Posteado por: arnaldomirabal | 21 octubre, 2013

Viaje a Topes de Collantes (o mi respuesta a la Tuni)

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El comienzo

Justo cuando abría los ojos, el sol se levantaba abriéndose paso en la espesura del monte. Quedaban atrás casi siete horas de viaje en tren, entre el sueño y la vigilia. Al incorporarme pude distinguir el pequeño pueblito de Punta de Diamante, a pocos kilómetros de Cabaiguán.  Restaba muy poco para Sancti Spíritus, punto de encuentro de otra nueva aventura de los blogueros.

Desde la salida de Matanzas, casi a la medianoche, reviví todas las sensaciones que producen los viajes por ferrocarril: el olor del metal calcinado, por el martilleo constante de las ruedas de los vagones contra las vías, que llegan a producir cierta secuencia percutida; las personas intentando dormir, en posiciones incómodas, para acortar la distancia; y lo más característicos de los trenes cubanos, el fuerte olor que desprenden los baños.

En mi viaje nocturno me encontré además con las estrellas. Solo en las noches en tren, en medio del monte, brillan más, sobre todo cuando se ausenta la luna. Es como si las estrellas se sintieran con más libertad y sin competencia para resplandecer.

Serían poco más de las ocho de la mañana cuando arribaba definitivamente a Sancti Spíritus. Me esperaba una ciudad conocida, y el abrazo de mis amigos los blogueros. Debo confesar que nunca antes, como en ese instante, necesité de una aventura, un viaje. Por eso deposité tantas expectativas en mi mochila de bloguero de barrio.

Aquí debo hacer un aparte para consignar que este viaje, a diferencia de otros anteriores, fue menos tortuoso, aunque desgraciadamente viajé solo. No conté con la compañía de Betsy ni la conversación inteligente de István. Pude dormir, y en honor a la verdad no me quedó más remedio, porque todo el trayecto transcurrió a oscuras.

Ningún vagón tenía electricidad. Y cuando creí que me aproximada a Sancti Spíritus, el tren se desvió hacia Zaza, para cambiar la locomotora china por otro más pequeña, porque según me dijeron, el puente que debíamos tomar se encontraba en mal estado. Así que serían más de los ocho de la mañana cuando aún permanecía encima de un vagón, y distante de mi primer destino, y del cálido abrazo de mis amigos.

La llegada

Una vez en Sancti Spíritus, nos alojamos en el Motel Deportivo de esa ciudad. Compartimos espacio con los jugadores del equipo de pelota de aquel territorio, conocido como Los Gallos. Pude conocer de la propia voz de los espirituanos con quienes conversé, que no sufren tanto la partida de los Gourriel, todo lo contrario, siente una especie de alivio y confían que sin los tres hermanos devenidos industrialistas, el equipo funcionará mejor.

En la ciudad del Yayabo estuvimos un día, y nos alcanzó algo de tiempo para conocer el centro histórico de la Villa, muy bien conservado. De la ciudad me agradó la limpieza de sus calles, y noté la cantidad de negocios particulares dedicados a la joyería.

En la madrugada del viernes, muy oscuro todavía, partimos rumbo a Topes de Collantes, haciendo una breve escala en Trinidad. En la subida, nos detuvimos unos segundos en el Memorial a Alberto Delgado, protagonista real de una historia llevada a la pantalla grande bajo el nombre de El hombre de Maisinicú. Película que narra las peripecias de un agente de la Seguridad de Estado, infiltrado en las bandas que sembraron el terror  en el Escambray. Estuvimos en el mismo lugar donde lo ahorcaron.  Traté de recordar la canción que Silvio Rodríguez compuso para el filme, pero fue infructuoso.

Continuamos el ascenso en camión y debo reconocer que emergió, una y otra vez, mi irracional miedo a las alturas. Miedo que se incrementó cada vez que el chofer cambiaba de velocidad para enfrentar una empinada curva. Después conocí que a fuerza de oficio, esos camioneros conocen de memoria cada palmo, cada curva, cerrada de la carretera.

Llegamos a Topes, y nos dirigimos a una vieja casona que había pertenecido a un magnate cafetalero, y que sería nuestro campamento por dos noches, porque solo en las noches arribábamos al lugar.

La gran edificación pertenece hoy a la Facultad de Montaña, y forma parte de un hermoso complejo constructivo emprendido por la Revolución en los años 80. Tan bien concebido, tan hermoso, que da tristeza creer que cerrará sus puertas por falta de matrícula, no porque las montañas desaparezcan, más bien porque que cada vez hay menos montañeses con deseos de permanecer en esas alturas.

El silencio y los árboles abarcan aquel lugar, y temo que el abandono destruya una edificación que bien pudiera brindar otros servicios. “¡Una escuela de cine!”, pensó mi amigo Carlos Milián, y en un hotel en moneda nacional, con precios asequibles al cubano medio, pensé yo, para postergar su inevitable destrucción.

Una vez establecidos, recorrimos el lugar. Partimos del reloj de sol, en compañía de un guía erudito que cargaba mil historias en su mochila. Por él conocimos de las bondades del café, del Cristal Mountain y sus altos precios en el mercado internacional, casi seguro que desnudo de chícharos.

También supimos que la guayaba es mejor que la moringa, y si esa vez no me empaché de guayaba cimarrona, creo que fue por la altitud, porque en todas las orillas de las carreteras crecen estos frutos, y los lugareños apenas las toman, en cambio yo no hice otra cosa que atragantarme sin miramientos.

Logré ver una orquídea negra, bueno, sin florecer, y los helechos gigantes, estos últimos medían casi el doble de un hombre.

Disfruté del aire puro de las lomas que ensanchan los pulmones. Y observé como tras la lluvia, las nubes descienden y cubren las montañas, y como si se sintieran cansadas, perezosas, no suben más, y puedes tocarlas.

Decidimos aprovechar el tiempo, y un “selecto” grupo de blogueros, curtidos por otros encuentros similares, bajamos a Vegas Grandes, para admirar y darnos un chapuzón en un gran salto de agua.

Mientras descendíamos, sin guía, algunos pobladores nos voceaban en la distancia, guiándonos. Pude divisar que los lugareños prefieren construir sus casas de maderas en bajíos.

En Vegas Grandes, los últimos 500 metros son los más difíciles, con una empinada pendiente con lajas de piedras que resbalan más que un jabón. Pero la fatiga, y el temor a alguna inevitable caída vale la pena. Una vez en el lugar, disfrutas de la cascada, que se bifurca y asemeja las piernas y el torso de una mujer. Puedes nadar hasta la caída de agua y treparte en una gran piedra sobre la que golpea el torrente, y sentir las gruesas gotas como caen en tu nuca y espalda.

Dicen que cuesta abajo todos los santos ayudan, pero el regreso, sea loma arriba o loma abajo, siempre es más fácil, porque ya conoces el camino.

La partida

De Topes además recuerdo los inmensos pinos y los eucaliptos, el Museo de Arte Contemporáneo y las mariposas. Si necesitara un epíteto para economizar palabras, y definir mejor a aquella zona central de Cuba, le llamaría El Rincón de las mariposas.

Ahora que escribo a la distancia, pueden quedarse muchos detalles, y hasta reproches, porque fui de los primeros en separarme del grupo, y no quise despedirme. No sabía qué decir, y las despedidas siempre me ponen triste pero no importa, porque mi mochila espera ansiosas por otro encuentro con mis amigos los blogueros, que tienen nombres, y ya les conozco demasiado, y hasta los necesito, y ellos ni se imaginan cuánto.


Responses

  1. Hola, saludos desde http://cubaxdentro.wordpress.com


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