Posteado por: arnaldomirabal | 19 octubre, 2013

Colocan una placa en mi ciudad

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Por estos días la ciudad de Matanzas festeja el aniversario 320 de fundación. Tres siglos, y un poquito más, que han marcado la fisonomía tricentenaria de esta urbe yumurina, y de sus habitantes.

Como todo en la vida, mi ciudad gozó de buenos tiempos, y de malos también. Aunque al parecer, lo segundo se prologaron más de la cuenta.

Hoy queda muy poco de aquellos años de esplendor cuando un grupo de pobladores, con algo de vanidad, la proclamaron Atenas de Cuba. De aquel período dorado quizás solo permanezcan los puentes sobre los ríos, que serenamente desembocan en la hermosa bahía.

Soy matancero de nacimiento, y aunque parezca una frase manida, si volviera a nacer, lo haría en la misma cuadra donde nací,  con los mismos vecinos, y a mis espaldas un farallón cubierto de monte costero y plagado de cavernas donde jugaba a esconderme; y al frente siempre las rocas con sus afilados dientes de perros, y la playita Allende, donde aprendí a nadar, e inicié mis primeros tanteos amorosos y besé por primera vez. Desde entonces el mar es mi confidente.

Los matanceros somos privilegiados por la naturaleza. Contamos con una bahía rodeada de cerros hacia donde se extiende la ciudad en forma de anfiteatro. En las noches no hay imagen comparable.

Pocos pobladores en el mundo gozan del privilegio de refrescar sus ansías en una docena de playas, sin la necesidad de recorrer largas distancias. Con solo cruzar la calle pueden darse un chapuzón.

Pero de ahí a pretender que a mi ciudad le confieran una condición que no se merece va un largo trecho. Discúlpenme los entendidos en la materia y quienes decidieron tal otorgamiento, pero yo solo soy el reflejo de sus habitantes.

Sé de antemano que habrá quienes me tilden de hipercrítico, palabrita muy de moda en estos tiempos, y también de apático, por no sumarme a los festejos; pero ninguna placa conmemorativa logrará encandilar mis sentidos y obviar la realidad.

En mí siempre ha primado mi condición de matancero. Quienes me conocen saben de mi único orgullo: haber nacido aquí.

Para mí Matanzas no solo fluye en sus ríos, también en esas calles, a veces pestilentes, que nadie menciona, como San Francisco en el barrio Pueblo Nuevo, con su decena de sociedades secretas Abakuá.

Yo le conozco todos sus rincones, y disfruto los menos encumbrados donde late la verdadera ciudad. Cómo olvidar que en compañía de una bella mujer redescubrí el humilde barrio La Marina, y a la sombra del Parque Watking entendimos el lenguaje de las hojas de los árboles. Los altos pinos emiten un sonido diferente y único, como un arrullo que te adormece y que te convida a refugiarte en la piel femenina.

En las riberas del río Canímar, donde asesinaron a Guiteras, quisiera descansar eternamente. Es mi escondite de adulto, donde ordeno las ideas para enrumbar el camino.

Allí siempre renuevo mis esperanzas, de permanecer incólume e incorruptible, de que arriben a mi barrio mejores tiempos, esperanzas de que las golondrinas abandonen la biblioteca Gener y del Monte; esperanzas de poder disfrutar nuevamente del Teatro Sauto o la Sala White. Esperanzas de desandar esta urbe, no tan necesitada de placas, como de personas que hagan más por ella cada día.

 

 


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