la nueva escuela me produjo muy buena impresión por el paisaje imperante.

El edificio se ubicaba en una llanura, franqueada de incipientes elevaciones. A lo lejos se distinguía la Loma del Pan, y a muy poca distancia, el Palenque. Ya sabemos que lo de poca distancia era una ilusión óptica. Pero ambas estaban junticas. Y justo desde el amplio ventanal del dormitorio, (no había una ventanilla sana), teníamos una vista envidiable del lugar.

Como no era muy buen estudiante, di por sentado que nunca sacaría buenas notas, así que me dio por faltar a clases, y recorrer todo el territorio con ínfulas de descubridor. Conocí de los ríos del lugar, las cuevas, las aves. Hice el amor en cada rincón del monte, con la magia y el saltico en el estómago que uno siente cuando es adolescente, y descubres el sexo como algo desconocido, misterioso y subyugante.

A clase fui poco, en cambio, puedo recorrer con los ojos vendados cada centímetro del lugar. Incluso ahora cuando cierro los ojos, creo sentir el olor a tierra mojada tras la lluvia.

En aquellos tiempos era feliz. Esa felicidad que regala la despreocupación y las buenas amistades. Alejado de toda la mierda que la vida te va arrojando, y que es el precio de crecer, de ser adulto.

Quizás por eso me siento tan a gusto en el campo. Porque en el fondo me reencuentro conmigo. Porque dentro de mí llevo una especie de animal salvaje, pero que gusta acurrucarse en el monte, donde siempre hallará sosiego.


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