Posteado por: arnaldomirabal | 29 diciembre, 2013

El misterio de las Lomas de Cabezas

Ramón y Severino cada no faltan un día del año a su finca

Ramón y Severino cada no faltan un día del año a su finca

Cuando decidí visitar las Lomas de Cabezas pensé en  desenfundar de mi chistera alguna palabrita nueva hallada en el diccionario, que me definiera a los campesinos de aquel lugar; también pasó por mi mente redescubrir algún mito, o leyenda que atrajera la atención del lector.

Y aunque pregunté aquí y acullá, y hasta visité en vano a un escritor, nada conseguí. No obtuve ninguna luz sobre el halo misterioso que ronda aquel lomerío de apenas 250 metros de altura, en el norte de Unión de Reyes.

¿Por qué halo misterioso?, preguntarán algunos. Y es que cuando se hable en Matanzas de producción de alimentos, mención aparte merece esa zona agrícola, que quizás no compita en altitud con las serranías del Centro y Oriente del país, pero en volúmenes productivos hay que escribir su nombre en mayúscula, igualando en estatura al mismísimo Monte Everest. ¡Y sin riego! Que quede claro.

La palabrita escogida era “empingorotado”. Así pensé llamar a los guajiros de esas alturas. Y si bien el adjetivo se aplica a algo encopetado o soberbio, como las cosechas de allí; entre  sus acepciones aparecía “persona elevada a posición social ventajosa o engreída”, y nada más lejos de la realidad. Mientras cavilaba en esas cosas di de frente con la susodicha colina.

 La Loma

Al franquear la loma nos topamos con un terraplén en muy mal estado. Pero la potencia del Jeep del periódico, y el gran dominio de Ismael al timón, se burlaron de las irregularidades del terreno.

Las sacudidas del carro no me impidieron apreciar los cultivos de frutabombas, frijol, yuca y malanga. Estas últimas de fama nacional, solo comparables con las del Valle de Guamacaro, según el dramaturgo Ulises Rodríguez Febles, fiel defensor de su terruño.

Nos detuvimos a orillas de la carretera, por llamarle de alguna forma a ese camino con más cráteres que la luna, y me adentré en la finca Candelaria. Inmersos en la faena agrícola hallé a José Irene Álvarez y Froilán Díaz, ambos septuagenarios, pero el primero aparentaba 15 años menos.

Trozaban cangres de yuca para la siembra, pero aceptaron conversar. Irene no hace mucho se operó de la vejiga, según me dijo, y desde entonces su muchacho tomó la batuta, o la guataca, porque es quien lleva las riendas del sitio.

Afirmaron que no hay ningún secreto en Las Lomas de Cabeza. “Eso sí, los suelos son muy frescos y la tierra es muy buena para trabajar”, expresa Irene mirándome a los ojos, porque cuando un guajiro habla te mira de frente.

Así se ven las Lomas de Cabezas desde un satélite, los rectángulos son los campos cultivados

Así se ven las Lomas de Cabezas desde un satélite, los rectángulos son los campos cultivados

“No contamos con riego. Allá abajo hay una presita, es de los Ramírez, pero el agua está muy lejos, y no resulta rentable halarla hasta acá. Dependemos de la naturaleza, si el año es bueno, se da todo lo que siembres, si no, a amarrarse el cinto y volver a sembrar”, sentenció.

Después del estrechón de manos, y el agradecimiento por dedicarme unos minutos, seguimos camino. De pronto estábamos en la cima de la loma Elena, porque allí vivía una señora con ese nombre. Yoel Hernández, un campesino, me aseguró que se trataba de su bisabuela.

Y justo cuando iba oteando las incipientes colinas de suelos pedregosos y blancos, tratando de descubrir alguna causa sobrenatural que le diera cierto toque místico a mi reportaje, encontré a Eddy Plascencia arando la tierra arriba de un tractor, escoltado por una nube de garzas, que alzaba el vuelo ante la proximidad del equipo.

No quise interrumpir al también presidente de la Cooperativa de Créditos y Servicios Rubén González, y esperé. Cuando culminó de surcar, nos posesionamos bajo la sombra de un joven algarrobo, cerca de un gran montículo de gallinácea, el fertilizante más popular de la zona.

“Discúlpame, es que cayeron dos aguaceritos y hay que aprovechar para sembrar frijol -me dice amistosamente-, este año rompimos el record en la entrega, de 900 quintales contratados, rozamos los mil 500, y todavía se puede superar la cifra.

“Los altos precios favorecieron el acopio, y en la nave del pueblo no cabe un saco más. En invierno las bajas temperaturas favorecen el tomate, otro renglón productivo en el cual sobresalimos a nivel provincial, pero el cambio climático nos ha afectado bastante en los últimos tiempos. Este año no ha hecho frío”.

EL REGRESO

Nos despedimos después de un rato, y en el trayecto de regreso constaté el ir y venir de carretas de bueyes y tractores, atiborradas de guajiros de mirada adusta, pero que solícitos te responden el saludo.

Una vez en el llano, me topé con Leoncio Paz, obrero del organopónico de Cabezas, y me contó que cuando cae un chubasco en la loma, pueden pasar 15 días, que si siembras yuca se da, porque el suelo conserva el frescor.

Me dijo además que allá arriba no se puede colocar turbinas porque el manto freático está muy profundo, pero con materia orgánica nace todo lo que siembres.

“Antes del Triunfo de la Revolución solo se cultivaba caña, y todas las labores se hacían a mano. Una carreta de 200 arrobas necesitaba 3 yuntas de bueyes, y una adicional en la parte trasera para aguantar el vehículo en las bajadas.

Fue entonces cuando la realidad emergió delante de mí, inobjetable: el secreto de las Lomas de cabezas son los hombres que la trabajan, quienes logran lo imposible con sus manos: producir grandes volúmenes de alimentos sin riego, porque aprendieron a escuchar a la naturaleza, quizás con los ojos en las nubes, por si sobreviene algún chubasco, pero con los pies siempre en el suelo, cebando la tierra.


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