Posteado por: arnaldomirabal | 18 agosto, 2013

¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?

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“Mami, no quisiera que recogieras laticas”, le dije una vez a mi madre cuando observé dentro de su jaba varias latas vacías de cervezas. Alegó que era una manera muy honesta de agenciarse algún dinerito de más, y que solo recogía las que se encontraba en su camino.

Como el diablo son las cosas, pasado algún tiempo, me descubrí también recogiendo laticas y botellas de cervezas, hasta acumular casi tres sacos repletos de laticas bien escachadas, y cinco cajas con los frascos de cristal, con la intención de venderlas en una Casa de Compras de Materias Primas, ubicada cerca de mi barrio.

Desde tiempo atrás observaba a los recogedores de materias primas, y creo que una que otra vez escribí en mi blog sobre algunos de ellos; en su mayoría, jubilados que recorren las calles entrada la madrugada, o en horas bien tempranas. “Cosechando la resaca nocturna de una ciudad”, me dije una vez, intentando hilvanar algunos versos siempre cursis e inconclusos, mientras me detenía en esos seres con sus eternos sacos a cuestas.

Algunos me llamaron mucho la atención. Como Zoila, mi vieja vecina, víctima de una jauría de perros callejeros, cuando ella intentaba recolectar. Eso sucedió en Matanzas, y no en mi imaginación o en una película de terror. Pero, a decir verdad, ese fue un caso insólito, porque la recolección es una faena muy tranquila y solitaria.

Recuerdo que cada tarde veía pasar a un joven con cierta discapacidad físico-motora, que con palabras inteligibles, compraba botellas de ron y cerveza. No sé, pero me despertaba la lástima y compasión, sentimientos que no me gustan sentir por nadie. Más de una vez quise acercarme a él y decirle algo, o estrecharle la mano. Me disgustaba ver como los niños, y hasta algunos adultos que desde entonces no trato, le hacían muecas, burlándose.

Entre esos recogedores de desechos estaba yo. Tracé una estrategia con el fin de que mis conocidos no descubrieran en qué labores andaba. Porque reconozco que a pesar de que era un trabajo honesto, y hasta útil, la vergüenza me mataba.

En las tardes noches, sobre todo los fines de semana, tomaba la bicicleta y transitaba por los lugares donde las personas se reúnen para compartir y beber: Rápidos, Ditú, Puntos de Venta de Cimex, y demás.

Llevaba una mochila a la espalda y como aquella canción de Alejandro Sanz, “Cuando nadie me ve”, y con una velocidad que más parecía un prestidigitador, introducía los vacíos que hallaba.

Sí tenía una cosa bien clara, nunca, pero nunca, introduciría mis manos en un vertedero o latón de basura. Pero la vida es una jodedora, y pa’ mí que Dios o el azar son cubanos.

Aquella vez que vi una caja con más de veinte laticas cerca de un bulto de basura, no pude resistirme. No había un alma por allí, entonces me acerqué. Pero nada más tocar la caja, una voz me sorprendió y casi caigo de la bicicleta. Era el Guajiro, un socio del barrio que me saludaba… ¡Qué clase vergüenza!

Aún así continué en mi faena diaria. Bueno… a decir verdad, no lo hacía todos los días. “No eres sistemático, ni constante”, me decía mi madre, “Es un trabajo honrado”, reafirmaba, pero no sé, qué sucedería cuando algún socio o compañero de trabajo me descubriera en “eso”.

Y pasó el tiempo. Y grato fue el día que vendí mi primer lote. No fue mucho dinero, pero era honrado.

Entonces mi novia y yo comentamos que en Varadero, con la afluencia de personas en los meses de verano, podríamos recolectar en tres días, lo que nos tomó varias semanas. Así hicimos.

Creo que la pena compartida toca a menos. En apenas dos horas abarrotamos nuestras mochilas. Sonrojados sí, pero satisfecho por la eficiente zafra de laticas. Debo reconocer que varias personas nos entregaron sus envases con condescendencia.

Y hasta un hombre expresó en voz alta: “eso es lo que necesita este país, jóvenes honrados que trabajen”, pero en honor a la verdad, queríamos pasar inadvertidos. Así que no nos hizo mucha gracia el comentario.

Días después convencí a mi primo que me acompañara a Varadero. Aceptó, a regañadientes. Una vez en el Polo Turístico, le expliqué más menos de que iba la cosa. Tomar las latas, colocarlas en el piso, propinarles un fuerte pisotón, y pa’ la mochila. Me dijo con una sinceridad que agradecí, “Primo, asere, no me da tanta pena, pero si no me viera un conocido sería mejor”.

Solo en la Autopista Sur llenamos una mochila. Le pedí recorrer Avenida Playa, y el me miró con cara de pocos amigos, porque ese zona es transitada por cientos, quizás miles de personas.

Cabizbajos, sin mirar a nadie, seguimos en nuestra tarea. Ante el continuo ir y venir de gente, siempre con refresco y cervezas en sus manos, mi primo me preguntó a dónde iba a parar tanto dinero. “Solo en el Todo en Uno, con su parque de diversiones, deben recaudar cientos de miles de dólares diarios”, opinó. Yo hice silencio, mientras pensaba “cómo se bebe cerveza en Cuba y qué sed tengo”.

Cerca de un parque, una familia nos señaló hacia un cesto metálico repleto de latas, pero nos lanzamos la misma mirada: ¡Ni muerto meto la mano! Después llegó el punto en que nos relajamos, e incluso nos dijimos un que otro chiste.

De pronto, a mis espaldas, una voz familiar lanzó una pregunta que me petrificó: ¡Arnaldo! ¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?  Mentí, ni se qué dije, pero mentí. No tuve que convencer mucho a mi primo para dejar por terminada la recogida. Minutos después me hallaba encima de una camioneta haciéndome la misma pregunta: ¿¡Qué tú haces recogiendo laticas!?


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