Posteado por: arnaldomirabal | 5 agosto, 2013

¿¡Qué la juventud está perdida!?

Juan Antonio, José Luís y Orestes se toman un descansito tras el almuerzo, para luego seguir beneficiando el maíz artesanalmente.

Juan Antonio, José Luís y Orestes se toman un descansito tras el almuerzo, para luego seguir beneficiando el maíz artesanalmente.

La encomienda era escribir un reportaje sobre los días de verano en el campo matancero. Pensé visitar algún centro recreativo, aunque me interesaba encontrar lugares de menos “alcurnia” y más diversión, como el Canal de Roque, en la Angelina.

Mientras viajaba rumbo a Martí, recordé a aquellos muchachitos que no hacía mucho había visto junto a la autopista, cerca de Jagüey Grande, capturando clareas en una cañada. Quién duda que esa sea una perfecta manera de disfrutar las vacaciones.

En esas cosas pensaba hasta que llegué a la UBPC El Sordo. Al escuchar las palabras de un trabajador, decidí cambiar el trabajo, aun conociendo que quizás no fuera del agrado del Jefe de Información.

Pero cómo hablar de diversión en el verano, tras conocer que en estos meses cientos de jóvenes permanecen en el campo, aportando su granito de arena y mucho sudor, a la economía de la provincia.

Hay frases que por repetidas una y otra vez, se erigen en verdades inamovibles. Dicen por ahí que la juventud está perdida, pero yo la encontré trabajando bajo el Sol -y muy alegres- en una cooperativa agrícola.

EL CAMPO REJUVENECE

Tomándose un descansito bajo la sombra de una gran nave, tres muchachones jaranean. Se nombran Juan Antonio Díaz, José Luís Pedroso, y Orestes Licea Martínez.

El primero tiene 28 años, y hace cuatro trabaja en la UBPC. Con el cuello de la camisa levantado, a la usanza de la juventud actual, asegura que “aquí hay buenas producciones, se ayuda al obrero, y se gana bien. Soy estibador y pienso que a los jóvenes sí les gusta el campo.

“Antes yo estaba desvinculado, pasaba los días en el portal de mi casa, conversando con los socios. Un día decidí hacer cambios en vida, me llegué hasta aquí y me dieron trabajo. Desde entonces me siento útil”, comenta Juan Antonio, mientras le lanza una mirada a José Luís, para que hable de su experiencia.

José Luís tiene 21 años, trabajaba como albañil en esta unidad productora antes de incorporarse al Servicio Militar. Tras licenciarse no se tomó ni un mes de vacaciones, “extrañaba el trabajo, no toleraba levantarme en las mañanas sin tener algo que hacer.” Aún viste de verde olivo.

Con sus 17 años Orestes Licea parece de más edad. La ropa de trabajo le hace ver mucho mayor. Luce argollas porque asegura que la moda no riñe con el campo.

Al culminar la jornada salen y se divierten. Agradecen a la cooperativa la construcción del Ranchón del batey, donde pueden escuchar música y compartir. Pueden trasnochar alguna noche, pero al otro día, llegarán bien temprano. “El cuerpo se adapta y somos jóvenes”, dicen con una sonrisa cómplice.

“Lo importante es nunca faltar. Salimos bastante bien. Hay quincenas que cobramos 600 pesos, a veces un poquito más, otras menos”. Orestes era albañil, pero ahora se halla inmerso en la cosecha de maíz, estibando sacos.

Escuchando la conversación a muy poca distancia, se encuentra el veterano Antonio Alfonso. Descansa sus 75 años encima de una gran carreta de maíz.

“Aquí todo el mundo trabaja, cada pedazo de tierra está sembrado. Laboramos las horas que sean necesarias, y los jóvenes son el pilar fundamental, ellos se consagran de verdad en el campo, y se les orienta, porque son el futuro.

JUVENTUD DIVINO TESORO

Consciente de la importancia que representa para la unidad, contar con fuerza joven, Isaías Piedra, el administrador, hace hincapié en la debida atención que estos requieren.

“Es lo que más ha ayudado a su permanencia y estabilidad. Incluso muchos que se fueron en algún momento, regresaron. Se debe sobre todo al respeto mutuo. Ellos no vienen a perder tiempo.

“Se sienten estimulados por el nivel de ingresos y las utilidades que repartimos al año. Nosotros estamos al tanto de cuánto acontece en sus vidas, siempre le ayudamos, ya que dedican la mayor parte del día a la UBPC.

Antes, el sector juvenil no rebasaba el cinco o seis por ciento, pero en los últimos tiempos sobrepasa el 30 %, destacándose el incremento de las mujeres jóvenes, lo mismo en campo que en las actividades de dirección.

Bien lo sabe Omara Duquezne, quien arribó con apenas 22 añitos. Ha llovido algo desde entonces, pero para ella quince años en la UPBC no es tanto tiempo. Con sus 37 se siente como una niña.

“Estoy okay todavía”, asegura. Y si las palabras no siempre reflejan el sentir de las personas, el rostro sí. Omara se seca el sudor con su camisa, y a pesar del cansancio de la jornada, tras cosechar varios quintales de viandas bajo un Sol que raja las piedras, no pierde la alegría.

Su sonrisa contagia a sus compañeros, que le jaranean continuamente. Luce brillantes argollas y uñas acrílicas, porque asegura que la mujer debe lucir hermosa aun en el medio de un surco de boniato.

En el instante que redacto este reportaje muchos jóvenes disfrutan de las diversas opciones del verano, ya sea en la playa o el campismo popular; otros, en cambio, permanecen junto a la tierra, para hacer trizas aquella frase que asegura que la juventud está perdida. Que vayan a la UBPC El Sordo, incluso en los meses de verano, allí la encontrará.


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